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FICHA TÉCNICA
Hell or High Water
Enemigo de todos
 
Estados Unidos
2016
 
Director:
David Mackenzie
 
Con:
Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges, Gil Birmingham
 
Guión:
Taylor Sheridan
 
Fotografía:
Giles Nuttgens
 
Edición:
Jake Roberts
 
Música
Nick Cave, Warren Ellis
 
Duración:
102 min.
 

 
Enemigo de todos
Publicado el 10 - Feb - 2017
 
 
  • La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie, sitúa su más reciente filme, 'Hell or High Water', un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.  - ENFILME.COM
  • La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie, sitúa su más reciente filme, 'Hell or High Water', un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.  - ENFILME.COM
  • La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie, sitúa su más reciente filme, 'Hell or High Water', un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.  - ENFILME.COM
  • La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie, sitúa su más reciente filme, 'Hell or High Water', un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.  - ENFILME.COM
  • La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie, sitúa su más reciente filme, 'Hell or High Water', un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Lee lo que escribimos sobre Starred Up en el London Film Festival 2013

La provincia americana masacrada por la crisis económica es el escenario en el que el realizador escocés, David Mackenzie (Starred Up, 2013), sitúa su más reciente filme, Hell or High Water (2016), un salvaje western revisionista que se mueve en la línea muy fina y frágil de la supervivencia y la ambigüedad ética, un factor que le permite al director no asumirse moralmente superior ante la situación que retrata ni ejercer juicios precipitados, sino establecer una observación detallada y cuidadosa de los estragos que causó la recesión de 2008 en algunos poblados de Texas.

Después de un largo periodo al lado de su madre enferma, ya fallecida, Toby (Chris Pine) está desesperado porque debe lidiar con su exesposa, dos hijos que mantener y una hipoteca que pagar. Ante la extrema necesidad de dinero, Toby encuentra en su hermano Tanner (Ben Foster), un exconvicto, la salida providencial a sus problemas. Ambos establecen un simple, pero magistral plan: los hermanos llegarán a cada una de las sucursales de Texas Midland Bank siempre a primera hora del día para evitar las multitudes y poder amenazar directamente a los empleados que resguardan las cajas exigiéndoles que les entreguen billetes de uno, cinco, 10 y 20 dólares –no de 100, ni tampoco fajos con exorbitantes cantidades–. Más astutos aún, los dos han acumulado un puñado de coches viejos y, después de cada robo, conducen el vehículo hacia un pozo excavado en la parte trasera del rancho familiar y lo entierran. Por último, el dinero en efectivo lo “limpian” en los casinos. Sin embargo, un veterano sheriff al borde de la jubilación llamado Marcus (Jeff Bridges) –en compañía de su colega de origen comanche (Gil Birmingham)– comienza a seguir la pista de los dos asaltantes y no tiene ninguna intención de renunciar a sus presas.

Las figuras de los hermanos son delineadas de manera perspicaz y redonda; se trata de dos personalidades opuestas, pero complementarias. En uno de los mejores trabajos de su carrera, Chris Pine se asume como un hombre reflexivo, sereno y racional, decidido a toda costa a extinguir la carga hipotecaria que ha caído sobre su patrimonio familiar y con la firme intención de seguir el esquema de los robos que diseñó al pie de la letra. Un comprometido Ben Foster adopta una postura impulsiva e iracunda, dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudar a su hermano sin importar que en el trayecto haya daños colaterales. Mackenzie alude a los fatídicos destinos de los protagonistas desde el título del filme: los personajes deben decidir simbólicamente entre quemarse en el infierno o ahogarse en alta mar. En este sentido, ambos caminos los conduce directamente a Marcus, el único que tiene bien definida su brújula moral, quien analiza detalladamente cada uno de los movimientos de los asaltantes tratando de anticipar su siguiente paso. Y aquí destaca Jeff Bridges al ofrecer otro magnífico estudio de personaje interpretando a un veterano de acero, sabio, cuyas burlas abrasivas y racistas que lanza contra su compañero enmascaran el profundo afecto y lealtad que siente por él. 

