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54 BFI London Film Festival
Publicado el 16 - Nov - 2010
 
 
  • Del 12 al 27 de octubre, 2010. Londres permitió un suculento festín que desde ahora nos deja salivando en espera del siguiente.  - ENFILME.COM
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Por Richard Parkin

Llámenlo tiempos de austeridad. Atribúyanselo a las inclemencias del clima, al calentamiento global, al gobierno de coalición, lo que sea, pero la cosecha anual de los frutos de la producción cinematográfica de todo el mundo, la cosecha del BFI London Film Festival, no deshizo las pantallas de la capital con abundancia de calidad. O, tal vez, la excelente cosecha del año pasado nos echó a perder —como recordatorio, en el espacio de dos semanas disfrutamos, entre otras, The White Ribbon, Un Prophète, Mother, The Father of my Children, Dogtooth. Nada podía estar a la altura. Y aunque este fue un año magro, no hay que desesperar, hubo un montón de muy buenas películas en la ciudad, algunas incluso cercanas a la grandeza.

London Film Festival from EnFilme on Vimeo.


 

Si existe un cineasta al que el London Film Festival ha apoyado consistentemente a lo largo de su carrera, es el director tailandés, Apichatpong Weerasethakul. Desde su debut extraordinario, semi-documental, Mysterious Object At Noon (2000), cada uno de sus trabajos se ha presentado aquí. Dado entonces, a su última película, la ganadora de la Palma de Oro, Uncle Boonme who can Recall his Past Lives, se le concedió una proyección de gala algo tardía. Sin duda esta es su obra maestra.

Weerasethakul parece totalmente acoplado con su entorno, sus temas de la memoria y el mito son usados con soltura. Quedaron atrás las presunciones estructurales y elipses de Tropical Malady (2004) y Syndromes And A Century (2006) que fueron sustituidas por un flujo narrativo absorbente y relajado. Boonmee (Thanapat Saisaymar) se retira a su finca cercana a la frontera con Laos para prepararse, asumimos, para su muerte. Su cuñada, Jen (Jenjira Pongpas), y un amigo de la familia, Tong (Sakda Kaewbuadee), lo visitan. Beben té, degustan miel y luego, después de la cena, como atraídos por las luces del porche, llegan otros seres —el fantasma de su difunta esposa y su hijo perdido, transformado en un mono fantasma con los ojos rojos neón. Son bienvenidos. Más tarde, los tres (humanos) se aventuran a la selva y se establecen en una cueva-vientre a esperar. Se trata de llegar a un acuerdo con la muerte, pero no como la entenderíamos en Occidente. Weerasethakul cree en la transmigración de las almas; para él, la membrana que separa la vida y muerte, el presente, el pasado y el futuro, es porosa. La película también se mueve con facilidad entre flashbacks, o “vidas pasadas”, y hacia el final, acelera inesperadamente, como Boonmee recuerda, en imágenes fijas de maniobras militares, un sueño inquietante sobre el futuro que es sin duda una reverberación de las preocupaciones sobre el actual régimen de Tailandia y, sin embargo, también es un reflejo del pasado y la culpabilidad del personaje sobre su propio servicio militar. Un susurro político en un país donde podría ser mejor no levantar la voz. Este es rico, enigmático, estimulante y —sí— escapista, cine verdaderamente escapista. Extasiante.

 

Otro filme asociado con la metempsicósis (transmigración de las almas) fue Le Quattro Volte, del italiano Michelangelo Frammartino, un trabajo cuyas delicadas estructuras y obsecada fe en la habilidad de la cámara para capturar la esencia de las cosas paga bien — y requiere— verse más de una vez. A primera vista, podría considerarse como una especie de documental etnográfico que observa calladamente el ritmo de la vida en un vetusto pueblo montañoso en Calabria, Italia, hasta que la expiración en pantalla de su protagonista, un pastor taciturno, traiciona sus discretas modulaciones ficticias. Al tiempo que un protagonista muere, el siguiente nace. Y así sucesivamente: cuatro episodios presentan cuatro encarnaciones de un alma: el viejo pastor, una cabra bebé, un abeto y un costal de carbón. La visión de Frammartino de nuestra interconectividad cósmica es resueltamente material, enraizada en este mundo —sin changos fantasmagóricos o seres espectrales, nada tan exótico y sensual. La casi completa ausencia de diálogo allana la distinción entre hombre, animal, planta y mineral; nos reduce a humo y ceniza. Carbón. A cambio, dentro de los encuadres se puede encontrar humor. El pastor anciano derrotado por una cacerola de caracoles, la cabra bebé surgiendo de una zanja con perfecto timing cómico y un una secuencia contínua –que pronto será celebrada- en la que un perro alborota una peregrinación de Semana Santa. El filme es un triunfo de la paciencia (su rodaje tomó cinco años), de la disputa animal y, debe decirse, del financiamiento cinematográfico.

