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Un balón rodando; una cámara filmando
Publicado el 17 - Jun - 2010
 
 
  • En Inglaterra, el país que inventó el futbol como se le conoce en la actualidad, este deporte también ha sido un objeto constante del deseo cinematográfico.  - ENFILME.COM
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por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Por Alfonso Flores-Durón (@SirPon)

Por alguna extraña razón que nunca he terminado por comprender del todo, un elevado porcentaje de la gente dedicada al pensamiento, a las letras y a las artes, suele despreciar toda actividad deportiva. Ya sea que siguiendo la máxima platónica de que al ser el cuerpo la cárcel del alma no merece mayor respeto ni veneración —y, por consiguiente, las actividades propias de él o que lo exaltan—, tal vez simplemente porque dedicarle tiempo a la práctica de un deporte, ya no se diga a reflexionar en torno a él, sino incluso a sencillamente observarlo en alguna de sus modalidades, es una absoluta pérdida de tiempo; o, de plano, porque han erigido ese mecanismo de defensa para encubrir la obscenidad de su torpeza física. Para ellos, parecería, la máxima de “mente sana en cuerpo sano” ha perdido vigencia —si es que alguna vez la tuvo— aunque, como siempre, existen honrosas excepciones al respecto.

El tema del futbol es particularmente delicado. Sabemos de la propensión de quienes carecen de sensibilidad deportiva a describirlo, palabras más palabras menos, como un deporte primitivo en el que 22 hombres (homo sapiens ligeramente evolucionados), once de cada lado, dentro de una cancha rectangular, persiguen como idiotas una pelotita para introducirla dentro del arco del equipo contrario, que está formado por dos barras laterales y una horizontal que actúa como travesaño; una red cuelga de éstas. Pensándolo con ese simplismo, en efecto, parecería un deporte absurdo y vulgar. Quienes abominan, o sencillamente ignoran este noble deporte, se jactan de su desprecio. Eduardo Galeano, escritor y periodista uruguayo, amante y teórico del futbol, incluso ha planteado esta pregunta: “¿En qué se parece el futbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Allá ellos que se lo pierden; ni falta que nos hacen.

Por el contrario, aquellas mentes iluminadas, que a la par de meditar acerca de la ontología, la metafísica, la epistemología, la ética y la estética, la historia, la política, la economía y las artes han sido bendecidas con la lucidez suficiente para poder admirar el futbol hasta el paroxismo, en toda su dimensión de plasticidad, competencia leal, esfuerzo colectivo, respeto de reglas y reconocimiento del contrario considerándolo como adversario no como enemigo, suelen ser, asimismo, sus defensores más recalcitrantes. Desde filósofos de primera línea, como Albert Camus quien además de sentenciar que, entre el futbol y el teatro, sin asomo de duda, prefería el futbol, llegó a confesar que “después de mucho años en los que he visto de todo, mis mayores certezas acerca de la moralidad y el deber se las debo al deporte y lo aprendí en el RUA (equipo de futbol argelino en el que jugó de portero antes de contraer tuberculosis)”. Pasando por sobresalientes escritores del calibre del propio Galeano o Ernesto Sábato, aficionado pertinaz de Estudiantes de la Plata quien, además, reconoció que su amor por ese equipo inició cuando el Che Guevara le habló del conjunto rosarino con tal pasión que se la contagió. Hasta, incluso, jugadores con capacidad de articulación verbal y mental –ejemplos, por desgracia, no sobran—; y alguno que otro entrenador, quienes también han elaborado conceptos de cierta profundidad alrededor de este fantástico deporte. Valdano, Menotti, Vladimir Dimitrijevic, el mismo don Eric Cantona y, aquí en México, Félix Fernández, guardando las debidas distancias, son sólo algunos destacados ejemplos. ¿Políticos? Uy. Muchos son fieles seguidores del futbol y, otros tantos –incluyendo a los anteriores—, aunque suene descabellado, simplemente intentan sacar tajada de un negocio que, saben, les puede retribuir en términos de la potencial ganancia que la identidad por defender al mismo equipo pudiera generar en el resto de los seguidores, particularmente, es obvio, cuando se trata de la Selección de su país; claro, si es que el equipo gana.

