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BIOGRAFÍA
Joanna Hogg
Joanna Hogg
 
 
Marzo 20, 1960:

Londres, Inglaterra



 
FILMOGRAFÍA
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2007
Reino Unido

Archipelago
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Reino Unido

Exhibition
2013
Reino Unido

Joanna Hogg
Publicado el 19 - Ago - 2015
 
 
  • El cine de Joanna Hogg nos hace pensar en una parte esencial de nuestra condición humana de una manera fascinante, muy atractiva pero, al mismo tiempo, siempre punzante.  - ENFILME.COM
  • El cine de Joanna Hogg nos hace pensar en una parte esencial de nuestra condición humana de una manera fascinante, muy atractiva pero, al mismo tiempo, siempre punzante.  - ENFILME.COM
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Más sobre #UKenFilme

Lee aquí nuestra reseña de Exhibition

Ve aquí nuestra Entrevista en video con Joanna Hogg realizada en Londres, UK

Presentamos por primera vez en México un filme de Joanna Hogg, Exhibition, como parte de Sound & Vision (Nuevas Miradas del Cine Británico)

por: Alfonso Flores-Durón y M. (@SirPon)

En su tierra, la Gran Bretaña, el cine de Joanna Hogg es peculiar. Provoca reacciones, en ocasiones encendidas, a pesar de que ella no es una provocadora. Sucede, sin embargo, que el atrevimiento de esta directora consiste en retratar la anodina, aburrida, insustancial, incluso estulta vida de la burguesía británica. Ahí, al interior de las islas, la osadía de Joanna es considerada un pecado, al menos dentro de algunos círculos del cine; cuando menos hasta hace unos años.

En alguna ocasión, en 1999, estando presente en la sesión de ‘preguntas y respuestas’ tras una proyección especial de 8 ½ Women de Peter Greenaway, en Camden (Londres), me tocó atestiguar cuando un miembro del público, agitado, espetó al director su intención descarada y frívola por retratar la insulsa vida de los burgueses. ¿A qué se debía tal obsesión?, reclamaba el tipo con un marcado acento cockney. Greenaway sonrió y se limitó a decir: “Este tipo de cometarios sólo se escuchan en la Gran Bretaña”. Años más tarde, en el 2010, en la premiere de Archipelago, segundo filme de Joanna Hogg, dentro del London Film Festival, me tocó ver y escuchar a un tipo reclamarle a la directora su nervio para hacer perder el tiempo de los espectadores mostrándoles la vacua y fútil vida del segmento de la clase media-alta. El resto de la audiencia rió en forma de sutil desacuerdo. Hogg se limitó a decir: “Típico comentario del público británico”. El tema de la rígida estratificación social en buena parte del territorio del Reino Unido se manifiesta a la menor provocación en sus habitantes, y es un tópico delicado dentro del mundo de las artes, pero particularmente al interior del circuito del cine.

Sería absurdo y deshonesto que, para evitar estigmas y críticas, para ganarse credibilidad, un miembro de la clase media, un burgués, intentara, sólo por esa razón, retratar la vida de los menos favorecidos. Y sin embargo sucede, en todo el mundo, incluso en el Reino Unido. Un auténtico autor, empero, sería incapaz de intentarlo. Joanna Hogg ha hablado de la clase media-alta británica y su burguesía porque las conoce, se ha desarrollado dentro de ellas y no se avergüenza. No lo hace por desafiar, pero tampoco la intimida asumirlo.  Lo admite de forma natural y asimismo lo ejerce, comprometida con su propia voz y su mirada. Si la tradición parece indicar que el cine británico suele sostenerse en la proyección de la elegancia, sofisticación y maneras, la tradición de la monarquía y la aristocracia; o en la dignidad, picardía y espíritu valeroso de la clase trabajadora, Hogg demuestra que la clase media británica también sufre conflictos cotidianos y existenciales, tiene aspiraciones, padece frustraciones; vive y experimenta gozo y dolor de igual manera y también con dignidad, aunque en contextos diferentes, que los más pobres y los más ricos.

Y, sin embargo, es preciso aclararlo, la médula del discurso de Joanna no tiene que ver con la clase que retrata. De nuevo, hacerlo es un accidente que tiene que ver con su origen. Su verdadera intención es hablar del ser humano. Del desamparo en el que todos vivimos, sin importar la clase; de los apuros existenciales en los que nos ahogamos; del modo que el irrefrenable paso del tiempo nos aturde y, a veces, amarga y marchita; de la manera en que buscamos adaptarnos, literalmente, al espacio que estamos habitando; de la forma en que nuestra vulnerabilidad nos traiciona a todos; en última instancia, de la irrenunciable carga que suele suponer ser precisamente eso, humano.