 

Kelly Reichardt ha hecho películas desde mediados de los años noventa, pero su fama internacional llegó en 2006 con la suave y astuta Old Joy (protagonizada por el músico Will Oldham). Su reputación se vio reforzada por Wendy & Lucy, un desgarrador boceto de la soledad, una de las destacadas del LFF 2008. Su última película, Meek’s Cutoff, mantiene la estética minimalista, pero amplía significativamente su alcance: una pieza de época —un western— con un elenco notablemente ensamblado, que incluye a Michelle Williams, Bruce Greenwood, Paul Dano, y Will Patton. La ruta de Oregón, 1845. Empleando al dandy presumido Meek (Greenwood) como su guía, tres familias de emigrantes se salen de la ruta principal con la esperanza de alcanzar y tomar posesión de fértiles pastizales, pero como el atajo prometido (el ‘cutoff’ del título) los adentra en el desierto y su viaje se convierte en una búsqueda cada vez más urgente de agua, Emily (Williams) empieza a dudar de las decisiones de los hombres. Su punto de vista adquiere protagonismo cuando la captura de un nativo americano divide al campamento. ¿Los guiará este desconocido al agua o a su desaparición? Arraigada en realidades domésticas y detalles íntimos y personales —extraídos de los diarios de los colonos— se trata de una fábula densa, hermosa y terrible al final, sobre el desafío de la fe en el rostro de lo desconocido, lo desconocido que incluye las intenciones del prójimo .

 

Al igual que Reichardt, la escritora y directora Joanna Hogg parece destinada a convertirse en una invitada habitual del Festival. Su auspicioso debut, Unrelated (2007), un estudio sobre una infeliz cuarentona de vacaciones en Toscana, es una de las películas británicas más incisivas de la última década, tan refrescante como una ducha fría. Su nueva película, Archipelago, continúa siendo —digamos— juliana de la misma vena de la clase media alta. Esta vez la sede es las Islas de Scilly, donde la familia Leighton, o algunos elementos de la familia Leighton, está tomando un descanso fuera de temporada. Edward (Tom Hiddleston) está a punto de convertirse en voluntario en África, una decisión que le inspira una excesiva indignación a su hermana menor, Cynthia (Lydia Leonard). Mientras tanto, su madre se distrae con lecciones de acuarela. Todos ellos, inquietos, esperan la llegada del padre de la casa. La actuación improvisada, con una mezcla de actores profesionales y no profesionales, dota de informalidad a una puesta en escena tan emocionalmente tensa que el más discreto de los gestos reverbera. Una vez más, la cámara estática de Hogg y las tomas largas se rehúsan a irrumpir la tensión, obligando al público a sentarse y retorcerse. En Unrelated hizo un uso excelente del espacio fuera de la pantalla —en una secuencia notable de una sola toma encuadra al grupo reunido alrededor de la piscina incapaz de irse mientras que se entabla una disputa verbal en la villa detrás de ellos—, la técnica se repite aquí cuando nos sentamos con la cocinera Rose (Amy Lloyd), confinada a su habitación, mientras Cynthia pierde los estribos en la planta baja. Es atroz. Hogg ha sido criticada por no darnos oportunidad de sentir empatía por los personajes. Ese no es el punto. El estilo es muy refrescante precisamente porque no hace ningún esfuerzo por congraciar, porque supone el interés de las personas; por no mencionar una sensibilidad a sus contradicciones. Es comedia fría y quirúrgica, tal vez, comedia como Michael Haneke podría imaginarla, pero, comedia finalmente. Archipelago estrenó en Londres y recibió una mención especial como Mejor Película del Jurado del Festival.

¡Los post-soviéticos están llegando!

