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FICHA TÉCNICA
The Florida Project
El Proyecto Florida
 
Estados Unidos
2017
 
Director:
Sean Baker
 
Con:
Brooklyn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe
 
Guión:
Sean Baker, Chris Bergoch
 
Fotografía:
Alexis Zabe
 
Edición:
Sean Baker
 
Música
Lorne Balfe
 
Duración:
111 min.
 

 
El Proyecto Florida
Publicado el 28 - Mar - 2018
 
 
  • El más reciente filme de Sean Baker es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.  - ENFILME.COM
  • El más reciente filme de Sean Baker es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.  - ENFILME.COM
  • El más reciente filme de Sean Baker es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.  - ENFILME.COM
  • El más reciente filme de Sean Baker es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.  - ENFILME.COM
  • El más reciente filme de Sean Baker es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.  - ENFILME.COM
 
por David Poireth

 [En 1959 comenzó a gestarse la idea de crear un nuevo parque temático que hiciera honor al mundo imaginado por Walt Disney. Es decir, un parque de diversiones donde la realidad y la fantasía convivieran sin traba alguna y en plena cópula, y sin importar lo antinatural o siniestra que pudiera resultar dicha combinación al tomar en cuenta la situación social de Estados Unidos. Al poco tiempo se iniciaron los diseños y obras del parque que sería conocido, en el futuro, como Disney World, pero que, en aquel entonces, se denominaba simplemente: el Proyecto Florida].

A unos kilómetros de Walt Disney World Resort, el “lugar más feliz del planeta”, vive Moonee (Brooklyn Prince), una traviesa niña de seis años quien, en compañía de sus amigos Scooty (Christopher Rivera) y Jancey (Valeria Cotto), se pasea por los alrededores de la zona y por cada rincón del motel Magic Castle Inn, donde vive, imaginando extrañas aventuras y molestando a cualquier adulto que se interponga en su camino, mientras se enfrenta, indirectamente, a las sórdidas condiciones de pobreza que la rodean. Sin dinero suficiente ni hogar fijo, Moonee transita entre el universo imaginario que ella y sus amigos han creado, y la cruda realidad de la que es testigo. Esta dicotomía, representada desde el punto de vista de la niña, es la que construye el tono reflexivo y alegre que es The Florida Project (2017), pues, si bien no deja de ser un filme entretenido y ligero, también es una aguda crítica a dos de los problemas sociales que existen en gran parte del mundo: la paternidad irresponsable y la desigualdad social, producto del cinismo capitalista. 

El más reciente filme de Sean Baker (Tangerine, 2015) es una muestra extraordinaria de cómo, valiéndose de los recursos del arte cinematográfico, se puede crear una obra en perfecto equilibrio entre las búsquedas artísticas y las disertaciones críticas. Es una bella y compleja creación que, evitando las obviedades y la denuncia directa, engarza lo estético y lo discursivo sin desbalancearse, gracias a un recurso que, si bien parece básico, vale la pena estudiarse con cuidado: el narrador cinematográfico.

El elemento fundamental del filme es la perspectiva desde la que se cuenta: la mirada de Moonee. En primera instancia, podríamos decir que el recurso de relatar una historia desde el punto de vista de un niño se ha repetido hasta el cansancio, sin embargo, la diferencia estriba en que, además, los acontecimientos que ocurren en el filme se describen desde dos percepciones distintas, pero simultáneas: una directa y una indirecta. Directamente se nos detallan la relación entre Moonee y sus amigos o su madre: las travesuras y aventuras que viven, los juegos que inventan, entre otras anécdotas. Mientras que las problemáticas sociales son abordadas de soslayo, desde un punto de vista indirecto, como acontecimientos percibidos a partir de una suerte de visión periférica.