Habiendo dirigido antes videoclips para nombres como Alison Moyet y Johnny Thunders en los ochenta, posteriormente Joanna Hogg trabajó durante años para la televisión (dirigió episodios para series como London Bridge, Casualty, London's Burning e incluso uno de la célebre EastEnders). Y, reconoce, vivió desgraciada. No tenía campo de operación. No podía exteriorizar su punto de vista sobre el mundo. Cuando mucho podía elegir algún encuadre. Ni en el casting tenía demasiada injerencia. Tras salir de la escuela de cine (la prestigiosa National Film & Television School de Londres en la que fue aceptada gracias a un filme en 8mm. que hizo con ayuda de Derek Jarman, y donde tres años después se graduó con un corto, Caprice, protagonizado por una entonces desconocida Tilda Swinton, en 1986) sus aspiraciones, paulatinamente, se enmohecían. La constante obstrucción a su creatividad, a la posibilidad de explorar sus ideas, conspiraban para secar su mirada y su oído. Aunque quien verdaderamente tiene una misión no puede sino cumplirla.

Unrelated, la ópera prima de Joanna, fue un riesgo que exigía valor. Con un presupuesto micro y una cámara amateur, el reto era macro. Demandaba economizar los recursos y maximizar el talento. Y fue un logro. Contó la historia de una mujer cuarentona, londinense, atribulada en su matrimonio, que viaja a la Toscana italiana, a la casa veraniega de una amiga de su etapa estudiantil. Anna (la protagonista, Kathryn Worth) no encaja con sus contemporáneos y, de manera forzada, se adhiere al grupo de sus hijos, jóvenes veinteañeros, que intentan echar desmadre dentro de los confines que su libertad acotada les ofrece. Lastimada y desubicada, Anna se enamora de uno de ellos (Tom Hiddleston) y hace malabares con su intención de ajustarse simultáneamente a dos mundos difíciles de reconciliar: el de la madurez (que no termina de cuajar) y el del fin de la irresponsabilidad plena (que empieza a sentirse inadecuada). La soledad, la nostalgia por lo que ya no puede ser, la incapacidad de adaptación, la humillación que a veces implica asumir la realidad, enmarcadas en planos generalmente fijos y abiertos, que permiten el desenvolvimiento pleno de acciones en su interior, moldean un discurso que se acompaña de un estilo. Soplos de Ozu, de Bresson y de Rohmer ventilan una historia que resuena entre la gente de edad mediana que no acaba por ubicar su lugar en la vida. La elección de situar la trama en el continente parece haber respondido a la necesidad de no sentirse asfixiada en tanto aliento británico. En su primer intento, Joanna Hogg demostró tener lo que se necesita para ser un auténtico autor. Un soplo fresco y vigoroso para el cine británico.

En Archipelago, su segundo filme, Hogg optó por replegarse a su entorno. Y entonces quiso entreverar la grandiosidad del paisaje que ofrecen las Islas de Scilly (Sorlingas), en Cornwall, con el sofoco que provoca la convivencia entre poco más de cuatro paredes para una familia que, es claro, pese a los esfuerzos dedicados, lo menos que quiere es compartir el mismo espacio durante el mismo tiempo. Madre, hija e hijo (los últimos en sus tardíos veintes), esperan infructuosamente al padre en el intento de recrear las vacaciones de la infancia. La hija exhibe su frustración y amargura de forma constante; en el hijo (Hiddleston), el refinamiento en las formas, su sentido humanista y su falta de carácter se funden; la madre es incapaz de ejercer el control que la situación exige, a falta de su marido. Un pintor que enseña su arte a estas mujeres y comparte con todos su sabiduría de la vida, y una joven cocinera que entabla amistad con el hijo y que atestigua las constantes pugnas en un ambiente de tensión sin tregua, completan el cuadro. La directora observa con finura, a través de detalles mínimos, de posturas, de gestos, de silencios, la permanente incomodidad de todos los involucrados en su intento por conectar, por compenetrarse, y simultáneamente hace un comentario social (a través del contraste entre los vacacionistas y la chica que les sirve) sobre el sentido de culpa de quienes más tienen y la frágil línea entre la compasión y la hipocresía respecto a los menos favorecidos. Sus elecciones formales dan continuidad a las desplegadas en la ópera prima y acentúan sus intenciones: el constreñimiento de sus cuadros, inmóviles, parece obligar a los personajes a la cercanía forzada que en ocasiones, las menos, termina por suavizar las asperezas entre ellos.  En sus dos primeros filmes, la historia inicia con la promesa de una vacación; se desarrolla en la turbulencia emocional y el intento por sosegarla; y concluye con la oportunidad (acaso solo como promesa) de reconciliaciones personales y colectivas.

