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FICHA TÉCNICA
Heli
Heli
 
México
2013
 
Director:
Amat Escalante
 
Con:
Armando Espitia, Andrea Vergara, Linda Gonzalez, Juan Eduardo Palacios
 
Guión:
Amat Escalante, Gabriel Reyes
 
Fotografía:
Lorenzo Hagerman
 
Edición:
Natalia López Duración:
105 min
 

 
Heli
Publicado el 09 - Ago - 2013
 
 
  • Heli nos muestra no sólo el sadismo en los modos de tortura de los criminales sino, más aterrador, el hecho de que ese tipo de prácticas las realicen enfrente de unos niños, dentro de lo que parece un espacio familiar.  - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Por Alfonso Flores-Durón y M. (@SirPon)

Debido a las implicaciones con la realidad actual del país, contexto en el que se desarrolla la historia contada en Heli, me parece no sólo importante, sino ineludible para el mejor análisis del filme revisar con detenimiento el entorno en que se sitúa. El arte suele explicarse mejor cuando se conocen bien las circunstancias que lo hacen necesario. Porque no deja de sorprender que un elevado número de personas siga pensando que la lucha contra el crimen organizado, contra el narcotráfico, es una opción del Estado Mexicano, como podría tener otras. El propio gobierno de Peña Nieto, pese a las evidencias, decidió cambiar de estrategia como prueba, por ejemplo, en Michoacán, llevando a cabo una especie de repliegue táctico, pero muy pronto se le revirtió  la decisión. El vacío dejado por el gobierno fue rápidamente ocupado por los criminales y por grupos de autodefensa (infiltrados o financiados por criminales) y, es obvio, no con los mejores modales; con asesinatos de policías federales de por medio. Ahora, habiendo perdido parte de lo que se había ganado anteriormente, quieren recuperar el territorio perdido

Se debe dejar del lado, de una vez por todas, la ingenuidad y las buenas intenciones en un asunto grave que no las permite. Ni siquiera el tema de la legalización de la producción, uso y distribución de la mariguana (que, por supuesto, debe debatirse con seriedad), ayudaría demasiado, en estos esquemas (tal vez en otros sí), a mejorar la situación. Quienes se dedican al crimen –contextos aparte- son en su mayoría personas que quieren ganar dinero ‘fácil’, sin el esfuerzo que un trabajo honesto exige de por medio (o, en todo caso, niños, hombres, mujeres y ancianos, utilizados como carne de cañón, bajo amenazas terminantes, por quienes manejan los tétricos hilos de las organizaciones). ¿En serio habrá quien piense que los narcos, si se legalizara la distribución de drogas, le entrarían a un negocio legal? ¿Competirían en el juego de la oferta y la demanda, con precios establecidos, regidos por el marco jurídico? No es lo suyo. Su fuerte es la transgresión de la ley, la demolición de cuanto se les ponga enfrente a la hora de cumplir con la obtención desmesurada de dinero, con su estilo de vida de destrucción y de muerte. La explosión de la violencia en años recientes –está más que documentado. Va sólo un reciente ejemplo aterrador- tiene en gran medida que ver con la guerra inclemente entre las propias bandas por las plazas que más les interesan (además de la atomización de varias de esas bandas cuando sus líderes son capturados, liquidados por las fuerzas del orden, o asesinados por sus rivales o subalternos en actos de traición), y con el incremento de la crueldad con la que ejecutan a sus víctimas, que se entiende desde la insensibilidad ante la muerte ajena que tienen quienes desde pequeños han vivenciado este estilo de vida; es decir, los sicarios de hoy pertenecen a un linaje de delincuentes que perdieron todo sentido de la dignidad humana por educación familiar. Matar, para ellos, es cualquier cosa. Matar, infligiendo el máximo grado de sufrimiento a la víctima, les da status. De temerarios, de sanguinarios, de salvajes; de cabrones bien, pero muy bien hechos. Si se legaliza la mota, traficarán con las otras drogas, y si éstas eventualmente también se hacen legales, entonces diversificarán su negocio, como de cualquier forma ya lo hacen, hacia otras actividades lucrativas como lo son el secuestro, la extorsión, la prostitución infantil, el tráfico de órganos… No se puede pactar con criminales que no tienen palabra de honor, además de que si unos la tuvieran, sería aprovechado por otros para hacer lo que el pacto con las autoridades impide a sus rivales. Ni sus propios códigos respetan más estas bestias.