Y así llegamos al cine, un medio que a partir de distintas ópticas, tratamientos, formas de abordarlo y profundidad se ha acercado al futbol entendiéndolo como la sublimación del espíritu guerrero, que suple las ansias de la guerra; ya sea entre las tribus o comunidades (enfrentamiento entre distintos equipos), o bien como la confrontación entre dos países (como se da en el caso del ejemplo máximo de competición futbolística que son las Copas del Mundo). En ningún otro tipo de actividad humana, deportiva o de cualquier otra índole, la gente se compromete tanto con la defensa y apoyo de su país como durante los Mundiales de futbol. Cuando su selección nacional juega, el país correspondiente se pone en pausa por 90 minutos, cuando menos. Es el símbolo más cercano al conflicto bélico, pero sin armas de por medio. Representa también la reivindicación del nacionalismo, para bien o para mal; el poderoso imán que atrae la imperiosa necesidad de identidad nacional en una vasta mayoría de los ciudadanos del mundo que confía, así sea de manera momentánea, buena parte de sus esperanzas en el triunfo de su equipo. La gente de cine así lo ha entendido y, por supuesto, lo ha explotado a su favor, incluso dentro de los escarpados campos de Hollywood.

Quizá todavía hoy, si se levantara una encuesta, el filme de futbol más conocido y festejado sería Escape a la victoria (Victory,1981), dirigida además por el maestro John Huston y con un espectacular reparto que abarcaba desde a Max Von Sydow (actor emblemático del cine del genio sueco Ingmar Bergman) en el papel de un oficial nazi, pasando por Michael Caine y Sylvester Stallone, hasta ex-figuras de futbol profesional como Oswaldo Ardiles, Bobby Moore y, por supuesto, Pelé, todos prisioneros de guerra aliados. Los oficiales alemanes, a manera de propaganda, organizan un partido para hacer lucir a su equipo nazi plagado de estrellas. Como –casi— todos sabremos, dos jugadas fundamentales permiten a los reclusos acercarse a su plan de utilizar el cotejo como mascarada para su escape de la cárcel: primero, un lisiado Pelé que ingresa al campo y, de espectacular chilena, anota el que quizá sea el mejor gol en la historia del cine (recuerdo a la gente, emocionada, aplaudir y gritar durante su corrida comercial en una de aquellas enormes salas de cine); y luego el penalty cuya resolución definirá el resultado, en el último segundo del partido, salvado con heterodoxa pericia por el arquero interpretado por Stallone. Dos estampas en las que se presenta la famosa figura mítica del héroe y que, para el caso, lo es por partida doble: el cinematográfico, en el que se sustenta buena parte del éxito del cine hollywoodense porque el espectador ve y admira en él lo que nunca podrá ser; y el futbolístico, sobre el que recae el peso del espectáculo de este deporte y en el que el aficionado deposita sus sueños y aspiraciones más elementales. En ambos casos, la fama, la gloria, el poder, el dinero y la promesa de inmortalidad se cumplen cabalmente.

El futbol es un deporte liberador de energías negativas, tanto para los participantes deportivos como para los aficionados que a través de su apoyo activo pueden desfogar frustraciones dentro del marco de ese sentido de pertenencia que es difícil encuentren en otro lado. ¿Por qué es el futbol el deporte más popular del mundo? Tiene mucho que ver con lo que hemos comentado, pero hay un elemento fundamental que también se debe destacar:

La posibilidad latente de que, al ser un deporte que por lo general no admite demasiadas anotaciones, el partido, pudiendo terminar en un 0-0, hace del gol un momento de súbito y descomunal entusiasmo, de tremenda carga emocional. La incorporación del azar y su poder decisorio apuntalan la emotividad de este deporte en el que en un golpe de suerte la lógica puede ser aniquilada, esa caprichosa contribución que termina siendo casi siempre determinante en el cincelado del marcador. Unos centímetros de más o de menos, unos segundos antes o después, una apreciación del árbitro que se convierte en un juicio erróneo, un desvío inconciente, un bote irregular, un resbalón inoportuno, una brusca y arbitraria decisión del balón respecto a la trayectoria que debe seguir, entre varios etcéteras más, pueden modificar de manera drástica no sólo el destino del partido, sino de los involucrados directos, dentro y fuera de la cancha, de los aficionados de ambos equipos e incluso de otros equipos, de países y hasta continentes enteros.

