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Los niños más memorables del cine
Publicado el 30 - Abr - 2014

 
 
Los niños en el cine no son niños. Son, claro, proyecciones del niño  interno de los adultos que los crean. Va un TOP 10 de los niños que han marcado al cine. - ENFILME.COM

Los niños en el cine no son niños. Son, claro, proyecciones del niño interno de los adultos que los crean. Y porque los niños son el origen, encuentran en ellos un vehículo para expresar con claridad las injusticias, incongruencias y dificultades de sus tiempos, pero también la oportunidad de inventar soluciones a través de recursos que, aunque existen, gran parte de los adultos ha hecho a un lado: la magia, la esperanza, la imaginación, la invención desmedida.

Para celebrar que no siempre hemos sido adultos, recordamos a 10 de los más memorables niños del cine. Dejamos a muchísimos fuera, por eso rompimos nuestro formato y añadimos a uno más (aunque eso no sea suficiente). Agradeceremos que, si creen que algún niño esencial se extraña en la lista, lo nombren en los comentarios.

SOR (@SofOchoa)

El chico
The Kid, Dir. Charles Chaplin, Estados Unidos, 1921

The Kid (1921) es una mezcla magistral de lágrimas y risas; un filme tierno y amable dirigido –con mucho esmero y talento– por Charles Chaplin. El genio de la comedia muda atravesaba una crisis matrimonial con su muy joven esposa, la actriz Mildred Harris. La pareja tenía poco que compartir; el aburrimiento y la frustración orillaron a Chaplin a un prolongado bloqueo creativo. Mildred se embarazó, pero a los pocos días el bebé –enfermo y con malformaciones físicas– murió. El autor sufrió un agudo trauma por la pérdida, pero su mente creativa reaccionó de otra manera. A las pocas semanas de haber enterrado a su hijo, comenzó a realizar audiciones para bebés y niños. Su motivación: realizar un filme sobre un vagabundo que se convierte en el padre adoptivo de un niño abandonado. Conoció al niño Jackie Coogan, quien era capaz de imitar los gestos y movimientos de Chaplin, y lo reconoció como el colaborador indicado para el filme. Una historia de enredos y vicisitudes donde una madre soltera abandona a su bebé, Chaplin –el vagabundo– por accidente encuentra al niño y decide hacerse cargo de él. A medida que el niño crece hasta los cinco o seis años ambos forman un dueto para un “negocio” rentable: el niño rompe ventanas, mientras el vagabundo aparece oportunamente para repararlas. El lazo fraterno se torna frágil cuando los trabajadores sociales y responsables del orfanato quieren hacerse cargo del niño. Una escena memorable –cargada de dramatismo y sinceridad– es la del niño colocado en la parte trasera de uno de los transportes del orfanato; y estira sus manos para suplicar dos cosas: que no lastimen a su padre y que no lo alejen de él.

LFG (@luisfer_crimi)

Bruno
Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette), Dir. Vittorio De Sica, Italia, 1948.

Ladri di biciclette (1948), obra representativa del neorrealismo italiano y dirigida por Vittorio De Sica, es un contundente estudio de la posguerra que se centra en la miseria de la población de Roma. Antonio (Lamberto Maggiorani) es un pobre hombre que se entusiasma cuando consigue trabajo colocando carteles de cine. Para ello necesita una bicicleta, que obtiene con el apoyo de su esposa Maria (Lianella Carelli). Su pequeño hijo, Bruno (Enzo Staiola), a diferencia de él, pone atención en los detalles: alista la bicicleta, la limpia y se percata de pequeñas imperfecciones en los pedales. Su actitud es más cercana a la de un hombre maduro y observador que a la de un infante travieso. Incluso, cuando entran al bar, Antonio trata a Bruno más como un colega que como su pequeño hijo; le permite beber vino y le dice “podemos hacer lo que queramos porque somos hombres”. La bicicleta es robada. Entonces, Antonio y Bruno comienzan una odisea desesperada por las calles de Roma para recuperar el medio de transporte. Antonio está ensimismado con la búsqueda del objeto, y continuamente parece ignorar la presencia de Bruno. Al robar él mismo una bicicleta, Antonio es capturado por la multitud; Bruno es el íntimo testigo de las desgracias que atraviesa su padre, y como su fiel compañero –en la secuencia final– las lágrimas y súplicas del pequeño niño salvan al adulto que se retira cabizbajo, avergonzado y humillado.

