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BIOGRAFÍA
Peter Strickland
Peter Strickland
 
 
Lugar y fecha de nacimiento::

21 de mayo de 1973

Reading, Inglaterra



 
FILMOGRAFÍA
Katalin Varga
2009
Rumania-Reino Unido

Berberian Sound Studio
2012
Reino Unido

The Duke of Burgundy
2014
Reino Unido

Bjork: Biophilia Live
2014
Reino Unido

Peter Strickland
Publicado el 26 - Ago - 2015
 
 
  • Altavoz: Peter Strickland es un director dispuesto a confeccionar complejas texturas audiovisuales gobernadas por el íntimo equilibrio entre imagen y sonido.  - ENFILME.COM
  • Altavoz: Peter Strickland es un director dispuesto a confeccionar complejas texturas audiovisuales gobernadas por el íntimo equilibrio entre imagen y sonido.  - ENFILME.COM
  • Altavoz: Peter Strickland es un director dispuesto a confeccionar complejas texturas audiovisuales gobernadas por el íntimo equilibrio entre imagen y sonido.  - ENFILME.COM
 

por Luis Fernando Galván

Aquí puedes escuchar el soundtrack de The Duke of Burgundy

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A sus 42 años de edad, Peter Strickland (1973-) se ha establecido como uno de los más intrigantes e impredecibles cineastas del Reino Unido. En los últimos seis años ha dirigido tres largometrajes: una tragedia de venganza de bajo presupuesto filmada en Transilvania, Katalin Varga (2009);  un thriller psicológico autorreferencial con guiños al giallo italiano, Berberian Sound Studio (2012); y el sensual y enigmático cuento de amor basado en una relación sadomasoquista entre dos mujeres, The Duke of Burgundy (2014).

Hijo de padre inglés y madre griega –ambos profesores universitarios–, Strickland fue criado y educado en Reading, una tranquila ciudad perteneciente al condado de Berkshire, en Inglaterra. Desde muy joven, Strickland trazó su fascinación por el cine y el sonido después de ver, a los 16 años, Eraserhead de David Lynch (1977); en particular, él recuerda las atmósferas sonoras creadas por Alan Splet. Strickland deseaba convertirse en músico, pero como él mismo lo ha señalado: “No era muy hábil ni talentoso para dedicarme a ello”. Y respecto al cine, el joven estaba muy decepcionado por lo costoso que era producir un filme. Entonces, comenzó a dirigir teatro en su ciudad natal; uno de sus más notables trabajos fue la adaptación de La metamorfosis de Franz Kafka, trasladando el lenguaje literario del escritor checo a una puesta en escena contemporánea. Pero no abandonó su gusto por la música y decidió devorar cualquier propuesta extravagante e intensa compuesta por diversas y complejas capas de sonido:

Escuchaba grupos como Stereolab; en particular sus canciones “Revox”, “Jenny Ondioline”, “Lo Boob Oscillator” eran capaces de trasladar sonidos de las máquinas y atmósferas industriales. También me interesé en bandas de Alemania como Can, Faust, Neu y Kraftwerk.

A pesar de su desencanto, Strickland no desistió y a los 23 años sintió el fuerte ímpetu de ponerse a trabajar para conseguir lo que más quería.  Con la ferviente convicción de incursionar en el cine, dispuso de sus ahorros y viajó a Nueva York para localizar a Nick Zedd, el cineasta underground detrás del manifiesto “Cinema of Transgression”, y Holly Woodlawn, una de las drag queens que trabajó con Andy Warhol, para que interpretaran a un músico parecido a Elvis y a su ferviente admiradora, respectivamente, en el cortometraje Bubblegum (1996), que se estrenó en el Festival de Berlín de 1997. Doce años después, el cineasta británico regresó a la Berlinale para presentar su ópera prima, Katalin Varga, en la Selección Oficial, que incluía los trabajos de directores consagrados como Andrzej Wajda, Sally Potter, François Ozon y Lukas Moodysson. Su filme fue premiado con el Oso de Plata por su contribución artística en el diseño sonoro y Strickland fue considerado el nuevo gran descubrimiento del cine europeo. La intrigante película de Strickland –que se nutre de referencias literarias como Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky, y cinematográficas como Los corceles de fuego (1965), de Sergei Parajanov– destaca por la habilidad del cineasta para manejar los elementos del cine noir en un relato de violencia y represalias situado en la campiña de Rumania que acorrala y asfixia al espectador, pero también sobresale por la audacia del realizador para llevar a cabo el proyecto completamente fuera del radar de la subvención pública sin recibir ni un céntimo del UK Film Council, erigiéndose así como un auténtico cineasta independiente. Después de buscar a productores para que financiaran sus guiones y no recibir respuesta alguna por parte de ellos, Strickland decidió tomar el dinero que había recibido en una herencia de su tío para escapar de Inglaterra y hacer su primer largometraje.

