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FICHA TÉCNICA
Eden
Edén
 
Francia
2014
 
Director:
Mia Hansen-Løve
 
Con:
Félix de Givry, Hugo Conzelmann, Pauline Etiene, Vincent Lacoste, Arnaud Azoulay, Greta Gerwig, Vincent Macaigne, Roman Kolinka, Arsinée Khanjian
 
Guión:
Mia Hansen-Løve, Sven Hansen-Løve
 
Fotografía:
Denis Lenoir
 
Edición:
Marion Monnier Duración:
131 min.
 

 
Edén
Publicado el 21 - Ago - 2015
 
 
  • Edén es el arco temporal que va de ?Da Funk? a ?Within?, dos sólidas columnas sobre las que descansa esta época que para muchos ya no tan jóvenes, en buena medida en todo el mundo, ha corrido al ritmo de la música de Daft Punk.  - ENFILME.COM
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  • Edén es el arco temporal que va de ?Da Funk? a ?Within?, dos sólidas columnas sobre las que descansa esta época que para muchos ya no tan jóvenes, en buena medida en todo el mundo, ha corrido al ritmo de la música de Daft Punk.  - ENFILME.COM
  • Edén es el arco temporal que va de ?Da Funk? a ?Within?, dos sólidas columnas sobre las que descansa esta época que para muchos ya no tan jóvenes, en buena medida en todo el mundo, ha corrido al ritmo de la música de Daft Punk.  - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

(@SirPon)

La carrera de Mia Hansen-Løve se encumbró dirigiendo un filme muy bello y a la vez trágico: Father of my Children en el 2009 (antes había dirigido un corto y Tout est pardonné del 2007, su ópera prima en la que un padre e hija se reencuentran tras once años de separación debido a los problemas de él con las drogas). Basado en la historia real de Humbert Basan, el famoso productor francés de cine de arte –quien, por cierto, le produjo a Mia su debut-, que se suicidó en 2005, la directora logró con elegancia, soltura y precisión, hacer el retrato de un hombre encantador que por un lado era sostén de una linda familia, padre amoroso, esposo dedicado; y al mismo tiempo dirigía una pequeña empresa con el cometido de hacer filmes de calidad, apoyar a excéntricos artistas intransigentes con su arte, que sobrevivía entre la acumulación progresiva e intolerable de deudas financieras. La narración fluye con vigor, la auscultación de la complejidad de la personalidad del protagonista queda perfectamente asentada, también la reflexión sobre el balance al priorizar entre familia-trabajo en términos de dedicación de tiempo, de enfoque  y la misión artística de navegar contra corriente (y sorteando todo tipo de infortunios) es planteada con seriedad, gran tacto y sagacidad. Un peliculón.

Después, Mia hizo Un amour de jeunesse (Un amor de juventud), tapizado de referencias autobiográficas, sobre el dolor indeleble que deja el primer gran rompimiento de corazón y la forma en que, en ocasiones, la única certeza que queda es que la herida nunca terminará de cicatrizar del todo. Su forma de captarlo pone énfasis, con sutilezas y buen juicio, en la ambigüedad con que su protagonista siente el paso del tiempo y reacciona al respecto: como si éste no avanzara y el personaje se quedara flotando en él, ensoñado. Y algo similar le ocurre al protagonista de Eden, Paul (Félix de Givry).

Es principios de los noventa y Paul, un adolescente clasemediero parisino, quiere ser DJ. Se involucra en la incipiente cultura rave, experimenta con drogas y con la noción de que la noche normalmente debe conectarse con la siguiente. Junto con su amigo, Stan (Hugo Conzelmann), forma un dueto que nombran Cheers, que gusta del garage porque mezcla “el aspecto robótico del house electrónico y la intensidad emotiva del soul”. Comienzan a componer su propia música y rivalizan, amistosamente, con otro dueto del que todo mundo, dentro de su círculo, ya habla por la calidad y singularidad de la música (con máquinas) que están creando. Se llaman Daft Punk. Pocos años más tarde, en una fiesta en el departamento del centro de París de uno de ellos, el dúo de DJ’s estrena su nueva creación: “Da Funk”. La secuencia que lo retrata es memorable, emocionante; atrapa un momento de iniciación, de tránsito hacia una época inédita dictada por esta nueva música que integra sonidos maquinales distorsionados, magnéticos beats mecanizados, reverencia al pasado, aroma francés, endiablado ritmo y mucha, mucha sensualidad. Una elegante invitación a bailar y al destrampe hedonista.

Así se desarrolla la primera parte de Eden, filme dividido en dos, fragmentado en diversos años (de principios de los noventa a la actualidad) y que, sin embargo, pese a esas claves de estructura, camina inconexo, casi caótico, cercano a la incoherencia; similar a la percepción que a la mañana siguiente tenemos de lo que ocurrió en la fiesta de la noche pasada. La película deliberadamente traza una ruta que arranca en la euforia y el júbilo pero que paulatinamente desciende a la nostalgia y, peor aún, al desencanto; y es evidente su intención de plasmar una desconexión entre Paul y sus novias, amigos, relación con el tiempo y hasta con la música, a través de las burbujas narrativas que quedan suspendidas en atmósferas homogéneas, pero que parecen aislarse unas de otras.