Oscilando entre el relato de crimen, el melodrama familiar y el thriller de acción, Mackenzie trabaja a partir de un guion escrito por Taylor Sheridan –autor de la angustiante y brutal Sicario (Denis Villeneuve, 2015)– para explorar, en un tono muy sutil e íntimo, las dificultades de las relaciones humanas cuando los involucrados son personajes demasiado contenidos para expresar sus emociones. Al igual que lo trabajó en su poderoso drama carcelario Starred Up (2013), en el romance de ciencia ficción Perfect Sense (2011) o en el intrigante thriller Young Adam (2003), Mackenzie tiene un interés particular en los personajes herméticos que nunca ceden ante sus sentimientos y que crean barreras para no dañar ni decepcionar a sus seres queridos. En este caso, Tanner prefiere verse a sí mismo como un proscrito y un guerrero nativo americano, a pesar de su evidente herencia caucásica. Su feroz auto-mitologización surge una y otra vez al grado de decirle a su hermano: “Somos como los comanches; atacamos donde queremos”, en lugar de confesarle la profunda culpa y tristeza que siente por no haber estado cuando él y su madre más lo necesitaban.

Las ciudades destartaladas de West Texas y las llanuras rocosas –capturadas por el cinefotógrafo británico, Giles Nuttgens– proporcionan una atmósfera de aflicción y ruina que es enfatizada por la banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, piezas musicales épicas y expansivas sin ser grandilocuentes, capaces de acompañar el tono de la situación sin la necesidad de manipular ni abrumar al espectador. De esta manera, el filme nos transporta al paisaje árido y desértico que cinematográficamente conocemos gracias a notables exponentes del género desde Il buono, il brutto, il cattivo (Sergio Leone, 1966) hasta No Country for Old Men (Ethan y Joel Coen, 2007) pasando por Unforgiven (Clint Eastwood, 1992). El director aprovecha este terreno para mostrar unos gestos –algunos más discretos que otros– a varios filmes de los setenta, incluyendo The Last Picture Show (Peter Bogdanovich, 1971), Dillinger (John Milius, 1973) y Charley Varrick (Don Siegel, 1973). Quizá la influencia más evidente proviene de Thunderbolt and Lightfoot (Michael Cimino, 1974), pero Mackenzie no se queda en la cita ni en el homenaje y logra actualizar inteligentemente los tropos del western. Este género se ha convertido en la mitología norteamericana por excelencia debido a que le ofrece a los estadounidenses una narrativa para recalcar su supuesto pasado de grandeza –así como La Ilíada lo hizo con los antiguos griegos–; para preservarla, debe existir el incesante deseo de expandirse y conquistar al otro, la constante presencia de armas y del héroe como un hombre que se ve forzado a quebrantar la ley. Tomando en cuenta estos rasgos, el director orilla el clasicismo del western a la extrema complejidad del contexto actual para confeccionar una elegía moderna sobre la América rural al mismo tiempo que ofrece una crítica detallada del voraz capitalismo contemporáneo, en el que la avaricia de los individuos parece ser “normalizada” cuando se esconde detrás de poderosas instituciones como los bancos, empresas que buscan legalizar su codicia para –mediante abusos y mañosos planes– adueñarse del preciado petróleo que se esconde bajo la tierra de campesinos y ganaderos. 

