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FICHA TÉCNICA
Gravity
Gravedad
 
Estados Unidos
2013
 
Director:
Alfonso Cuarón
 
Con:
Sandra Bullock, George Clooney, Ed Harris
 
Guión:
Jonás Cuarón, Alfonso Cuarón
 
Fotografía:
Emmanuel Lubezki
 
Edición:
Alfonso Cuarón, Mark Sanger
 
Música
Steven Price
 
Duración:
91 min.
 

 
Gravedad
Publicado el 28 - Oct - 2013
 
 
  • En Gravedad, la pantalla se convierte para el espectador en una ventana al espacio. Si en Pina (2010) de Win Wenders el objetivo era captar el cuerpo en movimiento y en La cueva de los sueños olvidados (2010) de Werner Herzog el paisaje, los escenarios y los personajes en diferentes planos, en Gravedad destaca el tono íntimo del 3D, los acercamientos al rostro (de vez en cuando habrá que ladear la cabeza para esquivar algo: chatarra espacial, una lágrima cayendo, pequeñas llamas flotando dentro de la nave espacial).  - ENFILME.COM
 

Por Verónica Sánchez Marín (@SofiaSanmarin)

Ve aquí nuestra entrevista con Alfonso y Jonás Cuarón

Dos inmensidades integran la materia prima de Gravedad: la psique en su estado de crisis ante la alta probabilidad de morir y un viaje alrededor de nuestro planeta en el espacio sideral como una forma de enfrentar al vacío. El dolor en la Tierra, silenciado por la magnitud del espacio exterior, pierde peso al igual que el cuerpo en cuanto se somete a la fluctuación que impone la ausencia de gravedad. Las emociones carecen del malestar de la vida cotidiana y se pueden resumir en la contemplación de un amanecer desde la órbita planetaria, reflejado en los cascos de los astronautas Ryan Stone (Sandra Bullock) y Kowalski (George Clooney), quienes danzan y laboran al unísono en torno al punto azul pálido de nuestro planeta. Carl Sagan hubiera sido feliz allá afuera con ellos. O bueno, al menos los primeros diez minutos.

La trama de Gravedad trata del naufragio y la supervivencia, muy en la sintonía de filmes como Mar abierto (2004) o Frozen (2010), y con una eficacia equiparable a Life of Pi (2012) y 127 horas (2010) en su tensión psicológica, así como en la soledad y desgracia que cierne a los personajes. Sostiene su interacción con el espectador en un despliegue fotográfico y de efectos especiales minucioso que alcanza sutileza y coherencia sin excesos pirotécnicos ni abuso de los recursos tecnológicos, en los que se apoya casi toda la película para ganar la atención del público.

Alfonso Cuarón enfoca sus esfuerzos en elementos narrativos mínimos y en la tesitura de su filmación, sin la cual, probablemente la película bien podría haberse quedado en un cortometraje. La narrativa de Gravedad –en la que participó Jonás Cuarón, el hijo de Alfonso– deviene lacónica y sencilla, puntual y directa: dibuja una línea recta de trazo tradicional. Relata una historia intimista ambientada en la llanura sideral, con un estudio del instinto de conservación cuando éste brota y confronta a una persona abatida y sin motivos para vivir, dispuesta a la renuncia y en condiciones hostiles. Retrata la orfandad a contrapelo del pacifismo, el silencio y la agresividad de las condiciones físicas que caracterizan al escenario, en un desarrollo lírico del paisaje, gracias a un trabajo de cámara e imágenes generadas por computadora empeñado en puntualizar la pequeñez humana ante el desastre; apuesta que redunda en un caos tan estilizado, que atrapa por su armonía estructural. La acción y el suspenso se plantan como ejes motores para las imágenes. No ahonda en temas existenciales ni intenta profundizar en los personajes. Descansa su guión en la efectividad de contar con las imágenes más que con los diálogos. Tampoco reflexiona con monólogos largos o disertaciones luminosas o hallazgos metafóricos lo que sucede mientras se sufre en el espacio. Menos aún con cavilaciones filosóficas.

En la historia, la doctora Ryan Stone (Sandra Bullock), ingeniera especializada en medicina está en su primera misión espacial de la NASA, junto a sus compañeros de viaje, los astronautas Kowalski (George Clooney) y Shariff (Paul Sharma), abandonan de manera provisional su nave para una tarea de rutina. Ed Harris –sólo presente por la voz– les habla desde Houston y dialoga con el hablantín Kowalski, astronauta experimentado cuyo papel consiste en mantener todo en orden. Flotan de manera apacible hasta que su transbordador es golpeado por los restos de un satélite que provocó una reacción en cadena con otros satélites: la detonación hace que los residuos metálicos giren a máxima velocidad en la órbita terrestre, justo a la altura donde se encuentran estaciones espaciales, naves y formas de transporte de los astronautas. Stone y Kowalski se enfrentan a la inminencia de permanecer en el vacío y la posibilidad de morir a causa de insuficiencia de oxígeno. A partir de ahí, navegar en el espacio mantiene lo reposado del entorno solo por momentos como una consecuencia de la ausencia de gravedad, no como la realidad que perciben los astronautas. Ninguna complicación existencial: todo se resuelve en la practicidad de salvarse. Y no es para menos.

