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FICHA TÉCNICA
Pozitia copilului
La postura del hijo
 
Rumania
2013
 
Director:
Calin Peter Netzer
 
Con:
Luminita Gheorghiu, Bogdan Dumitrache, Natasa Raab
 
Guión:
Razvan Radulescu, Calin Peter Netzer
 
Fotografía:
Andrei Butica
 
Edición:
Dana Bunescu Duración:
112 min.
 

 
La postura del hijo
Publicado el 29 - Sep - 2014
 
 
  • Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului),  un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013.  - ENFILME.COM
  • Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului),  un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013.  - ENFILME.COM
  • Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului),  un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013.  - ENFILME.COM
  • Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului),  un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013.  - ENFILME.COM
  • Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului),  un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013.  - ENFILME.COM
 

Por Verónica Sánchez Marín (@SofiaSanmarin)

Como si el realismo destinara sus fuerzas al urbanismo salvaje en términos rasos y sobrecogedores, Calin Peter Netzer (Maria, 2003; Medalia de onoare, 2009) destaca miserias filiales en La postura del hijo (Pozitia copilului), un drama rumano ganador del Oso de Berlín en 2013. El centro de la trama se desarrolla en Bucarest y discurre en la batalla de una madre, Cornelia (Luminita Gheorghiu), en busca de salvar a su hijo de la cárcel. Por su parte él (Bogdan Dumitrache), de nombre Barbu, con 32 años y con un carácter caprichoso, de junior, en realidad sí es culpable de la muerte de un adolescente de extracto humilde, tras una imprudencia mientras manejaba. La historia se construye alrededor de un crimen que, al no pagarse debidamente, deviene injusticia auspiciada por una familia próspera de la Rumania contemporánea; otro país de la Europa del Este que tras la caída de la Cortina de Hierro y el aniquilamiento de sus dictaduras socialistas (en este caso la del terrible represor, Nicolas Ceausescu,  en 1989), se abrió de forma abrupta a un capitalismo voraz y desregulado que muy pronto generó una nueva clase social acomodada y prepotente íntimamente ligada a los flamantes poderes políticos, distanciada del pueblo pobre, sometido y desprotegido, que dejó el régimen que defendía la igualdad social.

El escenario planteado por el realizador tiene dos aristas. Por un lado, los protagonistas pertenecen a este grupo de “nuevos ricos” aburguesados, bien colocados política y económicamente. Por otro, todas las pruebas apuntan a que Barbu, en efecto, es culpable y no hay vuelta atrás a este hecho. A partir de este planteamiento, el realizador construye una película que se abre, a su vez, en dos direcciones. La primera presenta a una madre autoritaria, segura de sí misma, que maneja a la familia a su antojo, con una enfermiza fijación por mantener a su hijo en su casa —lo que se agudiza ante la evidente falta de voluntad e independencia de Barbu. Cornelia asume que la condena a su hijo es también para ella, entonces La postura del hijo desarrolla su personaje en otro curso: planta a la figura de una madre abnegada capaz de mover todos los hilos a su alcance –fortuna y contactos políticos de ella y de su esposo– para evitar que su hijo vaya a prisión. De este modo, Netzer denuncia el estado de corrupción y conveniencia sin ética de los servidores públicos enmarañados en los resabios de esa burocracia heredada de un sistema autoritario, más interesados en la satisfacción de sus intereses (o evasión de los conflictos) que en ejercer sus responsabilidades. No podrá culparse a los espectadores latinoamericanos que se identifiquen con este retrato.

Dentro de los artilugios narrativos, queda claro que todo se conduce por la economía de diálogos y acciones, con un desarrollo dramático verosímil en el que convergen múltiples perfiles psicológicos, críticas sociales –donde la diferencia social es parte medular del drama– y demás tópicos, como la relación materno-filial, el crimen, el materialismo ostentoso de la clase media alta o la corrupción en el sistema judicial, que aborda el director.

La primera escena del filme funciona como la obertura de un drama psicológico que pone de manifiesto la personalidad y los conflictos internos de los protagonistas. Ante su cuñada, Cornelia externa su pesar por el odio y el rechazo de su único hijo hacia ella. Verbaliza este hecho con el mismo pundonor que envuelve a los amantes cuando las relaciones son destructivas. Un dolor que se extiende hasta la lujosa fiesta de su cumpleaños, cuando Barbu tampoco arriba a la celebración. Sabrá Dios dónde se encuentra ese fantasma que, al materializarse en la forma de la desgracia, parece un ánima en pena destinado a merodear el hogar paterno. Los diálogos, los gestos y la vestimenta de Cornelia, delatan a una mujer frívola, de gustos rimbombantes, esnob –lee y regala libros de Orhan Pamuk y Herta Müller solo porque son premios Nobel–, celosa y posesiva en conflicto territorial con su nuera por el dominio afectivo de su hijo.

