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FICHA TÉCNICA
Roads to Koktebel
Koktebel
 
Rusia
2003
 
Director:
Boris Khlebnikov, Aleksey Popogrebskiy
 
Con:
Gleb Puskepalis, Igor Chernevich, Evgeniy Sytyy, Vera Sandrykina, Vladimir Kucherenko
 
Guión:
Boris Khlebnikov, Aleksey Popogrebskiy
 
Fotografía:
Shandor Berkeshi
 
Edición:
Ivan Lebedev
 
Música
Lutgardo Labad
 
Duración:
100 min
 

 
Koktebel
Publicado el 14 - Jun - 2013
 
 
Los realizadores, Klebnikov y Popogrebskiy, juegan con las preconcepciones del espectador demostrando que las cosas no tienden a ser como parecen a primera instancia. - ENFILME.COM
 
 

Para mi padre, Alfonso…

y para mi hijo, Pony.

alfonso flores-durón y m. (@SirPon)

Es claro para casi todo el mundo que las ‘road movies’ sirven como vehículo de descubrimiento para los protagonistas involucrados: de los auténticos propósitos del hombre hacia la mujer con la que viaja y/o viceversa (hombre y hombre, o mujer y mujer) que aparentemente se embarcan en el periplo sin dobles intenciones; de las heridas a cicatrizar o fugas de escape a detectar en la familia atribulada; de las rutas a explorar o la fortuna con la cual chocar de los delincuentes; del sentido de vida a encontrar por dos seres humanos apesadumbrados, desconcertados, quienesquiera que sean; en última instancia, del intenso conocimiento que gradualmente va adquiriendo de sí mismo cada personaje que participa en el viaje filmado. Nunca, en una ‘road movie’, participante alguno de la travesía la termina intacto; siempre acontece algo que, en mayor o menor medida, trastoca al o los involucrados.

Cuando el proceso es experimentado por más de una persona, el conflicto se potencia. A los hallazgos con que cada sujeto se enfrenta, durante las diferentes vicisitudes que le presenta el recorrido –sobre aspectos íntimos de su propia naturaleza que hasta entonces desconocía, rehuía o, cuando menos, había eludido encarar–, se suma el mismo fenómeno, pero digerido o desasimilado por el otro(a). Dos cabezas, dos almas distintas, sobrellevando la combustión interna que propicia cada golpe inesperado de vida nueva y, al mismo tiempo, recibiendo la reacción de los efectos que lo propio suscita en su acompañante. Cuando quienes se asocian en una vivencia de este tipo no comparten perfiles similares, bagajes semejantes o gustos afines, incluso perteneciendo a la misma familia, el itinerario puede ser traumático, cuando no infausto. El recorrido de Padre (Chernevich) e Hijo (Puskepalis), en Koktebel, no es sencillo, ni terso, en lo absoluto.

Padre, rebasando los 40 años, e Hijo, de alrededor de 13, acometen la extenuante y atrevida faena de viajar desde Moscú, cruzando por Ucrania, hasta la costa de Crimea, en el Mar Negro, a un sitio llamado Koktebel. El hecho de que lo hagan a pie le confiere un carácter peculiar a la historia. De inmediato queda establecida información sustantiva, y fija el perímetro de acción entre sus dos personajes. Es decir, carecen de los recursos para, siquiera, pagar cualquier tipo de transporte; y estarán obligados a una convivencia ajustada, cuerpo a cuerpo, incluso más enfática que si viajaran en auto. No podrán evadirse el uno al otro, aparentemente. Y, además, se verán permanentemente escoltados por la grandiosidad del paisaje, de la inacabable llanura rusa, que los abarcará a cada desplazamiento. Será inevitable que su convivencia diaria derive en un conocimiento más profundo del otro, pero también que se presenten crispaciones en el trato. Tensión, en sus diferentes modalidades y modulaciones, no les faltará. La parquedad de sus diálogos no abona a la confianza, ni entre ellos, ni a la del espectador respecto a la estrechez de su relación, por más rusos que sean.