Dos actores sostienen toda la trama: Bullock y Clooney. Después de la mitad de la película, Sandra prueba que es capaz de mantener la temperatura de una película ella sola. En la actriz recae el mayor peso de la narración consiguiendo un trabajo cargado de realismo, una madurez templada. Clooney actúa de sí mismo: simpático, galán, heroico, seductor, elocuente, guapo, inspirador. Nada que no hayamos visto antes en su caracterización de estrella y macho alfa chévere y carismático que tanto le ha redituado en la industria cinematográfica. Pero Bullock, en su papel de científica, con una personalidad gris e introspectiva, logra reflejar frustración y desesperación. Su trabajo aquí constituye un reto físico equiparable al de una bailarina. Sus giros y vueltas para la simulación en estudio de su paso por el espacio exterior, es una clase magistral de cómo sugerir estados interiores a través de gestos corporales congruentes con la frustración del rostro. Una actuación convincente y destacable por su dificultad física.

La pericia técnica del director recayó en lograr un alto grado de verosimilitud respecto a la experiencia espacial. Cuarón consiguió capturar esta experiencia de desvanecimiento y acción constante en el espacio, y además proyectar la intensidad del movimiento involucrando tecnología 3D, que inunda sin demasiados aspavientos de estridencia audiovisual la ejecución de cada toma. La sola idea de reproducir un efecto ajeno a la Tierra sin salir de la atmósfera, ya certifica una labor minuciosa en el set de grabación y en la postproducción, que ganan por transformar en sutilezas los efectos especiales complejos que James Cameron presentó con lujo de exageraciones en Avatar (2009).

El rodaje en 3D no fue solo un gusto del director, un capricho tecnológico de los productores o una exigencia comercial para cobrar más en algunas salas de cine: está justificado en la forma de la filmación. Sirve para acentuar la distancia entre los objetos que deambulan en el espacio libres de paredes, la profundidad del escenario y la relación entre lo que observan los personajes con el POV y el movimiento de los cuerpos en el espacio. Además, termina por reafirmar la turbación de las actuaciones y las maromas de acción.

En Gravedad, la pantalla se convierte para el espectador en una ventana al espacio. Si en Pina (2010) de Win Wenders el objetivo era captar el cuerpo en movimiento y en La cueva de los sueños olvidados (2010) de Werner Herzog el paisaje, los escenarios y los personajes en diferentes planos, en Gravedad destaca el tono íntimo del 3D, los acercamientos al rostro (de vez en cuando habrá que ladear la cabeza para esquivar algo: chatarra espacial, una lágrima cayendo, pequeñas llamas flotando dentro de la nave espacial). Las tomas POV mantienen el vértigo a flor de piel e intensifican la sensación de asfixia con el juego volumétrico, que nos da una perspectiva todavía más tensa de lo que pasa detrás de las escafandras de los astronautas.

El director contrasta al peligro y la desesperación ante la inminencia de la muerte con cuadros proverbiales que invitan a maravillarse del universo. Aquí, el director de la película se muestra deudor de las lecciones de Stanley Kubrick, quien expuso el camino de la cámara en el espacio exterior. Cuarón hasta lo homenajea con una Bullock en posición fetal, muy al estilo de 2001: Odisea en el espacio (1968).

Los minutos aterradores de acción se enfatizan con la quietud del entorno. El horror y la belleza visual se palpan gracias a la fotografía de Emmanuel Lubezki –Deberás amar (2012), Y tu mamá también (2001), Sleepy Hollow (1999)–. Aun con sus secuencias lentas, frágiles y contemplativas, el timing no le falla al cineasta gracias al trabajo de edición. Ofrece 90 minutos bien aprovechados; las tomas y secuencias donde destaca el goce de la imagen duran lo suficiente para manifestar su belleza; consisten en segundos suaves que se desenvuelven en pequeñas digresiones para darle a la cinta un estado de cadencia, como en un adagio.

Las licencias gráficas de Gravedad –las auroras boreales al fondo pintando la oscuridad de un polo bañado de oscuridad, los encuadres de la Tierra en su ajetreo meteorológico mientras Kowalski y Stone derivan– se intercalan con momentos sorpresivos de violencia y sosiego, claustrofobia e inmensidad (la impotencia ante la ausencia de gravedad vuelve aún más neurótico el trance), con la música fantasmal de Steven Price, casi omnipresente, que pasa de la lentitud a un accelerando visual que manipula el confort del espectador.

Se dice que el corazón de los astronautas se debilita a falta de presión en el espacio exterior. Los que viajan y viven en las estaciones espaciales, pierden masa muscular, fuerza, coordinación. Volver, para ellos, significa rehabilitarse. Para Ryan fue al revés: su corazón se fortaleció flotando en el vacío de la órbita terrestre, y cobró fuerzas para aferrarse a la vida.

 
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