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FICHA TÉCNICA
El mayordomo de la Casa Blanca
The Butler
 
Estados Unidos
2013
 
Director:
Lee Daniels
 
Con:
Forest Whitaker, Oprah Winfrey, John Cusack, LaJessie Smith, David Banner, Cuba Gooding Jr., Lenny Kravitz
 
Guión:
Danny Strong, Wil Haygood
 
Fotografía:
Andrew Dunn
 
Edición:
Brian A. Kates, Joe Klotz
 
Música
Rodrigo Leão
 
Duración:
132 min.
 

 
The Butler
Publicado el 23 - Nov - 2013
 
 
  • El ascenso de un muchacho de pueblo y su arribo a la casa presidencial, es contado con candor, en un afán inspirador de superación personal (
  • El ascenso de un muchacho de pueblo y su arribo a la casa presidencial, es contado con candor, en un afán inspirador de superación personal (
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  • El ascenso de un muchacho de pueblo y su arribo a la casa presidencial, es contado con candor, en un afán inspirador de superación personal (
  • El ascenso de un muchacho de pueblo y su arribo a la casa presidencial, es contado con candor, en un afán inspirador de superación personal (
 

Por Verónica Sánchez Marín (@SofiaSanmarin

La figura de la servidumbre doméstica, ese personaje aparentemente secundario que tiende a lo invisible, ha sido retomada en el cine en distintas épocas y situaciones sociopolíticas; My Man Godfrey (1936) de Gregory Lacava, una sátira de la sociedad estadounidense durante la Gran depresión en la que un amable e ingenios vagabundo, Godfrey (Willian Powell), es contratado por una joven, como resultado de una apuesta, para ser mayordomo en la lujosa mansión de su familia; o bien la figura del inolvidable Alfred, el mayordomo fiel de Batman, personificado en sus distintas versiones por  actores como Alan Napier en la serie televisiva de 1966; en 1989, Michael Gough fue el Alfred de la saga dirgida por Tim Burton. En la versión más actual del hombre murciélago dirigida por Christopher Nolan (Batman Begins, 2005; The Dark Knight, 2008; The Dark Knight Rises, 2012), nos encontramos al elegante Michael CaineLo que queda del día(1993) de James Ivory, basada en la novela homónima de Kazuo Ishiguro, profundizó en la psicología de estos escuderos fantasmas en la figura de Anthony Hopkins como el señor Stevens, el primer mayordomo de Darlington Hall, un hombre impasible pero atormentado en su interior. En 2010, el director estadounidense Tate Taylor rindió un homenaje al servicio doméstico con una denuncia al racismo enThe Help (2011), un retrato de las empleadas afroamericanas a principios de los años setenta en Mississippi. Después de todo, se trata de un oficio tan digno como cualquier otro y tan complejo como los manuales de etiqueta nos lo han dejado claro.

El mayordomo de la Casa Blanca (The Butler) de Lee Daniels, como bien anuncia su título, sigue la historia de Cecil Gaines (Forest Whitaker), un mayordomo afroamericano que trabaja en la Casa Blanca; un leal sirviente que elige sobrevivir dentro del sistema racista que imperó en Estados Unidos hasta la década de 1970 –un período donde la disgregación racial y las obsoletas leyes estadounidenses apartaban a la raza negra como un simple recurso laboral para las clases pudientes–. Su relato es una adaptación bastante libre –e incluso infiel en lo posible– de la vida de Eugene Allen, un ex mayordomo de la Casa Blanca que sirvió durante treinta años (1952-1986) a varios presidentes de Estados Unidos, entre ellos Nixon o el propio John F. Kennedy, y que murió en el año 2010, cuando el primer presidente afroamericano llevaba ya dos años en el poder. Así lo relata Wyl Haygood en el obituario Eugene Allen, White House butler for 8 presidents, dies at 90 publicado en The Washington Post en abril de 2010.

El filme abarca la dura e imaginaria niñez de Cecil, en el sur de los campos algodoneros, lugar donde asesinan a su padre, hasta su vida adulta como empleado de la Casa Blanca. En su calidad de sirviente, acepta sentarse en la zona reservada a la gente de tez oscura, acata su etiqueta –entrenado para servir, ser parte de la decoración, apenas otra pieza de mobiliario, como bien nos enseñaron Ivory y Hopkins– y asume el papel de fantasma disfrazado de mayordomo en la casa presidencial. Así se convierte en testigo directo de la historia y la política racial de los Estados Unidos desde la Casa Blanca durante las casi tres décadas en las que trabajó para ocho presidentes distintos, a partir del mandato de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) hasta la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989). Mientras él se mueve dentro de las reglas establecidas por el gobierno, su hijo mayor (otra invención de la trama), Louis (David Oyelowo), es un férreo defensor de los derechos civiles de los afroamericanos, que se resiste a asumir el papel de discriminado y decide convertirse en un activista seguidor de Martin Luther King. Ante los ojos de padre e hijo se gestan los cambios políticos y sociales de aquel país, con hechos paradigmáticos como el asesinato de John F. Kennedy y del propio Martin Luther King; los movimientos de los Freedom Riders, los Black Panters, la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate, hasta culminar, en un acto de redención nacional y democrático, con la victoria de Barack Obama en las elecciones de 2008. Cada uno desde su trinchera: Cecil como observador sumiso inmerso en el mundo político pero en tanto espectador sumiso; Louis como activo detractor del racismo desde la contraparte reprimida. 

En medio de todo esto, Cecil mantiene su dignidad y orgullo: la de un mayordomo afroamericano que trabaja en la Casa Blanca, mientras en su hogar su esposa Gloria, interpretada por Oprah Winfrey en su segundo papel dramático desde Beloved (1998), es una ama de casa que padece de alcoholismo.

