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FICHA TÉCNICA
The Witch
La bruja
 
Estados Unidos/Reino Unido/Canadá
2015
 
Director:
Robert Eggers
 
Con:
Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Ellie Grainger
 
Guión:
Robert Eggers
 
Fotografía:
Jarin Blaschke
 
Edición:
Louise Ford
 
Música
Mark Korven
 
Duración:
92 min.
 

 
La bruja
Publicado el 19 - May - 2016
 
 
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
  • Reseña: En su ópera prima, el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género de terror para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Brujas decrépitas, monstruos con cuernos, bosques malditos, cuerpos poseídos y exorcismos, son algunos de los tropos empleados por el cine de terror en su intento por despertar los más profundos miedos y traumas del espectador. Este desgastado repertorio de estrategias ya causa fastidio en un público al que difícilmente le sorprende visitar los mismos recursos del género una y otra vez. En su ópera prima, La bruja (The Witch, 2015), el cineasta estadounidense, Robert Eggers, se introduce en un terreno pantanoso, pero lo pisa y transita con calma inquietante y pericia deslumbrante, reutilizando los elementos del género para configurar un perturbador cuento sobre la desintegración familiar, la rigidez puritana, el miedo a ser juzgado por un Dios iracundo, la amenaza de los pecados, el despertar de las pasiones humanas, así como la gestación del mal y la posibilidad de alcanzar la libertad mediante pactos rodeados de un folclore satánico.

Ambientada en 1630 –seis décadas antes de los famosos juicios de Salem– y situado en una región cercana a Massachussets, el filme se centra en una familia integrada por el devoto patriarca llamado William (Ralph Ineson), su obediente esposa Katherine (Kate Dickie), y sus cinco hijos –la adolescente Thomasin (Anya Taylor-Joy); el joven Caleb (Harvey Scrimshaw); los pequeños gemelos Mercy (Ellie Grainger) y Jonas (Lucas Dawson); y el bebé recién nacido, aún sin bautizar–. Debido a su rígido carácter e inflexible actitud, William es expulsado de la comunidad al ser visto como un fanático, incluso por los puritanos del siglo XVII (aquellos de origen calvinista que decidieron desprenderse de la postura mesurada de la iglesia europea y se aventuraron a América para defender su doctrina de manera extrema). William obliga a esposa e hijos a aislarse en una pequeña y solitaria granja a las afueras de un vasto bosque. Los miembros de la familia hacen todo lo posible para sobrevivir practicando la agricultura, la ganadería, la recolección y la caza, pero el suelo infértil y su falta de experiencia en el trabajo de la tierra los coloca en una situación donde la desesperación hace que se manifiesten las grietas familiares.

Dos personajes masculinos acaparan la atención del espectador durante los dos primero actos del relato. En primer lugar está William –con la misma seriedad del Antiguo Testamento, cuya profunda y tosca voz sugieren una severidad de fuego y azufre–,  un hombre tan dedicado a Dios que es ciego ante las dificultades cotidianas a las que su familia ha sido sometida; los cultivos no crecen, los ahorros disminuyen y él insiste en que Dios recompensará su fe.  Y por otra parte está el heredero a convertirse en el hombre de familia: Caleb. Él es un niño demasiado pequeño para cargar con las responsabilidades que su padre le ha encomendado, y vive agobiado por las miradas lujuriosas que deposita sobre los senos de su hermana, aunque éstas responden a un despertar sexual más que a perversas intenciones de cometer incesto, o quizá sólo se detiene por los temores al castigo infernal que recibirá por sus pensamientos. Pero la figura central de La bruja es Thomasin, una joven con rostro afable y angelical aureolado por mechones de cabello rubio, que participa como la fiel sirviente de sus padres; es la hija obediente que se siente cada vez más marginada por su familia.

La aniquilación de la vida colectiva, la ausencia de cualquier sentido de comunidad, el aislamiento, las condiciones climáticas desfavorables, el trigo cultivado que se pudre, el espectro del hambre, el severo adoctrinamiento basado en el concepto de pecado primitivo, la figura de un Dios obstinadamente acosador y el trauma que surge luego de la repentina desaparición del bebé cuando éste se encuentra bajo el cuidado de Thomasin, configuran el entorno de condiciones psicógenas para la erupción del drama. Justo después de que la pequeña criatura a la que pretenden bautizar con el nombre de Samuel es arrebatado de manera misteriosa, el dolor y la desconfianza reverberan con cruda intensidad al interior de la casa de madera. Su vivienda es un limbo simbólico, y la familia se siente castigada por Dios y tentada por las fuerzas macabras del diablo, mientras que la naturaleza maligna de los sobrenatural –representada en el bosque– anuncia el proceso inevitable del colapso familiar. En medio de esta ola, la hija mayor sufre la peor parte; ella es depositaria de la ira de su madre, del deseo sexual de su hermano, de la desconfianza del padre y de los insultos de los gemelos que construyen siniestras fantasías alrededor de una cabra a la que llaman Black Phillip. Thomasin es colocada en una situación desconcertante, atrapada en una dinámica de servidumbre y desprecio, pero curiosa por descubrir los terrores desconocidos del bosque cercano. El director hace un trabajo admirable al momento de sincronizar el ámbito de lo paranormal con la esfera de lo doméstico, fundamentalmente en la creación de un escenario de presión en el que Thomasin no tiene ninguna posibilidad de escape; ella está encerrada en las prácticas religiosas restrictivas de su familia que son tan dominantes como el macabro bosque y el paisaje gris que la rodea. Esta atmósfera asfixiante se vuelve cada vez más lúgubre, principalmente cuando su familia le atribuye las desgracias.