 

El premio a Mejor Película fue para How I Ended This Summer de Aleksei Popogrebsky, que marca un regreso triunfal al Festival para el escritor y director cuyo aclamado primer largometraje, Koktebel (en colaboración con Boris Khlebnikov, 2003), se proyectó aquí hace seis años. Su primera película como solista, Simple Thing (2006), fue poco vista fuera de Europa del Este, pero este trabajo intenso, deliberadamente pausado, situado en una estación meteorológica aislada del Ártico, parece listo para una distribución más amplia. El recién egresado de la universidad, Pasha (interpretado por el debutante Grigory Dobrygin), se refiere a su colocación de verano como una especie de aventura, y su irascible y veterano colega Sergei (Sergei Puskepalis) no aprecia su actitud y se asegura de que el joven sepa para qué se encuentra ahí. Pasha recibe la noticia de que la esposa de Sergei y su hijo han muerto, pero cuando Sergei regresa de una expedición de pesca de trucha, Pasha no se atreve a darle la noticia. Una vez que deja pasar el momento justo, su dilema se acrecienta, aumenta la tensión y la atmósfera de desconfianza abre paso a la paranoia. Teniendo en cuenta que el equipo pasó tres meses de filmación en locación en la isla de Chukotka, la región más al noreste de Rusia, sorprende un poco que el jurado de la Berlinale, dirigido por Werner Herzog, el mayor aventurero cinematográfico, no le haya otorgado también el primer premio. En cambio, la película tuvo que conformarse con un merecido premio a Mejor Actor, compartido entre los dos hombres, y al Logro Artístico Excepcional, para el director de fotografía, Pavel Kostomorov, por su uso expresivo de paisajes extraordinarios, capturados en tiros crujientes y estáticos y por mostrar una elegante fotografía secuencial.

Mi selección del Festival, y sin duda el debut más convincente, fue otro filme postsoviético, My Joy, una fábula intransigente sobre la vida en el interior de Rusia, de Sergei Loznitsa. El título ferozmente irónico se burla —me parece— de la antigua tendencia soviética de exaltar la tierra y sus trabajadores: la Rusia de Loznitsa es un lugar brutal, poco acogedor, olvidado por Dios, poblado por policías corruptos, soldados merodeadores y locales que depredan sin piedad. No es un lugar para admirar y ciertamente no es un lugar para quedarse varado, que es justo el destino del joven camionero, Georgy (Viktor Nemets), el supuesto protagonista de la película. Loznitsa pasó años recorriendo las provincias de Rusia, mientras investigaba y filmaba una serie de documentales sumamente minimalistas (“Life, Autumn, 1999, “The Settlement”, 2001, et al.) y parece que el material se deriva de los personajes que conoció y las historias que escuchó. El estilo es anecdótico y basado en la observación, más una acumulación de incidentes hostiles y desvíos inquietantes que una narrativa coherente; su argumento implacablemente nihilista es atenuado, ligeramente, por la sobria fascinación del documentalista, su devoción por su tema. Una historia sensacional relatada sin rastro alguno de sensacionalismo, tan irresistible como arrancarse la costra de una herida en sanación.

Dios también parece haber abandonado a los nuevos ricos de Estonia, pero en esta ocasión motiva a un tratamiento más salvajemente imaginativo, cortesía de Veiko Õunpuu, en The Temptation of St. Tony (2009), un brillante y barroco filme, aspirante a obra maestra que da seguimiento a la agonía de Tony, un administrador de medio nivel que atraviesa una crisis de mediana edad de dimensiones religiosas. De entrada vemos a Tony llevando una cruz mientras encabeza el cortejo fúnebre de su padre. Detrás, un auto fuera de control conduce a toda velocidad hacia el mar. El conductor se tambalea hacia el Bentley Continental de Tony y le suplica lo deje calentar el asiento de lujo de su auto por un momento. Más tarde, en su camino a casa, Tony descubre sangre sobre la piel, la distracción lo hace atropellar a un perro callejero que decide enterrar en el bosque, pero en el bosque se encuentra con un alijo de manos cortadas... Hasta ahora, todo lineal, pero una vez que se muestran las grietas de su mundo lo mismo sucede con la línea entre sueño y realidad y Tony se enfrenta, quizás por primera vez, con las posibilidades del bien y del mal. Técnicamente, el filme es un tour de force: con exquisita fotografía de gran profundidad de campo en “negro y plata” de Mart Taniel (en 35 mm, por supuesto), de edición suprema a cargo de Tomas Lagerman, y una impresionante y ecléctica banda sonora que abarca suites de violonchelo y electro-dance. Pero también es un desfile de referencias al cine de arte europeo, desde Bergman a Bela Tarr pasando por Antonioni, Buñuel, Polanski y Lynch (él es estadounidense, sí, pero un Europeo honorario), los desgastados y decadentes diseños de cabaret de Weimar del último acto se constituyen como un paso demasiado próximo a la parodia.

