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FICHA TÉCNICA
La dictadura perfecta
La dictadura perfecta
 
México
2014
 
Director:
Luis Estrada
 
Con:
Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Silvia Navarro, Alfonso Herrera, Osvaldo Benavides, Saúl Lizaso
 
Guión:
Luis Estrada, Jaime Sampietro
 
Fotografía:
Javier Aguirresarobe
 
Edición:
Mariana Rodríguez
 
Música
Lynn Fainchtein (supervisora)
 
Duración:
124 min.
 

 
La dictadura perfecta
Publicado el 16 - Oct - 2014
 
 
  • La apuesta de Luis Estrada con 'La dictadura perfecta', nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Y su objetivo, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado).  - ENFILME.COM
  • La apuesta de Luis Estrada con 'La dictadura perfecta', nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Y su objetivo, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado).  - ENFILME.COM
  • La apuesta de Luis Estrada con 'La dictadura perfecta', nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Y su objetivo, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado).  - ENFILME.COM
  • La apuesta de Luis Estrada con 'La dictadura perfecta', nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Y su objetivo, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado).  - ENFILME.COM
  • La apuesta de Luis Estrada con 'La dictadura perfecta', nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Y su objetivo, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado).  - ENFILME.COM
 

por Alfonso Flores-Durón y M. (@SirPon)

La situación actual de nuestro país, de México, es lacerante; pero también es encabronante. La economía, que antes funcionaba a la alza (en 2012 creció al 4%), dejó de hacerlo (difícil que cierre el 2014 al 2.5%), sin crisis mundial de por medio; pero lo que hoy en día lastima a todo el pueblo, por encima de la falta de oportunidades, del freno en el crecimiento económico, de que el dinero no alcance, de la rampante corrupción, es la ingobernabilidad atroz en que vivimos. La inseguridad y la violencia se sienten como nunca antes y los ciudadanos padecen una amarga indefensión. No creen en las autoridades, se está perdiendo todo resquicio de fe en la justicia. El gobierno priista regresó con una versión que ni las voces más pesimistas imaginaban: cínico, decidido a reclamar por las buenas, las malas, o las que sean necesarias (la imagen de pluralidad y búsqueda de acuerdos artificiosos, por ejemplo) lo que les habían quitado y creen les pertenece: el poder absoluto para hacer, cuanto antes, lo que se les pegue la gana con México. El país cambió, pero ellos no. Y están dispuestos a lo que sea –retrocesos necesarios incluidos- para devolverle al país la fisonomía y estructura política que se ajuste a sus ambiciones y perversiones. Los partidos de oposición, sumidos en una generalizada crisis de identidad y de valores, han sido comparsas, en el mejor de los escenarios.

Para recuperar el poder, el PRI contó con la invaluable, inigualable ayuda de las dos opulentas cadenas televisivas mexicanas, principalmente de Televisa. El infausto, pérfido e inmoral matrimonio (entre tres) contribuyó decididamente para colocar en Los Pinos a un político que Televisa fue educando, preparando, apoyando, cuidando desde su administración en el gobierno del Estado de México. Un largo sexenio tuvieron para dejarlo listo (valga la expresión), para casarlo con una de sus actrices y convertirlos en la pareja ideal para la masa, para hacerlo omnipresente en las casas de todos los mexicanos (en sus restaurantes, bares, tiendas, por doquier), para empacarlo como un producto a la altura de los contenidos que ofrecen (es decir, de muy baja calidad), pero amoldado al gusto de los millones de personas que tienen hipnotizados todos los días frente a su televisor. A cambio, el gobierno del Estado de México erogó millones y millones de pesos del erario bajo rubros como asesorías, campañas publicitarias y de marketing (algunas en formas de espacios editoriales dentro de sus noticieros, de promoción disfrazada de entrevistas), gestorías de imagen y todo lo que se les fuera ocurriendo. Los dos de la mano, felices, como en final de telenovela, consiguieron regresarle la presidencia al PRI, bajo el compromiso de cogobernar este país. En cuanto llegaron, la cobertura mediática del país cambió de forma dramática. Los noticieros televisivos (principalmente el nocturno de Televisa) parecen voceros de la presidencia priista, como en los tiempos de Zabludovsky, o peor; se silenció de inmediato la campaña informativa existente en el sexenio previo en el que se hablaba todos los días sobre los muertos que el narcotráfico produce; se empeñan diariamente en crear la idea de que el país camina y prospera bajo un clima de paz, y lo hacen aguantándose la risa. Cada día les cuesta más trabajo empatar la realidad con la ficción que ellos siguen intentando establecer. Parece que los guiones (hablar de ideas o conceptos sería un despropósito), incluso mal escritos, se les están agotando. Y en ésas estamos; en la manipulación informativa descarada.