LFG (@luisfer_crimi)

Antoine Doinel
Los 400 golpes (Les quatre cents coups), Dir. François Truffaut, Francia, 1959.

Antoine Doinel, el incomprendido personaje central de Los 400 golpes, interpretado por Jean Pierre Léaud y alter ego del cineasta francés, François Truffaut, lo mismo es un sensible aficionado a Balzac, a quien le construye un altar en su cuarto, que irreverente joven que se escapa de la escuela con el único objetivo de encerrarse en una sala de cine, acaso como Truffaut lo hiciera en su niñez al lado de su íntimo amigo, Robert Lachenay. Antoine Doinel es hijo único y  vive con sus padres de clase trabajadora en un departamento de París; es un rebelde sin causa prematuro, que se enfrenta a la ininteligibilidad del mundo adulto a través de diversas travesuras que, a la vez que lo aíslan,  paulatinamente lo retan a hacerse de un lugar en el mundo. Truffaut creó una serie de cintas llamadas “el ciclo Doinel” (Los 400 golpes, 1959; Besos robados, 1968; Domicilio conyugal, 1970 y El amor en fuga, 1979) con las que, al seguir la evolución del personaje, continúa haciendo un retrato indirecto de sí mismo. Doinel es el niño que sueña con ser escritor, razón por la que roba una máquina de escribir, Doinel es el niño que corre, mientras un traveling de ensueño encapsula en blanco y negro su huida, misma que lo lleva a la orilla de la playa, donde nos confronta con nuestro propio pasado a través de su desafiante mirada, con esa etapa llena de arrebatos, exabruptos, anhelos, dulces, fechorías, esa etapa llamada infancia.

JAR (@franzkie_)

Billy Casper
Kes, Dir. Ken Loach, Reino Unido, 1969.

“Un caso sin esperanza” es como ve su madre a Billy, el menor de sus hijos. Un quinceañero que es bulleado en la escuela, que roba leche y comida a los vecinos, que en lugar de poner atención en clase, se pierde las lecciones soñando, y que, en efecto, parece estar destinado a un futuro triste, cansado y oscuro –o al menos eso es lo que él teme–: tener el oficio peor remunerado del Reino Unido, el de minero. Hasta que un día conoce a Kes, un cernícalo que comienza a cuidar y entrenar con religiosidad. Avoca su energía y fuerza al bello ave que lo compensa con vuelos de libertad. A través de la cetrería, sus tardes comienzan a tener sentido, y sus sueños se abren a nuevas posibilidades. Pero este antecesor de Billy Elliot, a pesar de sus esfuerzos, va acompañado de la fiel aliada de los niños abandonados por sus padres, sus profesores y sus compañeros: la mala suerte. En su extraordinario filme, Ken Loach, como el gran director que es, no permite que el pavimento de su protagonista permanezca inmaculado por demasiado tiempo, y menos en un mundo donde la mayoría de los caminos son de terracería.  

SOR (@SofOchoa)

Ana
El espíritu de la colmena, Dir. Víctor Erice, España, 1973.

El espíritu de la colmena (1973) es, antes que todo, una obra maestra del cine. Su culpable: Víctor Erice. El filme aborda la vida, la inquieta mente de Ana (Ana Torrent), una niña de seis años que ha quedado obsesionada con Frankenstein, la película que recién vio (más bien, experimentó) en una proyección de cine itinerante en el centro del poblado de Castilla donde vive con sus padres, Fernando y Teresa, y su hermana mayor, Isabel (Isabel Tellería), quien constantemente la aterra jugando con sus culpas de niña; esto en el contexto de la España de 1940, apenas clausurada la Guerra Civil con el triunfo de Franco sobre los republicanos. El desasosiego reina en una casa fragmentada, en la que cada quien vive su propia vida. No hay unidad familiar y el vacío de atención y cariño es ocupado por la imaginación en el mundo de Ana; particularmente robustecida a partir de dos hechos: su encuentro con un soldado herido, miembro de las fuerzas derrotadas; y su obcecación por encontrarse con el monstruo que, involuntariamente, mató a una niña, en el filme que tiene colmada su cabeza. Su padre está ocupado con sus colmenas y su madre ensoñada pensando en un amor que no se consumó. Sólo tiene a Isabel, que es a un tiempo cómplice y retorcida guía. Ana tendrá que vencer sus miedos y abrir sus ojos a realidades que la rebasan. El maestro Erice parece decirnos, a través de símbolos, metáforas, colores y destilada poesía visual que, incluso en la zozobra del trauma, quizá sólo se pueden construir nuevos destinos posibles desde la recuperación de la inocencia de esa mirada infantil que deje atrás un pasado cargado de sombras, de miedo y destrucción. 