Más temprano que tarde esa tensión estalla, de forma angustiante. Caminando ceñidos a las vías del tren, se topan con unos vagones en reposo y se suben de polizontes. Se acurrucan, pegaditos para darse calor (y enfatizar la unión a la que los conmina la andanza), y duermen. En una escala, intempestivamente, el Padre salta del tren; la cámara se queda en el vagón con el Hijo y lo vemos alejarse, con el mismo recelo que su niño. El hombre camina deprisa hasta llegar al pie de unos arbustos donde arranca algunos frutos. Apenas quiere asentarse el sosiego cuando el sonido de la puesta en marcha de la máquina estremece la quietud, la del alba, la del espectador y, particularmente, la del niño; su rostro trasluce toda la angustia posible en el mundo. El padre se precipita hacia el tren, pero la distancia pone en severa duda la consecución de su meta. El niño no sabe qué hacer pero, antes que paralizarse, actúa. Toma parte de sus pertenencias y las arroja, anticipando el peligro que le representará un salto del tren a la velocidad que ya en ese momento ha tomado. El padre está cerca del vehículo en movimiento pero parece que no lo logrará. Cuando la desesperación del niño lo tiene al borde de una acrobacia que le asegurará un aterrizaje mortífero, descubre que su padre ha conseguido treparse al vagón final del tren. El manejo de la cámara, el sonido y la forma en que los realizadores amalgaman estas escenas en el montaje de la secuencia, se erigen como resortes que compendian la gama de sensaciones, emociones, temores y certezas que vibrarán, oscilantes, a lo largo del filme.

A partir de este episodio, Koktebel se dividirá en varios segmentos en los que se entremezclan encuentros con gente compasiva y con seres despreciables. Como suele ocurrir en las historias fílmicas de valor, no es sino hasta el conocimiento más hondo de ellos que la primera percepción termina transformándose en su opuesto. El guardia que los baja del tren, el viejo que los aloja en su destartalada vivienda, la atractiva doctora que les ofrece refugio en su casa. Cierto es que este material en manos de Sergei Loznitsa habría tenido un desarrollo proclive a la devastación y la catástrofe. Para Boris Klebnikov y Aleksey Popogrebskiy, los incidentes de todo tipo, tanto los menores y aparentemente insignificantes, como los más opresivos y angustiantes, nos permiten, por un lado, conocer más de la historia de los protagonistas (la madre murió no hace mucho, el Padre quedó fulminado por la pérdida, se dedicó al alcohol, el Hijo quedó solo, deambulando por las calles, el padre era violento con el niño, deseaban huir de la ciudad –que, como todas, resulta ser hostil para los desgraciados– e instalarse en un puerto, de cara a un mar esperanzador, quieren estar juntos); y, por otro, con base en sutilezas reclamadas a gestos, recursos narrativos (como efluvios musicales intercalados a modo de cortinilla entre los episodios), diálogos concisos y puesta en escena de circunstancias de confrontación, inspeccionar con ojo aguzado todo recoveco posible del alma del hombre y su niño.

La relación entre padre e hijo es una de las más complejas y difíciles de sobrellevar; lo es más aún de retratar. Aleksandr Sokurov, el actual patriarca del cine ruso, aventuró su propia revisión con el filme Father and Son (2003), en el que retrata de forma sobrecogedora, incluso polémica (se le llegó a, obtusamente, acusar de homoerotismo) el amor entre ellos, en toda su dimensión. Otro ruso, pero en las letras, Iván Turgenév, en su novela Padres e hijos auscultó de forma suprema la pugna natural que se establece entre quienes comparten sangre y genes, pero están separados por brechas generacionales, contextos de evolución distintos; cuerpos individuales con sus propias necesidades físicas, intelectuales y espirituales. Tantas cosas se callan entre los padres y sus hijos varones, muchas veces confiando en que éstas se sobreentiendan; empero, incluso en el sobreentendimiento, se abre un amplio boquete que da pie a incertidumbres, malentendidos, vacilaciones, desasosiegos. Aparentemente no existen diseños elementales para manifestar el amor o la empatía, ni de ida, ni de vuelta. Para propiciar el conocimiento detallado del otro se exigen fórmulas que habitualmente les son ajenas a su naturaleza o en el mejor de los casos a su tradición. Visos de rivalidad, de desconfianza, de confrontación de posiciones sobre temas cruciales, son comunes a esta relación. El esgrima entre el ejercicio de la autoridad y el deseo de emancipación por lo general no tiene límite de tiempo. El amor, en ambos sentidos, debe ignorar y sortear todas las púas que lo cercan.