La apuesta de Luis Estrada con La dictadura perfecta, nadie puede regateárselo, es audaz y valiente. Ya con La ley de Herodes (1999), en un contexto muy diferente (cuando el PRI seguía invicto en la presidencia, existía menos apertura y pluralidad en los medios, el internet estaba en pañales), pese a que el proceso de cambio democrático había ya iniciado –en buena medida con la imposibilidad del PRI de ganar la mayoría absoluta del Congreso en el 97- demostró tener las agallas para plantear, desarrollar y ejecutar un proyecto tremendamente crítico con el sistema político entonces reinante. Aprovechó con habilidad la coyuntura, el descontrol, los incipientes aires de libertad y cambio que se respiraban y habló, a través de una película filmada con calidad, muy bien escrita (por el propio Estrada, el experimentado en política y letras, Vicente Leñero, Jaime Sampietro y Fernando León) y dirigida con esmero en los detalles, de todos los vicios, corruptelas, salvajadas y depravaciones de la política mexicana, principalmente con genes priistas; radiografió el sistema que parecía estaba por morir aunque en sus estertores coleteaba para preservar el poder. Empero, además de presentarlo en tono de sátira y ubicarlo en la provincia mexicana, decidió situarlo en el México de finales de los cuarenta, quizá como una forma de amortiguar –aunque fuera de modo ligero, y más por razones de viabilidad del proyecto, y acaso de seguridad personal- el golpazo que asestaba a un régimen entonces nada habituado a ese tipo de críticas, tan directas y punzantes, mucho menos provenientes del cine. El filme generó mucha polémica, hizo rodar algunas cabezas burocráticas, sufrió amenazas de censura, pero finalmente (algo, mucho, había cambiado) fue ya inevitable que muchísimos mexicanos terminaran viéndola (en el cine o donde fuera), pocos meses antes de las históricas elecciones del 2000 (en las que eventualmente el PRI perdería por primera vez la presidencia). Su granito de arena debe reconocérsele por contribuir a que la gente asimilara el sentimiento de hartazgo que desembocó en el ‘momentum’ con el que se llegó a aquel julio histórico.

Casi 15 años después, México es muy diferente. Pero ominosas sombras se posan en nuestro panorama. Y esta vez, Estrada ha decidido hablar, sin tapujos, de forma aún más frontal, sin el parapeto que el hacer una cinta de época supone, de la funesta situación actual que padece este país. Eligió hacerlo, de nuevo, a través de la sátira, apoyándose en estética y lenguaje televisivo que quiso empalmar con el desarrollo de la trama, pero el resultado no ha corrido con la misma fortuna, en términos de calidad, que su proyecto anterior.

El filme arranca con una gran secuencia en la que el recién ungido Presidente de los Estados Unidos Mexicanos (Sergio Mayer), recibe las cartas credenciales del Embajador norteamericano. En la breve charla protocolaria, el mandatario mexicano desnuda su ineptitud y torpeza frente el enviado de Washington, quien se muestra atónito ante lo que parece una broma absurda. Pero se trata del nuevo estilo de gobierno. Uno que hasta al alto dirigente (Tony Dalton) de la cadena televisiva que fue pieza fundamental para convertirlo en Jefe del Ejecutivo, avergüenza. Al enterarse de sus dislates, con sorna reconoce que se excedieron en su apuesta; se pasaron de listos. Pero, también queda rápidamente claro, tienen todo el control sobre sus actos y decisiones y, en última instancia, es lo que les interesa para poder moverse, hacer y deshacer a su antojo.