Hasta ahí el contexto familiar aplica a cualquier relación malsana de madre e hijo. Pero Cornelia es miembro de una élite rumana que se hace pasar por aristocracia. Se trata de una arquitecta privilegiada entre las redes burguesas de su país, cuya conciencia del mundo está supeditada a la presunción. Enfundada en su abrigo de piel, sus joyas excesivas, lentes de contacto de tonos claros, pelo teñido, así como un BMW, se comporta como si fuera la dueña del mundo, una característica que delata a un nuevo rico en Europa del Este, cuna de la nobleza antigua, pero también de la burguesía menos glamorosa. Ella es exitosa y está acostumbrada a que todo funcione bajo sus términos, incluido su matrimonio, en el que la figura paterna carece de autoridad. Su manera de imponerse parece un matriarcado en decadencia y sin propósito. En una de las secuencias, la imagen despótica de Cornelia se hace notoria cuando en la estación de policía, mientras su hijo está detenido, intenta tomar el timón y ordena a Barbu cambiar su declaración escrita, comenzando a deslindarlo de responsabilidad, ante la presencia de los policías que la miran atónitos y ofendidos.

En el tema del rol de la madre protectora, la película guarda coincidencias con Lola (2010) del filipino Brillante Mendoza, obra en la que una abuela trata de evitar a toda costa que su nieto sea condenado a prisión, moviendo cielo y tierra para conseguir llegar a un acuerdo con la familia del muchacho asesinado por su descendiente. Pero la matriarca de Netzer, lejos de la bondad desoladora de la abuela de Mendoza, presenta a una madre manipuladora, que parece actuar principalmente por sus propios intereses, por encima incluso de los de su hijo. De la tragedia acaecida, ella parece encontrar el cauce para obtener un objetivo en el que casi había perdido toda esperanza: recuperar a su hijo y traerlo de vuelta al hogar materno. Lo que es incapaz de aceptar, es que Barbu desea romper con el cordón umbilical a toda costa: “Te llamaré en un mes, en un año, en seis meses, pero déjame ser el primero en llamar. Y quizás entonces podamos tener algún tipo de relación”, vocifera el hijo en un ataque de desesperación.

El amor opresivo de Cornelia recuerda también al de otras figuras maternas cinematográficas: las castrantes madres de, por ejemplo, Nina, en Black Swan (2010) de Darren Aronofsky, o la de Isabelle Huppert en La pianista (2001) de Michael Haneke, cuya relación de protección-obsesión-asfixia termina por definir de modo determinante la naturaleza de sus hijos: psicopática y perturbada en algunos casos, y displicente y rencorosa en otros, como el caso de Barbu.

Cornelia está despojada de cualquier atisbo de empatía hacia el drama ajeno, preocupada solo por su vástago. Hasta la visita a la familia de la víctima para ofrecer sus condolencias está motivada por favorecer a su nene a toda costa. El diálogo que sostiene con los padres del chico fallecido está encauzado a convencerlos de retirar los cargos: “Mi hijo tiene buen corazón: es cordial, es generoso, nunca alardeó de nada. No lo destruya por favor. Es mi vida entera, usted tiene otro hijo. Pero yo solo lo tengo a él”. Bajo su mirada, solo el dolor de ella es significativo, el de los demás pasa a segundo plano.

La cámara de Netzer, en constante movimiento para imprimirle naturalidad artesanal a la filmación y acentuar el peso de las actuaciones, lo poco estable de las personalidades, captura todos los detalles del rostro de Luminita Gheorghiu, de gestos duros que sustentan una determinación implacable, capaz de transformarse en una angustiada matriarca que incluso arranca sentimientos de compasión en algún pasaje. Los escenarios en que se mueven los protagonistas provocan sensación de nerviosismo y reclusión, espacios de encierro por la acumulación de objetos y ornamentos de los que, pareciera, los personajes no pueden intentar escapar sin tropezarse con ellos. Netzer consigue tomar la distancia necesaria para retratar la moralidad, la ética, y la psicología de los involucrados, a pesar de que, como decíamos, su cámara en mano nos sitúe muy cerca de esos personajes dependientes del estatus y de que éste se preserve. Porque para quienes tienen el dinero, los contactos y el poder, la corrupción no es un delito, sino un estilo de vida. Uno que no obstante, nos deja claro Netzer en el filme, es incapaz de garantizar la satisfactoria consumación del amor de una madre por su hijo.

 
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