En Rudo y cursi (Carlos Cuarón, 2008), mediante un tiro penal, castigo diseñado para favorecer al que patea sobre el portero que defiende su valla, pero que en la práctica congrega tantos elementos en los que se intromete la suerte que no es gratuito que se diga que es 'un volado', se define en dos ocasiones distintas el rumbo que tomará la vida de los dos hermanos involucrados en la trama. La combinación del azar, pues, en una de sus expresiones más definitivas —en cuanto a su capacidad para modificar terminantemente el curso de las vidas cuando así lo ha decidido— y la tan incomprensible como habitual tendencia a confundir los ejes fundamentales de referencia para orientar nuestras coordenadas, es decir, que mi lado derecho siempre será el izquierdo de quien se para frente a mí, permitirá que un gol, o su ausencia, cobre implicaciones que rebasan el ámbito de lo acontecido en el terreno de juego.

Las consecuencias de todo lo anteriormente expuesto llegan a rebasar por completo expectativas que las personas con criterio pudieran tener en condiciones normales. Los deseos generados por la mercadotecnia, por los intereses económicos en torno al deporte, tienden a desvirtuar el espíritu genuino del futbol. Empero, cuando se canaliza sensatamente la conjugación de todos los factores enumerados, el resultado puede ser descomunalmente positivo; por supuesto, siempre y cuando haya éxito de por medio.

El milagro de Bern (2003), por ejemplo, a la par de contar con las secuencias de futbol que el cine ha recreado con más esmero y realismo, narra tres historias paralelas: la de la áspera relación entre un niño y su padre, la de un periodista deportivo y su esposa, y la de la selección de futbol alemana. Las tres se entrelazan aquel día en que se jugó la final de la Copa del Mundo de Suiza, en Berna, el 4 de julio de 1954. La oncena alemana enfrentaba al entonces equipo más poderoso del planeta, la selección de Hungría, integrada por fenómenos como Hidegkuti, Bozsik, Kocsis, Czibor, liderados por Puskas. Misión imposible. Y, sin embargo, y de ahí el título de la cinta, el milagroso resultado obtenido por los teutones, no sólo los convirtió en campeones mundiales por vez primera, sino que apenas nueve años después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, con el país todavía sufriendo las secuelas de la destrucción que dejó la guerra, les permitió recuperar a partir de ese triunfo deportivo la confianza en sí mismos como nación e, incluso, muchos así lo señalan, catapultó a partir de esa fecha el también milagroso inicio del proceso de recuperación económica que ya les era impostergable. ¿Simple coincidencia?

Podemos decir que los grados de éxito, en términos cualitativos, de las aproximaciones fílmicas al futbol, han sido casi tan diversos como el mismo número de películas rodadas. Evidentemente es complicado saber de la existencia de muchas de ellas, pues es muy probable que cada país afiliado a la FIFA (208, es decir, 16 más que la propia ONU), e incluso algunos que no son clientes, tenga varias cintas en las que, ya sea como protagonista, o como invitado de lujo, el futbol haya sido fotografiado por una cámara de cine.

No es difícil pensar que en un país como Tayikistán, o en Eritrea, existan versiones locales de El Chanfle (1979), o de El Chanfle 2 (1982), obviamente con presupuestos más modestos y, por supuesto, sin incluir en ellas al más grande equipo de futbol que ha dado la humanidad y que, a pesar de la empresa a la que pertenece, sigue siendo el mejor del mundo: Las Águilas (entonces Cremas) del América. Pero quizá, como en las cintas de Chespirito, más allá de los pastelazos y los clichés a los que se recurre, sean utilizados personajes que, como el noble aguador americanista, sirvan para contrastar virtudes como la honradez y la humildad con los vicios de sinvergonzonería que los futbolistas despliegan en la cancha, y que no son más que la extensión de los que están enraizados en la sociedad a la que pertenecen.

