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FICHA TÉCNICA
Siempre Alice
Siempre Alice
 
Estados Unidos
2014
 
Director:
Richard Glatzer, Wash Westmoreland
 
Con:
Julianne Moore, Kristen Steward, Lisa Genova, Alec Baldwin, Kate Bosworth, Hunter Parrish, Shane McRae
 
Guión:
Richard Glatzer, Wash Westmoreland
 
Fotografía:
Denis Lenoir
 
Edición:
Nicolas Chaudeurge
 
Música
Ilan Eshkeri
 
Duración:
101 min.
 

 
Siempre Alice
Publicado el 21 - Feb - 2015
 
 
  • La tensión de la película se centra en los indicios y los síntomas del Alzheimer como modificadores esenciales de la vida cotidiana de Alice. El hecho de que la enfermedad comience por la sutileza agudiza el duelo y dilata el diagnóstico. De ese modo, la vida perfecta de Alice comienza a desmoronarse.  - ENFILME.COM
 

La memoria, tema recurrente del cine, se ha tratado directamente desde diversas perspectivas y estéticas. Precisamente la calidad de arte del “registro” del cine fue lo que indujo el primer asalto de los hermanos Lummière. De la pérdida de los recuerdos se desprenden las campanas del miedo: vale más la reminiscencia –híbrido de imagen (sensorial y visual) y lenguaje– que la acumulación de objetos. Una de las enfermedades más temidas de nuestro tiempo es el Alzheimer, trastorno degenerativo de las neuronas cerebrales que desgasta la capacidad de retención de memoria del cerebro humano. No es extraño entonces que el cine haya incorporado este padecimiento en algunas de sus películas.

En Siempre Alice (Still Alice, 2015) –escrita y dirigida por Richard Glatzer y Wash Westmoreland, con guión adaptado de la novela homónima de Lisa Genova, escritora y neurocientífica–, la demencia de una mujer de 50 años diagnosticada con Alzheimer prematuro la enfrenta al menoscabo de las palabras, cuando éstas lo han sido todo en la vida de Alice Howland (Julianne Moore), reconocida profesora de lingüística de una universidad de Columbia en Nueva York. La película inicia con la celebración del medio siglo en la vida de la catedrática, con ella disfrutando junto a su familia, compuesta por su esposo, John (Alec Baldwin), un oncólogo que está pasando por una fase muy próspera en su carrera; su hija, Anna (Kate Bosworth), casada con Tom (Hunter Parrish); y Charlie (Shane McRae), el hijo de en medio, otro joven exitoso. La única preocupación de Alice es el futuro incierto de Lydia (Kristen Stewart), su hija menor, una aspirante a actriz de teatro ausente en la fiesta.

De vez en cuando, como cualquier persona, Alice olvida una palabra, una fecha o una idea. Pero ella siempre se ha caracterizado por tener pleno control de sus facultades mentales, por lo que comienza a sospechar que algo anda mal cuando olvida cómo iniciar su ponencia durante una conferencia. Los temores aumentan el día que se pierde, mientras se ejercita, en el parque que ha frecuentado durante los últimos 20 años. En secreto, Alice va a consulta con el neurólogo. Después de meses de pruebas, es diagnosticada con Alzheimer prematuro hereditario (dos de sus hijos deciden analizarse: uno resulta positivo).

La tensión de la película se centra en los indicios y los síntomas del Alzheimer como modificadores esenciales de la vida cotidiana de Alice. El hecho de que la enfermedad comience por la sutileza agudiza el duelo y dilata el diagnóstico. De ese modo, la vida perfecta de Alice comienza a desmoronarse. El filme alcanza un equilibrio en el que todo lo referido al mal que sufre el personaje de Moore se integra a la perfección con la estética sobria (la cámara estable con encuadres limpios), el ritmo pausado de la cinta (nada cae con estrépito, todo es paulatino y con crestas perfectamente detectables desde que inicia el ascenso de la tragedia), y la delicadeza con que el tema de la enfermedad está tratado en su guión (el paisaje conocido, los rostros y los objetos se ven borrosos cuando la enfermedad acosa), justo para mostrar las duras consecuencias del padecimiento sin caer, en ningún momento, en el exhibicionismo ni el sensacionalismo propios de un melodrama. Los diálogos se someten exclusivamente a la regularidad de la historia de decadencia detrás del drama en la familia, donde la sorpresa se esconde detrás de cada olvido.

