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FICHA TÉCNICA
J. Edgar
J. Edgar
 
EE.UU.
2011
 
Director:
Clint Eastwood
 
Con:
Leonardo DiCaprio, Josh Hamilton, Naomi Watts
 
Guión:
Dustin Lance Black
 
Duración:
137 min.
 

 
J. Edgar
Publicado el 26 - Nov - 2012
 
 
Dentro de una sociedad onanista como la gringa, entregada a los misterios de quienes hilaron o participaron en la leyenda fundacional de sus mitos, no deja de ser atractivo un proyecto que trate de revelar las limitaciones y patologías personales de los orquestadores de sus instituciones. - ENFILME.COM
 
por Ricardo Pohlenz

En términos cinematográficos, encuentro decepcionante –en primera instancia– el nuevo filme de Clint EastwoodJ. Edgar, sobre la vida de J. Edgar Hoover –pero, sobre todo sobre el impacto e influencia que tuvo–, elemento fundador y orgánico del Buró Federal de Investigación de los Estados Unidos, asumido desde siempre (o como puede verse, siempre que pudo) como imagen pública y figura corporativa de este organismo estadounidense de investigación policial.

Dentro de una sociedad onanista como la gringa, entregada a los misterios de quienes hilaron o participaron en la leyenda fundacional de sus mitos, no deja de ser atractivo un proyecto que trate de revelar las limitaciones y patologías personales de los orquestadores de sus instituciones. Detrás de las soluciones paranoicas que han definido la política externa (pero sobre todo, la interna) a lo largo de todo el siglo pasado en los Estados Unidos no hay tanto una sociedad paranoica en sí misma (que como todo rebaño sabe llevarse por el pánico) como paranoicos de carrera. Clint Eastwood ha querido hacer una película ejemplar sobre esta paranoia, ha querido rastrear los orígenes no tanto orgánicos como vivenciales de esta cultura paranoica y ha encontrado en Hoover un modelo para representar sus síntomas y proyectarlos –dolorosamente– hasta el extremo fársico de sus consecuencias.

La cámara de Tom Stern es rigurosa y se plasma en un montaje que resulta casi escolástico (en términos de vieja escuela); el guión de Dustin Lance Black (quien también escribió el guión de Milk) se deshilvana en paralelismos temporales que trascienden y trasgreden la vida de un hombre que se quiso convertir en un baluarte estadounidense, en un salvaguarda protagónico de su soberanía. El retrato que se consigue, insisto, es ejemplar; Hoover, como cualquier producto americano, se ve colmado por su propio mito; deslindar al hombre de su historia (una historia cuyos hechos se recopilan de oídas, como las de un gran inquisidor dostoyevskiano) resulta casi tan difícil como separar el envase de una Coca-Cola de su contenido (son una sola cosa y aún, dos distintas). La intimidad de los personajes se deslee, inasible, para encarnar esa representación ideal a cámara de los valores ideales estadounidenses: una comunidad asexuada (de manera literal, abolida como en los muñecos articulados) que vive un estándar feliz de camaradería y fraternidad

Clint Eastwood es implacable: más allá del verismo exacerbado al que se rinde (en términos de maquillaje), hace que sus actores digan sus líneas con la estoicidad trágica de quienes se saben vistos en una representación viva de la historia estadounidense. La épica remanente que se le supone a sus protagonistas (esa de la que se ha abusado hasta la saciedad en este extraño género hollywoodense de la gran biografía gringa) es sorda, tensa, un gran guignol tragicómico cuyo momento culminante es una pelea histérica entre homosexuales envejecidos (Hoover y su segundo, Clyde Tolson), que acaba en un beso. No dice “esto es Estados Unidos”, sino, más bien, “esto es lo que se esconde detrás de la parafernalia patriótica explotada por los medios en Estados Unidos”. El secuestro y muerte del hijo de Lindbergh, llamado el “crimen del siglo”, visto desde el descrédito posmoderno, se ve reducido a su explotación mediática, inventada a medias por las necesidades oligofrénicas de Hoover para promocionarse a sí mismo y al FBI. No es de extrañar que sea Nixon el primer presidente que muestra a cuadro (encarnado por Christopher Shyer); los demás permanecen fuera de campo, como voces en off, invisibles tras la puertas de la Oficina Oval, como el gesto de un poder transitorio que desfila frente al verdadero poder, escondido detrás de las cortinas de su oficina en Washington, testigo de su desfile. Nixon asumirá con sus pecados políticos la falibilidad humana que no tuvieron sus antecesores

DiCaprio está espectacular, lírico y grandilocuente tras todo el maquillaje; tanto o más también está Armie Hammer; Judi Dench se luce como la mamá de Hoover, al igual que Naomi Watts como Helen Gandy, su asistente personal. Supuestamente, fue Gandy quien se encargó de destruir todo el archivo personal de Hoover, tan perseguidor de comunistas, gánsters y otros enemigos del mundo libre como de sí mismo y de su país. Detrás del trabajo de su vida está el esquema básico de cualquier estado policial. J. Edgar es una película incómoda sobre expiaciones que no han sido cumplidas.

 
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