Eggers, también guionista del filme, alimentado por su experiencia como diseñador de vestuario, escenógrafo, director de arte y realizador de un par de cortometrajes inspirados en los hermanos Grimm (Hansel and Gretel, 2007) y Edgar Allan Poe (The Tell-Tale Heart, 2008), invirtió una década estudiando los detalles de la construcción del universo de La bruja con la intención de ofrecer una atmósfera lo más fiel posible a la Nueva Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII en términos de ambientación, vestuario e incluso diálogo, construido a partir de los estilos lingüísticos cotidianos de aquella época. Esta implacable precisión histórica –con ecos a Días de ira (1943) de Carl T. Dreyer– le permite a Eggers cumplir con su objetivo: que el espectador caiga en el mismo sistema de pensamiento de los personajes obligándolo a entender sus puntos de vista, incluso en los momentos absurdos –aquellos relacionados con los juegos y la imaginería planteada por el desbordado ingenio de los niños– y dejarse arropar por la amenaza que representa el bosque y la idea de la existencia de seres malévolos como una bruja. Eggers demuestra su maestría para manejar con control y precisión la amenaza. Incluso cuando no sucede nada terrible, la pulsión latente de que en cualquier momento algo siniestro puede ocurrir captura y cautiva al espectador.

Aunque en contextos distintos, al igual que dos extraordinarios filmes de terror recientes como The Babadook (2014) y Dulces sueños, mamá (2014), La bruja juega con las fronteras de lo monstruoso, la angustia y el dolor a partir de la trayectoria de las fracturas mentales de los individuos que originan la destrucción de los núcleos familiares. La ambigüedad del horror y la superstición son los ingredientes clave en la premisa de Eggers sobre una familia que se esfuerza por salir adelante, pero es agobiada por el peso descomunal de sus propias creencias religiosas, miedos y culpas, que incluso son más fuertes y absorbentes que cualquier elemento sobrenatural que pueda acecharlos durante la fría noche. Un filme en el que no se necesita exhibir las escandalosas y frecuentes trampas del cine gore, porque aquí las acusaciones y las confesiones fluyen tan violeta y densamente como la sangre.

Spoiler alert

La perversión de la psique infantil se ilustra en una secuencia angustiante y demoledora. La familia desesperada se inclina sobre uno de sus integrantes que yace acostado cercano a la muerte y agobiado por una serie de visiones. ¿A quién ve en estas alucinaciones? Con palabras describe la situación, pero es ambiguo de quién se trata: ¿Es el éxtasis de sentirse tan cercano a una figura divina? ¿Es la excitación de haber estado en contacto con una criatura sensual, pero demoniaca? Mientras tanto, a su alrededor, los familiares colapsan en llanto e histeria. Sin la necesidad de recurrir a cabezas giratorias o muebles que vuelan tan usados en las escenas de exorcismos, Eggers ofrece una desgarradora secuencia llena de dolor, realista a pesar de su exasperación, donde surge la implosión emocional y mental de todos los personajes. Las lágrimas de la madre, el asombro del padre, los gritos de los gemelos que afirman no recordar las oraciones, la reacción de incredulidad de Thomasin ante uno de los eventos más traumáticos del filme crean un vórtice de caos humano donde todas las emociones negativas se concentran.