Silent Souls de Aleksei Fedorchenko fue otro hit de festivales rusos que ahonda profundo en el alma de las provincias, una elegía de una cultura perdida, la ya asimilada tribu meria (de origen ugrofinés) que habitó la región del Lago Nero. Un narrador, retomando el cuento, “The Buntings”, nos relata cómo dos hombres rusos de ascendencia meria toman la carretera para representar un rito funerario antiguo con el cuerpo de una mujer devota. De acuerdo con tradiciones precristianas casi olvidadas (y posiblemente ficticias), el cuerpo debe ser incinerado, al aire libre, las cenizas dispersadas en el agua, mientras que en el viaje debe haber “humo”: el afligido habla cándidamente y, puede decirse, catárticamente, sobre las intimidades de su relación, el acompañante escucha. Es una empresa profundamente sentimental, que vive el duelo tanto de la esposa fallecida, como de una cultura desaparecida. Los flashbacks dan indicios de una intimidad tácita, extramarital, entre el acompañante y la mujer, que añade otra capa de patetismo. La sensación de pérdida es señalada quizás de manera demasiado directa con las punzantes cuerdas de la música de Andre Karasyov porque, al mismo tiempo, las intrusiones reflexivas de la voz narrante nos alejan de la inmediatez del dolor personal, habiendo dejado atrás las escenas filmadas al reino del pasado.

 

La otra visión

Por Alfonso Flores-Durón

No es gratuito que en el último aliento de la primera década del ya no tan nuevo siglo, uno de los eventos especiales del festival se haya titulado “In the Hands of Fate: Existentialism in Film”. El contenido del panel de discusión estribó en hablar de cuatro filmes que se presentaban en el Festival y cuya temática central enfatizaba la “lucha filosófica con la circunstancia”, vista ésta desde diferentes ópticas, incluso contrastantes. De tres de esas peliculas ya habló, arriba, Richard: Uncle Boonme who can Recall his Past Lives de Apichatpong Weerasethakul; Le Quattro Volte de Michelangelo Frammartino; y The Temptation of St. Tony de Veiko Õunpuu. La cuarta es Of Gods and Men del francés Xavier Beauvois, que ganó el Gran Premio en el pasado Festival de Cannes. La historia, basada en eventos verídicos, nos relata la vida de un grupo de monjes católicos galos que habitan un monasterio argelino. Estos hombres están intensamente involucrados con la comunidad, aconsejan, ofrecen servicios médicos e incluso toman té con los pobladores que, en su mayoría, profesan el islamismo. Sin embargo, grupos musulmanes extremistas convulsionan la armonía de la región y ponen en predicamento no sólo la continuidad del proyecto del convento, sino la propia seguridad de los monjes. Of Gods and Men es, incuestionablemente, una obra maestra del cine. Beauvois ha optado por la simplicidad, por la cercanía con sus personajes, por el entendimiento de la profunda crisis a la que se enfrentan y para cuya salida se refugian en una fe tan poderosa que, pese a tambalearse, termina fortalecida, guiando su proceder y volviéndose tan palpable que la cámara la registra en plenitud como si se tratara de un ente material. El espectador no puede menos que sentirse abrumado ante tan sublime prueba de humanidad.

La sorpresa más agradable del festival, personalmente, la representó Winter Vacation del chino Li Hongqi: una adorable colección de viñetas en las que el término minimalista resultaría churrigueresco y el absurdo, sentido común. El realizador, novelista y poeta, extrae cada gota de jugo de cuanta palabra se emite y cada gramo de cuanta expresión o movimiento se ejecuta. Dentro de esta escacez de recursos y artilugios articula un discurso pletórico en crítica social y política al régimen totalitario chino. Esto, con un demoledor sentido del humor, in crescendo, que hasta a los censores debe haber cautivado. Simplemente maravillosa.

