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FICHA TÉCNICA
The Immigrant
Sueños de libertad
 
Estados Unidos
2013
 
Director:
James Gray
 
Con:
Marion Cotillard, Joaquin Phoenix, Jeremy Renner
 
Guión:
James Gray, Ric Menello
 
Fotografía:
Darius Khondji
 
Edición:
John Axelrad, Kayla Emter
 
Música
Christopher Spelman
 
Duración:
120 min.
 

 
Sueños de libertad
Publicado el 26 - Jun - 2014
 
 
  • Desde la primera escena de The Immigrant hay un velo de dolor en la cinta de James Gray. La segunda película histórica del director ­?después de We Own the Night (2007) que se desarrolla en Brooklyn, durante 1988?, se establece en Nueva York, en 1921, para contar el destino trágico con míticas pinceladas históricas de un puñado de personajes envueltos en culpa, venganza, purgación y deseos ?a veces torcidos? de salir avante.  - ENFILME.COM
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  • Desde la primera escena de The Immigrant hay un velo de dolor en la cinta de James Gray. La segunda película histórica del director ­?después de We Own the Night (2007) que se desarrolla en Brooklyn, durante 1988?, se establece en Nueva York, en 1921, para contar el destino trágico con míticas pinceladas históricas de un puñado de personajes envueltos en culpa, venganza, purgación y deseos ?a veces torcidos? de salir avante.  - ENFILME.COM
 

Por Jaqueline Avila (@franzkie_)

A lo lejos, la estatua de la libertad se alza victoriosa mientras se escucha el rumor de las gaviotas que alzan el vuelo alrededor de ella; enmarcada por una neblina eterna, la figura nos da la espalda mientras el cuadro se esfuma de nuestra mirada. Es ella, la representación tangible del “sueño americano”, la agridulce esperanza de Ewa (Marion Cotillard), migrante de origen polaco que busca un nuevo comienzo en Estados Unidos, dejando dolor, humillaciones y muertes atrás. Desde la primera escena de The Immigrant hay un velo de dolor en la cinta de James Gray. La segunda película histórica del director ­–después de We Own the Night (2007) que se desarrolla en Brooklyn, durante 1988–, se establece en Nueva York, en 1921, para contar el destino trágico con míticas pinceladas históricas de un puñado de personajes envueltos en culpa, venganza, purgación y deseos –a veces torcidos– de salir avante.

Con cinco filmes en su carrera, James Gray invierte su visión cinematográfica en ser lo más fiel posible al retrato de la emoción auténtica y vívida de sus personajes, por lo que su estilo puede reconocerse como agudo y empático, capaz de construir dramas emocionales a partir de puestas en escena de suave amaneramiento y con recurrencia en temáticas familiares, donde comúnmente el peso de la sangre –de los lazos que unen pero también condenan destinos– termina por impulsar la tragedia de sus protagonistas masculinos. Sueños de libertad supone una inflexión en su filmografía, al ser la primera historia de Gray protagonizada por una mujer. El propio director afirma que el tríptico de óperas Il Trittico de Giacomo Puccini, en particular su segunda parte, “Suor Angelica” –una historia de redención religiosa que narra las vivencias de una noble, Angélica, quien es confinada en un convento por haber dado a luz fuera del matrimonio, donde la joven asume que la libertad más dulce es la que conlleva entregarse a Dios, aunque esto traiga riesgos mortales– fue la fuente de inspiración para que el peso de su cinta recayera en un personaje femenino.

La francesa Marion Cotillard da vida a Ewa, migrante polaca, católica, que junto a su hermana llega a Ellis Island, Estados Unidos, con la esperanza de hacerse de una vida feliz, que ella misma define como: “tener una familia y un montón de hijos." La ineludible aunque triste belleza en su rostro resalta pese a las precarias condiciones de su atuendo y de su origen; ésta, sumada a una serie de pequeños sucesos impulsados por el amor a primera vista que Ewa despierta en Bruno Weiss, también migrante, rusojudío, pero ya establecido en Nueva York (interpretado por Joaquin Phoenix, actor fetiche de Gray que ha trabajado en cuatro de sus cinco cintas), hará que este último se convierta en la ambigua figura –por sus deseos, por sus sentimientos hacia ella– que le ayude a conquistar –con varios sobornos de por medio– la burocracia estadounidense en la migración de Ellis Island para lograr su estancia en América y que no sea deportada por las acusaciones de “baja moral” imputadas durante su trayecto en el barco.  Asimismo, Weiss le ofrece estancia, cuidados, un trabajo y la esperanza de reencontrarse con su hermana en Nueva York, con quien juró nunca volver a su país. No tarda mucho en exhibirla en un cabaret y enrolarla en la prostitución, actividad que le presenta como la única alternativa para generar el dinero requerido para solventar los gastos médicos y el escape de su hermana, quien está recluida en cuarentena –por riesgo de padecer tuberculosis– en la isla a la que arribaron junto con cientos de migrantes.