Vemos las dificultades a las que deben enfrentarse los más allegados de la protagonista, presentando a un marido sobrepasado por las circunstancias. Ante la aparición de nuevos síntomas, Alice, presa del miedo pero con la disciplina bajo la que siempre se rigió, comienza a organizar una especie de antología de sus recuerdos. “Preferiría tener cáncer, sería menos vergonzoso”, le dice Alice a John en uno de sus arrebatos. Ella se pierde en su propia casa, olvida que debe ir al baño, exige que su marido repita las mismas acciones como leerle o servirle agua, sin que ella se dé cuenta de que ya se la ha pedido antes. En dos ocasiones, a lo largo de la película, Alice se ve en el espejo del baño. La segunda vez, no se reconoce. La mujer del reflejo, con el pelo desordenado y aturdido, no es ella, sino otra persona.

“No sufro, lucho. Lucho para mantenerme en contacto con la persona que he sido”, declara Alice en un momento de lucidez durante un discurso ante una organización de enfermos de Alzheimer. Alice se aferra a pesar de la pérdida de memoria. Gracias al calendario y al bloc de notas, su smartphone se está convirtiendo en aquello que le permite mantenerse en contacto con el mundo a su alrededor. Pero su familia comienza a tomar decisiones por ella. Su hija Lydia, la actriz rebelde, decide regresar a casa para estar cerca de su madre. Anna –casada, embarazada y considerada siempre un modelo ejemplar– se aparta de su madre al enterarse de que ella misma padecerá la enfermedad. Mientras que John pasa por varios periodos de negación, y quiere seguir viviendo lo más normal posible.

La fragilidad de quienes dependían de la perfección familiar, aflora en cuanto todo comienza a concretarse. Los hijos ideales y el esposo amoroso añoran la identidad que se difumina al contacto con el olvido. Los episodios más emotivos son aquellos en los que Alice y Lydia interactúan. Primero, antes de la enfermedad de la madre, con las discusiones entre ambas. Alice, la académica; Lydia, la artista. Después, surge la hija comprensiva, paciente y amorosa ante la incapacidad de su progenitora. La conexión emocional que las dos desprenden hace que los demás personajes entorno a ellas queden desdibujados, entorpecidos ante su debilidad espiritual para mantener una lucha a favor de la dignidad de la identidad.

De alguna manera, el relato sobre la degeneración de Alice va marginando a aquellos (sus hijos, su esposo) que no acaban de sentir ese deterioro como parte de sus vidas, a excepción de la hija menor de la familia, Lydia. Siempre Alice toma una posición pasiva y evita presentar a su heroína en situaciones más explicitas en las que se muestren los efectos de la enfermedad. Busca conmover sin perder el sentido de la pulcritud. Quizá para no alarmar a la clase social que representa.

Julianne Moore, en la piel de una mujer con la enfermedad de Alzheimer, se muestra fuerte, vulnerable, en plena posesión de sus registros. En ella recae el peso de la cinta. Gracias a Moore la historia se mantiene digna, sin desmoronarse en sentimentalismos. Subyace en Siempre Alice la ironía implícita de perder las palabras cuando las palabras lo han sido todo en la vida de Alice Howland. Si tuviéramos que aislar una escena, una que resumiese la película, sería el diálogo entre Alice y ella misma, cuando ya afectada por la enfermedad, observa un video que grabó meses atrás en su laptop. El mensaje se basa en la idea de que cuando Alice haya alcanzado un punto en el que no pueda contestar a ciertas preguntas básicas sobre ella, se suicide. El episodio muestra con claridad lo que significa “perder la identidad”. Significa hablar de sí mismo para salvar los últimos pedazos de una vida rota. Entender que el yo es una construcción, más que del futuro, del pasado, ese cúmulo de presente acumulado en la forma de la reminiscencia.

 
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