Paralelamente, les llega a las instalaciones de la televisora (que se convertirá en el epicentro de la trama, en la primera parte de la cinta) un video que incrimina al Gobernador de Durango, Carmelo Vargas (Demián Alcázar) en plena negociación con el narco. El alimento que nutre el rating de su noticiero nocturno: el escándalo. El alto directivo, uno de sus hombres de confianza, productor y consejero, (Alfonso Herrera), y el conductor del noticiero (Saúl Lizaso), afinan los detalles para que la noticia sea lo más explosiva posible y ponen en acción el plan “cajitas chinas” (difundir una noticia escandalosa para opacar otra, en este caso el impacto de los tropiezos del señor presidente con el embajador que se han viralizado a través de las redes sociales, de paso aumentando el rating) y, ya por la noche, enteran a todo el país sobre las corruptelas de Vargas liquidando, en una jugada, su carrera política… aparentemente. El gober Vargas, un cacique desvergonzado, sin escrúpulos, vulgar, un auténtico pillo, de inmediato echa a andar un plan de control de daños con ayuda de sus cercanos, entre ellos su ahijado (Arath de la Torre). Envalentonado en su arrogancia psicópata, en su convicción de intocable, indestructible y, casi, inmortal, Vargas se niega a seguir los consejos de sus colaboradores. Pero el sueño de ir “por la grande”, a costa de lo que sea, inclusive su propia dignidad, le hace recular y seguir las recomendaciones de su equipo: pactar una tregua con la televisora, al costo que cueste (económico y del tipo que sea), valga la expresión, con tal de borrar su escándalo de la mente de la gente y reencauzar sus afanes presidenciales. 

Spoiler Alert

No sin inicial rispidez, lucha de dos egos, dos poderes confrontándose, termina cerrándose uno de esos tratos (win-win) entre Vargas y el alto directivo de la televisora. El gobernador donará la sustancial cantidad de dinero que convenientemente lleva a la junta en su portafolios a una causa noble que elegirá el mandamás de la televisora (¿cuál mejor que la propia cuenta bancaria de la empresa?), además, claro, de pagarles un generoso porcentaje del dinero que el estado recibe de la federación, proveniente de la aportación de los contribuyentes. A cambio de la cooperación, el directivo canalizará a sus dos hombres estrella, productor y reportero (Osvaldo Benavides), para que en un tándem asesoría-reportajes televisivos lacrimógenos, apuntalado por el servicio plus de las "cajitas chinas", dejen la imagen de Vargas y la política de su estado rechinando de limpia. Manos a la obra, pues. Los dos empleados de la televisora, a regañadientes pero con la promesa de encumbrar su carrera si cumplen satisfactoriamente con la misión, se enfilan hacia Durango donde se establecerán provisionalmente, hasta que la chamba quede finiquitada: repetir el esquema de hacer presidenciable y dejar casi sentado en la silla a otro suspirante que aprovecha la inagotable fuente de recursos que le otorga el estado que finge gobernar. Por supuesto, no todo será tersura. Apenas llegando a Durango, las camionetas en la que viajan la comitiva de la televisora reciben su bienvenida al ser violentamente detenidas por un comando de hombres pertenecientes al narco. Al enterar a los criminales (los así reconocidos, pues) que se dirigen a ver al gober, los otros son puestos en libertad. El primer contacto con esa brutal realidad, que suele verse tan lejana desde el DF, los ha dejado sobreaviso, intimidados.