Si se mira con atención, en algunas de las escenas clave del filme notaremos que lo más importante, en términos de la narración de la historia, no parece recibir la atención que, aparentemente, merecería -no se exhibe en primer plano o su imagen aparece fragmentada o fuera de foco-. Un ejemplo claro es la escena en la que se afirma la prostitución de la madre de Moonee, Halley (Bria Vinaite): la cámara nunca abandona a Moonee jugando en la bañera y, sin embargo, es en aquel otro sitio que no alcanzamos a ver, donde están ocurriendo los sucesos cruciales en torno al crecimiento de la niña y al desarrollo de la trama: la madre prostituyéndose con su hija en la habitación. Otro ejemplo es la escena en la que Halley está vendiendo unas pulseras, pases a Disney World, de manera clandestina. En ella no vemos los rostros de Halley ni del comprador, sino sólo a Moonee jugueteando mientras se realiza la transacción ilegal, un recurso que recuerda a las historietas de Peanuts utilizado para mantener la ilusión de estar viendo todo a través de los ojos infantiles; una percepción periférica y distraída. En este sentido, no sólo la historia se desarrolla de manera indirecta, sino también la crítica, pues es en ese segundo ámbito donde el “mundo real” existe y donde se está desbaratando. Continuando con la analogía de las historietas, podríamos decir que el mecanismo de crítica funciona como en la célebre creación de Quino, Mafalda; es desde el punto de vista de la inocencia y la travesura desde donde las problemáticas sociales pueden articularse sin obstáculos y desde donde pueden reflexionarse con la gravedad que les corresponde, aún si parecen ocupar un lugar menos importante (mecanismo que podríamos encontrar, también, en la obra de Mark Twain o en la icónica serie televisiva Our Gang (The Little Rascals), que podría considerarse la referencia más evidente en el filme).

Por otro lado, para dotar de solidez suficiente al recurso de la perspectiva, Baker se vale de diferentes elementos que juegan con la dicotomía fantasía-realidad. Dos de ellos los desarrolla de la mano del cinefotógrafo mexicano Alexis Zabe (Luz silenciosa, 2007): la exploración cromática y la construcción del espacio. La fachada de los moteles donde habitan los protagonistas del filme, cuyos nombres son por demás sugerentes (Magic Castle Inn y Futureland) están pintados con colores que remiten, inevitablemente, a la infancia; por ejemplo, el púrpura de Magic Castle Inn que, a la mirada de los niños, se transforma en un verdadero recinto de aventuras, en un Disney World que convive, indirectamente, con la violencia, la enfermedad, las drogas, la delincuencia y la pobreza. Además, las tonalidades naranjas, azules y amarillas que empapan por momentos el filme, sugieren esa visión fantástica o alucinante. En cuanto al espacio, encontramos que, al ubicar la cámara a la altura de los niños y, en la mayor parte del tiempo, en ángulo contrapicado, Baker y Zabe nos obligan a mirar los estrafalarios espacios arquitectónicos por los que cruzan los pequeños, como si fueran parte de un mundo de sueños o, más bien, de una realidad deformada (y deformante). Este diálogo entre la arquitectura y los cuerpos de Moonee y sus amigos está sostenido por el acto de caminar frente a una pared o edificio, aquel que Gilles Deleuze definió como el primer acto cinematográfico, y cuyo sentido en el filme es el de simbolizar la libertad (por momentos excesiva) que todo niño siente: no existen los límites; los límites los imponen los padres y la sociedad. Es especialmente interesante la escena final de la película en este punto, pues en ella se manifiesta esa libertad deliberada que, desgraciadamente, sólo existe en la imaginación de los niños y que terminará por diluirse al llegar a la edad adulta.

Resulta destacable que todo lo mencionado arriba se ve reforzado por la aparente ausencia de una anécdota. El filme de Baker, me atrevería a decir, no está estructurado de forma que se nos relate una historia, sino para hacernos partícipes de una experiencia. Si bien podemos encontrar elementos narrativos básicos (un clímax, por ejemplo), la película sigue un camino ajeno a las estructuras ordinarias —típicas del cine de Hollywood—, lo que provoca, por momentos, que no tengamos noción del tiempo —como eran, cuando niños, las vacaciones de verano, ¿cierto?—. Pero, además, el hecho de que Baker trabaje con actores no profesionales para interpretar los roles protagónicos (a excepción de Willem Dafoe) aporta mucho a esta búsqueda, presente en otros filmes del cineasta estadounidense, de introducir al espectador en una vivencia auténtica compartida con los personajes. Baker nos hace sentir, de nuevo, lo que significa ser niño, al tiempo que mantiene una distancia crítica que, sin duda, perturbará a más de uno, pues, a pesar de tratarse de acontecimientos realmente devastadores, el filme evita el tono melodramático, melancólico o triste, y se sostiene con el ritmo enérgico y convulsivo de Moonee.

