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FICHA TÉCNICA
Ai no korîda
In the Realm of the Senses
 
Japón/Francia
1976
 
Director:
Nagisa Ôshima
 
Con:
Tatsuya Fuji, Eiko Matsuda, Aoi Nakajima
 
Guión:
Nagisa Ôshima
 
Fotografía:
Hideo Itoh
 
Duración:
109 min.
 

 
In the Realm of the Senses
Publicado el 11 - Mar - 2011
 
 
  • In the Realm of the Senses, fracturó la ventana por donde el mundo occidental podía asomarse a la exploración franca y directa de la sexualidad de Oriente. La historia de Nagisa Ôshima es contada sin miramientos.  - ENFILME.COM
  • In the Realm of the Senses, fracturó la ventana por donde el mundo occidental podía asomarse a la exploración franca y directa de la sexualidad de Oriente. La historia de Nagisa Ôshima es contada sin miramientos.  - ENFILME.COM
 
 

In the Realm of the Senses

Por Rodrigo González

1976, el año del estreno de In the Realm of the Senses, debe haber sido un año muy difícil para la censura en Japón. La película fracturó la ventana por donde el mundo occidental podía asomarse a la exploración franca y directa de la sexualidad de Oriente. La historia de Nagisa Ôshima es contada sin miramientos. En este filme como en toda su filmografía abunda el uso de la cámara como herramienta de exploración moral.

Aunque el título en japonés (Ai no korîda, que en español significa algo así como “corrida de toros del amor”) es menos poético que el usado para Francia o México (L'empire des sens y El imperio de los sentidos, respectivamente) ciertamente describe mejor el tono capital de esta cinta. Basada en una historia real ocurrida en Japón en los años treinta del siglo pasado, nos narra el encuentro entre Sada Abe (Eiko Matsuda), una mujer que intenta abandonar la prostitución y entra a trabajar como sirvienta, y su nuevo patrón, con quien vive un romance que los lleva a romper con los paradigmas de la pasión.

El juego previo

Aunque existe una gran cantidad de cintas que abordan temas referentes a la sexualidad con la sexualidad explícitamente retratada –desde la clásica Calígula (1979), hasta The Idiots (1998) de Lars Von Trier, Romance (1999) de Catherine Breillat o la perturbadora Ken Park (2002) de Larry Clark y Edward Lachman– pocas de estas cintas logran a través del poder gráfico del sexo llevarnos a un ejercicio interno y personal. La obsesión sexual hacia el otro se convierte en un tema común y en nuestra memoria aparecen, sin duda, imágenes que nos remiten a nuestra propia interacción con algún otro. Pero, ¿cómo logra Ôshima llevarnos a la reflexión a partir de su visión personal de este tema?, ¿cómo consigue darnos la distancia correcta para que logremos de nuestra empatía sacar recuerdos y visiones personales?

Así: despersonalizando por completo la sexualidad a través de una cámara tan cruda que lo mismo nos muestra el miembro flácido de un borracho, antiguo cliente de Sada, que a la misma Sada envuelta en el éxtasis de caminar por una calle desierta con el sexo de su amante entre las manos y siendo poseída al borde de una banqueta. Así es como la belleza de la anécdota sucumbe a un preciosismo que se antojaría fácil como elemento narrativo, pero que la madurez visual de un director como Ôshima deja de lado. No hay brutalidad ni morbo en las escenas, no hay animalidad ni instinto; sólo la belleza de quien se entrega a otro sin conciencia de los bordes o fronteras.

Desde esta tarima Ôshima se concentra en la perfección de la narración y desnuda a sus personajes de manera que seamos nosotros los que completemos las frases, quienes les demos cobijo con nuestros propios deseos, cumplidos o no.

Y a pesar de lo perturbadora que resulta en un principio, conforme sucede la historia nos topamos con un universo distinto: las ganas, los excesos, la sucesión de días y noches que llevan a las promesas que vaticinan el desenlace. El coqueteo del principio que nos pone en calidad de voyeurs activos, nos humedece las pupilas (no de lágrimas, por supuesto) como si los personajes nos prepararan para llevarnos con ellos, estar ahí y gozar su gozo, su obsesión.

El acto

Cuando esta obsesión crece entre Sada Abe y Kichizo Ishida, el pasado de ambos se desvanece. Atrás queda la vida conocida. El hambre por seguir encontrando el placer en el otro los lleva a explorar todo el abanico que su circunstancia les proporciona.

En el contexto histórico de un Japón Imperial, en proceso de industrializarse y de librar guerras con sus vecinos –en 1931 Japón recién invadía Manchuria y se ganaba el repudio de la Liga de las Naciones– el sexo se convierte para ellos en el lenguaje común de la pérdida y del hallazgo. Ambos personajes se despojan de cualquier negativa, se permiten golpearse, morderse, compartirse con otros y otras, se exhiben, multiplican cada una de las sensaciones que experimentan juntos o por separado, y todo esto para decirnos que conforme dejan crecer la pasión que sienten por el otro, más necesario se vuelve seguir alimentándola.

El clímax

Aquí es donde las metáforas se vuelven presentes. Para Sada, la idea de quitarle la vida a Kichizo por motivos de abandono, de posesión, de carencia o de diferencia de edad, se vuelve un tema recurrente. Quizá es ella la que desde su infinita sucesión de orgasmos nos advierte que el amor no sobrevive si no hay pasión, o que no hay amor que sea real si la pasión no lo gobierna todo, incluso más allá del deseo de ver al otro vivo y a nuestro lado.

Con una candidez sorprendente, Ôshima pone en el mapa de esta exploración del erotismo un número importante de escalas tremendamente vitales, como la dependencia al contacto físico o la permuta de la invasión del cuerpo por el cuerpo del otro. Nos deja descubrir, a través de los personajes, la razón de los celos, los motivos de vivir o de dejar vivir al otro; nos permite por un instante mágico ver una ecuación abrumadoramente cierta: cuando la pasión es más grande que lo que existe en la vida para alimentarla, es la vida la que deja de tener sentido para cualquiera.

Al igual que nuestros personajes, la película tenía que hundirse en los excesos y nos regala una secuencia final que se queda grabada para siempre. Así como Sada mutila a su amante asfixiado, la cinta mutila cualquier rastro de moralidad que podría quedarnos después de 90 minutos de un viaje que va del erotismo a la flagelación. La moraleja –que comparte raíz con ‘moral’– se incuba en nosotros como una idea extrañamente placentera. Aceptamos casi sin chistar el destino trágico de los amantes que lo arriesgan todo por el amor y, secretamente, por algún instante vemos un rostro familiar, quizá el nuestro o de alguien de nuestro propia historia, tendido al lado de Sada con la inscripción “los dos juntos para siempre”. Quizá para muchos ese sería el final perfecto de las historias de amor.


 
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