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FICHA TÉCNICA
Looking for Eric
Buscando a Eric
 
Reino Unido-Francia-Italia-España
2009
 
Director:
Ken Loach
 
Con:
Steve Evets, Eric Cantona, Stephanie Bishop
 
Guión:
Paul Laverty
 
Fotografía:
Barry Ackroyd
 
Edición:
Jonathan Morris Duración:
116 min
 

 
Buscando a Eric
Publicado el 24 - Sep - 2010
 
 
El filme integra los elementos que a un porcentaje elevado de hombres le puede atraer. Clips con jugadas sensacionales protagonizadas por Cantona, mayoritariamente goles, pero también de la que más orgulloso reconoce sentirse, que fue la asistencia para un gol en contra del Tottenham. Las secuencias, típicas de las cintas de Loach, en las que se muestra la gran camaradería existente entre los cuates en el pub. - ENFILME.COM
 

Por Alfonso Flores-Durón

Es impensable que, más allá de gustos y preferencias estilísticas, en la lista elaborada por cualquier interesado en el cine que integrara los autores en activo que más aportan al arte de hacer filmes, pudiera excluirse el nombre de Ken Loach. Desde mediados de los sesenta comenzó a dirigir series de sobresaliente factura para la BBC; desde entonces clavando su mirada en las vicisitudes de la clase trabajadora británica como proclama del rasgo social que, en su opinión, debe nutrir al arte (al menos al de hacer cine). En 1965, casi debutando, dirigió Up The Junction (1968), con la que impactó por partida doble a la audiencia televisiva: por un lado, debido a la audacia con que abordó estilísticamente la vida de tres obreras, al mezclar la ficción creada alrededor de su trabajo y vida hogareña filmada en tonos naturalistas, con entrevistas de la vida real; por el otro, enfocándose en las peripecias de una de ellas que queda embarazada de su novio y decide practicarse un aborto ilegal, tema que entonces, en la Gran Bretaña, aún causaba gran controversia. En 1967 filmó su primer largometraje para el cine, Poor Cow; y en 1969 concibió Kes, una de las maravillas fílmicas del cine contemporáneo; una de las obras británicas más celebrada en la historia (el maestro Krzysztof Kieslowki alguna vez comentó que jamás le hubiera gustado ser asistente de dirección, pero que gustoso le habría preparado el café a Loach mientras dirigió Kes. En cualquier caso, don Ken habría preferido té, supongo).

En el transcurso de todos estos años, ya sea trabajando dentro del esquema del largometraje de ficción para cine, o bien realizando sus historias pensadas y ejecutadas para ser transmitidas por la televisión, incluso en sus menos frecuentes aproximaciones al documental, su discurso ha sido siempre, en todo momento, imbuido por una necesidad apremiante de exponer la precariedad en que vive, convive, trabaja y subsiste la clase trabajadora, en especial la británica que es la que mejor conoce y, particularmente, la injusticia inherente al capitalismo como sistema socioeconómico. Congruente, opta por hacer un retrato sin artificios ni afectaciones, recurriendo al estilo realista, similar al que entronizaron los italianos de la posguerra; es decir, asumiendo una postura muy cercana a la del documental, en la que se intenta anular toda idea de puesta en escena en el espectador, haciéndolo pensar que cualquiera que sea la reacción de la cámara (incluso en un violento desliz que la apartara de la órbita donde se desarrolla la trama), ahí captará una escena de la realidad que se está desenvolviendo. La combinación de forma y fondo ha propiciado que a su cine se le etiquete como de realismo social. Como todo buen artista, Loach trasciende los rótulos, atreviéndose también a manifestarse en temáticas de índole político, incluso en geografías alejadas de su isla -la España franquista de Land and Freedom (1995); los inmigrantes mexicanos en EU de Bread and Roses (2000); la violencia en Nicaragua de Carla’s Song (1996)- pero, particularmente, estampando en su inconfundible sello el rescate del más jocoso humor impregnando las terribles situaciones en que suele colocar a sus personajes.

