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Prostitutas
Publicado el 30 - Jul - 2014

 
 
Diez películas de prostitutas en orden cronológico. - ENFILME.COM

No nos consta que sea la más antigua de las profesiones pero, según lo demuestra el cine, la prostitución sí es una de las más misteriosas. ¿Qué pasa entre las sábanas y la mente de estas mujeres, qué secretos y deseos resguardan tras la careta requerida para el negocio del placer? Algunos ven la tragedia de la vulnerabilidad y la necesidad, otros encuentran fantasías soterradas por la hipocresía burguesa, pero todos los directores en este top 10 las exploran con mucha más dignidad que la realidad les suele ofrecer.

En orden cronológico, diez películas de prostitutas.

SOR (@SofOchoa)

Osaka Elegy
(Naniwa Ereji) Dir. Kenji Mizoguchi, Japón, 1936.

Kenji Mizoguchi, uno de los mejores directores de cine en la historia fue -él mismo siempre lo reconoció- un director de mujeres. Sus filmes se enfocaron fundamentalmente en ubicar el sitio que ocupaba el sector femenino en la sociedad japonesa, desde la antigüedad hasta los días que le fueron contemporáneos al realizador. Y llama poderosamente la atención que en un país tan tradicional y conservador como se suele considerar a Japón, en el que el sentido del honor es parte sustancial de su concepción del comportamiento humana, Mizoguchi nos muestre una sociedad en la que cuando la mujer sufre alguna eventualidad que golpee el de por sí vulnerable papel que ésta le atribuye, el camino hacia la prostitución parece inapelable; ya sea en su vertiente profesional (cuando se cobra por favores sexuales en la calle o en un burdel) o, incluso, en el ámbito amateur (cuando gracias a favores sexuales ofrecidos se recibe una recompensa económica). Así lo es, al menos, en las historias que nos cuenta el maestro japonés -definitivamente influenciado por el hecho de que su hermana mayor, cuando jovencita, fue vendida a una casa de geishas. Como en Elegía de Osaka, la que muchos estudiosos de su filmografía consideran su primer obra trascendente. En ella, Ayako (Isuzu Yamada), la protagonista, siente la obligación de saldar la deuda económica de su padre haciéndose amante de su matrimoniado jefe (pues el blandengue de su novio es incapaz de ayudarla); y, después, de pagar los estudios de su hermano mayor, recurriendo a los mismos métodos que con su patrón, pero en otro cuerpo. Pese a salvar la honra de su familia a costa de perder la propia, los suyos no le perdonan su degeneración. La prostitución y la hipocresía,  como senderos que se escarcean.

AFD (@SirPon)

Le notti di Cabiria
(Las noches de Cabiria), dir. Federico Fellini, Italia-Francia, 1957.

Antes de crear ese mundo inimitable que es inmediatamente reconocible en los filmes más famosos de Fellini, el maestro italiano se formó con los padres del neorrealismo (colaboró en el guión de Roma città aperta, de Rossellini) y él mismo inició su carrera como director haciendo filmes neorrealistas. Le notti di Cabiria puede considerarse como su filme de transición: preserva elementos del realismo pero también se aventura ya a dejar que la mente incida en la traducción imaginativa de esa realidad. En una Roma todavía sufriendo la devastación de la posguerra vive Cabiria (Giulietta Masina), una mujer en la que se proyectan dos extremos de la figura arquetípica femenina: la santa y la puta. Cabiria es generosa, incluso piadosa; y al mismo tiempo debe intercambiar su cuerpo y el placer que éste puede brindar a cambio de dinero con el cual afrontar las exigencias de la hostil vida romana. Entre esos polos, normalmente opuestos, Fellini nutre de atributos la riqueza del personaje de Cabiria, arrojándole tanto luces como sombras que, entreveradas, consuman la complejidad de una mujer que parece ser muchas, simultáneamente. Es ingenua, y a un tiempo áspera; es romántica, pero también es astuta; es alegre y taciturna; amante y compañera; reconoce lo pantanosa de su realidad y, sin embargo, se mantiene siempre optimista, esperanzada en que el futuro le hará justicia, eventualmente. En ese viaje interno, lleno de ondulaciones y sueños, queda cincelado el espíritu inexpugnable de Cabiria y, con ella, el de tantas mujeres que a partir de entonces comenzaron a romper el patrón de comportamiento femenino que prevalecía en la sociedad.