Hansen-Løve filma con tersura y tonos suaves, de manera cercana a una ternura que envuelve y que en complicidad con la música garage, con sus vocales acogedoras, mesmeriza. Haciéndonos sentir cercanos al estado de aparente trance en el que permanentemente, con todo y sonrisa, se encuentra Paul. Arrojados en flashes transcurren a lo largo del filme más de 14 años que parecen congelarse en su mente como le ocurre a todo su rostro (perpetuo Antoine Doinel, bonachón aunque siempre travieso), con excepción del segmento ocupado por sus cavidades nasales gastadas por la constante inhalación de grandes líneas blancas. Su percepción de la realidad se aferra a su vinculación musical. El tiempo transcurre y Paul parece no darse cuenta. Entre el flujo de rolas de ese ‘house con toque de soul’ que gradualmente va pasando de moda, la directora, en momentos cruciales de la trama, inserta canciones de Daft Punk que no sólo marcan el paso de los años, sino también la evolución de uno de los grupos más exitosos de la música pop contemporánea. El contraste con la suerte de Paul queda evidenciada de forma tan sutil como implacable.

Si en su filme previo, Un amour de jeunesse, Mia integró elementos de su propia vida, en Eden utilizó los de su hermano, Sven, quien fue coautor del guión, para cincelar a Paul. La directora, pues, conoció de cerca la escena musical francesa de house que tantos nombres importantes lanzó a la fama internacional (con Dimitri from Paris a la cabeza, seguido por Daft Punk y un robusto contingente completado por Cassius, The Supermen Lovers, Modjo, Etienne de Crecy, Justice, incluso Saint Germain) y, por supuesto, también fue testigo de la desazón que en muchos jóvenes suscitó el desgarro del paraíso prometido, el Edén, que parecían haber encontrado en noches musicales de placer y letargo.  Sven, su hermano, lo vivió, lo padeció y permitió que sus vicisitudes se convirtieran en la columna vertebral de la historia. Mia renunció a la estructura narrativa efectiva aunque más convencional que había trabajado previamente, para acometer este filme desde la libertad, desde la arbitrariedad que la colección de recuerdos recuperados por una mente desgastada permite. Cohesionarlo en una historia compacta era un reto áspero; es muy probable que ni se lo haya planteado así. El resultado es desigual. Confecciona momentos de magia fugaz que conviven con episodios con valor propio pero que no siempre encajan de forma propicia en el flujo general de la narración. Conceptualmente se ajusta al estado de alucinación que confabula para hacernos penetrar en esa atmósfera de fiesta, y es fiel a esa apuesta aunque no logre cuajarlo del todo. El gran crítico de cine inglés, Philip French, que se retiró del oficio hace poco, dijo sobre el tercer filme de Mia Hansen-Løve, Un amour de jeunesse, que era “tan preciso y ultimadamente indefinido como la vida misma”. Con Edén la descripción queda aún más ajustada. Para bien y para mal.

A partir de la primera fatalidad ocurrida dentro de esa cápsula hermética que habían fabricado estos jóvenes para blindarse del mundo externo, de lo que es real para los demás, todo comienza a irse al carajo, al menos para Paul. Hasta entonces el filme, pese a los desajustes, se sostiene desde el gozo y la exaltación. La introducción del dolor en la ecuación desajusta el centro gravitacional del protagonista y, con él, también el de la historia. En la solemne secuencia en un café, cuando empieza a sonar ahí la hipnótica y taciturna “Veridis Quo” de Daft Punk y alguien comenta sobre la omnipresencia de la banda, el ambiente se hincha de melancolía. Hablan brevemente sobre lo absurdo de la muerte y acerca de lo que puede dar sentido a la vida. Llevan ya 10 años trasnochando y no es igual que al inicio. Daft Funk logró triunfar de forma colosal, su música floreció mientras Paul y el resto siguen sin poder terminar de empezar. Una línea de la maravillosa “Live Forever” de Oasis viene a la mente: “Maybe I will never be / all the things that I want to be / But now it’s not the time to cry / Now’s the time to find out why…” Si bien no para Paul; no todavía. Su vida sin compromisos, ni ataduras resistentes, es la de un jovencito que se resiste a crecer y madurar; no tiene porqué cambiar. Pertenece a una de las primeras generaciones en que ya no es excéntrico asumir esa posición y, sin embargo, varios de su círculo de amigos y sus exnovias comienzan a asentarse. Stan, su pareja en Cheers, forma familia con hijo incluido. Cuando la noche se desgasta suele quedar solamente la soledad y su compañera habitual, la nostalgia.

Aturdida, la película se desparrama hacia el final. El tiempo sigue evaporándose y las oportunidades escabulléndose. Y Paul no reacciona, hasta que empantanado en la acumulación de drogas, de alcohol, de fiesta y de deudas (como el personaje de Father of My Children) suplica que paren la música. El reconocimiento de su derrota, el fin de un ciclo. Queda evidenciada la inclinación de Mia Hansen-Løve por personajes que no son capaces de dejarse arrastrar hasta el fondo de su hundimiento y, como en la vida misma, algunos alcanzan a recuperar parte de lo perdido, cuando menos la ilusión de volver a intentarlo. Con alusiones a Bolaño (ese escritor que describió los anhelos rotos de jóvenes promisorios de modo incomparable), una broma repetida con los miembros de Daft Punk a quienes se les impide la entrada a un club (toda vez que su fama no ha alcanzado a sus rostros, desde hace muchos años guarecidos por cascos futuristas) que da un efecto de circularidad a la estructura del filme y, paradójicamente, la lectura de un sobrecogedor poema, "The Rhythm", de Robert Creeley, que habla sobre el flujo del ritmo de la vida, dispuesta en ciclos que se repiten persistentemente, cierra Eden. La crónica de un tiempo, de la irrevocabilidad del paso del tiempo: El arco que va de “Da Funk” a “Within”, dos sólidas columnas sobre las que descansa esta época que para muchos ya no tan jóvenes, en buena medida en todo el mundo, ha corrido al ritmo de la música de Daft Punk.

 
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