Yo era relativamente rico, por primera vez en mi vida, y me di cuenta de que esa podría ser mi única oportunidad de hacer una película. Casi todo el mundo me dijo que estaba loco, y que era un acto suicida lo que pensaba hacer. Me dijeron que era imposible hacer un filme con £200,000, incluso en Rumania. Yo tenía apenas una tercera parte de esa cantidad. Muchas veces pensé a fondo sobre lo que estaba haciendo; tenía muchas dudas. A menudo pensaba que lo mejor era comprar un departamento, eso es lo que casi todo el mundo aconseja. Pero me pregunté: “¿Debería comprarme un apartamento de un dormitorio en Bracknell o debería hacer una película de venganza en Transilvania?” Creo que lo que más me impulsó fue que si hubiera comprado el departamento, me hubiera condenado a preguntarme durante toda mi vida: “¿Qué hubiera pasado si…?” Y después consideré que incluso si fallaba en el intento, daría mi mejor esfuerzo.

Tras vivir la travesía del artista autoexiliado que logra crear una obra artística en una tierra desconocida donde no conoce el idioma, Strickland plasmó parte de esa vivencia personal en su siguiente filme: Berberian Sound Studio. La película se centra en Gilderoy (Toby Jones) un ingeniero de sonido que abandona su natal Inglaterra para trasladarse a Italia y trabajar en la producción de Il vortice equestre, filme perteneciente al giallo italiano. En contraste con las locaciones al exterior y el uso de luz natural de Katalin Varga, Berberian Sound Studio es un encierro total de principio a fin que muestra el asilamiento, la imposibilidad de la comunicación humana, la frustración y la tortura al interior de un espacio cerrado y claustrofóbico como lo es un estudio de grabación. El filme muestra los procesos de creación del ingeniero de sonido; el uso de sandías, por ejemplo, se transforman en vísceras aplastadas creando una orgía de sonidos violentos. La elegante poética de la naturaleza, con reminiscencias a Parajanov y Béla Tarr, en Katalin Varga, es sustituida por una densa banda sonora, efectos visuales barrocos y la metarreflexión sobre el sonido incrustado en la imagen cinematográfica que aluden a Persona (1966) de Ingmar Bergman, Outer Space (1999) de Peter Tscherkassky, y Mulholland Drive (2001) de David Lynch.

Así como Berberian… le rendía homenaje a Mario Bava, Dario Argento y Lucio Fulcio, los máximos exponentes del giallo italiano, en su tercer largometraje, The Duke of Burgundy, Strickland se remonta a la época dorada del sexploitation europeo –un cine que ofrecía emociones baratas y que coqueteaba con las fantasías sádicas y violentas de sus espectadores, aludiendo a la obra de Juraj Herz y Jess Franco– para narrar la relación sadomasoquista de dos mujeres. Cynthia (Sidse Babett Knudsen) es la dueña de la casa; Evelyn (Chiara D’Anna) es su criada. La dominante y la dominada. En su relación hay restricciones, rigores, castigos y severidades, y aunque los roles parecen ser claros y evidentes, las específicas exigencias y demandas de Evelyn, en cuanto a cómo debe ser dominada por su dueña, ponen en aprietos a Cynthia que vuelve a sentirse insegura, frágil y necesitada de dirección para seguir adelante con la relación. En el filme hay espacio para crear una fantasía audaz y visionaria; es un relato plagado por personajes femeninos que habitan un mundo exuberante y aislado, difícil de situar temporal y espacialmente. Al eliminar la figura del hombre y crear una historia de amor y pasión entre dos mujeres, Strickland nos pide mirar más allá de las normas y costumbres establecidas por una sociedad mayoritariamente masculina, machista y heterosexual. Esto, en última instancia, tiene un efecto poderoso y liberador. Strickland aprovecha la profesión de Cynthia –una reconocida entomóloga– para explorar los sonidos de los insectos que ella se encarga de estudiar.

Strickland es, entonces, un cineasta interesado en los vínculos que existen entre los espacios que representa y los sonidos que ahí se producen. Desde el correr del viento y la exploración sonora en paisajes abiertos y montañosos de los Cárpatos hasta la claustrofobia y el encierro de un estudio de grabación y todo lo que en su interior se experimenta; el sonido se erige como el elemento clave en la obra del cineasta británico.

Hay un miedo del silencio. La gente equipara el silencio con una falta de diseño de sonido, pero eso no es cierto. Siempre se debe ser sensible al material que se está trabajando y descubrir cuáles son las necesidades de la película. Tampoco puedes sobreexponer el sonido. Debe haber un equilibrio entre el sonido, el ruido y el silencio; en eso consiste el diseño sonoro.