AFD (@SirPon)

Rocco e i suoi fratelli
(Roco y sus hermanos), dir. Luchino Visconti, Italia/Francia,1960

Ambientada en los suburbios de Milán, los bajos fondos y el ruin mundo del boxeo, en Rocco e i suoi fratelli tiene lugar un trágico triángulo amoroso, cuando dos hermanos se enamoran de la misma mujer, Nadia (Annie Girardot). La joven y sexy chica –adicta al tabaco y prostituta ocasional– se convierte en la manzana de la discordia entre ambos parientes sicilianos, Rocco (Alain Deloin) y Simone (Renato Salvatori), que tienen poco de haber arribado a la ciudad, junto a su madre y otros dos hermanos menores. Nadia primero es novia y amante de Simone, y durante un tiempo de Rocco. Su amor es Rocco, pero con el paso del tiempo ese afecto se vuelve imposible. Los hermanos se van hundiendo, cada uno en su propio combate. Y en ese hundimiento arrastran a Nadia, hasta la extenuación. La desdichada, fruto de una familia disfuncional y un padre maltratador, implora ternura, y oscila entre la serenidad de Rocco y la amargura de Simone. Ultrajada por Simone, y sintiéndose indigna de Rocco, se dedica de lleno a la prostitución. Nadia, la muñeca rota de Luchino Visconti, el equivalente a la Monelle de Marcel Schwob, termina sus días, en manos de su despiadado amante en un paraje frío y solitario.

VSM (@sofiasanmarin)

Vivre sa vie
(Vivir su vida), Dir. Jean-Luc Godard, Francia, 1962.

Un semblante más bien trágico y oscuro envuelve el cuarto largometraje de Jean-Luc Godard, Vivre sa vie, que relata la situación de una mujer, Nana (Anna Karina) que se ve obligada a prostituirse para poder costearse la vida “que se ha conseguido” tras abandonar a su marido y su hijo, en búsqueda de hacerse de una carrera como actriz. En Vivir su vida de Jean-Luc Godard todo es comercio, todo es consumo. Mujeres y hombres existen como mercancías para ser negociadas e intercambiadas por bienes o servicios, en lugar de ser agentes independientes, capaces de controlar sus respectivos destinos. El tratamiento de la prostitución en Vivir su vida, muestra atisbos del posterior interés de Godard en un discurso de tintes marxistas, en el que el realizador postula claramente al capitalismo como la estructura social responsable de la explotación humana incesante. Lo que el individuo desea en el mundo de Vivre sa vie es inmaterial. Nana se convierte en prostituta porque la sociedad en la que vive tolera y alienta la objetización de la mujer. Dividida en doce capítulos, Godard hace de su cinta una metáfora en curso no solo del negocio del cuerpo, sino también de la pérdida del propio yo; por lo que la atención de la cámara no se halla en el acto sexual –que es el meollo de la prostitución-, sino en el registro de la expresión y los gestos del individuo –no así de su cuerpo– de Nana quien, consciente de su condición como prostituta, nunca la oculta y, al contrario, hace de ésta un dilema filosófico. Y aunque la muerte de Nana sugiere un final arbitrario para la narrativa del filme –pero perfecto de acuerdo a la máxima de Godard “todo lo que necesitas para hacer una cinta es una mujer y una pistola”– es también una conclusión lógica: la prostitución es acaso igual a la muerte de la identidad, a la muerte de uno mismo.

JAR (@franzkie_)

Belle de jour
(Bella de día), Dir. Luis Buñuel, Francia, 1967.