The Arbor, de Clio Barnard, es un portentoso ejercicio fílmico que experimenta al reproducir pasajes de la convulsionada vida de Andrea Dunbar (autora de Rita, Sue and Bob Too!, 1986, que el gran Alan Clark llevó a las pantallas de cine), en los sitios mismos donde ella vivió (un sórdido council estate en Bradford), utilizando actores, pero respetando las voces auténticas de los personajes reales; es decir, grabó entrevistas con éstos y a partir de ellas planteó escenificaciones en las que sus actores hacían lip-sync sobre los testimonios de quienes convivieron con Andrea mientras ella vivió (su excesiva forma de beber le provocó una hemorragia cerebral a los 28 años que la mató). Todo basado precisamente en The Arbor, otra de las obras que escribió y que, una vez más, estaba colmada de esos dolorosos pasajes autobiográficos para los que contribuyeron los residentes de esa zona de Yorkshire. Recreaciones de secuencias, puestas en escena y fragmentos de antiguos documentales se combinan para conseguir un filme original, propositivo y tremendamente emotivo.

 

Y hablando de sentido común, Attenberg de Athina Rachel Tsangari, quien forma parte de una especie de colectivo fílmico, mismo al que le debemos Dogtooth (ella fue productora), retoma los aparentes sinsentidos en la forma de comportarse de los participantes en la trama de aquel sensacional filme. En esta ocasión la historia se ubica en una desoladora ciudad industrial griega. Insiste en la revisión satírica de los anquilosados códigos de comportamiento en Grecia, con resonancias al resto del mundo, en pleno año 2010.

 

El maestro Ken Loach no sólo participó en el LFF a través de su interesantísima y esclarecedora charla respecto al complejo estado actual del cine como industria, sino que presentó su más reciente cinta, Route Irish. Al más puro estilo Loach, el filme está cargado de elementos políticos planteados en forma de thriller, que escrutan los perversos intereses comerciales involucrados en el fatídico conflicto iraquí. Por momentos parece más de género que de autor. Para balancear ciertos guiños con patrones de cine ajenos a su idiosincrásico estilo concibe, en compañía de Paul Laverty –su habitual guionista-, una intrincada trama que, además de acudir a teorías conspiratorias de carácter económico con el gobierno británico involucrado, teje con hilo negro espinosas relaciones personales que conflictúan más las vidas ya de por sí trastocadas directa o indirectamente por la guerra de Irak en las lejanías de las islas del norte.

Finalmente, también jugando como local, el otro maestro inglés, Mike Leigh, aprovechó este Festival del que él es habitual espectador para entregar su nueva película, Another Year, que, es necesario decirse, de inmediato se ha colado entre las más destacadas de su de por sí brillante filmografía. La historia de una sólida pareja que lleva más de 35 años de casada en primera instancia podría parecer demasiado sentimental, quizá hasta poco real. Pero proviniendo de Leigh, y sustentada en situaciones cabalmente planteadas y magistralmente resueltas, la película pie a pie va ganando credibilidad y emotividad. Los satélites que rodean a la pareja (una divertida, borrachona y solterona amiga cuarentona, un divorciado y también bebedor amigo cincuentón, el recién enviudado y deprimido hermano del marido, el hijo a mitad de los treinta en busca de encontrar con quién compartir su vida) funcionan a la perfección como referencias para subrayar que es posible –en la primera década del siglo XXI, en una ciudad como Londres, en un país como Inglaterra- conseguir estabilidad y cercanía con la noción que tenemos de felicidad, a pesar de ser personas no extraordinariamente exitosas, y mantener vivo un sano matrimonio, pese a las dificultades. No cualquiera se atreve a plantear tal faena, y muchos menos lo logra sin caer en la cursilería o el sentimentalismo ramplón. Mike Leigh lo ha logrado gallardamente y sin retraimiento. Con su costal de arena ha contribuido a que, después de una revisión más exhaustiva, podamos concluir que, viéndola bien, la cosecha fílmica recogida en octubre y noviembre pasados en Londres permitió un suculento festín que ya, desde ahora, nos deja salivando en espera del siguiente.

 
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