Tampoco se debe ignorar que la situación actual es el legado de décadas de putrefacción del sistema político mexicano de institucionalización revolucionaria, erigido en buena medida bajo los pilares de la corrupción y el compadrazgo con el crimen. Por eso no debe llamar la atención que, pese a que los niveles de violencia en el país han seguido aumentando en estos últimos meses, el pacto entre el actual gobierno y los principales medios de comunicación sobre el debido silencio al respecto, ha contribuido a disminuir la idea de que “México se encuentra en llamas”, como sucedía durante el gobierno anterior. ¿Recuerdan haber visto en un noticiero mexicano el bombardeo diario de reportajes sobre las muertes provocadas por la lucha contra el narcotráfico desde que Peña Nieto asumió la presidencia? Como por arte de magia, se silenciaron. Ya pocos hablan del No más sangre, ni existe mucho eco sobre la exigencia al gobierno para que detenga su lucha contra el crimen. Al desaparecer esta información de los medios (por exigencia del gobierno) se suaviza la psicosis colectiva que hacía creer a tantos que todo el país se encontraba al borde del abismo y el tema pierde fuerza, al menos mediática y en el imaginario colectivo. Aunque ahí siga el problema, y más conflictivo. No en todo México (como no lo estuvo antes), pero sí recrudecido en varias de las zonas que llevan décadas en descomposición progresiva.

Amat Escalante ha demostrado tener una singular fascinación por la violencia ejecutada en la pantalla de cine. Su breve, aunque sólida filmografía (Sangre, 2005; Los bastardos, 2008), lo certifica. Pero a pesar de que parece regodearse en la creación de secuencias que se conviertan en puñetazos al espectador (no deja de ser paradójico que su personalidad, al menos la pública, sea suave, tímida), siempre intenta insertarla en situaciones que la explican o en las que precipita preguntas complejas. De ahí que sea interesante cuestionarse si este proyecto nació como un intento de levantar la voz sobre sucesos grotescos y lastimosos que suceden en nuestro país, o si su objetivo era hablar de otra historia de violencia, cualquiera, y encontró en la tremenda situación que se vive en varias regiones de México el terreno fértil para darle contexto adecuado y eficaz a sus reflexiones sobre esa parte obscura de la naturaleza humana, tan proclive a provocar daño fatal en otros seres. La respuesta, sin embargo, pasa a segundo término ante la forma en que el realizador mexicano, nacido en Barcelona, acomete el desafío.

En Heli, desde el inicio, el realizador deja bien advertido que se necesitará de un hígado a prueba de ganchos para resistir lo que está por contarnos. En la parte trasera de una pick up que recorre alguna carretera de la provincia mexicana, se aprecia un bulto humano, sangre e indicios de que quien ahí va lo hace en contra de su voluntad. Al llegar a un claro, descienden veloces varios hombres de la camioneta, cargan al bulto humano, suben a un puente peatonal que comunica ambos lados de la carretera y, bajo una sincronización notoriamente calculada, en unos cuantos segundos dejan colgado a un ser humano que de inmediato pierde una vida que, resulta nítido, ya le habían arrebatado desde antes de la consumación de este ritual de muerte.

Después de ese escalofriante prólogo, la historia mete reversa. Conocemos la casa de quien da nombre a la película, Heli (Espitia), un joven trabajador, que vive con su esposa (González) y pequeño hijo en el mismo espacio que comparte con su hermana, Estela (Vergara) y su padre. Heli trabaja en una armadora de autos, en el turno nocturno, por lo que en su trayecto al trabajo se cruza a diario, en el camino de terracería, con su padre que ha concluido su jornada laboral. Estela es estudiante y anda en escarceos amorosos con un joven militar, Beto (Palacios). A él lo vemos siendo humillado durante sus férreos entrenamientos, teniendo incluso que revolcarse sobre su propio vómito. A continuación aparece, sentado, de frente a unas barrancas, presentándosele una engañosa promesa de libertad; una tremendamente árida e inalcanzable. Ella estudia hasta muy tarde, sabiendo que es poco probable que esas lecciones le sirvan de algo en su vida; pero en los libros encuentra un refugio: el dibujar monitos de enamorados en el vértice de las páginas para, como en el cine, adquirir movimiento al pasarlas de prisa, y dejar contada una pequeña historia. El fastidio por el tedio y el bochorno del transcurrir de días monótonos, casi estériles, actúa en favor del rápido enamoramiento; y más aún, dispara en ellos el romántico deseo de huir cuanto antes de esa existencia sin futuro, juntos, lejos. Evidentemente, su condición de estudiante y soldado no les permite un lujo de ese calibre. Para poder cumplir su sueño, a él se le hace fácil quedarse con un par de paquetes de droga, extraídos tras una ceremonia gubernamental, ante los medios de comunicación, de quema de droga incautada.  Con el dinero obtenido por la venta de la cocaína, sin problema alguno, podrán escapar hacia la felicidad. Mientras consiguen compradores, deciden esconder los paquetes en el tinaco de la casa de Estela. Las puertas del infierno han sido abiertas y los demonios serán implacables, sin distinción, con su familia.