Luis Buñuel orquesta una crítica a las convenciones sociales, morales y religiosas que agobian a una mujer de la clase alta francesa. Catherine Deneuve interpreta a Severine, una mujer casada con un médico en lo que aparenta ser un matrimonio cómodo, estable y feliz. No obstante, ante la bondad y amabilidad del hombre, ella lo considera incapaz de satisfacer sus deseos más ocultos y, quizá, perversos; la figura del esposo perfecto inhibe las fantasías de la mujer. El matrimonio es visto como una barrera que causa opresión, y Severine busca salir de la comodidad y monotonía mediante los riesgos (sociales, morales e incluso físicos) que implica convertirse en prostituta. No trabaja diario, tampoco lo hace en las calles y mucho menos de noche; Severine asiste a una casa de citas para servir como prostituta un par de veces a la semana durante las tardes –de ahí el nombre con el que la conocen sus clientes, “Bella de día”–. Severine es una figura de transgresión, es una mujer subversiva que encuentra en la prostitución el modo de liberarse de su vida burguesa que le ha dado muchas comodidades, pero la ha privado de sus deseos, sueños y fantasías, las cuales son retratadas mediante encuentros salvajes, masoquistas y violentos. Buñuel muestra que la carga erótica de la mujer no consiste en saber quien es el hombre que espera en la habitación, sino el simple hecho de dirigirse hacia esa recámara y tener un encuentro sexual fuera de las convenciones sociales, morales y religiosas a las que está acostumbrada (¿o sometida?).

LFG (@luisfer_crimi)

Pretty Baby
Dir. Louis Malle, Estados Unidos, 1978

Violet (Brooke Shields) tiene 12 años. Vive en una casa de citas en la Nueva Orleans de 1917, junto a su madre Hattie (Susan Sarandon), una joven prostituta. La pequeña, bella y vivaracha Violet, que nació en el lugar y allí se ha criado, no asiste a la escuela, ni recibe la atención necesaria de su progenitora o de los demás adultos que la rodean. Su destino ha comenzado a labrarse en ese mundo (Hattie le permite a su hija que la vea mientras tiene sexo con sus habituales clientes, para que observe y vaya aprehendiendo la realidad que, un día no muy lejano, le tocará vivir). Abandonada por su madre en el burdel y en manos de la matrona, madame Nell (Frances Faye), la virginidad de Violett es subastada, y en adelante, sus labios pintados de rojo atestiguan su incorporación al lenocinio –una visión estremecedora del la prostitución infantil, y la práctica abierta de la pedofilia en Estados Unidos en aquellos años, cuando el proxenetismo era legal–. Cuando Violett se enamora de Bellocq (Keith Carradine), un fotógrafo dedicado a retratar prostitutas, comienza una historia de amor un tanto sórdida con aquel adulto al que llama “papi”.

VSM (@sofiasanmarin)

Violette Nozière
Dir. Claude Chabrol, Francia, 1978

Claude Chabrol se especializó en crear filmes sobre el rostro más oscuro –secretos, mentiras, crímenes– de la burguesía francesa. Esa oscuridad acompaña a una joven Isabelle Huppert, protagonista de Violette Nozière, mientras camina por las calles durante la noche en busca de encuentros sexuales con otros hombres, pero no se trata exclusivamente de la vida nocturna de la ciudad, sino de la oscuridad que habita en las más profundas pasiones y obsesiones de esta joven. De día, Violette es una estudiante ordinaria; hace su tarea, vive en un pequeño apartamento con sus  ingenuos padres, limpia los platos y parece seguir una educación que la conducirá a convertirse en una mujer burguesa con un buen marido. No obstante, detrás de su tierna apariencia se oculta un inmenso interés por la sexualidad; primero, escuchando a sus padres cuando tienen relaciones sexuales, se escribe a sí misma cartas eróticas, hasta que finalmente alimenta su apetito sexual mediante la prostitución. Ahí comienza su vida secreta. La niña de rostro infantil se pinta los labios de un intenso rojo y utiliza vestidos negros y ceñidos para aparentar ser una mujer adulta. Violette no se muestra ni entusiasta ni molesta con sus clientes, su comportamiento evidencia sentimientos imperceptibles; es segura de sí misma y dominante cuando está con los hombres, no tiene dudas ni temores al comportarse descaradamente y mentirle a sus padres cuando éstos se enteran que su hija padece sífilis. El cinismo no sólo consiste en evitar que sea descubierta como prostituta, sino que incluso quiere asumirse como una mujer virgen frente a sus padres, a quienes engaña para hacerles creer que la enfermedad la ha heredado de la familia, y que por lo tanto ellos la contagiaron. La prostitución no representa una necesidad, sí un método de exploración, pero sobretodo, es la manera en que pretende deshacerse de su padres para asumirse como una adulta capaz de hacer con su cuerpo lo que le plazca.