El guion está configurado para que la audiencia tenga más simpatía por los protagonistas renegados que por las instituciones financieras adquisitivas, y su estructura parece demasiado construida debido a su deseo de explicar constantemente las motivaciones que mueven a los personajes (la familia, la hipoteca, la pobreza), así como la recapitulación constante del pasado de los personajes y del peligro que los acecha. Mackenzie se siente perfectamente en casa en el más remoto pueblo de Texas  (aunque Hell Or High Water se rodó en las fronteras de Nuevo México por razones de incentivos fiscales), un estado que se fragmenta en pequeños pueblos donde abundan las armas. El director escocés recupera la mitología del vaquero artero y autodeterminado para mostrar cómo los ciudadanos comunes y corrientes se filtran espontáneamente en el mundo del crimen para buscar el derecho a la autodefensa como si fuera la única vía para llevar a cabo un acto heroico que pueda restablecer el orden como sucedía en el escenario de aquel mítico y viejo oeste. 

Además de ser una obra poderosa y contundente sobre el impulso fuera de la ley, sobre lo que significa convertirse en criminal por una causa extrema de sobrevivencia y sobre las consecuencias al tomar decisiones nobles, loables, egoístas y autodestructivas, Hell or High Water posee un fuerte sentido de la historia cultural tejana. Es una disección de las fechorías cometidas contra la tierra y sus pobladores a lo largo de la historia de Texas. Así como los indígenas nativos –los comanches– gobernaron sobre esos territorios y ahora se reducen a nada más que máscaras de un pasado glorioso, los hombres blancos que cargan armas son colonizados por los bancos. Hay ecos a la perturbadora mezcla de resentimiento, venganza y crimen en la época de la recesión de Killing Them Softly (Andrew Dominick, 2012), pero sin la iconografía de la bandera americana ni los discursos presidenciales. Es un retrato de los ciudadanos pobres y desesperados que recuerdan los universos literarios de John Steinbeck y William Faulkner, autores que enfatizaban el espacio violento del sur habitado por las pasiones trágicas y las familias decadentes que entran en conflicto con la doble moral, las crisis existenciales y las diferencias raciales; fuerzas oscuras de la condición humana que se propagan hasta el presente.

El filme no separa de manera cómoda y maniquea los malos de los buenos. Y ahí radica el más atinado y complejo de los cuestionamientos que lanza Mackenzie: ¿Hasta qué punto robarle a los bancos que se llevaron las pertenencias de la gente comienza a tomar forma como una condición necesaria? La moral y la ética pierden paulatinamente sus connotaciones, pero no se trata de una reelaboración de la leyenda romántica de Robin Hood, sino más bien una fábula cruel al estilo de John Dillinger, el ladrón de bancos más notorio en Estados Unidos durante la época de la Gran Depresión.

En este universo planteado por Mackenzie, las víctimas deben esperar hasta que lleguen los agentes de policía. Pero tampoco hay una veneración general por los encargados de hacer cumplir la ley, ya que su papel en la ciudad es tan impersonal y detestable como el de los ladrones y los propios banqueros. Esta desconfianza hacia la autoridad es ejemplificada de mejor manera por una camarera atrevida (un gran cameo de Katy Mixon), quien se niega a declarar en contra de los ladrones que le dejaron una importante suma de dinero como propina porque ella también tiene una hipoteca que pagar. No obstante, este pasaje del filme también muestra punzantemente la manera en que opera la corrupción en varios niveles de la sociedad; mientras el individuo se beneficie de lo ilegal o lo inmoral, entonces no lo repudiará, incluso podrá llegar a celebrar la existencia del crimen, aunque después termine siendo afectado por la pudrición del sistema. En determinado momento del filme aparece un ganadero que, al pastorear sus vacas al otro lado de la carretera, se queja de que su trabajo es tan arcaico en pleno siglo XXI –no es de extrañar por qué su hijo no quiere seguir sus huellas–. Si como espectador uno escucha atentamente a los personajes secundarios, tendrá más elementos para comprender los problemas de la clase media baja de la Texas rural que se describe en el filme. No sorprende, entonces, que la gente retratada en Hell or High Water sea aquella que padeció en las eras de George W. Bush y Barack Obama y que, en las elecciones de 2016, en plena desesperación por el cambio, optaron por el candidato más radical a la mano, el ahora presidente Donald Trump

 
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