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FICHA TÉCNICA
April's daughters
Las hijas de Abril
 
México
2017
 
Director:
Michel Franco
 
Con:
Emma Suárez, Ana Valeria Becerril, Enrique Arrizón, Joana Larequi
 
Guión:
Michel Franco
 
Fotografía:
Yves Cape
 
Edición:
Jorge Weisz, Michel Franco Duración:
103 min.
 

 
Las hijas de Abril
Publicado el 27 - May - 2017
 
 
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
  • Michel Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante.  - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Aquí puedes ver nuestra Entrevista con Michel Franco (Chronic)

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Michel Franco ha conseguido en pocos años, en apenas unas cuantas películas, lo que a muchos realizadores les toma una carrera entera. Ha conformado un estilo fílmico que es fácilmente reconocible, sin depender de artificios para lograrlo. En buena medida lo ha sustentado, además de en su capacidad para suscitar atmósferas cargadas de tensión buscando cualquier válvula de escape posible para reventar, en el talento que tiene para, ofreciendo dos o tres pinceladas de información, dejar sembradas toda una serie de potenciales líneas narrativas de la historia, o psicológicas de sus personajes que, paulatinamente, se van desarrollando y clarificando en una trama que parece traerlas enquistadas de forma inadvertida.

En la secuencia que abre Las hijas de Abril,  su más reciente filme, vemos a Clara (Joana Larequi), una mujer robusta, en sus medianos treinta, cortando ingredientes para guisar, en la barra de la cocina de lo que parece ser una casa de fin de semana. Provenientes de una habitación contigua se escuchan los gemidos de una pareja que, claramente, está gozando un satisfactorio encuentro sexual. Clara parece no inmutarse. Después de unos segundos, del cuarto sale desnuda Valeria (Ana Valeria Becerril), una menudita joven de 17 años, con las mejillas bien sonrojadas, mucha sed y un vientre con la prominencia incuestionable del embarazo. Unos instantes más tarde aparece Mateo (Enrique Arrizón), un joven también de 17 años, quitado de la pena, satisfecho.

Es hasta después que nos enteramos que Clara no es mamá, sino media hermana de Valeria, que ella no tiene pareja y su autoestima no es alta, que Mateo sí es el padre del hijo que espera, y que viven en Puerto Vallarta, en una linda casa apenas a unos metros del mar. Pese a lo ya avanzado del estado de Valeria, le pide a Clara no se lo revele a su madre, aparentemente por miedo. Clara acepta con renuencia, pero la precaria situación económica que viven (ella trabaja en una imprenta, Mateo la ayuda, Valeria no hace mucho), la empuja a decidir llamarle a su madre para anunciarle la noticia y recibir su ayuda. Al día siguiente, Abril (Emma Suárez), una atractiva mujer cincuentona, dueña de sí misma, se hace presente con sus hijas.

De inmediato resulta evidente que hay algo no tan común en la relación entre madre e hijas. Por algo viven solas, alejadas de ella, y dejaron pasar siete meses para hacerla partícipe del embarazo. Valeria le confiesa a Abril su temor a que se enojara, y a Clara, es patente, le intimida el que su gordura pueda traducirse en el rechazo materno. Abril intenta ser relajada, entusiasta e, incluso, amorosa con sus hijas, y parece serlo; de cualquier forma, la atmósfera familiar se va hinchando significativamente. En una secuencia similar a la que arranca la historia, Abril y Clara se encuentran cocinando en la barra. De nuevo, se escuchan los fuertes jadeos de placer de Valeria y Mateo provenientes del cuarto aledaño y a Abril le provocan gracia, incluso risa pero, también es perceptible, algo más; a Clara, que parece bloqueada respecto a cualquier emoción de ese sexo que le es ajeno, le llama la atención la reacción de su madre. En una secuencia posterior, vemos a Abril y Mateo platicar, ambos tomando cerveza. Ella le pide que sea un secreto para Valeria, porque nunca ha tomado alcohol con su hija; intenta ganarse al yerno y extrema amabilidades.

La bebé, Karen, nace y los padres de Mateo no quieren conocerla, mientras que la familia de Abril parece feliz. El padre de Mateo tiene un hotel en el centro de Puerto Vallarta y se niega a darle trabajo a su hijo, ni siquiera de botones a cambio de puras propinas; el muchacho intenta asumir su responsabilidad y contribuir económicamente pero no parece tener ni mucho empuje, ni tanta suerte. A Valeria el conjunto de cuidados que exige la nena, día con día, se le van haciendo abrumadores y su paciencia es limitada. Abril comienza a asumir el rol de mamá de Karen con naturalidad, pero también con un comportamiento equívoco, y a Valeria le hace saber y sentir que no parece estar capacitada para ser madre. Cuando Abril intenta involucrar al padre de Valeria y éste (con una pareja joven y guapa) se niega rotundamente, Abril tiene una epifanía, por decir un eufemismo. No pasa mucho tiempo para que, un acto tras otro, decisión a decisión, Abril vaya pavimentando su camino hacia el monumento a las madres memorables en la historia del cine.

