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FICHA TÉCNICA
Rise of the Planet of the Apes
El planeta de los simios (r)evolución
 
EE.UU.
2011
 
Director:
Rupert Wyatt
 
Con:
Andy Serkis, Karin Konoval, James Franco
 
Duración:
105 min.
 

 
El planeta de los simios (r)evolución
Publicado el 01 - Sep - 2011
 
 
James Franco asume con languidez el modelo de científico hippie temido por el estadounidense medio, dispuesto a poner en riesgo a su país. - ENFILME.COM
 
por Ricardo Pohlenz

Rod Serling había creado uno de los productos culturales más significativos de la Guerra Fría: el serial televisivo La dimensión desconocida, donde tanto extraterrestres como planos alternativos de realidad servían de escenario para sublimar una paranoia nacional frente a la amenaza de los soviéticos. Se le encomendó después la tarea de escribir un guión para una película hecha a partir de la novela de la novela del francés Pierre Boulez, sobre un Ulises espacial que relata su llegada a un planeta donde los simios tienen sometidos a los hombres.

El planeta de los simios de 1968 fue dirigida por Franklin J. Shaffner, quien había consolidado una larga carrera en la televisión para luego consagrarse como director de cine de acción. Shaffner vendría a servir como catalizador histérico pop de otro miedo: la supremacía de un grupo racial dentro de los Estados Unidos que no fuera blanco, anglosajón y protestante. Martin Luther King, Malcolm X y Muhammad Ali habían sido erigidos como figuras públicas que denunciaban las políticas racistas dentro de su país.

El hecho de que la juventud gringa en general se manifestara en contra de Vietnam y se entregara a placeres mundanos, muchas veces inducidos por sustancias ilegales, no ayudaba mucho. Shaffner y Sterling vinieron a representar en esta paradoja futurista las consecuencias que tendrían las prácticas hippies si no se tomaban medidas al respecto. Simios erigidos en sus dos piernas, a caballo, como los ejércitos de Atila, mientras los humanos corren semi-desnudos como manadas aterradas. Le siguieron cuatro secuelas, una peor que la anterior, que no tardarían en convertirse en objeto de culto, referencia y descargo.

Charlton Heston había sido Moisés y Ben-Hur, bien podía ser un hombre caído de cielo que viniera a levantar a los humanos frente a sus opresores simios en ese “otro” planeta que, como se revela en su última escena con una Estatus de la Libertad semi-enterrada en el desierto, es el suyo propio en el futuro remoto. En la primera secuela se destruirá a la Tierra con la explosión de una cabeza nuclear a la que se rinde culto en el subsuelo; en la segunda secuela se inicia, desde el absurdo de su paradoja temporal, el punto de partida para la supremacía sobre el planeta de chimpancés, gorilas y orangutanes.

La segunda versión de El planeta de los simios, dirigida por Tim Burton en 2001, es un comentario desacralizador entregado sin concesiones, donde el héroe, Mark Wahlberg, no hace mucho más que ir adelante sin parar, dentro de una narrativa de videojuego, en pos de un objetivo que no sabe perdido desde antes. La llamada de atención lanzada por Tim Burton, si es que existe más de su obviedad, es sobre los derechos que tienen los animales. Le gana su vocación posmo por el remedo de los mecanismos tremendistas de la clase b y remata con una paradoja de efectismo pueril digna de Rod Serling: Wahlberg llegará finalmente a su destino, solo para encontrarlo dominado por simios.

Tim Burton no dejó espacio sustancial para una secuela, en la tentación de convertir al Planeta de los simios en una franquicia camp como lo fue (y sigue siendo) Batman. Se trataba de una coda, una glosa, dentro de la vocación de un palimpsesto que pesa en homenaje, en imitación de los usos y abusos que vive un sector de la escena del arte contemporáneo.

No dudo que hallan existido discusiones y proyectos al respecto de continuar su explotación, pero no fue hasta diez años después, todavía desde el miedo de pérdida de supremacía WASP y en franca denuncia de los abusos contra los animales, que se estrena una nueva derivación. No se trata de la secuela del filme de Burton, sino una nueva adaptación (o derivación) dentro del corpus original, en este caso de la homónima Conquista del planeta de los simios (los distribuidores la tradujeron como El planeta de los simios: (r)evolución), donde César, chimpancé que ha heredado las mutaciones inducidas en la capacidad intelectual de su madre por un fármaco viral que pretende la cura del Alzheimer (en la versión original César es hijo de chimpancés evolucionados que viajaron en el tiempo).

La nueva versión estuvo a cargo de Rupert Wyatt, quien como realizador solo tiene en su haber un par de cortos y un drama carcelario (El escapista, 2008) con Brian Cox. Puede decirse que Wyatt cumple cabalmente con lo que puede esperarse de una superproducción palomera para el verano. Luce en gran medida el trabajo de Andy Serkis como César (famoso por haber encarnado a Gollum en El señor de los anillos) para emular la agilidad y don acrobático de un chimpancé. Luce también el trabajo de animación generado por Michael Nickiforek, Vanessa Giles y Bill Terezakis.

James Franco desluce en su imposibilidad de ser alguien más que sí mismo (un poco como Seth Rogen en El Avispón Verde), pero asume con languidez el modelo de científico hippie temido por el estadounidense medio, dispuesto a poner en riesgo a su país, sea porque se enamora de una mujer de otro grupo racial (la bellísima Freida Pinto) como de tener en casa un animal peligroso o usar a su propio padre (un John Lithgow desaprovechado) como conejillo de indias de sus experimentos.

Las alusiones a los miedos contemporáneos vividos en los Estados Unidos no pueden ser más claras (más allá de sus prejuicios y el miedo a una epidemia terminal está, por supuesto, la posibilidad de que James Franco vuelva a ser anfitrión de los Oscares), lo cuales, resultan más divertidos si se considera que la simpatía se tiene hacia los chimpancés, gorilas y orangutanes que sufren de abusos y vejaciones en el albergue zoológico.

El filme tiene varios grandes momentos, dispuestos tal vez a convertirse en referencias y alusiones para parodias y homenajes posteriores (de la que también está llena, incluida una Estatua de Libertad armada a medias): un orangután que confiesa haber aprendido el lenguaje de señas en un circo, el avance de los simios por entre las ramas de los árboles y el salto del gorila contra el helicóptero. ¿Quién fuera chango para colgarse de las ramas?

Mientras que la población de San Francisco es diezmada por la infección provocada por la vacuna de James Franco (una lástima que no se convirtieran en zombis, eso daba pie para una secuela demencial), los simios se lanzan al bosque de secoyas en un regreso al paraíso que ha perdido el hombre para siempre. La pregunta que me surge mientras aparecen los títulos finales es: ¿cómo le harán los simios para sobrevivir en el clima extremoso del norte de California?

 
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