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FICHA TÉCNICA
Wadjda
La bicicleta verde
 
Arabia Saudita, Alemania
2012
 
Director:
Haifaa Al-Mansour
 
Con:
Waad Mohammed, Reem Abdullah, Abdullrahman Al Gohani
 
Guión:
Haifaa Al-Mansour
 
Fotografía:
Lutz Reitemeier
 
Edición:
Andreas Wodraschke
 
Música
Max Richter
 
Duración:
98 min.
 

 
La bicicleta verde
Publicado el 05 - May - 2014
 
 
  • Wadjda es de figura delgada y alargada, de sonrisa fácil, tiene los ojos y el cabello negro e hirsuto, se mueve de forma cadenciosa y en ocasiones afectada. Sus gustos denuncian su hambre por algo más allá de sus fronteras: ama la música alternativa estadounidense, el esmalte de uñas color turquesa, y lidia constantemente con un velo que nunca consigue sujetarse a la cabeza (incluso cuando quiere hacerlo). Al borde de la adolescencia, el deseo le brota por los poros en la forma de esa bicicleta verde que se exhibe en la tienda de regalos.  - ENFILME.COM
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Por Verónica Sánchez Marín (@SofiaSanmarin)

Un primer plano sigue los pies de un grupo de niñas que interpretan a coro una canción tradicional árabe. De entre el calzado negro resaltan los Converse oscuros con agujetas color púrpura de Wadjda (Waad Mohammed), una niña de diez años que acepta su realidad a medias: toda imposición le plantea una resistencia a las reglas rígidas que medran su libertad. Por eso se niega a cantar sola cuando la profesora la reprende por una distracción. Y ahí comienza nuestro lienzo en movimiento de una historia rebelde en una sociedad tradicional construida a base de reglas estrictas, una tesitura propia del Islam más radical que predomina en Arabia Saudita.

La pequeña protagonista convive en una comunidad en donde las niñas no pueden oír pop o rock, no pueden usar tenis con cordones de colores, y por supuesto tampoco deben montar en bicicleta. Los niños como su amigo Abdullah (Abdullrahman Al Gohani), en cambio, si pueden. A esta restricción es a la que se enfrenta Wadjda, hija única que vive con su madre (Reem Abdullah), una maestra de escuela, en un suburbio de la de la Riyadh contemporánea. Ella sueña con tener una bicicleta, pero sabe que jamás la recibiría de su padre: un hombre, además, frecuentemente ausente de su casa.

Un día, cuando Wadjda juega con una piedra en un lote baldío, justo antes de lanzarla contra el muro, surge una bicicleta verde olivo, que parece volar justo encima de la pared, haciendo agitar al viento los flequillos que adornan el manubrio. Descubre que el velocípedo va amarrado a un camión de remolque y comienza a correr, persiguiéndolo hasta su destino. A partir de aquí Wadjda decide emprender la hazaña de conseguirlo: el deseo por un juguete se convierte en todo el leitmotiv de su transformación.

Haifaa Al-Mansour nos entrega en La bicicleta verde —su primer largometraje después del mediometraje documental Women Without Shadows (2005)—, un circuito social que se vivifica y cobra sentido a partir de la energía infantil, el amor y la aventura de la vida cotidiana a través de retos simples, como satisfacer deseos particulares en una cultura acostumbrada a ceñirse al común denominador de la interpretación religiosa y política. Ciertas cosas que pueden parecernos inocentes para los occidentales, como ir en bicicleta, es culturalmente reprobable en las musulmanas, bajo el pretexto de que su pureza corre el peligro de verse mancillada en contacto con la silla de la misma. La pequeña Mohammed borda esta tarea con esa mezcla de ingenuidad y valentía que los niños suelen tener. Para ella, el obstáculo es el dinero para comprarla, de ninguna manera es la prohibición de usarla.

Ante estas circunstancias rayanas en la imposibilidad para los deseos de Wadja, que solo quiere la bicicleta para jugar a las carreras con su amigo Abdullah, la niña da prueba de un espíritu ambicioso que coquetea siempre con el límite entre lo autorizado y lo prohibido, y que no se ajusta a lo convencional y a los comportamientos esperados de una chica árabe que convive bajo las estrictas normas sauditas, como cuando se niega a no ser participe de su árbol genealógico familiar (donde sólo aparecen los integrantes de sexo masculino), que la llevará a escribir su nombre en un trozo de papel y clavarlo en el cuadro con un broche para el cabello, debajo mismo del de su padre.

La fisonomía de Wadjda es importante por la manera en que refleja su feminidad y el poco interés a relacionarse con la estética dominante entre las niñas de su comunidad, como expone la directora en todo el diseño de vestuario de la chica, quien se viste con atuendos occidentales: pantalones de mezclilla, tenis, camisetas con colores llamativos, que además contrasta con la justificada vanidad de su madre, una mujer hermosa que se arregla mucho, que no permite que su belleza disminuya al interior de su casa ni fuera de ella —aunque ambas deban usar una abaya en el exterior, incluso en la escuela, como todas las féminas árabes ya que no les está permitido que otros varones las vean—, es un orgullo sentirse bonita para su esposo, de quien está enamorada y  al que intenta retener para evitar que éste contraiga matrimonio con una segunda esposa, en una sociedad que permite la poligamia de los hombres.