El establecer con firmeza un estilo puede llegar a tener, como muchas cuestiones en la vida, sus pros y sus contras. Tratándose de una película de Michel Franco los espectadores saben, desde el principio, que en cualquier momento van a ocurrir episodios inesperados que desemboquen en tragedia; si no el desenlace exacto de la trama, sí resulta predecible que el remate de la historia será, de algún modo u otro, sobrecogedor (cuando menos). De eso, seguro, no habrá escapatoria. Pero Franco, asumiéndolo, de forma brillante juega con esa noción y la enmaraña con las preconcepciones de los espectadores para sentar un ambiente constantemente enrarecido en el que cualquier integrante del reparto puede cometer o sufrir algún acto (o varios, unos unos, los otros otros) de los que hacen agitar internamente al humano promedio que lo atestigua, incluso desde la butaca. Franco es cuidadoso y meticuloso al diseñar las secuencias que muestra, lo que ocurre en ellas y, muy importante, la manera en que los participantes reaccionan entre sí durante su desenvolvimiento.

Fallas en la interpretación pueden estropear la interacción y, por ende, la construcción del relato y de la psicología de sus personajes. Todos los miembros del elenco ya sea en contención o en arrebatos de explosión, ofrecen en cada momento justo lo que la historia los demanda. Franco también aprovecha el acento y la entonación y afectación almodovariana de Suárez, el rostro enigmático de Becerril, la anestesiada frustración de Larequi y la trabajada bobería adolescente de Arrizón para ir armando con minucia la bomba que eventualmente hará estallar. Todo el tiempo se pueden leer las mentes de todos ellos atosigadas por ideas, miedos, deseos, inquietudes que se les agolpan y los confunden. No tienen claridad de pensamiento, se van ofuscando aceleradamente y sus distintos rostros van anunciando las salidas que su asimilación de lo que están viviendo les ofrecen.  

Franco pone a convivir a una familia que no tiene aptitudes emocionales para hacerlo y lo hace enfatizando los espacios cerrados, pese a que se encuentran a unos pasos del mar; y cuando alguna vez el panorama se abre y el mar aparece, los personajes están rodeados de grandes rocas que algo avisan. El encierro va sacando el peor lado, el más vulnerable y frágil de cada integrante, y se presenta impensable la idea de que algo bueno resulte de todo esto; mucho menos en un filme del realizador mexicano, en el que cada vez se siente más la influencia de Haneke. Constantemente el director envía ominosos avisos, sobre todo en secuencia que involucran autos (un sello ya de su cine), que agudizan el sentido de intranquilidad del espectador y al director le van abriendo posibilidades para llevar la historia por distintos caminos, si bien todos minados.

El hecho de que la chica, la más joven del ensamble, la más aparentemente indefensa, se rebele contra su destino y lo enfrente, valerosa, con tal de recuperar lo que la vida le va enseñando es su relación más preciada, contrasta de forma brillante con la del chico, su novio, que siendo un joven bonachón, hasta amoroso, es lo suficientemente zoquete como para dejarse manipular, deslumbrado por la posibilidad de dar preeminencia a una vida cómoda, placentera y sin responsabilidades, sobre el compromiso y la lealtad. Parece que, por ahí, Franco ha asentado su comentario social sobre un fenómeno cada vez más frecuente en la actualidad en el que las mujeres suelen dar muestras de saber lo que quieren de la vida con mucho mayor naturalidad que los hombres; aunque, como el mismo filme señala, no todas las mujeres, ni en todas las edades.

El realizador mexicano le ha dado vuelta con ingenio -y atención a las transformaciones de comportamiento social que vive el mundo-, a cierta concepción de género que el cine tanto ha contribuido a afianzar sobre los pecados que se le asocian a los hombres, en este caso particular, a través del papel que una madre singular (que antes que todo es mujer) también puede desempeñar al interior de una familia contemporánea. Las hijas de Abril es un filme complejo, lleno de espinas morales y cuestionamientos a la idea convencional de familia, filmado con una cámara serena que deja que la agitación más bien sea producida por la exaltación interna de los personajes, y por el montaje. Es la muestra del dominio cada vez mayor que Franco tiene del medio y representa la cimentación de su nombre entre el de los más significativos del cine actual.

 
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