Lo siguiente es sufrir la intensidad del líder de la oposición en el congreso local (Joaquín Cosío), quien se adjudica la responsabilidad sobre la grabación y entrega de los videos que balconeaban a Vargas y que ellos trasmitieron en cadena nacional. El político insiste en tener más pruebas del criminal estilo de gobernar de éste, quien se ha convertido en el obstáculo que es urgente eliminar para que el estado prospere y para lo cual, piensa, tendrá a la televisora como aliada ya que, de no ser así, ofrecerá el material a la competencia. Productor y reportero, convertidos en soplones del gober, lo tienen al tanto de los planes del opositor, por lo que Vargas queda de nuevo en deuda con ellos, y así queda cerrado el círculo de una complicidad ruin que incluso destapa una traición que desembocará en crímenes con carambola a varias bandas. Simultáneamente, el caso del secuestro de unas gemelas, en el que parecen estar involucrados sus propios padres (gracias al sensacionalista tratamiento informativo que da la televisión al suceso y que horma las percepciones de su audiencia), permitirá que tanto el gobernador, como la televisora, saquen el provecho que buscan (y el que se vayan encontrando durante su desarrollo), a costa del sufrimiento de los principales involucrados y del morbo de un país entero.

Fin del spoiler

Los rumores sobre los que se ha venido sustentando la fama de La dictadura perfecta (la participación de la rama de cine de Televisa en la producción del filme y su posterior negativa a distribuirlo, supuestos amagues de censura, no gubernamental pero sí de dueños de empresas publicitarias –ah, cómo le ha sentado bien a Estrada eso que en ocasiones parece convertirse ya en celada-, la supuesta ridiculización que hacía de Enrique Peña Nieto, Presidente de México, en la película) permitían pensar, a muchos –me incluyo-, que La dictadura perfecta sería un filme que recreaba, a través de la ficción, la forma en que Televisa participó directamente en el proyecto de colocar a Peña Nieto en Los Pinos. Incluso el inicio de la película auguraba algo más sustancioso y osado al respecto. La caracterización e interpretación de Sergio Mayer, hasta en sus limitaciones (o gracias a ellas), hacen que el retrato de Peña Nieto sea escalofriantemente preciso (aunque la frase de los ‘negros’ y el acento sean de Fox, el físico, el peinado, la gesticulación y, eh, el acento, son de Enrique). No hay duda que se trata de él. Pero el filme habría sido aún más provocador (por tanto, más de confrontación, más arriesgado) y en términos de producción habría sido mucho más costoso (el desplegar secuencias del presidente de gira, en reuniones, en salones lujosos, aviones, etc.) llevar la trama por esos rumbos.

En realidad la cinta trata, más bien, del circo descrito líneas arriba, que intenta parodiar ese maridaje con la televisión que benefició a Peña Nieto, pero puesto a maquinar de nuevo, debido a que no es nada improbable que se repita (el actual gobernador de Chiapas está ya salivando, como el de Quintana Roo, el de Veracruz y varios más); de hecho, el slogan de la película lo subraya (“La televisión ya puso un Presidente, ¿lo volverá a hacer?”). De esa manera, La dictadura perfecta fue rodada en un medio más controlado, con una trama de nuevo (como en La Ley….), sacada del centro del país y llevada a la provincia, e integra personajes que no aluden directamente a nadie en particular, sino que engloban diferentes perfiles y aborda situaciones que compendian diversos asuntos del conocimiento público (es evidente el grotesco caso de la niña Paulette, como el de los videoescándalos de Bejarano o el montaje de la captura de unos supuestos secuestradores, entre los que se encontraba la hoy célebre francesa, Florence Cassez). Todo eso ya lo vimos, lo vivimos, lo padecimos y ha sido aquí mezclado a manera de explosivo cocktail por parte de Estrada y su habitual coguionista, Jaime Sampietro, dentro un guión disparejo, que cojea desde sus cimientos.

