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FICHA TÉCNICA
Cuates de Australia
Cuates de Australia
 
México
2011
 
Director:
Everardo González
 
Guión:
Everardo González
 
Fotografía:
Everardo González
 
Edición:
Felipe Gómez Duración:
90 min
 

 
Cuates de Australia
Publicado el 11 - Feb - 2012
 
 
La cámara de González ofrece un justo retrato gracias a su aparente invisibilidad y a su respetuosa cercanía. A través de una refinada selección de viñetas de la vida diaria podemos atisbar su espíritu. - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

Aunque no específicamente de Australia, la vida que Everardo González captura en este documental padece condiciones tan ajenas en un espacio tan aislado que a la mayoría que vea esta película le podría parecer que este escenario se encuentra así de lejano como el séptimo continente. En un pueblo rural en el norte de México dedicado a la ganadería, sociedad y naturaleza siguen un ciclo forzoso en el que ya no son cuatro sino dos el número de estaciones que rigen el paso de sus días, mediadas por la esperanza. En términos llanos estas dos fases podrían llamarse supervivencia y muerte.

Durante la primera, que es donde más se demora la cámara de González, vemos cómo la vida se defiende y se perpetua a pesar de las penurias que se enfilan hora tras hora. La gente de este lugar comienza a trabajar “amaneciendo Dios” por unos cuantos pesos que les permiten llegar al día siguiente. Un hombre registrando el censo de este poblado ayuda a despejar las dudas de tipo socioeconómico: los pobladores de Cuates de Australia no ganan más de 400 pesos a la semana, trabajan todo el día, y por supuesto que en casa no tienen piso, lavadora, refrigerador, ni radio (y tele menos, contesta la interrogada) y… ¿carro? Solo ese carrucho, dice picaresca la mujer señalando un carro, en efecto, de dos llantas a punto de destartalarse, tipo carreta, halado por un burro, que lleva un recipiente para transportar agua, porque obviamente a su casa no llega una tubería. Hay que ir por el líquido al lago cada vez más menguado y contaminado. Y llevarlo de vuelta. El agua servirá para los menesteres básicos, entre ellos, ofrecerle un vaso de agua turbia al encuestador que tras beberlo siente cosquillas en la panza.

Hay una razón material para que el rancho entero realice esta mudanza año con año, y es la pertenencia de la tierra. Pero el carácter franco y luchón, áspero y sensible de estas personas explica que sean capaces de resistir tanta escasez, sin dejo de autocompasión, con tal de sentirse dueñas de un pedazo de tierra infértil que les fue otorgado, como a cientos de familias mexicanas, durante el obsequioso cardenismo. Es fácil percibir cómo el temperamento de estas personas es fruto la tierra que les da hogar. La cámara de González ofrece un justo retrato gracias a su aparente invisibilidad y a su respetuosa cercanía. A través de una refinada selección de viñetas de la vida diaria podemos atisbar su espíritu. Seguimos a una pareja de jóvenes durante las visitas al ultrasonido de su segundo embarazo. Ella se ve feliz, pero él no puede contener la sonrisa cada vez que el médico menciona a su hijo, hasta que les informan que se trata de un embarazo de alto riesgo y una evidente pesadez los fulmina. Los niños de Cuates tienen una fuerza imaginativa poderosísima y mítica, hablan del diablo en tono de travesura pero también de temor. Otros, despliegan su carácter aventado desde alrededor de los seis años: un par de chiquillos disputan por una mujer y, uno muy alebrestado, el otro más tímidamente provocador, planean irse a los golpes entre ellos para poner fin a la discusión. El fin de la esperanza puede leerse en la conmovedora y funesta historia de un joven talentoso para la escuela que quiso ser médico pero que tuvo que renunciar a ese futuro por quedarse en el rancho para ayudarle a su padre.

Sin embargo, nada absolutamente es capturado desde la lástima o la piedad, ni siquiera desde la condena que persigue una causa (y fácilmente pudo haber un comentario sobre el desperdicio del agua, o uno irónico sobre la falta de inversión en esta zona de Coahuila, el estado que el exgobernador priísta Humberto Moreira dejó endeudado al fin de su mandato por más de 34 mil millones de pesos); la cámara emerge como una especie de consciencia terrestre que atestigua, pasiva, el paso del tiempo y cómo estas personas crecen en edad, tamaño y carácter. El diseño de sonido, que engrandece la presencia de ciertos elementos como los caballos pisando la tierra granulada o los truenos en el cielo, está ahí para, a través de la exageración, añadirle realidad a las imágenes –valga la expresión–.

La parte dedicada a la sequía, a la muerte, resguarda las dosis poéticas del filme. La gente se va, no sabemos hacia dónde. Hay una intensión deliberada por mantener la cámara enraizada. Vemos el lago secarse, dejando solo huellas de la presencia efímera del líquido, el parcial abandono de los habitantes, y la muerte suave pero fulminante de los animales, que caen frágiles y esqueléticos sobre la superficie ardiente del suelo arenoso.

El final de la película sugiere que este ciclo lleva repitiéndose por generaciones y que así seguirá. Lo que lo impulsa, además de la motivación práctica, son los refrescantes momentos de esperanza efímera marcados por la lluvia, mostrados en el filme con un montaje paralelo que acompaña la muerte. Todo es posible cuando un pueblo está sujeto a la voluntad de Dios. El niño que tendría problemas al nacer, nace perfecto a pesar de los diagnósticos. Nada es más fuerte que el impulso de la vida. Pero hay otro final más poderoso, el que sucedió fuera de la pantalla, cuando la alcaldesa de Cuatrociénegas, Santos Garza Herrera vio el documental y decidió invertir los 4 millones de pesos necesarios para llevar agua potable a estos habitantes. La intensión de este documental no era cambiarle la vida a Cuates. Pero todos sabemos que cuando una cámara bien dirigida se entromete durante cierto tiempo en un lugar, nada puede volver a ser igual.

 
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