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¿Vamos al cine?: reminiscencias de los cines de antes
Publicado el 03 - Sep - 2014
 
 
¿Cómo era ir al cine en el pasado? - ENFILME.COM
 
 
 

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Por Juan María Ordóñez Velasco (@algarabia

La cinefilia, al parecer, es una cosa hereditaria. Mi mamá —madre soltera y enfermera de profesión— nos contaba a mí y a mis hermanos que, al llegar del trabajo, aun exhausta después de las jornadas en el hospital, acudía sin falta —dos o tres veces a la semana— a las funciones de permanencia voluntaria a ver los clásicos de Alfred Hitchcock —«después de ver Psicosis, les juro que me daba miedo meterme a las regaderas del hospital»—, las superproducciones de Cecil B. De Mille, de Michael Curtiz o los musicales de Fred Astaire y Gene Kelly.

Incluso, la santa señora se daba el lujo de adjudicarle la paternidad de cada uno de nosotros a su galán preferido del momento: Alain Delon, papá del mayor; Tyrone Power, del mediano... y a mí me dejaba a Charles Bronson. Sí, el más feo de todos; pero, para mi fortuna, «sex appeal mata carita».

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Charles Bronson

 

Y es que, según intuyo ahora, la vida estresada de dobles y triples turnos en consultas, cirugías y urgencias, y la carga de criar sola a tres «hijos de Villa» como nosotros, debía tener una vía de escape. Y ésta era la pantalla grande, la comodidad de las butacas y el esplendor de las cintas de la Época de Oro de Hollywood, los impecables números musicales, la belleza de los escenarios y del romance de dos personas que tenía siempre —no como allá afuera— un buen final, feliz y duradero.

 

Permanencia «involuntaria»

Antes de los años 70, ir al cine no era cualquier cosa. Los códigos de vestimenta del México de aquellas épocas señalaban que uno debía andar bien vestido, peinado y con sombrero, en especial si iba al box, al teatro o al cine. Además, era un evento tan preciado que se ponía cierta atención al momento de elegir una función: la gente mayor recordaba que, cuando las películas eran mudas, la sala se elegía de acuerdo con el mejor «presentador», un individuo muy elegante que, antes de proyectar, se plantaba frente a la audiencia y, con dotes histriónicas y de orador, pormenorizaba la trama de la cinta en cuestión. Además, había una orquesta en vivo.

Para los que conocieron la experiencia del celuloide ya en las actuales multisalas, es importante aclarar lo que significaba «elegir la sala»: durante el Pleistoceno al que me refiero, una película se proyectaba en un cine específico, y
 éste constaba de sólo una sala —grande, mediana o chica—, con una única taquilla, una sola dulcería y un cácaro
 a cargo.

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Así que, si uno quería ver, por ejemplo, a Bruce Lee en Operación Dragón (1973), y ésta se exhibía sólo en el cine Jesús H. Abitia, había que trasladarse hasta aquellos linderos sureños de la Ciudad de México. Y así con las demás: la cartelera de cines se ordenaba alfabéticamente y uno podía buscar el cine más cercano «y ver qué había» o, en su defecto, buscar una película específica y recorrer los kilómetros necesarios para encontrarla.

Una modalidad de exhibición, por demás extinta, era 
la «permanencia voluntaria», que significaba justo eso: uno podía permanecer en la sala, si lo deseaba, mientras se proyectaban dos o hasta tres películas seguidas casi sin interrupción. Con lo atractivo que podía sonar esto, la mayor parte de las veces —en especial cuando uno era niño— significaba una verdadera tortura. ¿Usted
 se imagina ver, literalmente de un sentón, Los diez mandamientos (1953) —con sus 220 minutos— seguida de Ben-Hur (1959) —con otros tantos—, más sus respectivos intermedios?[1]

¿Es decir, poco más de siete horas aplastado en una butaca desvencijada, ya húmeda y caliente? ¿Alternando la carga corporal en la asentadera izquierda, luego la derecha, izquierda, derecha? Y, al cabo de las horas, terminar en un recinto que olía a piso de linóleo 
con refresco derramado y pegajoso, a comida y a humanidad, a cargo del tío soltero y consentidor, que invariablemente roncaba durante toda la función. Y luego hay quien pregunta por el origen del trastorno por déficit de atención.

 

Comida y juego en el cine

¡Las dulcerías! ¿A qué niño no le emocionaba, antes de disfrutar de la función, acercarse al mostrador iluminado y pedir una o varias bolsas de dulces o pasitas con chocolate Escalona, una copa Holanda, unas Lenguas de Gato, las infalibles palomitas o los despachadores de dulces Pez? Y para bajar todo eso, ¿qué mejor que un refresco gigante de naranja, de limón o de cola?

Sin embargo, no todos teníamos la misma suerte: una amiga me contaba que, a pesar de que su condición económica no era apretada, cada vez que iban al cine, su mamá le ordenaba: «Agarra dulces, que vamos al cine»; y así, ante sus ojos desfilaban los demás niños con risas como de hiena y las bolsas desbordantes de palomitas, sorbiendo los refrescos helados y sambutiéndose puños de dulces, mientras ella tenía que conformarse con lo que llevaba en los bolsillos: chiclosos del Osito Montes y paletitas Coronado.

Yo tengo un trauma similar: en mi infancia padecí mucho de enfermedades respiratorias, y como la tradición dictaba que las nieves y helados provocaban tos y resfriados, la autoridad materna prohibió férreamente que el pequeño Juan María probara las copas Holanda. En su lugar, mi madre y mis tíos me daban un gaznate, que era —según ellos— «como un helado, nada más que no está frío». Luego por qué uno tiene que gastar miles de pesos en terapias hasta expulsar esos resentimientos de rincones inimaginables.

El intermedio es otra figura arcaica. Consistía en 
una pausa de entre cinco y diez minutos, a mitad de
 la proyección, para que el público pudiera estirar las piernas, evacuar fluidos corporales sin perder la trama y, sobre todo, comprar más dulces, refrescos y palomitas, el verdadero negocio del cine.

Pero en el caso de las películas infantiles, el intermedio era el momento en que los niños liberaban la energía y los gritos contenidos durante 45 minutos, y corrían a aventarse por la pendiente alfombrada debajo de la pantalla, a corretearse y a juguetear con los grandes y pesados telones de antaño. Eran tiempos previos a la paranoia de los pater familias posmodernos, pero aun así —ya lo habrá adivinado usted—, fue otra de las experiencias cinematográficas que sólo pude contemplar... de lejecitos.

 

Autocinemas y películas «para grandes»

Una modalidad que tuvo un éxito notable en nuestro país —aunque no tanto como en los EE.UU.—, y que 
a mí sólo me tocó en sus años de decadencia, fue el autocinema. La historia nos dice que el primer drive in se construyó en 1933 en Nueva Jersey, y que para 1956 ya había más de 4 mil en toda la Unión Americana. El encanto consistía en una entrada barata y en el hecho de que, sin la presencia de los padres, los jóvenes podían besarse sin tapujos. Según algunos sociólogos, «el drive in tuvo un papel muy importante en las primeras experiencias sexuales de los adolescentes estadounidenses».[2]

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Si quieres conocer más sobre los cines de antes, consulta Algarabía 93. 



[1] Hay películas, como 2001: odisea del espacio (1968), que incluían un intermedio —intermission—: espacio sin imagen y sólo música, en el momento preciso para causar mayor expectación.

[2] Frédéric Martel, Cultura mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masa; México: Santillana, 2011.

 

 
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