El ascenso de un muchacho de pueblo y su arribo a la casa presidencial, es contado con candor, en un afán inspirador de superación personal (“¿qué afroamericano no querría ser el sirviente más cotizado de Estados Unidos?”, parece suponer el director); como si el conflicto al que se apela fuera una mera confusión, un asunto de perspectiva y no un problema profundo donde los derechos humanos resultan pisoteados. Más que una crítica, resulta una apología al sometimiento autoimpuesto, con una garantía libertadora: si te portas bien y haces correctamente tu trabajo, vas a ayudar a que todos se vuelvan buenas personas y quieran resolver sus problemas sin necesidad de protestas sociales —algo que creíamos zanjado desde la aparición de Mr. Smith goes to Washington (1939), donde un hombre bueno termina protestando a falta de correspondencia con el sistema político-económico del gobierno. Pero Hollywood parece empeñarse en revivir este sentimiento de pureza hasta en los peores chascos nacionales en filmes como éste de Lee Daniels.

La historia real de Eugene Allen poco tiene que ver con la tesitura extremadamente retórica y cliché de El mayordomo de la Casa Blanca. Allen no vivió en los campos algodoneros ni fue testigo del asesinato de su padre como lo plantea el filme, recurso dramático exasperante por su exceso de chantaje emocional. Por el contrario, Allen fue un personaje que disfrutó las ventajas que le daba servir a los presidentes de Estados Unidos. Quizá por ello exista en el filme una nostalgia convencional afincada en un patriotismo redentor que intenta dignificar el conservadurismo racial desde la parte afectada. Ni siquiera la voz en off del protagonista, empeñada en darle sentido profundo a las acciones y reflexiones de los involucrados, logra entablar una lógica detrás de la visión acéfala de un personaje que parece aceptarlo todo.

La película intenta abarcar tres décadas de agitación social y racial dentro de un marco demasiado estrecho. Aunque se condensan muchas historias en una, El mayordomo de la Casa Blanca versa sobre la delicada relación entre un padre y su hijo, dos generaciones con una idea del sueño americano opuestas entre sí, pero no por ello menos válida. Pero el director no logra sobrepasar los tópicos psicoanalistas propios de la cultura vernácula, sin siquiera rozar el horizonte del arquetipo o el meandro detrás de los conflictos familiares. Su apuesta es sencilla: labia evidente, legible y sin exigencias intelectuales, donde la grandilocuencia abarca la mayor parte de las ejecuciones actorales.

Las imágenes adquieren así un carácter abstracto, emblemático dentro de la biografía del protagonista. La exclusión viene expresada por su posición de observador de la vida de los otros. Se presenta como una especie de Tío Tom; con la altivez del pobre convencido de que no quiere dejar de serlo a costa de asumir compromisos indeseables. En ese sentido la cinta es condescendiente y apela a una tolerancia de este perfil resignado como si fuera justificable dentro de una sociedad sumida en el caos político.

Aunque Whitaker da una actuación loable –gracias a que asume el reto de emular al señor Stevens de Hopkins en el silencio y la obediencia inamovible–, su personaje deviene prefabricado: miradas al infinito, andares cada vez más torpes según envejece y todo tipo de amaneramientos que, desde la dirección, fuerzan al actor a caer en el patetismo del tópico; elementos que ensamblados conforman su cansino repertorio (cansino por el guión; efectivo por la actuación, que sigue a pies juntillas los efectos convidados). Por el otro lado, vemos a una sobreactuada Oprah Winfrey, coprotagonista de la historia, quien logra salvarse de una valoración severa gracias a su empeño profesional —por ejemplo, vemos claramente la frustración que le induce ver a su hijo involucrado en acciones activistas, sin exceso de llanto ni rostro desencajado; o hasta sus momentos coléricos; o su papel de alcohólica, muy propio de la televisión estadounidense. Pero claro: nuevamente el papel no daba para más y ella tampoco.

A lo largo de la cinta el director incorpora imágenes de archivo reales de casos de violencia o crímenes raciales cometidos durante el apogeo de la discriminación en Estados Unidos. Es aquí donde gana en emotividad ante un guión que, en un cabriolé evidente y empalagoso, traza un dibujo caricaturesco de los presidentes de Estados Unidos. Hay, incluso, un desfile de presidentes parodiados; vemos a un nada convincente Robin Williams interpretando a Eisenhower o un acartonado John Cusack como Nixon; o bien un risible Alan Rickman como Ronald Reagan. Sus apariciones, más que marcar la evolución en las formas de entender los derechos civiles en la historia política de Estados Unidos, son presentados como simples adornos con más tendencia a distraer que a aportar algo.

El mayordomo de la Casa Blanca no huye del sentimentalismo y asume los estereotipos clásicos de obras sobre el racismo, unido a una visión suavizada de unos hechos muy duros que denotan cierta falta de valentía en el guión de Danny Strong y Wil Haygood, e incluso, podría pensarse, hasta una justificación de reacciones civiles favorecedoras de injusticias sociales. Es el precio de la complacencia por jugar en un terreno abonado para obtener un Oscar (definición improvisada: película histórica enmarcada en un conflicto sociopolítico o drama donde Estados Unidos figura de algún modo, con un reparto prometedor y guión “reflexivo” —por decirle de algún modo a las explicaciones profundas de la voz en off). Al final, el filme se precipita en una apoteosis del sentimentalismo y de la abyección, redundante en la victimización racial, los conflictos familiares y el nacionalismo salvador que embarga a la filosofía del cine hollywoodense típico y, por tanto, ad hoc con la ideología conservadora detrás del guión.

 
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