Más allá de las promesas o expectativas creadas respecto a lo que se pudo pensar o no que sería la trama esencial del filme, es necesario hablar de lo que sí es La dictadura perfecta. Se trata, como mencioné antes, de una sátira. Sin embargo, en la intención por convertir en una sátira aún más desmesurada la realidad política mexicana actual (que de por sí es satírica), Luis Estrada corría el riesgo de debilitar la denuncia que despliega a lo largo de esta extensa película. Es nítido que todos los elementos, el tono, la estética elegidos por Estrada, son deliberados. Y es en la discriminación del grado de esas deliberaciones que residen los defectos que empañan la película. El director decidió, pese a contratar a un cinefotógrafo elegante, sensible, creador de atmósferas como Javier Aguirresarobe (Hable con ella, 2002; Vicky Cristina Barcelona, 2008) adoptar, en buena parte de la cinta (sobre todo en el largo proceso del secuestro), una propuesta visual televisiva, de reportaje de telediario, que imita el lenguaje, textura y coloración chocantes que han implantado las dos grandes televisoras en el gusto de gran parte de la población. El director no se limitó a armar un tinglado en el que dentro de la narrativa fílmica se introdujeran episodios en los que, efectivamente, fueran reportajes televisivos transmitidos a través de un noticiero los que vemos en pantalla. También los que no lo son, las secuencias completas dentro de las que los reportajes televisivos son incorporados, están realizadas con ese ‘look and feel’. Eso sí, todas (ésas y las del resto de la película) realizadas de forma eficiente y, en algunos pocos casos (como la de los ‘colgados’), incluso vistosa.

El objetivo de Estrada, parece claro, es llegarle al público masivo; hacer que el mayor número de espectadores posible vea su película, lo cual es, de entrada, un fin natural, y hasta encomiable (dado lo espinoso del asunto tratado), pero que también le entienda; que por ningún motivo se le escape algo, aunque todo se vuelva burdo y obvio. Para lograrlo, Estrada se puso didáctico; qué mejor que hacerlo bajo el esquema y el gusto popular que es la televisión, seguramente pensó. Si, como insiste repetidamente el Gobernador Vargas, “la televisión todo lo puede”, pues es convirtiendo la pantalla grande, el cine, en una televisión gigante como apuesta el director a seducir al gran público. Nada de sutilezas, fuera los matices, eliminados los estorbosos análisis y las reflexiones, la belleza visual, cualquier aspiración artística. Deformar más la de por sí deformada realidad, envuelta en programa de televisión será suficiente para hacer llegar el mensaje.

Si hubiera hecho una ficción que reuniera todos los elementos que él aglutina, y a estos les hubiera incrustado ingredientes de sátira en dosis prudentes, elegidas con criterio y afianzadas en ráfagas de incisivo humor, el resultado habría sido devastador. El problema es que al exagerar tanto el tono, la contundencia del señalamiento, de la denuncia, termina mitigándose. Funcionó en La ley de Herodes, quizá en parte por la distancia en el tiempo y por lo afilado que ahí sí logró concebir el humor. Al tener tan presente este presente, el efecto deseado no ha terminado de cuajar. La mayor parte del público irá reconociendo los personajes, las situaciones, los patéticos casos que retrata y que casi en su totalidad son extraídos de realidades que hemos vivido y vivimos en México. Va de nuevo: Peña Nieto, Televisa, López Dóriga, Loret de Mola, los casos ya mencionados, casi cualquier gobernador priista, políticos de otros partidos, puros y mezclados, tirios y troyanos están ahí, con o sin licencias ‘poéticas’. Con mostrarlos como son habrían quedado suficientemente caricaturizados, porque en eso se han convertido desgraciadamente el acontecer político mexicano y sus protagonistas, en viles caricaturas. Pero al perseverar en la exageración, los ha hecho inofensivos, les ha quitado todo rasgo de humanidad y, como consecuencia, de la maldad que exhiben. La realidad, encapsulada tímidamente en un formato que se asemeja al thriller, se nos presenta deslavada, pedestre, tediosa y torpe, más que amenazante.  

