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FICHA TÉCNICA
Los insólitos peces gato
Los insólitos peces gato
 
México
2013
 
Director:
Claudia Sainte-Luce
 
Con:
Lisa Owen, Ximena Ayala, Sonia Franco, Wendy Guillén, Andrea Baeza, Alejandro Ramírez Muñoz
 
Guión:
Claudia Sainte-Luce
 
Fotografía:
Agnès Godard
 
Edición:
Santiago Ricci
 
Música
Madame Recamier
 
Duración:
89 min.
 

 
Los insólitos peces gato
Publicado el 15 - Abr - 2014
 
 
  • Los insólitos peces gato muestra el encuentro de la opacidad de la vida y el resplandor de la muerte. También es un filme sobre la ausencia de los hombres, pero principalmente sobre el abandono. Claudia Saint-Luce construye su ópera prima con tintes autobiográficos. La realizadora mexicana retoma sus propias vivencias ?su relación con Martha y su amistad con una de sus hijas, Wendy Guillén (quien se interpreta a sí misma en el filme)? para elaborar el  retrato de un ser arrojado al mundo que busca residir en alguna morada.  - ENFILME.COM
  • Los insólitos peces gato muestra el encuentro de la opacidad de la vida y el resplandor de la muerte. También es un filme sobre la ausencia de los hombres, pero principalmente sobre el abandono. Claudia Saint-Luce construye su ópera prima con tintes autobiográficos. La realizadora mexicana retoma sus propias vivencias ?su relación con Martha y su amistad con una de sus hijas, Wendy Guillén (quien se interpreta a sí misma en el filme)? para elaborar el  retrato de un ser arrojado al mundo que busca residir en alguna morada.  - ENFILME.COM
  • Los insólitos peces gato muestra el encuentro de la opacidad de la vida y el resplandor de la muerte. También es un filme sobre la ausencia de los hombres, pero principalmente sobre el abandono. Claudia Saint-Luce construye su ópera prima con tintes autobiográficos. La realizadora mexicana retoma sus propias vivencias ?su relación con Martha y su amistad con una de sus hijas, Wendy Guillén (quien se interpreta a sí misma en el filme)? para elaborar el  retrato de un ser arrojado al mundo que busca residir en alguna morada.  - ENFILME.COM
  • Los insólitos peces gato muestra el encuentro de la opacidad de la vida y el resplandor de la muerte. También es un filme sobre la ausencia de los hombres, pero principalmente sobre el abandono. Claudia Saint-Luce construye su ópera prima con tintes autobiográficos. La realizadora mexicana retoma sus propias vivencias ?su relación con Martha y su amistad con una de sus hijas, Wendy Guillén (quien se interpreta a sí misma en el filme)? para elaborar el  retrato de un ser arrojado al mundo que busca residir en alguna morada.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Claudia (Ximena Ayala) parece inmersa en una pesadilla. De pronto despierta; la penumbra de la noche y los sonidos industriales perturban el espacio de una habitación obscura y desordenada. Todo parece un misterio envuelto en una atmósfera inquietante, muda y opresiva habitada por una joven solitaria. Su mundo es silencioso, desganado y rutinario; desayuna cereal, trabaja en un supermercado vendiendo salchichas y regresa a su casa a bordo del microbús. Durante la noche, el presagio de pesadilla se hace presente y Claudia sufre un fuerte dolor en el abdomen. Esta serie de secuencias que abarcan los primeros ocho minutos del filme, se caracteriza por la inexistencia de diálogos; sólo hay sonidos incidentales (el goteo constante de una llave, las voces de los locutores de una estación de radio, los motores de los automóviles) que “alumbran” el desamparo del personaje. Levemente preocupada, Claudia aparece en la cama de un hospital con apendicitis. En contraste, su compañera de cuarto, Martha (Lisa Owen), una enferma terminal, es acompañada de sus tres hijas –Alejandra (Sonia Franco), Wendy (Wendy Guillén), Mariana (Andrea Baeza)– y su hijo, el más pequeño de la familia, Armando (Alejandro Ramírez Muñoz). A pesar de la funesta enfermedad, las bromas, risas, reclamos y discusiones se traducen en el confortante acompañamiento de la mujer moribunda.

Con una reacción inmediata, honesta y directa, después de salir del hospital, Martha invita a Claudia a comer a su casa. La joven, que pretende ocultar su soledad, acepta. Pese al pronóstico infeliz y la inevitable cercanía con la muerte, Martha, infectada del virus del VIH, posee un brillo a su alrededor, al igual que su caótica familia, que desprende ternura y calor humano. Por primera vez, Claudia puede sentirse incluida en un núcleo familiar, y aunque pretende huir, pronto se ve anclada a esta familia debido a que desea –y se le permite– involucrarse en las actividades sencillas y cotidianas al interior del hogar.

