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FICHA TÉCNICA
The Descendants
Los descendientes
 
EE.UU.
2011
 
Director:
Alexander Payne
 
Con:
George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller
 
Guión:
Nat Faxon, Alexander Payne
 
Duración:
115 min.
 

 
Los descendientes
Publicado el 08 - Feb - 2012
 
 
El humor en Los descendientes se siente como chistes para distraer la tristeza en un velorio. - ENFILME.COM
 

No he asistido a muchos velorios, pero hay uno del que me acuerdo muy bien. Era una caso particularmente sensible porque se trataba de alguien de cortísima edad y nadie se atrevía siquiera a levantar la mirada. Llegaron dos amigos de esos que no quieres que vayan nunca a visitarte por su falta de respeto ante todo y, después de dar las respectivas condolencias, empezaron a contar una anécdota ridícula de la noche anterior. No recuerdo de qué se trataba pero si sé que, a pesar de la situación, nadie de los que escuchamos se pudo aguantar la risa. Así más o menos se siente el humor en Los descendientes: como chistes para distraer la tristeza en un velorio.

A pesar del sol y las camisas floreadas, Hawai no es el paraíso que todos imaginamos: Matt King (Clooney) vive ahí y su situación no es nada envidiable. Aunque heredó (al igual que sus primos) una tremenda cantidad de tierras de su tatarabuela, ha trabajado toda su vida como abogado para no dar el mal ejemplo a sus hijas. Ahora la herencia se puede perder por cuestiones legales y Matt, como lo fue su padre, es el único que puede firmar la venta del gran terreno que les queda. Es un tema que afecta a toda una isla por su posible impacto ambiental (al construir atractivo turísticos en tierras vírgenes) y social (podría aumentar la densidad de población y el tráfico) pero King se siente inclinado hacia respetar la democracia familiar, que busca obtener dinero fácil y rápido. ¿Problema solucionado? Tal vez (en realidad no).

Además sucede que Matt siente que todas las mujeres de su vida se quieren autodestruir, y tiene buenas razones para pensar así. Su esposa era una amante de la fiesta y la adrenalina, y su afición a los deportes extremos la dejó hospitalizada en estado de coma. Ahora Matt, que siempre fue el padre secundario, debe lidiar con sus dos hijas: Alexandra (Woodley), una adolescente en descubrimiento de las drogas y el alcohol y Scottie (Miller), una niña confundida e indescifrable para su papá. Por si no bastara, se entera que su esposa (sí, la que está hospitalizada e inconsciente) le era infiel. Tanta mala fortuna no se le desea a nadie.

En 1999 el director Alexander Payne tenía 38 años y ya le preocupaban las crisis de la edad adulta. En Election, cuenta la historia de un profesor de preparatoria frustrado por el desarrollo de la contienda electoral de una escuela, mientras que arriesga su matrimonio por tentaciones carnales. Unos años más tarde Payne dirigió Las confesiones del señor Schmidt (2002), una road movie sobre un jubilado (Jack Nicholson) que viaja a la boda de su hija para hacer las pases con ella. El viaje y la crisis volvieron a la carga en Entre copas (2004) con la historia de Miles (Paul Giamatti), un escritor fracasado experto en enología que planea un viaje/despedida de soltero para su amigo Jack durante el cual ambos revaloran sus decisiones de vida. Como si se tratase de bildungsromans tardíos, estos hombres viven un viaje (físico y/o metafórico) de autoreconocimiento que cambia radicalmente sus vidas.

El caso de Matt King no es la excepción en cuanto a crisis, y hay algo de road movie también cuando padre e hijas (más un curioso colado cuyos detalles dejo para más adelante) van en busca del amante de su mujer. Este es el paso siguiente en el progreso del estilo de Payne.

Más allá de estos motivos recurrentes, lo que distingue la obra de este director es su capacidad para insertar el humor en las situaciones menos esperadas y en los contextos más incómodos y, además, hacerlo funcionar. Lo vimos en las cintas mencionadas en las que la amargura y la desazón estaban siempre presentes (sobre todo en la súper ácida Entre copas), pero también las situaciones ridículas que arrancaban risas. Lo vemos otra vez en Los descendientes. Su estilo progresa y, si en su película anterior se inclinó más hacia lo depresivo, ahora Payne oscila entre los dos puntos por igual, logrando el equilibrio.

¿Cómo reír entre tanto drama? Evidentemente no se trata de burlarse de la difícil situación del personaje principal, aunque la actuación de Clooney ayuda. Tal vez no tenga la locura cómica natural del Jack Nicholson siendo Schmidt o el patetismo radical de Giamatti (Entre copas), pero logra transmitir su inestabilidad y confusión con gestos despistados y algún otro detalle valioso (como cuando corre apresurado con un zapateo torpe y ridículo). Pero el director se ayuda además de personajes secundarios y situaciones cómicas. Sid (Krause), el curioso colado, es íntimo amigo de Alexandra. Parece estar en un eterno viaje de hierbas mágicas que lo hace meter un pie tras otro. Su irreverencia se transforma cuando nos da una muestra de su complejidad como personaje y se involucra en la historia volviéndose esencial. Buena parte del humor gira en torno a este personaje que no piensa antes de hablar, lo que lo vuelve merecedor de un ojo morado. Las situaciones cómicas son detalles bien insertados en el guión, como la pequeña Scottie queriendo ver pornografía o hablando con palabrotas.

Los conflictos paralelos enriquecen las historias. En Los descendientes, Payne no profundiza en los personajes de las hijas, se olvida del problema con estupefacientes que tiene Alexandra y se concentra, quizá demasiado, en la pugna del personaje principal. Por otro lado, la cuestión de la tierra se mantiene latente a lo largo de la cinta, y en momentos funciona para el desarrollo del conflicto central. Quizás lo primero se justifique con el hecho de que la película está narrada desde el punto de vista de Matt (quien posiblemente no quería lidiar con los problemas de sus hijas) pero lo segundo demuestra que un problema secundario bien utilizado puede ser crucial para el relieve de una historia.

Quizá Hawai no sea el paraíso para King, pero es un escenario que contrasta con el drama y, de nuevo, ayuda al equilibrio haciéndonos notar que en el mar la vida no siempre es más sabrosa y que también en el trópico hay malos ratos. La música típica de la isla que en otras cintas parece alegre aquí es solo parte de la atmósfera que se contrapone al drama. Al combinar tragedia y comedia el director le da veracidad a la historia. Sabemos que no es una fórmula para hacernos llorar o reír, sino un retrato de la vida en la que, como sabemos todos los que respiramos, el sufrimiento y la alegría suelen estar revueltos. Se debe ir a verla dispuesto a ser sometido a un sube y baja emocional en el que la empatía es inevitable, y duele.

 
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