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FICHA TÉCNICA
Gone Girl
Perdida
 
EE.UU.
2014
 
Director:
David Fincher
 
Con:
Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Lee Norris, Kathleen Rose Perkins, Sela Ward
 
Guión:
Gillian Flynn
 
Fotografía:
Jeff Cronenweth
 
Edición:
Kirk Baxter
 
Música
Trent Reznor, Atticus Ross
 
Duración:
145 min.
 

 
Perdida
Publicado el 06 - Oct - 2014
 
 
El tono que usa Fincher para convenir sus observaciones sobre la manera  en la que nos percibimos y queremos ser percibidos en la actualidad,  especialmente dentro de una relación, es el ideal para uno de los  directores que a través de su estilo y marcas personales muchos  perciben, sin que lo sea, como alguien que trabaja fuera de Hollywood. - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez


Antes de Perdida (Gone Girl), David Fincher dirigió House of Cards, una de las series paradigmáticas de estos tiempos. Si él llevó la estilización de su lenguaje cinematográfico a los relatos capitulados, ahora en Gone Girl ha traído este tipo de narración veloz, condensado, con vuelcos inesperados, que mantienen expectante y emocionado al espectador, incómodo pero satisfecho, al cine. Aunque dura dos horas y media, en Perdida el tiempo parece ser apenas suficiente. La sucesión exhaustiva de detalles, de referencias (ganchos para los más clavados), de temas; la fluctuación disparada de emociones en los rangos de los personajes; los misterios por resolver; cada pormenor ha sido limpiamente acomodado en una sucesión de capítulos comprimidos en un filme que usa las consecuencias de un crimen pasional dentro de un matrimonio para hablar de cómo el narcisismo más frívolo puede construir y acabar con una relación amorosa y con la vida de las personas que viven en ella, y cómo en este proceso es crucial lo que los medios de comunicación transmiten sobre las personas e imponen a desear. La pulcritud con la que Fincher conduce al público es prueba de una mente fríamente calculadora, abrumadoramente autoconsciente, capaz de jugar sin piedad con las emociones, de seducir y resquebrajar; tal como sus protagonistas.

Spoiler alert

El matrimonio de Amy (Rosamund Pike) y Nick (Ben Affleck) no está sustentado en el amor, el respeto y la comunicación, y nunca sabremos si alguna vez lo estuvo; lo que los une después de cinco años, además del pasado común, de su precaria situación financiera y el enojo, es un compromiso vacío, basado en la mentira y la manipulación. Amy no tolera que Nick esté convertido en un remedo de sí mismo tras la muerte de su madre y la pérdida de su empleo, y Nick ha buscado consuelo en los brazos de una voluptuosa alumna. Como suele ocurrir en una relación, la repetición de las fricciones es lo que desata una explosión incontrolable. Ella desaparece dejando tras de sí rastros de violencia, y él no aparenta estar preocupado al grado que debería por su repentina ausencia. 

El filme está construido para obligarnos a tomar postura por alguno de los dos protagonistas, dejándonos pistas –a veces falsas– que, sin opción, somos obligados a seguir. En la primera parte tomamos partido por ella. Aunque está desaparecida, a través de su diario, que ella misma lee en off y que se manifiesta en flashbacks en la pantalla, Amy se torna omnipresente. Ella es la voz que nos introduce a su esposo, que nos cuenta la historia de cómo se conocieron, se enamoraron y llegaron al punto de la asfixia, al punto en el que ella se sentía tan temerosa que creía que él podría matarla.

Después de un abrupto giro de tuerca, la búsqueda de una mujer víctima y un culpable de su desaparición se torna en rastreo de esta mujer, ahora culpable, y exoneración del que en un primer momento fue un presunto culpable; la segunda parte de la película la lleva él. Para este punto, la persecución del crimen ha alcanzado a los medios masivos de comunicación, o sea, la televisión, y ha convertido una cacería local en una guerra de apariencias de repercusiones nacionales. Florece la pasión (ya explorada en The Social Network, 2010) de Fincher por la manera banal en la que funciona el mundo moderno, superficial, obsesionado con los medios; un mundo en el que cambiar el estado de relación en Facebook puede convertirse en un grillete; ya ni hablar de las consecuencias que un programa de chismes puede llegar a tener en las vidas de quienes por motivos de rating son mencionados. Nick se sienta a pensar, desentraña a su cónyuge y aplica su táctica. Una en la que gana quien es capaz de anticiparse al otro. Es como un juego de casillas, pero en un tablero dibujado por M.C. Escher, donde quien lleva la delantera pronto se vuelve una cuestión de perspectiva y apariencias.

