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FICHA TÉCNICA
La La Land
La La Land: Una historia de amor
 
Estados Unidos
2016
 
Director:
Damien Chazelle
 
Con:
Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemarie DeWitt, .K. Simmons
 
Guión:
Damien Chazelle
 
Fotografía:
Linus Sandgren
 
Edición:
Tom Cross
 
Música
Justin Hurwitz
 
Duración:
128 min.
 

 
La La Land: Una historia de amor
Publicado el 31 - Ene - 2017
 
 
  • A pesar de todo su anhelo por el pasado, 'La La Land' se siente como un soplo de aire fresco ?¿cuándo fue la última vez que existió una película musical original en lugar de una adaptación de Broadway? Y sí, también es una nueva exploración sobre uno de los temas que más le obsesiona al joven músico y cineasta Damien Chazelle: el éxito.  - ENFILME.COM
  • A pesar de todo su anhelo por el pasado, 'La La Land' se siente como un soplo de aire fresco ?¿cuándo fue la última vez que existió una película musical original en lugar de una adaptación de Broadway? Y sí, también es una nueva exploración sobre uno de los temas que más le obsesiona al joven músico y cineasta Damien Chazelle: el éxito.  - ENFILME.COM
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  • A pesar de todo su anhelo por el pasado, 'La La Land' se siente como un soplo de aire fresco ?¿cuándo fue la última vez que existió una película musical original en lugar de una adaptación de Broadway? Y sí, también es una nueva exploración sobre uno de los temas que más le obsesiona al joven músico y cineasta Damien Chazelle: el éxito.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Parece inevitable hablar de amor y sueños cuando se está frente a un musical, el género ligero por excelencia en donde los conflictos se resuelven mediante suntuosas coreografías y un amplio catálogo de temas musicales que acompañan el estado festivo de los protagonistas. Y esa podría ser la propuesta inicial de La La Land (2016), pero –además de ser romántico y soñador como Vincente Minnelli (An American in Paris, 1951), elegante y colorido como Jacques Demy (Les parapluies de Cherbourg, 1964)– el tercer largometraje de Damien Chazelle (Whiplash, 2014) es melancólico, nostálgico, metatextual y reflexivo como algunos momentos de 8 ½ (1963) de Federico Fellini. A pesar de todo su anhelo por el pasado, el filme se siente como un soplo de aire fresco –¿cuándo fue la última vez que existió una película musical original en lugar de una adaptación de Broadway? Y sí, también es una nueva exploración sobre uno de los temas que más le obsesiona al joven músico y cineasta nacido en Rhode Island: el éxito.

Sebastian (Ryan Gosling) es un joven pianista que desea instaurar su propio club de jazz, pero sus planes se atascan porque debe pagar la renta y ganarse la vida interpretando el pop nostálgico de los años ochenta (“Take on Me” de A-ha) en las fiestas de piscina o tocando villancicos en un lujoso restaurante, cuyo gerente (J.K. Simmons) no le permite interpretar sus improvisaciones de jazz libre. Por su  parte, Mia (Emma Stone) es una extrovertida y sensible joven que abandona la universidad para cumplir el sueño de convertirse en una actriz de Hollywood pero, en ese período, trabaja como barista muy cerca de las celebridades, justo en una cafetería ubicada en el mismo lote que se encuentran los estudios de la Warner Bros. Sebastian y Mia se conocen y, aunque en un principio no encajan de la manera más tersa, al poco tiempo sus caminos se encuentran de nuevo para comenzar a crear un fuerte vínculo afectivo. 

Dividida en capítulos que se asocian con las cuatro estaciones del año, Chazelle estructura la narrativa del filme a partir de los patrones de la trama convencional hollywoodense, heredera del sistema de Aristóteles –una introducción en la que se conocen los objetivos de los protagonistas; el nudo, en el que se redefinen; el desarrollo, que confunde, retrasa o intensifica los objetivos; y el clímax que los resuelve–. Incluso, en la asombrosa secuencia de apertura –que describe una ajetreada rutina de tráfico vehicular en una de las principales avenidas de la ciudad de Los Ángeles– el director resume su premisa con “Another Day of Sun”, canción que forma parte de la banda sonora compuesta por Justin Hurwitz: las imágenes muestran a una joven cantando sobre su anhelo de construir una carrera como estrella de cine (“Me llamó para estar en esa pantalla”) y un hombre cantando sobre la posibilidad de dedicarse a la música clásica y antigua (“baladas en las salas de bar dejadas por los que vinieron antes”). 

De esta manera, La La Land comienza como un musical sobre los soñadores menos afortunados. Mia y Sebastian viven en suspenso eterno; entre sus aspiraciones artísticas y la sobrevivencia cotidiana. Y en ese limbo se balancea la posibilidad de luchar por el sueño o dejar que el éxito se frustre de una vez por todas. Durante gran parte del relato, Chazelle excluye deliberadamente el lado oscuro de esta constante fricción. El abismo, que a menudo se traga al aspirante a estrella, no es bienvenido en La La Land, pero el director logra darle forma a la incertidumbre del mañana, a las pasiones que acrecientan las inseguridades y a los feroces ritmos de la industria del entretenimiento. De alguna manera, los monstruos y las pesadillas de Los Ángeles se ocultan bajo las capas de colores brillantes e intensos que permiten el surgimiento del romance, la inspiración y la creatividad. Después de todo, los deseos de Mia y Sebastian no difieren mucho de las aspiraciones de Naomi Watts en Mulholland Drive (2001) o de Elle Fanning en The Neon Demon (2016); todos ellos comparten, así como los enfermos y ansiosos personajes de Maps to the Stars (2014), el mismo cielo, las mismas estrellas y los mismos sueños.

