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FICHA TÉCNICA
Fecha de caducidad
Fecha de caducidad
 
México
2011
 
Director:
Kenya Márquez
 
Con:
Damián Alcázar, Ana Ofelia Murguía, Marisol Centeno, Eduardo España
 
Guión:
Kenya Márquez, Alfonso Suárez
 
Fotografía:
Javier Morón
 
Edición:
Juan Manuel Figueroa, Felipe Gómez Duración:
111 min.
 

 
Fecha de caducidad
Publicado el 30 - Ago - 2013
 
 
 

Por Verónica Sánchez (@SofiaSanmarin)

Ver entrevista con Kenya Márquez

Ver entrevista con Damián Alcázar.

Iniciar con el pie derecho en cinematografía no siempre es un asunto espontáneo. También hay esfuerzos de filmación largos y tendidos que pueden durar varios años para solidificarse en la ilusión de la pantalla grande, ese encuentro entre el espectador y una pieza donde el autor solo vale en tanto artífice; un medio entre muchos otros. Fecha de caducidad (2011) es la ópera prima de Kenya Márquez y tiene once años gestándose desde su primer bosquejo, un cortometraje llamado Señas particulares. Pasó de ser una breve capitulación entorno a tres personajes signados por una vida anodina, servil o mediocre, a un entramado donde el crimen se convierte en eje central de una vida interior que se reconstruye –y destruye– más allá del dolor, la imposibilidad y los esfuerzos por salir adelante de personajes que, literal y literariamente, han perdido la cabeza.

Fecha de caducidad se trata de un filme arropado por la comedia y un humor ácido corrosivo, que en realidad anticipa la carencia de sentido que enmarcan a las acciones de los involucrados. Mezcla con lujo de referencias estilísticas elementos del thriller noir y la retórica de la ironía y hasta el sarcasmo para indagar cómo es posible la relación entre los personajes en un ambiente hostil, sucio y claustrofóbico.

Todo abre en una atmósfera fúnebre creada a partir de una mamitis patética de un patán profesional que infiere leperadas hasta por los codos. Ramona (Ana Ofelia Murguía) es una madre octogenaria de amor asfixiante que con devoción mima a Osvaldo (Lalo España), su único hijo, un casi cuarentón soltero de mirada fría, en un departamento sombrío y hacinado de algún barrio populoso de Guadalajara. Mientras él ve la televisión, apoltronado en un sofá con una cerveza, ella le corta las uñas de los pies. Un movimiento en falso provoca un pequeño incidente: la cortadura en uno de los dedos del vástago (horizonte inalcanzable pero deseable en películas como Mexicano, tú puedes); un episodio que sentará los precedentes de la atípica tragicomedia.

Al mismo tiempo, en otro lugar, Mariana (Marisol Centeno), una joven mujer, se mira en un espejo roto, salpicado de sangre. Una voz al fondo de la habitación, sus gritos, nos informan de los abusos de su pareja. Un golpe en su rostro y su precipitado viaje a Guadalajara indican que se ha librado de su verdugo.

En la ciudad, Ramona espera el regreso de Osvaldo, paciente, sentada en el comedor, con la cena servida. Las horas le irán descubriendo que su hijo no llega y que ya pasaron tres días. El espectador asiste a la angustia de la madre que inicia una frenética búsqueda en los hospitales y delegaciones de la ciudad. Sin éxito y desarmada, sondea las oficinas de la morgue con la esperanza de que su hijo no esté ahí. En el lugar conoce a Genaro (un Damián Alcázar en plena forma, fuera de toda proporción, con un personaje torpe y nervioso que parece que le sienta como un guante gracias a su trabajo actoral), un hombre entrometido, apocado, de aspecto mugroso, aficionado a la notas rojas de la prensa y de múltiples oficios, y a Milagros (Marta Aura), la secretaria del inmueble, quien conmovida por la desolación de Ramona se ofrece a ayudarla a encontrar a su hijo. La esperanza de que Osvaldo esté con vida se alimenta después del reconocimiento de pies –no de cuerpos, se niega a observar los rostros, piensa que ese dedo herido es todo lo que necesita ver– que ella hace de los cadáveres en el forense, donde los empleados, durante las autopsias, chacotean y engullen tortas, acostumbrados a la fetidez y la muerte, al dejo pútrido que deja el cuerpo que carece de alma.

Milagros aconseja a la anciana buscar a su hijo entre los vivos y le sugiere sacar fotocopias de una fotografía del desaparecido. El arribo de Mariana al edificio donde vive Ramona y los consejos bien intencionados de Milagros, hacen que Ramona se embarque en un mar de suposiciones con respecto a la joven y Osvaldo. En gran medida por hacer uso de lo dicho por Milagros, su ilusión llega a tanto que busca intimar con ella invitándola a comer a su casa, pues la piensa novia secreta de su hijo. En su sucio y derruido departamento, la joven convive y lucha con las cucarachas de un sofá abandonado. No conoce a nadie, pero ha tenido la suerte de conseguir un empleo en una perfumería cerca de su nueva casa. Ha matado a alguien y no se sabe qué detalles surcan su historia.