Buscando a Eric no marca el primer desvío de Loach respecto a su habitual realismo social pero, no hay duda, sí representa su primera incursión en lo que podríamos llamar un realismo mágico mancuniano. Eric (Evets) es un cartero de mediana edad que, es evidente, la está pasando muy mal. Nunca se ha repuesto del todo del fracaso de sus dos matrimonios; sus hijastros del segundo (que viven con él, pues su madre los abandonó) no lo respetan; su hija del primero, Sam (Hudson) lo acaba de hacer abuelo, pero lo exhorta a no ilusionarse de más con el reencuentro que ha tenido con su madre, Lily (Bishop); como analgésico, empero, se propasa en su consumo de la mariguana (además hurtada subrepticiamente a sus hijastros), sumergiéndose aún más en la depresión. El gran aliciente en su vida es su pasión por el Manchester United y aventarse soliloquios frente al gran poster de Eric Cantona que adorna su cuarto. Como el amor y lealtad entablada con el equipo de tu corazón trasciende toda racionalidad, y con esa pequeña ayudada de la ‘hierba obnubiladora’, la gratificación que recibe Eric es impagable: su máximo héroe, Eric Cantona (Cantona), el genio francés del futbol, famoso tanto por su habilidad en la cancha como por su filosófica verborrea, se le aparece en su propia casa ofreciendo darle una dirección técnica vivencial; entre otras cosas, para que retome el control de su vida, para que se arroje a recuperar su relación con Lily, y para que, eh, deje de beber tanta cerveza e intente probar el vino.

De inmediato viene a la mente la película Play It Again, Sam, escrita e interpretada por Woody Allen, en la que un hombre en crisis recibe consejos de quien interpreta los personajes de hombre rudo que más admira en las películas, su ídolo Humphrey Bogart. La diferencia es que en Buscando a Eric, efectivamente, Cantona es personificado por el mismísimo Cantona. Y también que éste filme es dirigido por Ken Loach. Y como tal, la juguetona indulgencia que el maestro se permitió tenía que ser, o intentar ser, equilibrada con alguna inyección de activismo social (en este caso, no única, pero sí principalmente a partir de la renuencia de Eric y sus amigos a asistir al estadio de Old Trafford a ver a su equipo en protesta por la codiciosa forma en que los Glazer –los dueños gringos- se hicieron del control del equipo y lo manejan) y una adecuada dosis de drama que, si bien puede llegar a parecer un poco forzada, le brinda una dimensión de mayor complejidad a la trama.

El personaje de Eric Cantona no es tan familiar para el público mexicano; ni siquiera para los fanáticos del futbol. En sus días de gloria ni la Premier League era lo que es hoy, ni se televisaba en México, y Eric no asistió a ningún Mundial vistiendo la playera francesa. En Inglaterra (y buena parte de Europa), en cambio, es un auténtico ícono, no sólo por la habilidad inaudita que poseía como jugador, sino también por la robusta personalidad que demostraba tanto dentro como fuera de la cancha, por el gusto por expresar sus ideas de la vida en disparatadas metáforas, con pose de filósofo en un inglés casi incomprensible debido a su fuerte acento; y claro, por aquella famosa patada voladora que le asestó a un aficionado del Crystal Palace en las gradas del Old Trafford, agresión que le ameritó una larga suspensión. El paquete completo lo convirtió en super ídolo allende las playeras y, ahora corroboramos, en inusitada elección de reparto para Loach.

El filme integra los elementos que a un porcentaje elevado de hombres le puede atraer. Clips con jugadas sensacionales protagonizadas por Cantona, mayoritariamente goles, pero también de la que más orgulloso reconoce sentirse, que fue la asistencia para un gol en contra del Tottenham Hotspur. Las secuencias, típicas de las cintas de Loach, en las que se muestra la gran camaradería existente entre los cuates en el pub. También el delicado esquema de relación entre un padre y sus hijos varones e, incluso, la subtrama que preludia el grado más alto de dramatismo en la historia como consecuencia de los malos pasos en los que anda unos de los hijastros. Para el sector femenino, a pesar de la inclinación futbolística del filme, el encanto suele derivar de los elevados toques (no los que fuma Eric) de simpática ternura –no típicos en Loach- que incorpora la historia; y para ambos, la secuencia del desenlace, bordando el ridículo (quizá ni a Juan Orol ni a Ed Wood se les habría ocurrido, o no se hubieran atrevido a filmarla) termina resultando tan divertida, en su descarada candidez, que apenas actúa como contrapeso ante tanta desgracia que a lo largo de su carrera nos ha azuzado el maestro Loach y, por tanto, se le pasa por alto. Además, guardando ese elemento de dulce vindicación que casi todo espectador de cine disfrutará, e incluso celebrará gritando, como cuando su equipo anota un gran gol en el estadio.

 

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