Las puestas en escena de la edad de oro de Broadway (1942-1975) solían mostrar dos líneas de argumento de manera paralela que, posteriormente, en los filmes musicales de Hollywood, se entrelazaban. En ambos casos, el romance es un elemento central y éste permite que la acción de la trama y el argumento de la canción encajen. Después, los protagonistas enamorados tratan de encontrar la felicidad tanto en el amor como en el trabajo; es decir, buscan el éxito personal y profesional, casi siempre simultáneamente. Al sacrificar subtramas y personajes secundarios, La La Land pierde lo que tales dispositivos pueden agregar: una gama diferente de emociones, contrastes temáticos, el alivio de la sobreexposición de los dos amantes y el tinte cómico. En este sentido, el guion de Chazelle deja algunos rastros de imperfecciones –principalmente la manera precipitada en la que algunos pasajes son resueltos; por ejemplo, la discusión de mayor tensión que tienen los protagonistas durante una cena–. A pesar de ello, la meticulosa atención del director le permite construir una estructura sólida y congruente llena de momentos vívidos asociados a las fantasías compartidas (tanto entre los protagonistas, como entre los personajes y los espectadores) donde se anhela una resolución feliz que sustituya la cruel realidad.

Con un seductor e irresistible Ryan Gosling y una encantadora y radiante Emma Stone, Chazelle orquesta un ballet para dos, un canto a la soñadores, una declaración de amor a los musicales del pasado y al jazz. Stone y Gosling definitivamente no son Ginger Rogers y Fred Astaire (ni siquiera están cerca de Debbie Reynolds y Gene Kelly), pero la tercera colaboración en pantalla de esta dupla (después de Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad) es hermosa, divertida, sociable y con una dosis de ternura y torpeza en el baile y el canto. Sus voces son atractivamente ásperas, lo que podría resultar “anti-musical”, pero termina siendo encantador. Por su parte, la obra del músico y compositor, Justin Hurwitz, encuentra las notas perfectas para acompañar las complejas coreografías de Mandy Moore pero, sobre todo, para  mimar suavemente a Mia y Sebastian, dos jóvenes que se encuentran, se aman, colisionan y se apoyan para cumplir sus aspiraciones aún a costa de deteriorar poco a poco el amor hacia el otro. Todos ellos son elementos que apelan directamente a las emociones y vivencias del espectador, no sólo porque se trata del enamoramiento, sino también porque se aborda la manera en que el individuo define su objetivo profesional y lucha por él.

Tanto La La Land como Whiplash son películas que se preocupan por la manera en que la ambición creativa puede llegar a condicionar la capacidad para alcanzar el éxito. Sugieren que la aniquilación de los lazos emocionales y un enfoque intransigente –elementos que también están presentes en Allegro (2005), la magnífica pieza del cineasta danés, Christoffer Boe– son obligatorios para llegar a la meta (el personaje de Miles Teller sangrando sobre la batería; Sebastian traicionando sus ideales artísticos al aceptar la propuesta de uno de sus colegas; Mia apretando los dientes para volver a la rueda de la vergüenza en cada una de las audiciones). Con los personajes hundidos en estas situaciones, el director se plantea si son incompatibles las relaciones humanas duraderas con el impulso creativo, la dedicación profesional de tiempo completo y el éxito.

Las decepciones son necesarias para traer a tierra a los personajes, quienes prefieren aligerar el peso de la realidad en una danza etérea entre las estrellas en el Observatorio Griffith. Chazelle retrata, bajo la lente del cinefotógrafo sueco, Linus Sandgren (American Hustle, 2013), un mapa idealizado e hiperestilizado de Los Ángeles, incluyendo los lugares que en su interior resguardan música y cine, y las panorámicas de paisajes deslumbrantes sin importar la hora del día. La La Land se mueve de puntillas entre los diferentes espacios de la ciudad, bailando suavemente en la dimensión musical, pero dejando huellas del mundo real. La ilusión que crea Chazelle llega a ser tan convincente que nos promete  un futuro satisfactorio. Pero, seamos honestos: entre las numerosas jóvenes aspirantes a actrices que sirven café ¿cuántas han regresado a esa cafetería triunfantes, admiradas y envidiadas?  Sin recurrir a la ambigüedad, la agridulce belleza del tramo final del filme tiene la virtud de conmover a los más cursis, satisfacer a los románticos y, quizá, convencer a uno que otro de corazón imperturbable. Después de las risas y los destellos, Chazelle –mediante un salto temporal– gira elegantemente el tono de su relato para mostrar que, en realidad, estamos asistiendo a los terrenos de la melancolía y la conciencia de lo que pudo haber sido y no fue, y que jamás será, para preguntarnos: ¿Si pudieras dar marcha atrás tomarías otros caminos?

 
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