Desde el punto de vista discursivo, la palabra clave del filme es ‘proyecto’, concepto que habrá que entender desde un inicio como una ‘idea, plan o cosa sin forma, inacabada y preconcebida para engendrar a algo nuevo en el futuro’. ‘Proyecto’ es la palabra clave porque, más allá de su significado, es el punto de anclaje del carácter metafórico y simbólico del filme, cuya síntesis podría ser algo así: “un retrato del conflicto y la tensión que existe entre el mundo interior de los niños y la realidad que están obligados a habitar”. En otras palabras, la película de Baker es una demoledora y divertida representación de la infancia, misma que podría comprenderse como las primeras construcciones de un proyecto de vida —un niño es un proyecto, ese algo inacabado en formación. Y es con base en este concepto que se edifica una crítica social, pues el Proyecto Florida (Disney World) terminó por ser un fracaso social, una utopía erigida a mitad de un verdadero terreno baldío o campo de batalla. El discurso es claro: ¿cómo es posible que, a unos pasos de uno de los recintos millonarios simbólicos del capitalismo norteamericano, la gente pase hambres y viva sin tener una casa fija?

Es un alegato contra el cinismo y el engaño capitalista y turístico: Disney World es la tierra de la fantasía y los sueños, pero sólo para aquel que puede costearlo, y brevemente; los niños pueden soñar e imaginar lo que quieran, pero, tarde o temprano, caerán en cuenta de la realidad; realidad construida por sus padres —“Sufrir de la realidad significa ser una realidad fracasada”, escribió Nietzsche en El Anticristo, texto que resulta pertinente porque la principal crítica de Baker es contra la paternidad irresponsable. Uno de los diálogos más contundentes al respecto es dicho por Moonee en compañía de Jancey, cuando visitan el árbol predilecto de la primera en el parque: “Es mi árbol favorito, porque se cayó, pero sigue creciendo”. Inevitablemente nos remite al dicho: “Árbol que nace torcido jamás su rama endereza”, pero en un sentido diferente: el árbol es un símbolo que, en la película, representa un problema que se propaga de generación en generación: los problemas educativos en las sociedades inmersas en problemáticas económicas. Por ello el personaje de Dafoe (Bobby, el administrador) es tan relevante como medida de equilibrio de la película: es la figura paterna, los ojos, la conciencia a través de la cual vemos y sentimos, como espectadores, los riesgos que tienen que pasar todos los días los niños desatendidos; Bobby es más un testigo compasivo que interacciona de manera moderada al margen del relato, pero que, sin cuya existencia, la trama y el balance de la misma se hubiese desbordado. Tan sólo consideremos una de las escenas más fuertes del filme: cuando un hombre, con insinuaciones de ser un degenerado sexual, se acerca a los niños en el jardín del motel Magic Castle Inn. Sin Bobby ahí, haciéndose cargo de todos (padres e hijos), hubiera ocurrido lo peor.

No obstante, aún más que la actuación nominada al Oscar de Willem Dafoe, cuya interpretación aparentemente discreta, pero que, mejor dicho, encarna el amor y la comprensión que los niños (y adultos) necesitan, destaca la interpretación de Brooklyn Prince como Moonee, misma que el crítico británico Peter Bradshaw calificó como una de las mejores actuaciones que ha visto realizadas por un niño en los últimos años. Uno de los motivos por los que la participación de Prince brilla tanto, es porque ella, al igual que los demás niños, no parecen estar interpretando ningún rol; al contrario, el método casi documental de Baker, como un observador sin interacción directa con la realidad que retrata, permite a los pequeños desenvolverse con naturalidad y como lo harían en cualquier día de sus vidas. La improvisación, acompañada de las actitudes bulliciosas y alegres de los niños, dotan al filme de un tono enternecedor que no logra, sino cargar de sentido la gravedad de las reflexiones que lo sostienen, mismas que podrían articularse de forma brevey de manera contundente, con una frase del filósofo italiano Giorgio Agamben que describe a la perfección la estética y el pensamiento del largometraje: los niños “son como aquellos personajes de historieta que pueden caminar en el vacío, siempre y cuando no se den cuenta de ello: si lo advierten, si lo experimentan, caen irremediablemente”.

 
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