La cámara paciente y a veces cadenciosa de Agnès Godard –habitual colaboradora de Claire Denis (Beau travail, 1999; Les salauds, 2013)– se traslada como si fuera una invitada más: transita por los pasillos, ingresa a la sala, la cocina, el comedor y el cuarto de lavado. Muestra la cotidiana dinámica familiar que consiste en cocinar, comer, ver televisión, sentarse, acostarse, descansar, platicar, discutir y pelear. Como espectadores, nos encontramos en medio del bullicio interno de la casa. Somos parte de la dinámica de los personajes en su ir y venir constante. Las salidas, en su mayoría, tienen como destino el hospital. Y los regresos se convierten en el descanso anhelado después de una jornada ajetreada. El recinto se encuentra física y emocionalmente desordenado; rasgos que le resultan “familiares” a Claudia. Quizá esa desorganización, que le recuerda a su departamento, le brinda un sentido de pertenencia. Ella se siente como en su espacio, pero en compañía de una familia. A pesar de su inexpresividad, se motiva ante la idea de integrarse como un miembro más.

Con el fluir del tiempo y del relato, Martha se pone cada vez más enferma. Los hijos –aunque sumidos en sus intereses y actividades– conocen (y no evaden) la condición de su madre, y procuran que cada instante a su lado sea agradable para ella. El filme muestra el agotamiento físico de la mujer, y también se detiene brevemente en los hijos; sus actitudes y temores se hacen presentes. Claudia se muestra reticente; su caminar por la casa es pasivo, su actuar es modesto y respetuoso, no es entrometida ni insolente, es acomedida en las tareas del hogar, es tímida y reservada respecto a su pasado. Cuando es interrogada respecto a su familia, amigos o novio, opta por dar respuestas breves y ambiguas que le permitan proyectar una imagen de una persona independiente, pero no solitaria ni abandonada. Pronto, a la “foránea” –que en algún momento dice que sus padres son de Torreón y le rentaron un departamento para que ella se trasladara a Guadalajara– le corresponde llevar a los más pequeños a la escuela. Juega con el curioso Armando, quien vive inquieto y desea saber qué tipos de beso existen; peina a la vanidosa Mariana, preocupada por su apariencia física; alienta a la confundida Wendy, una joven con problemas de sobrepeso que finge amor hacia sí misma; escucha la desesperación y tristeza de Alejandra por llevar una vida tan ocupada, y cuida en el hospital a Martha. A partir de ese conjunto de acciones, ya no hay marcha atrás; Claudia se gana la confianza de cada uno de ellos, y pronto es parte de la familia.

Los insólitos peces gato muestra el encuentro de la opacidad de la vida y el resplandor de la muerte. También es un filme sobre la ausencia de los hombres, pero principalmente sobre el abandono. La figura masculina (por irresponsabilidad, deserción o muerte) ha decidido emprender su huida, y es ahí donde los mundos de Claudia y de Martha coinciden. La segunda le confiesa a la primera que su esposo, Armando –personaje que no aparece en escena–, fue quien la contagió, pero que ella, a pesar de su molestia, entendió que no podía hacerse algo más, por lo que decidió quedarse junto a él hasta su muerte. La película es un cuento que absorbe suavemente a los espectadores sobre una joven que encuentra “su lugar en el mundo” como parte de un excéntrico núcleo monoparental. Los hijos de Martha no son anormales, no son bichos raros, pero la mezcla de emociones y caprichos de cada uno de los integrantes es lo que le otorga la excentricidad a la familia. El argumento modesto es impulsado con fortaleza debido al rendimiento actoral (principalmente de Ximena Ayala y Lisa Owen) y a la capacidad para impregnar de humor un drama humano. A pesar de la tragedia que envuelve a la familia, la vida cotidiana ofrece momentos que parten de leves sonrisas hasta intensas carcajadas. Y ese registro –entre la comedia y el drama– no lo pierde ninguno de los personajes; Wendy que, mientras come hot-dog y bebe refresco, asegura que le gustaría ser vegetariana para llevar una dieta más saludable, o la pequeña Mariana que acompaña a Claudia al convivio navideño de los empleados del supermercado y toma ponche con “piquete”. Sin embargo, a pesar de no caer en los clichés del melodrama, hacia el final, el filme no puede desprenderse de una breve dosis de sentimentalismo  asociado a la última voluntad de la madre.

Claudia Sainte-Luce construye su ópera prima con tintes autobiográficos. La realizadora mexicana retoma sus propias vivencias –su relación con Martha y su amistad con una de sus hijas, Wendy Guillén (quien se interpreta a sí misma en el filme)– para elaborar el  retrato de un ser arrojado al mundo que busca residir en alguna morada, pero como sugiere Martin Heidegger, “para habitar es necesario construir.” No se trata de la construcción del espacio, sino de la formación de lazos y vínculos humanos, aquellos que le permiten encontrar su lugar en el mundo. En un plano abierto, se muestra a Claudia, cabizbaja, transitando por un puente. Éste no es el lugar que le pertenece, deambula sin rumbo, pero con la intención de conectar con algo, con alguien que le otorgue una dinámica distinta a su existir. El puente, como muchas otras construcciones, no es vivienda, pero es la ida y vuelta que le otorga sentido al sitio que se pretende ocupar; es el recorrido para llegar al espacio, y es el esfuerzo por el otro –como acompañar a Martha al hospital, llevar a los niños a la escuela– que se requiere para formar parte de la familia. Claudia deja de ser una extraña porque entiende que el alojar, confortar y tranquilizar se vuelven características propias del habitar. Su actitud hacia la familia es la de permanecer en la proximidad del semejante; construye sentido en el abrigar y cuidar al otro, y no en el de edificar lo propio.

 
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