En ese mundo nace y crece Wadja, en una estructura social construida alrededor de la figura masculina, a la que se le rinde pleitesía. Basta un gesto para ilustrar las tensiones de una colectividad que ha hecho de la opresión hacia lo femenino su razón de ser no importando su edad. Como aquella escena en la que un albañil adulto se dirige a Wadja con palabras vulgares y de connotación sexual, mientras la pequeña recibe los insultos con actitud indiferente, pero con una naturalidad que nos muestra el funcionamiento de esa sociedad regida exclusivamente por los hombres.

Wadjda es de figura delgada y alargada, de sonrisa fácil, tiene los ojos y el cabello negro e hirsuto, se mueve de forma cadenciosa y en ocasiones afectada. Sus gustos denuncian su hambre por algo más allá de sus fronteras: ama la música alternativa estadounidense, el esmalte de uñas color turquesa, y lidia constantemente con un velo que nunca consigue sujetarse a la cabeza (incluso cuando quiere hacerlo). Al borde de la adolescencia, el deseo le brota por los poros en la forma de esa bicicleta verde que se exhibe en la tienda de regalos.

Ni ella ni su madre (Reem Abdullah), a pesar de las adversidades que implica su estilo de vida, se muestran subyugadas; en todo caso limitadas —los mejores momentos de la cinta se encuentran en la interacción entre la madre y la hija, mientras cocinan y cantan, felices, haciéndose cómplices de sus vidas, o cuando la matriarca despierta a su hija para rezar con devoción, la oración del amanecer, ambas respetuosas de sus costumbres religiosas—. Inmune a la autocompasión, Wadjda diseña un plan en el que pone en práctica el disimulo y la astucia al ocultar su auténtica motivación al participar en un concurso recitando el Corán; una competición que la directora de su escuela anuncia y que conlleva un premio en efectivo, suficiente para costear la bicicleta. La niña se impone aprenderse los textos sagrados del Corán mejor que ninguna de sus compañeras, y es capaz de superar sus obstáculos con la pronunciación y la vocalización de la vieja escuela árabe si eso va a servirle para conseguir su sueño.

A pesar de la falta de interés que había mostrado previamente, Wadjda debe encontrarle un sentido práctico y concreto a estudiar los textos sagrados. La bicicleta simboliza una revelación inocente al estatus implantado en su vida. Respetuosa de las reglas, también está consciente de que no todo tiene que ceñirse a lo que dictan los adultos, demasiado preocupados por cosas que solo los alejan más de la felicidad. Su interés en este juguete es puro: representa la alegría de ser niño como mejor le plazca a cada infante. La bicicleta como símbolo de la libertad es evidente, representa para Wadjda no sólo una manera de moverse de forma independiente, sino también es el medio por el cual puede objetar igualdad de condiciones a Abdullah, su amigo y rival. No es un mero capricho, ya que se trata de algo posible y digno, lejano de la censura real que tanto temen su madre y la directora del colegio —una joven, atractiva y en apariencia moderna, pero apegada vehementemente a eliminar cualquier brote de cambio, quien en algún punto confiesa con amargura haber sido de niña como Wadjda.

La bicicleta verde encapsula una historia agridulce y luminosa. Haifaa Al-Mansour opta por actuar como un espejo reflejando la realidad de la sociedad saudí; los juicios que emite no son tendenciosos, en su lugar ha preferido retratar la realidad con belleza y con candorosa honestidad. Se aleja del drama descarnado y el estilo demagógico, y privilegia una narrativa modesta y serena, convencional, con un ritmo fluido y un desarrollo orgánico de los dolores individuales que crecen sin mayores exabruptos, enmarcados por la sutil banda sonora de Max Richter (compositor de Vals con Bashir). En la medida de su propia sencillez, la película es una fábula privada de exageraciones que se inscribe desde un principio en parámetros naturalistas. La dinámica que predomina es el juego verbal: diálogos inteligentes, emociones contenidas, despojadas del artificio melodramático y sí más cercanas a la crueldad afectiva. Donde realmente destaca la labor de la directora es en la construcción de los personajes femeninos (hija, madre y directora escolar).

La bicicleta… es también el primer largometraje dirigido por una mujer en Arabia Saudita. Al-Mansour se vio obligada a dirigir su película desde el interior de una camioneta, sirviéndose de un monitor y un walkie talkie, puesto que no podía ser vista en compañía de hombres. No es de extrañar que la realizadora aborde el tema de los derechos de las mujeres en aquel país a través de una historia candida como La bicicleta verde. Cuando niña, la cineasta tuvo una bicicleta (verde) que solo podía manejar en el jardín de su casa, por tanto, la cinta es una oda a los deseos de emancipación y libertad de la propia directora, el anhelo por un soplo de cambio ante el Status Quo prevaleciente en esa sociedad.

Aunque la heroína Mohammed habita un universo impositivo adulto que se niega a dejarla explorar las maravillas del mundo, con la voluntad propia de los niños, siempre prestos a descubrir una aventura en cada reto que la vida les impone, no deja de avanzar. La madre es una mujer respetuosa de las tradiciones que aprende a no ponerlas por encima de su felicidad. La directora de la escuela le inculca una lección a la protagonista: la sociedad intentará someterla a toda costa. Pero Wadjda no es solo el ansia de una niña por un juguete, es también la voz de las mujeres saudís deseosas de un cambio. Porque el cambio, ya sea el caso de una árabe, una mexicana o una coreana, siempre está en ganarse un lugar entre los suyos a costa de grandes esfuerzos. Después de todo, ¿no es eso por lo que vale la pena vivir?

 

 
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