Para Katalin Varga, Strickland utilizó grabaciones de The Sonic Catering Band, un grupo culinario musical fundado por él mismo en compañía de sus amigos de Reading, que experimentaba con los sonidos que se producían al momento de preparar diversos platillos de comida y el uso de utensilios de cocina. La banda grabó varios discos y ofreció conciertos en varios países de Europa. Además de sus experimentos de música y comida, The Sonic Catering Band colaboró con varios entomólogos británicos durante sus exploraciones y prácticas de campo. En Berberian Sound Studio, el director recibió fuerte influencia de Visage (1961) de Luciano Berio; en esta obra musical, el compositor italiano creó un lenguaje emotivo sobre la base de cortes y modificaciones de una grabación de la voz de Cathy Berberian. El paisaje musical de The Duke of Burgundy es obra de Cat’s Eyes, el dúo de pop alternativo conformado por el músico británico Faris Badwan (The Horrors) y la soprano y multiinstrumentalista italocanadiense Rachel Zeffira. La atmósfera sonora se teje a través de melodías sin palabras para soprano, corno inglés y flauta acompañados de órgano eléctrico, arpa, y clavecín. Strickland recurre también a la música clásica, específicamente hace uso de la Sinfonía n.º 5 de Gustav Mahler, y a los sonidos que producen diversos insectos, creando complejas atmósferas y capas sonoras que se complementan con los elementos visuales.

En 2013, el editor Nick Fenton –que ha colaborado con cineastas británicos como Clio Barnard y Richard Ayoade– recurrió a Strickland para que lo acompañara en la filmación del concierto que Björk ofreció en Londres en septiembre de ese año. El resultado de aquella colaboración quedó plasmado en el documental Björk: Biophilia Live (2014), el concierto de la cantante islandesa es, por sí mismo, un espectáculo audiovisual deslumbrante que se benefició del tratamiento cinematográfico. Una mezcla de ópera vanguardista, una lección de cine de alta tecnología y un performance a gran escala; esta ambiciosa producción fue complementada con una puesta en escena de un arsenal de exóticas máquinas musicales y el acompañamiento del coro Gradule Nobili, conformado por 24 mujeres que ejecutaban diversas coreografías en cada uno de los temas y armonizaban vocalmente al lado de la cantante islandesa.

Strickland recurre al pastiche como estrategia posmoderna; sus referencias y homenajes  explícitos a otros géneros han contribuido para que se consolide como un director conocedor de la historia del cine. Podría existir un peligro en esta postura, sin embargo, a diferencia de un cineasta como Quentin Tarantino, Strickland le da un giro a cada uno de los géneros que recupera para dotarlos de una nueva sensibilidad. Mientras que la mayor intención del giallo italiano era recrear –mediante colores estridentes y artificiosas salpicaduras de sangre– los asesinatos de mujeres, en Berberian Sound Studio se aluden a estas atmósferas violentas –mediante grotescos y densos sonidos– para representar el colapso psicológico de un hombre tímido y ensimismado con su trabajo. Por su parte, las películas de Franco se refieren principalmente a la estimulación sexual, y The Duke of Burgundy responde más a la explotación visual y sonora en torno a la dinámica de manipulación entre dos personas; de hecho, la relación entre las dos protagonistas femeninas es mucho más una reminiscencia del melodrama lésbico Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972) de Rainer Werner Fassbinder.

Hay algo más que ha surgido consistentemente en las películas de Strickland que trasciende el homenaje a otros géneros, obras o cineastas, y consiste en el uso de técnicas pertenecientes al cine de vanguardia (como la empleada por Stan Brakhage en Mothlight, 1963, donde el celuloide es atiborrado por restos de insectos y hojas) para interrumpir lenguaje coherente de la narración y atacar la psique del  espectador con imágenes que podrían ser el equivalente al expresionismo abstracto. A veces, en Katalin Varga el diseño de sonido se hace cargo de la narración visual; la apreciación auditiva de atmósferas puras precede las acciones de los personajes. En Berberian Sound Studio aparecen algunos de los clips de la película en la que Gilderoy trabaja eliminando el límite entre el filme y el-filme-dentro-del-filme. En The Duke of Burgundy existen impresionantes montajes de las mariposas conocidas como “duque de Borgoña” y sus larvas, que agresivamente invaden la tensa trama romántica entre las dos mujeres, creando una experiencia de pesadilla.

Las películas de Strickland están sumamente inspiradas por los ideales de los artistas radicales de décadas pasadas. El cineasta británico puede adoptar modelos genéricos de estilos anteriores, pero sólo como un medio para resucitar una actitud consciente hacia la expansión del arte cinematográfico que se desplaza del entretenimiento y de la cultura popular, pero que auténticamente adquiere la etiqueta de radical. Peter Strickland es un director dispuesto a adoptar el cine como una manifestación artística que desafía la mirada y el oído del espectador. Es interesante observar que, hasta ahora, el cineasta británico que actualmente vive en Budapest –salvo su colaboración con Fenton en Björk: Biophilia Live– se ha resistido a filmar en Reino Unido. Rumania, Italia y Hungría han sido las locaciones de su elección; quizá, viajar más allá de su propio espacio y tiempo le ha permitido a Strickland redescubrir mundos y atmósferas que, frecuentemente, posibilitan la confección de complejas texturas audiovisuales gobernadas por el  equilibrio íntimo entre imagen y sonido.

 
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