AFD (@SirPon)

Ghāsem Jolā'I
The Traveler (Mossafer), Dir. Abbas Kiarostami, 1974.

En The Traveler, del maestro iraní, Abbas Kiarostami, Ghāsem Jolā'I es un niño de 12 años que, aunque bueno, es un problema. Está obsesionado con el futbol (¿quién puede culparlo?) que ocupa todos los números de entre sus prioridades. Llega tarde a la escuela con tal de comprar su revista de fut; no hace tareas por salir a la calle a jugar fut con sus cuates y… planea hacer un viaje en autobús, solo, desde su pueblo Mayer hasta Terán, para asistir a un importante partido de fut (nunca se sabe quién contra quién). Su madre se la vive regañándolo; en la escuela lo alucinan; él no encuentra mucho sentido a nada que escape el espacio donde ruede un balón en busca de refugio dentro de una portería. Ghāsem se sabe todas las excusas y aguanta todas las reprimendas. Ahora necesita conseguir dinero para el transporte y el boleto, y por supuesto también se las ingenia, sin importar que de por medio engañe (a niños más pequeños), traicione (al propio equipo de fut donde juega) o robe (a su madre). Tras el periplo de su casa al estadio, justo a punto de comprar su pase al paraíso, el chamaco es avisado que “los boletos se han agotado” (¿les suena?). Ni modo de desistir a estas alturas del todavía no partido. Gastándose el resto, compra en la reventa y, finalmente, accede a la gloria… pero aún faltan tres horas para el silbatazo inicial y, por supuesto, el gozo de Ghāsem está lejos de cristalizarse, en un Irán polvoriento, donde la línea entre el bien y el mal es indecisa y en el que, literalmente, los sueños de un niño terminan imponiéndose sobre la realidad...en el peor de los sentidos.  

AFD (@SirPon)

Totò
Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso), Dir. Giuseppe Tornatore, Italia, 1988.

Es Salvatore “Totò” Di Vita, el cándido, travieso, perspicaz y muy inteligente niño cuya prematura e inusitada pasión por los filmes hace que además de cantar en el coro de la iglesia, pase la mayor parte de su tiempo de ocio en el cine local, Cinema Paradiso, donde conoce a Alfredo, proyeccionista de la sala, de quien con paternal cobijo, Toto aprenderá a ver la vida pasar a través de este arte. “Busca hacer lo que te guste. Y ámalo.”, le dice Alfredo a Toto antes de que éste parta a Roma, donde se convertirá, con el paso del tiempo, en director cinematográfico. Como el Ulises de Ítaca, décadas después, Toto regresa a Giancaldo, su pueblo natal siciliano, para asistir al entierro de su amigo, Alfredo. La nostalgia se apodera del ahora adulto y, reforzando la máxima de Rilke de que la “verdadera patria del hombre es la infancia”, recuerda las imágenes que con asombro veía pasar en la pantalla cuando era niño, la devota pasión a Elena, su amor de juventud, y el cine, al que aprendió a amar al mirarlo en la pequeña y mágica cabina de proyección de este paraíso privado.

JAR (@franzkie_)

Chihiro
El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi), Dir. Hayao Miyazaki, Japón, 2001.

Lee aquí nuestra reseña. 

Chihiro es una niña japonesa de diez años. Es retraída y confía poco en los extraños. Un día, por (literal) acto de magia, se ve atrapada en un mundo de fantasía al que pronto deberá de acostumbrarse para sobrevivir. A partir de aquí, lo extraño se vuelve su vida cotidiana en un universo que le es completamente ajeno. Sus padres, transformados en cerdos por invadir un recinto exclusivo de dioses y espíritus, no la podrán ayudar a lidiar con un entorno que sobrepasa su imaginación. Chihiro deberá mercadear con dioses y brujas, niños y cerdos, y recorrer un camino de ida, de vuelta y finalmente, de ida, a una realidad que antes temía, pero que era necesaria para su crecimiento. Ante nuestros ojos y ante los de ella irán desfilando una serie de estrafalarios personajes que provocarán un sinfín de situaciones; el llanto, la amistad, el amor, la comedia, todos ellos elementos que se suceden a través de hermosas estampas que, sin prisas, se cobijan bajo una trama de una compleja sencillez. Finalmente, la primera máscara del amor que un niño tiene que enfrentar en su vida, es la fascinación por lo fantástico —incluso con todo lo terrible que conlleva. Después de todo, ¿quién no se ha enamorado de alguno de los dragones que surcan a la infancia?