LFG (@luisfer_crimi)

Claire Dolan
Dir. Lodge Kerrigan, EE.UU. - Francia, 1998

El paisaje inicial de modernos edificios de frías estructuras repetitivas, que apenas permiten que uno se distinga del otro, no solo refleja la naturaleza de los clientes de Claire Dolan (hombres de oficina apenas discernibles entre sí), también el espíritu de esta prostituta, distante, casi indiferente. Pero es gracias a que se mantiene apartada mientras labora, que conoce su oficio a profundidad, a sus clientes y sabe qué tuercas mover para darles lo que desean. Lo que ella desea es otra historia, que quedó casi enterrada cuando tuvo que entregarse a la prostitución para saldar una deuda adquirida por la enfermedad de su madre… hasta que un hombre le abre el mundo y le ofrece algo de esperanza lejos de ese mundo gélido. El camino para salir no está claro, como no lo está tampoco el futuro de Claire.

SOR (@SofOchoa)

Vénus noire
(Venus negra), Dir. Abdellatif Kechiche, Francia, 2010

La prostitución es solo el episodio final de la patética curva de explotación que fue la vida de la sudafricana –que existió en realidad– Saartjes Baartman (Yahima Torres), y que no cesó con su muerte. Su cadáver fue conservado para ser estudiado por científicos para, a partir de él, sustentar con “datos duros” –el gran tamaño de su trasero y de su vulva– que su especie era, según ellos, prehumana: el eslabón perdido. Son finales del siglo XVIII, y Kechiche mezcla su interés por los grupos vulnerables de la sociedad con la explotación del cuerpo femenino. Con dotes musicales, Saartjes quería ser artista reconocida, y por eso viajó con el holandés para el que trabajaba en su aldea natal a Londres, y montó un show en el que ella, contra su voluntad, se convirtió en el freak, con su excéntrico (para los blancos) cuerpo y sus fingidos modales primitivos. La degradación la atormentaba, pero pronto se da cuenta de que en ese mundo de hombres blancos no tendrá oportunidad para decidir. Así es que sin demasiada resistencia se entrega a la caída, sosteniéndose del más mínimo logro, no sin dejar de sorprenderse en las cada vez más insólitas posibilidades de humillación que siempre son manifestadas a través de la variopinta y descarnada utilización del cuerpo. La prostitución, pues, llega como un sometimiento natural en el camino que había seguido, y su absoluta destrucción arriba como una esperanza de alivio. Pero su descanso no sucedió realmente hasta 2002, cuando su cuerpo, al que se le había impedido su natural regreso a la tierra, al ser exhibido en un museo parisino, fue trasladado a su lugar de origen para ser, finalmente, enterrado.

SOR (@SofOchoa)

Whore's Glory
(La gloria de las prostitutas) Dir. Michael Glawogger, 2011

Un tríptico de la vida cotidiana de las meretrices. La gloria de las prostitutas (Whores’ Glory, 2011) abarca tres regiones del mundo donde la profesión más antigua del mundo se ejerce: “Ciudad de la Alegría" en la provincia de Faridpur, Bangladesh; “El acuario”, un frío burdel en Bangkok, y “La zona” en el norte de México. El documentalista, Michael Glawogger, exhibe los rituales que la prostitución obliga a realizar, día con día, a sus protagonistas sin nombre, mismos que acaso intentan comprender el atractivo de la prostitución, el por qué pagar dinero para tener relaciones sexuales. El recientemente fallecido documentalista austriaco, ofrece un inventario de distintos modelos de prostitución en los que el acto sexual –que conserva su calidad de ritual al permanecer oculto casi hasta el final de la cinta– es la triste artesanía de sucia embriaguez con el que estas mujeres sobreviven. A Glawogger le interesa retratar la selección, la negociación del sexo frente a los rituales de la vida cotidiana, sobre todo de la religión, a través de una modesta mirada de admiración hacia sus protagonistas, que nunca pretende presentar impresiones más allá de las que sus mujeres comunican o muestran y que no las condena; porque los juicios en la Gloria de las prostitutas sobran, cuando somos lo suficientemente humanos para presenciar su mundo desde la reiterada revelación –a partir de la repetición de tomas– de sus dolorosos universos.

JAR (@franzkie_)

 
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