Jeremy Renner se combina con y contra Phoenix en la típica manera del director de tener siempre dos personajes contrapuntándose (Joaquin Phoenix y Mark Wahlberg en We Own The Night y The Yards; Gwyneth Paltrow y Vinessa Shaw en Two Lovers), por lo general ligados en espíritu o por la sangre (en este caso son primos). Renner es Orlando, un encantador niño bonito, un mago e ilusionista que ofrece a Cotillard en sus ojos llenos de enamoramiento la esperanza de un nuevo comienzo, sin prejuicios, sin prostitución y, además, el dinero suficiente para hacer que su hermana regrese a su lado. Él le da una rosa blanca y le demuestra (con lo ilusorio de sus promesas, valga la ironía) que su vida puede cambiar. Él le da esperanza. De esta manera, Orlando es una especie de “santo tonto” que puede salvar a Ewa, a pesar de que él tampoco esté libre de demonios internos, impulsados por su gusto hacia las mujeres, las apuestas y la vida bohemia y trashumante. La actuación de Renner, quizá haciendo un homenaje a los trucos que su propio personaje hace en pantalla, resulta un espejismo escurridizo –hinchado, claro, desde el origen intempestivo e incidental de su papel– que resulta poco persuasiva al momento de mostrarse como una pieza más a jugar en el ajedrez de personajes de Gray.

La conciencia sobre su propia ficción histórica en Sueños de libertad se concentra en su clara ambientación en los años veinte a través de los vestuarios y la referencia a ciertos acontecimientos –como la Ley Seca que imperaba en Estados Unidos en aquel entonces- en el bosquejo de un punto de tránsito como lo era Ellis Island y en la síntesis vía el apartamento de Bruno, el burdel donde trabaja y en una o dos calles, el Nueva York de prostitutas y proxenetas en el que el filme se desarrolla.

Gray brinda un enfoque microcósmico de la época con la percepción personal de sus personajes, dejando lo macro a la implicación. Por ejemplo, Cotillard vive en la casa de Phoenix durante un tiempo considerable, pero no la vemos interactuando con otros, no hay indicio de lo que es su día a día, todo esto está suprimido. Asistimos a la representación espacial que el migrante tiene al ser insertado en un lugar desconocido, al llegar desde afuera, limitado en interacción por su propio origen, pero desbordado en su drama interno. El sello elíptico de la película, no solo está presente en los espacios que Gray muestra o no –como en la escena en donde Ewa está sentada a la mesa y en la que no se distinguen a todos los presentes, no así los gestos de la mujer, la desesperación cuando un sombrero lleno de dinero es puesto enfrente de ella-, también en la exclusión de la exhibición, por ejemplo, de la prostitución, ya que el punto focal del filme no es la migración o el comercio del cuerpo, es el drama personal que la combinación de estos factores genera en una mujer. La cinta, así,  avanza –hasta poco antes del final– con la materia restante que hay entre el gran drama y los breves brochazos triviales –Ewa pelando papas, Bruno vistiéndose, Orlando ensayando sus números– que funcionan como pequeñas bocanadas de descanso para el insistente conflicto personal de su protagonista.

Cotillard es el centro de Sueños de libertad y así lo hace saber Gray –quien escribió la cinta especialmente para la actriz francesa–. En el espectáculo de revista que coordina  su proxeneta, Bruno, la presenta como la atracción más importante, como la "Dama de la Libertad", enfundada en un traje que alude a la famosa estatua, cargando temerosa la antorcha respectiva. Pero nada hay de independencia en la versión carnal de la figura que acoge a los migrantes a su llegada América. Al contrario, en la delicadeza del rostro de Eva se ve la lucha de quien ve desmoronada la autonomía de su mente y cuerpo en aras de simplemente sobrevivir, de quien se ha visto afectada por su propia conciencia, al no creer que puede encontrar una manera de obtener dinero sin sacrificar su alma, sin pecado, para evitar la deportación de su hermana; por no creer que exista una forma de estar en el mundo que no la haga odiarse a sí misma.