Finalmente en su tercer largometraje, Exhibition, Joanna sitúa la historia en su Londres natal. Pero decide que buena parte de la trama se desarrolle en interiores, la mayoría en los de una peculiar casa de ensueño, casi ergonómica, aunque permitiendo que constantemente Londres irrumpa en ella, a través de la vista que ofrecen los grandes ventanales, camuflada en el reflejo generado por los mismos vidrios, o simplemente encubierta en el sonido de sus calles. En apenas un puñado de secuencias la ciudad atrae a la protagonista a sus calles. H y D (así se llaman los personajes, al menos dentro del filme) llevan más de 20 años de casados y siempre han vivido en la construcción que conceptualizó H, que es arquitecto, para su vida en común con D. El desgaste de la relación y la conciencia de que ambos, pegándole a los cincuenta, están por entrar en el último tramo de su vida, los inquieta y mueve a buscar un cambio, en este caso, de casa. Las propias limitaciones de espacio que se impone la directora se transforman en ocasiones para que profundice en las posibilidades del estilo que ha desarrollado, escrutando hasta el paroxismo cada centímetro de cada cuadro que plantea (como lo hizo Jarmusch en la primera parte de Stranger than Paradise). Insiste en no mover la cámara, por lo que se empeña en que la acción (o inacción) quede capturada dentro de los lindes del plano fijo. Su experiencia como fotógrafa y como pintora, nos lo dijo cuando la entrevistamos, la entrenó para aprovechar todas las posibilidades del cuadro y hacer que los espectadores lo exploren a detalle. Las limitaciones del espacio son compensadas con la precisión de los escasos diálogos, con la información a veces complementaria y en otras contradictoria del sonido (y el silencio), con la extensión del campo visual a partir del eco que producen las imágenes que se integran a los cristales. Renunciar al hábitat, al santuario en el que se ha creado una historia común, con el que se ha establecido una relación de intimidad física, emocional, acaso hasta espiritual, termina siendo un rompimiento difícil de asimilar; muy parecido al de la separación con una persona cercana, o al del resquebrajamiento de una ilusión. El filme es formidable; la consagración de una directora en control de su oficio y que, a partir de él, es capaz de crear arte sublimado.

Para Joanna Hogg es igual o más importante lo que se calla que lo que se dice. Al enfatizar la importancia en el diseño sonoro (con particular intención a partir de Archipelago), también subraya el peso del silencio. El enigma es elemento sustancial de su apuesta fílmica; la yuxtaposición de imagen y sonido motiva la imaginación de los espectadores para recabar esa información que solo se sugiere. Las casas en las que se desarrollan sus historias son auténticos personajes dentro de las tramas (de manera más evidente en Exhibition), en parte por la formación como arquitecto de su esposo (que posteriormente se dedicó al arte), pero igualmente por el apego que Joanna tuvo con la vivienda donde vivió desde pequeña con su familia hasta que inició su vida independiente. Los problemas de sus personajes no son económicos, tampoco sociales; sus tribulaciones son existenciales y, por tanto, son conflictos íntimos que se expresan desde la incomodidad que sienten con lo que ocurre dentro de ellos mismos y que se convierte en muro que les impide la conexión en los términos idóneos con los demás, con quienes están cerca, con los que físicamente se cruzan y encuentran en lo recóndito de sus vida, con los que más desean entrar en comunión. Por eso es que el riguroso trabajo con actores, sean o no profesionales, es crucial para la ejecución de su plan. No hay artificio dentro de su propuesta, no hay lugar (irónicamente para alguien que piensa tanto en los espacios, o precisamente por ello) para esconder la falta de verdad en las interpretaciones de quienes eligió para personificar esos seres que ella misma crea y con los que, de una u otra forma, constantemente los espectadores de su cine nos identificamos. Porque nadie es o puede ser ajeno a la realidad de que, al final del día, la gran tragedia de todos, de cada persona, es la insalvable soledad en que vivimos. Nadie puede superarla por completo; forma parte esencial de nuestra condición humana. El cine de Joanna Hogg nos lo recuerda de manera fascinante, muy atractiva pero, al mismo tiempo, siempre punzante.

 
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