La acumulación de sensaciones y emociones experimentadas tanto por el Padre como por el Hijo en este aprendizaje intensivo que tienen el uno del otro, además en contextos que exigen respuestas espontáneas y súbitas, termina llevándolos al punto de la ruptura en Koktebel. Y es el Hijo, quien atribulado por ciertas decisiones de su Padre y, trascendental, por el quebranto de algunas de sus promesas, decide disolver el pacto que los unía. Su frustración y tristeza lo incitan a vencer el severo miedo de quedarse solo, y lo propulsan al primer encuentro con una prematura madurez. Desde ahí, un eventual reencuentro con su padre seguramente adquirirá un sentido diferente, tal vez menos ideal, pero definitivamente de mayor afinidad y consistencia.

Koktebel en la superficie podría parecer un filme inocente, incluso ingenuo. Pero así como los realizadores, Klebnikov y Popogrebskiy, juegan con las preconcepciones del espectador demostrando que las cosas no tienden a ser como parecen a primera instancia, lo mismo sucede con la película. No es necesario escarbar demasiado para develar su intento por recuperar la inocencia perdida de sus protagonistas a través de este viaje físico y espiritual en busca de un futuro que borre, o cuando menos desvanezca, el trágico pasado del cual están escapando. La división de la narrativa recurriendo a las viñetas resulta favorable para esa exploración gracias a que les permite que tanto la trama como el discurso avancen de manera compacta; así, cada episodio desarrolla su propio tema, despliega sus gestos, acciones y reacciones, y les permite ir cerrando pequeños círculos que paulatinamente se van complementando entre sí. Es evidente, asimismo, la importancia que dieron los directores a las interpretaciones, pues sin la meticulosidad con que las trabajaron, les habría sido imposible alcanzar el grado de interacción necesaria entre Padre e Hijo, particularmente considerando la escasez de diálogos y lo escuetos que son éstos en la historia. Con un delicado trabajo de cámara, que respeta el tiempo que pasa sobre ellos dejándoles rastros al menor descuido, pero que simultáneamente captura de forma evocativa y lírica la inmensidad del paisaje que penetra los ojos bien abiertos del niño –acostumbrado a ver masas de concreto, montones de gente, sombras ominosas y desánimo–, para restaurarle ilusión y entusiasmo, aunque sea en dosis intermitentes.

Los realizadores rusos hilvanaron con tanto esmero este acervo de detalles, sentimientos e interrelaciones, que se beneficiaron del éxito en su intención de colmar de matices y tonalidades que el tratamiento de los temas abordados exigía; al hacerlo, adquirieron los recursos para moverse con plasticidad incluso entre los más intrincados de ellos. Destaca el hecho de que el niño se convierta, por momentos, en la auténtica figura paterna, cuidando a su volátil padre, y le imponga sigilosamente algunas pautas de comportamiento que inyectan tersura a la potencial explosividad de su vínculo. La condición del nexo entre un padre y un hijo varón fluctúa constantemente entre el encuentro y el desencuentro, de igual forma que entre la ternura y la rebeldía, siempre bajo la inapelable distancia de los años y la experiencia, pero también cobijada por el amor que, por más graduaciones e intensidades con las que se presente, en el fondo siempre es el mismo: el que hospeda la prolongación de un nombre y una herencia; el que exalta la gratitud y la admiración, en vaivén; el que afirma una memoria compartida. Los jóvenes directores (y escritores) rusos ofrecen una concluyente muestra de tenerlo bien entendido y asimilado. Con Koktebel, además, lo pusieron en manifiesto, con brillantez, en la historia del cine.

 
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