VSM (@SofiaSanmarin)

Bakhtay
Buda explotó de vergüenza (Buda as sharm foru rikht), Dir. Hana Makhmalbaf, Irán – Francia, 2007.

Lee aquí nuestra reseña

Bakhtay (Nikbakht Noruz), una perspicaz escuincla de seis años que vive en unas cuevas de la montaña, en Afganistán, quiere ir a la escuela con Abbas, su vecino. Desea aprender el alfabeto para leer historias agradables e ingenuas como las que hay en los libros que lee Abbas. Sin embargo, todo es adverso. No tiene dinero para comprar útiles escolares, se topa una y otra vez con rostros indiferentes que no quieren o no pueden ayudarla, se equivoca de escuela, entra de polizón en una clase... y luego es sorprendida en el camino por una horda de improvisados pequeños talibanes que la aprehenden para lapidarla junto con otras niñas a las que también tienen presas y sometidas en una gruta. Es nítida la intención de la niña directora, Hana Makhmalbaf (la menor de la dinastía cinematográfica iraní, de apenas 19 años al rodar el filme) en su ópera prima, Buda explotó de vergüenza, por insistir en el rescate de la educación, no como posible puerta hacia una mejor forma de vida —es evidente que una formación más completa en muy poco o en nada les ayudará a los niños afganos en esas condiciones a tener una vida más desahogada, más segura o más plena—, sino sólo entendiéndola como lo que es en realidad, en primera instancia, para todos los humanos desde la niñez: como oxígeno espiritual. Una genuina aspiración a que la nutrición intelectual compense el resto de las groseras limitaciones que ahogan a tantos niños en buena parte del mundo.

MF

Hushpuppy
Una niña maravillosa (Beasts of the Southern Wild), Dir. Benh Zeitlin, EE.UU., 2012.

Lee aquí nuestra reseña.

Hushpuppy es una hermosa niñita de seis años, pero no ha sido educada para ser tierna y amorosa, sino para sobrevivir en La Bañera, un mundo allegado a la naturaleza, que es como el patio trasero de otro industrializado y consumista, y que está sometido a la amenaza de que la presa que los divide se desborde y acaben ahogados. Vive sola, a un lado de la casa de su padre, y es capaz de devorar sola, con las manos, un pollo entero. El mundo de la ópera prima de Benh Zeitlin, Beasts of the Southern Wild, está impregnado de una mitología infantil, en la que el golpe que ella le asesta al padre en el corazón, cuando reaparece después de haberse ido durante días, desata una miríada de tragedias a través de la temida inundación y de la precaria salud de su progenitor, el hombre que –a su manera brusca y descuidada– la cuida. Poco a poco, su cosmos va adquiriendo un nuevo orden, gracias a que su persistencia, esperanza, imaginación y magia aún son de niña, y gracias también a que Hushpuppy está dejando de serlo.

SOR (@SofOchoa)

 

 

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+1) WADJDA

La bicleta verde (Wadjda), Dir. Haifaa Al-Mansour, Arabia Saudita-Alemania, 2012.

En la cúspide de la adolescencia, Wadjda (Waad Mohammed), una niña saudí de diez años, tiene un sueño que desafía la cultura en la que vive –el estricto y tradicional islam–: tener una bicicleta. Aunque vive en un mundo conservador, uno en el que no está bien visto que una mujer monte un velocípedo, ella ama la diversión, la música y la moda occidental, y tiene un espíritu tenaz que la empuja a pelear por sus anhelos, como ahorrar el dinero suficiente para conseguir por sus propios medios la bicicleta que tanto desea. Wadjda es una preadolescente que lucha por ser ella misma en un contexto en que todo, comenzando con la mentalidad de su madre, la presión de sus profesoras, y la educación religiosa, está allí para recordarle que ella no es nadie si no acepta la sumisión a que la condena su sexo. Cuando descubre el árbol genealógico de su familia, observa que solo hay nombres masculinos: no hay espacio para las mujeres. Sin decírselo a nadie, clava con un pasador su nombre escrito en un papel debajo mismo del de su padre: no está dispuesta a ser dejada de lado, y menos, en un árbol genealógico.

VSM (@SofiaSanmarin)

 
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