Conocemos lo necesario sobre cada uno para especular sobre sus perfiles psicológicos. Rosamund Pike es perfecta en el papel de Amy; ella misma hija única, inglesa, de padres cultos, cantantes de ópera, hermosa y de gesto entre cándido y gélido, interpreta a una mujer ambigua, encantadora o fría, según la ocasión, inasible, consentida, educada, cosmopolita, consciente de su superioridad, dispuesta a interpretar y sacar provecho del papel de mujer fatal, pero sometida por la rigidez de las formas impuestas por sus padres, quienes hicieron de ella la protagonista de una caricatura de libros infantiles, que parecía ganarle todos los juegos: la Amy imaginaria de los cuentos, siempre era un paso más triunfadora que la Amy real. Creció compitiendo contra un personaje –un alter ego– público, producto de los deseos de sus progenitores.

Ben Affleck interpreta al rudo provinciano cuya presteza mental lo ayuda a estar a la altura de Nueva York, a base de mucho esfuerzo; a veces, demasiado. Es simpático y romántico, soñador y seguro, al inicio de la relación; para tornarse hosco y agresivo, flojo y deprimido, tras la muerte de su madre; aniñado y dulce, cuando está con su hermana melliza (Carrie Coon), que es como un personaje inexistente, pero crucial para él, como la voz de su consciencia; sensual y desesperado con su joven amante; sagaz para defenderse, y, finalmente, resignado, frustrado y cumplidor. Es decir, Affleck muestra una amplia capacidad actoral, una gama que no le habíamos visto con anterioridad. Fincher no solo explota este talento del actor, también la imagen que Affleck da de ser un famoso que cree que se debe a su público y que se compromete perenemente a sonreírle y satisfacerlo. Nick fue entrenado por su madre a verse permanentemente feliz y comportarse con amabilidad, sin importar las circunstancias: en público hay que ser amable; el otro está primero.

Esta obsesión por la apariencia que ha unido a Nick y a Amy, y que –eventualmente se nos explicará, pues todo se nos explica– impuso los mecanismos de su relación, que avanzaba con la imposición de expectativas y con la satisfacción de verse al lado de la persona que ellos moldearon con estas expectativas; esta obsesión es eventualmente llevada al plano de la televisión y entonces la verdad deja de importar, convirtiéndose en una herramienta de manipulación que termina por aprisionarlos y destruirlos internamente. Se vacían a ellos mismos para convertirse en el reflejo de alguien hueco. El crimen se concreta: los dos son cómplices de sus propios asesinatos; sus cadáveres siguen de pie para dar una imagen falsa de un matrimonio unido capaz de vencer cualquier desventura; una imagen creada a partir de su propia vanidad; una imagen que vale más que ellos mismos.

El filme es suficientemente cínico, nunca ingenuo, y –muy importante:– metarreferencial, pues se complace revelando sus propios artilugios narrativos. En algún momento Affleck define la actitud que tendrá el público hacia su personaje. Parafraseo: “primero te odian, después admites tu error, te comprenden y acaban amándote”. Parecemos una audiencia muy fácil de manejar, y Fincher saca ventaja recurriendo a fórmulas del thriller, clichés sobre las guerras de sexo. Los retuerce con inteligencia para mostrarnos algo sobre nosotros mismos, generalmente algo sucio y triste que no teníamos tan patentemente registrado. Pero no por eso renuncia a los lugares comunes y otros convencionalismos del género.

El tono que usa Fincher para convenir sus observaciones sobre la manera en la que nos percibimos y queremos ser percibidos en la actualidad, especialmente dentro de una relación, es el ideal para uno de los directores que a través de su estilo y marcas personales muchos perciben, sin que lo sea, como alguien que trabaja fuera de Hollywood: hay, como es de esperarse de él, atmósferas y momentos de thriller, a los que la música de Trent Reznor y Atticus Ross añaden una metálica dimensión de incertidumbre, pero hay también toques satíricos que rozan el sarcasmo y explotan en un humor estúpido, ideal para esta pareja y su contexto. En la última parte del filme, cada quien usará su criterio –e historia personal– para decidir si la balanza de la maldad está inclinada hacia algún lado o si sádico y masoquista son igual de culpables, y, dado el caso, hacia cuál (hacia la sociópata Amy, hacia el egoísta y comodino Nick…). Este último tramo concluye de manera aún más veloz, inconclusa (como si estuviera por venir aún una segunda temporada), aunque con un tono tambaleante que a pesar de que no cierra y se yergue por el absurdo, se resigna y adhiere a la mediocridad de sus personajes. Dice Woody Allen que no hay mejor manera de garantizar el fracaso que tratando de complacer a todo el mundo, y algo hay de ese principio cuando se abandonan los valores personales para complacer a las audiencias y patinar a salvo por superficies brillantes y limpias, aunque resulten quebradizas y mortales.

 
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