Genaro tampoco es lo que aparenta. Resulta ser un hombre inteligente con conocimientos forenses que no pudo terminar la carrera de medicina. Es de buenos sentimientos pero tiene mala suerte. Lo mejor que le ha pasado es encontrarse un auto viejo, un Datsun rojo destartalado, al lado de su casa, en las afueras de la ciudad. Pero el regalo va acompañado de una cabeza decapitada que él descubre bajo la lluvia al lado del coche.

La historia se narra desde los tres puntos de vista de los personajes principales. Cada uno cuenta, a su manera, la versión de lo que les está sucediendo y cada conjunto de mentiras va enlazando lo que ellos no dicen. La no-verdad se tipifica en tres tipos: la ficción fanática de Ramona; la desolación férrea de Mariana representada por la mentira que busca ocultar la historia detrás de la máscara; y Genaro, que emplea los elementos de la realidad para construir un mundo hermoso en el que puede ser feliz. Para ello, la cámara induce en la realidad de Ramona nitidez, estados sombríos, desenfoques estratégicos, ambientes lóbregos, escenarios derruidos. Para Mariana, hay una referencia constante al temor, la violencia, la secrecía. Siempre se le ve detrás de un fleco, una vitrina, una puerta, ocultando algo invisible: la culpa. Pero Genaro solo aspira a la posibilidad de un mundo hermoso, puro. En su mente, gracias a su candidez y a una inocencia que lo ha aislado del mundo, los cuerpos mutilados solo valen en calidad de objetos clínicos; cualquier cosa es posible de resolver en sus manos, incluso cómo disolver un cadáver incómodo; una cabeza humana puede transformarse, cuando él se ocupa de ella, en un consuelo para una mujer que ha perdido lo más importante de su vida. En él, se cumple la promesa de aspirar a un mundo mejor, aunque éste lo traicione con la crueldad de una imaginación enajenada.

Los demasiados silencios que se aderezan con escalofriantes acordes de piano cimentan un entorno de cine negro: la expectativa, el misterio. Lo que sucede en la primera mitad del filme es desde los ojos de Ramona. La segunda mitad está dedicada a las intervenciones de Mariana y Genaro —quien lucha por agradarle a la chica.

Ana Ofelia Murguía ofrece una de sus mejores actuaciones. La actriz es capaz de transformarse de un ser dulce y tranquilo a una feroz villana en busca de venganza. Entre el calvario de las dos mujeres, se yergue Genaro, el antihéroe sucio –efigie del fracaso tan temido por la modernidad y aún perseverante en la época contemporánea, incapaz de superar su mácula del joven atractivo y ambicioso personaje de Stendhal, Julien Soriel–: es él el más inocente ante el estupor de la muerte. Genaro borda posibilidades con los objetos ignorados del mundo para desistir de la tragedia, como cuando se imagina bailando salsa, diestro y seguro en la pista de baile de un club nocturno al lado de una guapa mujer, imágenes que materializan el deseo de Genaro de ser aceptado. Nuestro equivalente a Amélie es este prestador de servicios con talentos multimedia. Lo único que une a este trío es la conciencia de haber fallado en las cosas más importantes de su vida.

Un guión minucioso, inteligente, de humor negro ejecutado –salvo por la pulcritud de algunas coreografías– sin fallas, con vueltas de tuerca inesperadas donde Márquez cambia de historia para transformar cada escena en un rompecabezas que se arma y desarma con los prejuicios del espectador, da forma a tres historias que desembocan en un sencillo y nada ambicioso relato de amor. Esta película sin falsas presunciones cobra forma con personajes engañosos que le dan fuerza al libreto. Son personajes (salvo el de Alcázar, aderezados con actuaciones adrede exageradas a favor de la comedia) incómodos y solitarios, que con pasos titubeantes se enfilan a desenlaces trágicos, en el sentido griego de la palabra. Márquez le regala escapatorias falsas a sus protagonistas al más puro estilo de Jorge Ibargüengoitia en Las muertas. Quizá, sin pretenderlo, ha cifrado dentro de Fecha de caducidad un modo de lidiar con la realidad mexicana –signada por la violencia social, por la muerte como horizonte y forma natural de interacción humana– en tres formas diferentes: la venganza (Ramona), la culpa (Mariana) y la esperanza (Genaro). Como si fuera algo cotidiano.

 

Corto de Kenya Márquez

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