La apuesta por ese tipo de deformación solo pudo haber sido salvado por un inyección continua de corrosivo humor, de ése que haciéndonos reír nos confronta con una realidad dolorosa que de otra forma nos haría enojar o llorar. Su ausencia (porque, una vez más, las pocas dosis de comicidad insertadas son tan burdas o sin gracia que resultan inocuas) pone en predicamento incluso el trabajo de Alcázar, experto en apoderarse de sus personajes. Desprovisto de potentes one liners, de situaciones humorísticas creadas a partir de la suma de episodios que desembocan en la aguda construcción de ese golpe artero que suele asestar la comicidad, su personaje se desinfla, impotente, distanciándose del otro Vargas, su padre, el de La ley de Herodes (quien lo tuvo con una puta -la del pueblo- que, por lo tanto bien podemos asumir, fue chingada). Salió hijo de tigre pintito, pero sin chiste. No habiendo graduaciones en La dictadura perfecta (todos son iguales, nadie se salva, ningún rasgo escapa al estereotipo), carente de chispa y siendo tan larga (casi dos horas y media de duración), la película termina convirtiéndose en una masa pesada, que parece renunciar al entendimiento de esta realidad en la que la fuerza del internet y la sobreinformación a la que un muy elevado número de personas está expuesto, ha modificado el paisaje reinante (esta realidad apenas se pinta al inicio del filme, y luego se abandona, en lo que Luis muestra), menospreciando al espectador más politizado al homogeneizarlo con la otra masa, la que le puede brindar los récords de taquilla. La intrepidez que lo propulsó para embestir un proyecto como éste, se le desinfló al momento de darle cauce. Estrada, que formó parte de una generación de jóvenes cineastas que rompieron en su momento con la ‘vieja escuela’ (su segundo filme, Bandidos, de 1991, fue entonces una refrescante bocanada de novedoso cine en México, en fondo y forma), parece hoy jugar a la segura, convirtiéndose en precursor de la ‘nueva vieja escuela’ del cine de nuestro país.

Es, no obstante, en buena medida debido a ello, que muy probablemente La dictadura perfecta logre conectar con un amplio público. Con unos, que se sentirán identificados con el tono, fórmula y estética a los que la televisión les tiene acostumbrados. Con otros, porque el estado de simulación actual entre Televisa y Televisión Azteca y el PRI-gobierno es tan cínico y descarado, la alianza tan burda, que el simple hecho de que alguien se atreva a señalarlo, a burlarse de ello, con un grado suficiente de calidad e inteligencia, resulta suficiente para que sea comprado sin demasiado regateo y, además, apoyado. El escenario es tan esquemático que no es difícil pensar que incluso fuera de México, los rasgos generales aquí esbozados tengan resonancias locales. La dictadura perfecta es una película que critica el populismo y demagogia con que se nos gobierna, a través de formas populistas y demagogas. 

En última instancia, lo que hace La dictadura perfecta es hablar de hombres sin escrúpulos, sin madre, que tienen como único móvil el binomio del poder y el dinero; el poder que brinda el dinero a quien lo tiene y el dinero que se obtiene cuando se detenta el poder. Un círculo que obnubila, fanatiza y por cuya obtención y defensa se es capaz de lo que sea, de colapsar un país completo, por ejemplo. Y al hacerlo, repasa el papel que juegan los medio de comunicación en su rol de cómplice: manipulando la verdad, urdiendo narrativas para moldear los gustos, preferencias y disposiciones de la gente sobre lo que debe creer y querer. Por eso, pese a sus fallas, en el contexto actual del país, La dictadura perfecta es una película indispensable, necesaria. Tan necesaria como tendría que ser nuestra negativa a permitir que las cosas permanezcan como hasta hoy.

La dictadura perfecta es el segundo filme mexicano que más dinero ha recaudado en su semana de estreno

 

*El día 17 de octubre se modificó un error, aclarando que Bandidos fue el segundo largometraje de Luis Estrada y no su ópera prima, que fue Camino largo a Tijuana, aunque ambas se hayan estrenado el mismo año.

 
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