Me parece necesario destacar tres postales que precisan aspectos fundamentales del ámbito en el que se desenvuelve la trama; en el que sobrevive tanta gente en México. Una plantea el hecho de que, mientras en otro ambiente la travesura de una pareja de adolescentes tendría que ver con situaciones cuyas consecuencias serían cuestiones como la expulsión escolar, un embarazo, el desprestigio social o en un caso muy extremo la correccional de menores, para muchachos como Estela y su novio, al tener contacto con un mundo de adultos que los rebasa, en un contexto tan comprometedor, la travesura se convierte en un error descomunal que les acarreará secuelas devastadoras e irreparables, para ellos y quienes los rodean.

La segunda, en la que es quizá la secuencia más perturbadora del filme, nos muestra no sólo el sadismo en los modos de tortura de los criminales (que, por cierto, si no tenían en el menú la especialidad de los miembros flameados, el filme les aporta la idea) sino, más espeluznante, el hecho de que ese tipo de prácticas las realicen enfrente de unos niños, dentro de lo que parece un espacio familiar. Los chamaquitos se encuentran hipnotizados, entretenidos con videojuegos, no de futbol u otro deporte, sino de esos en los que juegas a matar o morir. De ninguna manera es gratuito el que estén divirtiéndose así (aunque a los guardianes de la corrección política les moleste que, aún con el pétalo de una observación, se vincule a los videojuegos con prácticas o tendencias violentas); puede representar, definitivamente, un quizá tenue pero cierto primer paso hacia el ofuscamiento de lo que significa exterminar la vida de otro. De nuevo, hay contextos en los que, resulta evidente, la relación es más ajustada que en otros; en el presentado por el Heli, por ejemplo. Y luego viene la realidad (dentro de esa ficción) y, por supuesto, sienta ejemplo de su carácter de molde que hace palidecer a las formas que intentan imitar su contundencia. Entonces los niños, interrumpiendo su propia diversión, pasan a ser testigos del divertimento de sus mayores quienes, bebiendo cerveza y fumando mariguana junto a ellos, martirizan a dos seres humanos que no tienen posibilidad alguna de defensa, de forma humillante, degradante y vil, intentando amputarles su dignidad como personas. Esos niños, ya con la inocencia retorcida, herederos de esa barbarie, insensibles al sufrimiento ajeno, crecerán con un concepto pervertido de lo que es bueno y lo que es malo, difícilmente elegirán un oficio diferente al de sus mayores como forma de vida y, se antoja lógico, querrán ser más creativos y crueles cuando les llegue el momento de decidir sobre vidas humanas que, para ellos –han sido educados al respecto-, no tienen valor alguno. El que una señora, en un cuarto contiguo, se encuentre haciendo labores de hogar, al tiempo que escucha y observa de forma intermitente lo que ocurre en esa sala de tormento, también nos habla de la manera en que ese tipo de actividades, en ciertos círculos sociales –y en una sociedad como la mexicana en la que de por sí existe tanta condescendencia hacia el atropello a la ley, cualquiera que sea-, hoy en día son vistas como algo ordinario, cotidiano; sin conmoción alguna. Cualquier cosa.

La tercera, en la que una oficial policíaca, encargada junto con su pareja profesional de la investigación sobre el paradero de Estela, misteriosamente cita a Heli, de noche y en su propio auto, para ofrecerle el avance de las indagatorias y algo más. Escalante siembra de turbiedad y congoja el ambiente, particularmente después de lo que nos ha presentado previamente. Más allá de los hechos concretos que en la secuencia acontecen, con lo ahí planteado es fácil distinguir patrones enraizados en la procuración de justicia mexicana, como la falta de preparación, baja noción de la trascendencia de su labor, ínfima autoestima, desamparo absoluto de sus superiores, nulas herramientas para desempeñar sus responsabilidades, frivolidad, desidia, indiferencia ante la vulnerabilidad de los aún más desprotegidos y que dependen de ellos. Y, obviamente, corrupción coagulada que ni siquiera siempre tiene que ser satisfecha en términos pecuniarios, como le tocó al pobre Heli, con esa mujer policía, además, en rebelión con la estética. Esas, por lo general, son las autoridades que nos protegen en México. Particularmente en las geografías donde la población más requiere de amparo.