Fin del spoiler

La pulcra y escrupulosa fotografía de Jarin Blaschke (I Believe in Unicorns, 2014) es una caricia matizada para el nervio óptico debido a la composición de los encuadres y la paleta de colores que transita de los tonos saturados a los colores de bajo contraste pasando por atmósferas grisáceas de paisajes fríos y nublados hasta los claroscuros al interior de la cabaña. Un audaz y detallista trabajo visual inspirado en la pintura costumbrista y paisajista del siglo de oro holandés, los claroscuros de Rembrandt y las representaciones del tema de la brujería de Francisco de Goya. La reelaboración de las Pinturas Negras del pintor español es una de las operaciones de apropiación y homenaje artístico más admirables y bellamente ejecutadas en años recientes; hay un trabajo funcional, sin fines de exhibicionismo y sin rastros de presunción. El dolor y la destrucción de la fe pueden crear monstruos que no tienen nada que ver con lo sobrenatural, y así lo acompaña la banda sonora de Mark Korven (Cube, 1997) –hecha con percusiones, violonchelo, la nyckelharpa sueca (un instrumento de cuerda frotada medieval) y un waterphone megabass (un instrumento experimental)–, que siembra la inquietud y el pánico en los personajes y en los espectadores. La atmósfera de lo siniestro también es alimentada por la ausencia de la música; en estos puntos, el director recurre a los sonidos de la naturaleza, provenientes de las lluvias, las ráfagas de viento y los animales de la granja, para dar paso a los brutales gritos y gemidos humanos que pronto luchan contra la paranoia que socava el pacto con su Dios.

Conforme avanza el relato, una de las mayores fascinaciones consiste en que se trata de un filme impredecible, tejido a partir de las tensiones de una familia que intenta arrastrarse para escapar del horror y del mal, pero aún no se han dado cuenta de que la maldad también habita en las almas de los seres bondadosos que están dispuestos a firmar el pacto diabólico para alcanzar su libertad. Cada evento perturbador, cada calamidad, por pequeña que sea, se lee y se filtra a través de las posturas maniqueas religiosas; si una cara de la moneda es la fe como fuente de esperanza, del otro lado se encuentra la locura ciega. Constantemente Eggers nos invita a introducirnos a la mente de Thomasin: ¿Hasta dónde puede empujar su psique? ¿Pasividad o rebelión en un contexto donde la gente cree con fervor y vehemencia la existencia, no sólo de un Dios, sino también de su contraparte?

Spoiler alert

En el punto central, donde se conjugan las presiones familiares, las amenazas ambientales, las expectativas personales y las dificultades para mantener la fe, la lucha contra una bruja podría percibirse como un fragmento predecible de la historia, pero Eggers indaga más allá con una gran sorpresa: cómo es la gestación de una bruja.

Fin del spoiler

Basado en el arquetipo de la bruja –que se ha desarrollado durante casi 400 años en Norteamérica y que se manifiesta como un cuento continuo que sigue heredándose como parte del folclor estadounidense–, Eggers hace una revisión de los elementos que rodean al mito de la bruja (la obtención de la juventud mediante los pactos de sexo con Satanás, los baños de sangre pura obtenida de los niños) y del contexto en el que ésta se origina (la hegemonía cristiana supersticiosa, la paranoia paternalista, la moral represiva, el temor y la fascinación por los siniestros poderes de las artes oscuras). El enfoque del director respecto a sus personajes es honesto y respetuoso; no los juzga, los señala, pero no siente lástima por el sufrimiento humano, y tampoco recurre al drama familiar como espectáculo. Cada uno de los eventos hay que vivirlos para ser sorprendidos por un final en el que el sistema de creencias establecido por el filme nos permite acceder a un mundo imaginario, donde hace su arribo una gloriosa expresión de éxtasis; se trata de una sutil parábola de la liberación, aquella que se alcanza cuando se desprende de las restricciones de la religiosidad despótica de mente cerrada. 

La bruja constantemente lanza cuestionamientos sobre el miedo y la fe, desmantelando cada certeza del espectador para desfigurarla y remplazarla con un recorrido que conduce directamente a las profundidades del infierno; las decisiones éticas y espirituales dependen de una figura que está más allá de lo humano, pero si no es Dios, entonces ¿quién está manipulando a los personajes? El debut de Eggers es un viaje infernal que perturba y cautiva al mismo tiempo debido a los métodos sutiles que hacen de La bruja una experiencia gratificante y memorable. La bruja es una película temible, cerebral, inteligente, construida a partir de un rigor histórico fascinante. La narrativa se arrastra lentamente, pero desde el principio está marcada el tono macabro. Además, el filme es un certero comentario sobre el mal que nos acecha, pero también sobre la maldad que reside en nuestras almas. 

Aunque los significantes que rodean la figura la bruja cargan con un malestar cultural persistente en torno a la representación de la mujer como un ser malévolo, Eggers está más preocupado en hacer una declaración compleja sobre el tratamiento que a nivel social reciben  los cuerpos femeninos y que se prolongan como una extensa alegoría del trato que reciben aquellos grupos marginados. El realizador evoca lo que parece ser la pesadilla definitiva de la derecha religiosa de Estados Unidos; el deseo de recuperar un código de valores antiguos que ahora se perciben como huecos y vacíos. Al permitir que el monstruo gane, La bruja supera los tropos desgastados del cine de terror y, más allá de ser un símbolo feminista, se erige como un impecable e impresionante acto de revisionismo histórico y de género.

 
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