En Sueños de libertad, una tenue luz empapa generalmente desde arriba los tonos sepia que dominan las escenas, Gray y su director de fotografía Darius Khondji, conocido por trabajar con Michael Haneke (Amour, 2012) Jean-Pierre Jeunet (Delicatessen, 1991) Woody Allen (Midnight in Paris, 2011) Bernardo Bertolucci (Belleza Robada, 1996)  Wong Kar-Wai (My Blueberry Nights, 2007) y David Fincher (Se7en, 1995), establecen fuertes acentos en los detalles, en los ojos de Cotillard, en las líneas faciales endurecidas de Phoenix; el potencial de la intimidad de la historia se revela a través de primeros planos de los gestos de los actores que son recordatorios, pistas para reconstruir la tragedia de Ewa.

Gray también es capaz de crear escenas cargadas de fuerte metáfora visual, como cuando vemos a Marion Cotillard en la oscuridad de un confesionario donde admitirá sus pecados. Ahí, la cámara en un ángulo picado, solo deja ver su rostro –enmarcado por una chalina negra que envuelve su cabeza, y por la oscuridad absoluta de ese espacio que es extensión de la conciencia– que se asoma, pese a sus faltas con Dios, como el de una virgen, que puede recordar al de la joven, bella y clemente Pietà de Miguel Ángel; epifanía visual que acaso funciona como afirmación de la vida al remitir a un momento de amor y temor reverencial de la madre de Jesús, en un contexto dominado por la tragedia, la culpa y de acercamiento al Padre.

La intensidad actoral de Phoenix –aunque discreta frente a la interpretación de Cotillard,  que con su contención y tiempo de permanencia en pantalla es la columna vertebral del filme– queda exhibida cuando su propia inmundicia se enfrenta a la fuerza espiritual de Ewa. Si fue el amor, el deseo, la ambición o su propia inestabilidad lo que lo llevó a ser el más grande artífice detrás de su tragedia, ya no importa, la cinta no se enfoca en revelar sus razones, porque el conflicto más urgente es el de su víctima; Gray es contundente en mostrar las disonancias y las tribulaciones que acompañan a Ewa en su desesperación con sus lacónicos diálogos –que contraponen un nihilismo triste, producto de las circunstancias, un profundo rechazo a sí misma, y la esperanza a través de su fe religiosa– que expresa con atropellado inglés:“Vendo mi cuerpo por dinero. Los dejo que me usen y estoy avergonzada”, o, en su anhelo de redención: “¿es malo querer seguir viviendo después de cometer tantas malas acciones?”. Acaso Gray propone una reflexión a la Victor Hugo en Les misérables donde el valor del arrepentimiento y el perdón existe aún cuando se nos enjuicie y condene por nuestros actos –en el caso de Ewa, del pasado y del presente– antes que permitir nuestra reivindicación. Y así, el perdón se vuelve un tema central cuando el reencuentro de Ewa con Dios evidencia que éste es necesario para seguir adelante y comenzar nuevamente. El perdón de Dios exige el perdón hacia nuestros victimarios y, claro, hacia uno mismo. Sin embargo, la forma en la que se desemboca a esta conclusión: un triángulo amoroso, criminal, con intentos fallidos de comedia y abuso del melodrama, celos y crímenes accidentales, impuestos de manera irresoluta y reiterativa, hace de la cinta una tragedia arrítmica.

Spoiler Alert

El desplome del sueño americano es el comienzo del nuevo futuro de los personajes de The Immigrant, mismo que es resumido en un escenario con un montaje de dos movimientos opuestos, captados hermosamente en la misma imagen: la ventana por la que se observa a Ewa huir con su hermana por las frías e impasibles aguas de Nueva York y, del otro lado, el espejo en el que Bruno se refleja caminando hacia donde sus pecados, ya aceptados, acaso lo condenarán. Aunque sus direcciones son opuestas, comparten el mismo destino: la expiación. Y otra vez, el sonido de las gaviotas al fondo…

 

 
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