Dejando a un lado lo políticamente correcto parece pertinente preguntarse si un filme con violencia tan explícita contribuye o no a embrollar más un ambiente de por sí saturado de imágenes que en su conjunto han generado esta psicosis, no sólo nacional, sino mundial. Llama, además, poderosamente la atención que a los críticos internacionales (principalmente de países de primer mundo) les entusiasme tanto ver, tan de cerca, no sin morbo, el grado de putrefacción en el que, para ellos, se encuentra México, todo el país; no una franja, que aunque dolorosa y grande, no explica la realidad completa de la república. Como si les fuera ajeno que en sus propios territorios, incluso en las mismas capitales más importantes del mundo, se dan eventos, no tan aislados, de bestialidad humana derivada del tráfico de drogas. En la capital del Reino Unido, en Londres, en barrios como Peckham, Brixton, y hasta hace poco Stoke Newington, es común que bandas ligadas a la distribución de droga ejecuten o martiricen a rivales o deudores, y que haya áreas manifiestamente dominadas por ellas, ante la impotencia policial. Lo mismo en suburbios franceses y en países del centro y norte de Europa (donde la mafia rusa ha establecido su influencia), en Japón o en grandes zonas de ciudades como Detroit, e incluso Washington. Y eso que lo que ahí se disputa no es el control de los corredores por los que circulará toda la droga que abastecerá al país más consumidor del mundo.

Considero que, definitivamente, un filme como Heli es necesario e indispensable para reconstruir y compartir una de las realidades –quizás la más abominable- que conforman el complejo caleidoscopio de lo que es México.  Pero lo es, fundamentalmente, por la forma en que presenta la violencia, porque llena de significado la palabra, que ha sido ahuecada por los medios de comunicación (principalmente los noticieros, pero igualmente la mayoría de los diarios y sitios web de corte político), que convierten los funestos episodios en cifras, en paja periodística, en diatriba política, en amarillismo sensacionalista que a base de repetición sorda y frecuente extirpa el monstruoso drama inherente a los auténticos hechos; pero vende. El que Heli nos permita presenciarla, en primera fila, con todo y la carga de opresión espiritual que conlleva, humaniza esas torturas, esas muertes. Porque son infligidas a personas a las que se nos ha permitido conocer (durante los primeros minutos de la cinta), con nombre y rostro, seres humanos que padecen ante nuestros ojos de forma similar a la que tantos seres lo hacen, sin testigos ni defensores, en muchas zonas del país. No puede ignorarse más con voltear el rostro hacia otro lado. La descomposición familiar -incluso por causas ajenas a su propia dinámica- y la falta de educación o, peor aún, la mala educación activan el vicioso juego de causas y consecuencias sobre las que Amat enfocó, con preocupación, su mirada. De ahí, debería ya saberse, parte todo.

Es importante que Heli se vea fuera de México, sí, pero es crucial que sea un filme visto por los mexicanos, por el mayor número posible, incluyendo especialmente a la gente con incidencia en la toma de decisiones en México, a nivel local y federal. Las virtudes de la película no se limitan, además, al discurso formal. La factura es pulcra y conveniente para el tema que se retrata por adaptarse sin afectaciones a él. De cualquier forma, es destacable el trabajo de cámara (a cargo de Lorenzo Hagerman) que enfatiza, a través de ingeniosos detalles, fundamentos del discurso de Escalante: notablemente (más que los miembros flameados, cuya consecución fílmica es un misterio), la secuencia en que una camioneta del ejército, con un soldado apuntando una metralleta empotrada en la parte trasera, se detiene a unos pasos del hogar de Heli, quien se planta desafiante entre los dos. De algún modo la escena recuerda a la de Tian’anmen, con toda su carga simbólica; la forma en que coreografían la secuencia de quema de los paquetes algo tiene de Beau Travail de Claire Denis; y el tracking shot del cuerpo colgando del infausto puente peatonal, con la cámara montada en la pick up, por mencionar unos ejemplos. El diseño de sonido, por su parte, es factor esencial para confeccionar la siniestra atmósfera que persiste durante los 105 minutos del filme. La selección de 'Esclavo y amo', de Los pasteles verdes, como canción presente en la trama, con su letra, connotación del título e implicación melancólica, es otro puntual acierto.

Habría sido interesante ver, dentro de esta historia sostenida en un guión tan aceitado y meticuloso en rasgos y pormenores, algún o algunos personajes cercanos al entorno de la tragedia que, como en la vida real sucede, no necesariamente fueran avasallados por ésta, como le ocurre a Heli quien, pese a todo, intenta recobrar, reconstruir lo que queda de su familia hasta donde le da el alma. Quizá habría robustecido la tridimensionalidad de este relato. Sea como fuere, el panorama no luce nada alentador, según el clamor de Amat Escalante; según los estruendos de la realidad.

 
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