En México, ya en el lejano 1944, se intentó matrimoniar por vez primera estos dos espectáculos que tanto atraen a las masas, capitalizando la figura de Horacio Casarín, el primer ídolo popular emergido del futbol, en la película Los hijos de don Venancio, dirigida por Joaquín Pardavé. En ella, aunque el foco no esté centrado en el futbol –el asunto tiene que ver más con el tema de la inmigración española— sí cobra relevancia el hecho de que el hijo del inmigrante sea un futbolista y, además, que juegue en el ‘equipo del pueblo’, es decir, el Atlante. La cinta fue el remake de Los tres berretines, el primer filme argentino sonoro. En la versión argentina la historia se centra en la relación que establecen los hijos y su padre, un ferretero, con los motores de la vida argentina: el tango y el futbol. Luego, aprovechando la coyuntura de la primera Copa del Mundo, el respetado director Alberto Isaac dirigió Futbol México 70 (1970), en la que un exhaustivo recorrido por los partidos jugados durante el Mundial nos certifica tres cosas: que los árbitros eran ciegos; que los porteros eran de una incompetencia impúdica; y que Brasil, con Pelé en su mejor momento, creaba magia en la cancha. Otras cintas mexicanas que se han emparentado con el balompié son El futbolista fenómeno (1979) de Fernando Cortés; o Futbol de alcoba (1988) y El Pichichi de barrio (1989), ambas protagonizadas por Rafael Inclán, en las que la metáfora futbolera no podría ser más alburera. Atlético San Pancho (2001), de Gustavo Loza, mezcló la estudiada fórmula de inseminar valores en los niños a través del deporte y la oportunidad de dar voz dentro del combo cine—futbol a la propaganda publicitaria.

En otras naciones de gran tradición futbolera el futbol puede formar parte del cine cediendo parte de su protagonismo, ya que sin importar que sea para aparecer de forma tangencial, termina por incidir incisivamente en el desenvolvimiento de los sucesos narrados. Tal es el caso reciente, por ejemplo, de El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), película argentina ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera en la que las elucubraciones de un 'Mago Septién' futbolero de taberna, aficionado al Racing de Avellaneda, ayudan a localizar al sospechoso de un crimen, precisamente, en las tribunas mismas del estadio de La Academia.

En Inglaterra, el país que inventó el futbol como se le conoce en la actualidad, este deporte también ha sido un objeto constante del deseo cinematográfico. No podía faltar, resulta evidente, un filme que conmemorara el Mundial celebrado en su patria, Goal! World Cup 1966 (Ross Devenish y Abidin Dino, 1966), que se levanta como clara referencia de la que cuatro años más tarde se hizo aquí. O una que retratara los fundamentos del terrible problema del hooliganismo que padeció el país, The Firm (1989), del formidable Alan Clarke, con un temible Gary Oldman a la cabeza del reparto. O la no muy afortunada adaptación de la fantástica primera novela de Nick HornbyFever Pitch (1997), cuyo máximo aunque demoledor defecto es ser una carta de amor a un equipo tan execrable como el Arsenal (Come on, you Spurs!). Bend It Like Beckham (2002) es una referencia inevitable por tres razones: debido a que el propio título hace mención del gran ícono moderno del futbol, que combina el talento deportivo y la imagen ideal para ser explotada hasta el hartazgo, David Beckham; porque involucra de manera incluyente a las mujeres como parte ya insoslayable del deporte; y porque en ella descubrimos a Keira Knightley que, por si fuera poco, pasa sus buenos minutos corriendo en shortsitos. Y, más recientemente, Looking for Eric (2009), del gran Ken Loach, de ninguna manera una de sus cintas más insignes, pero sí de las más entrañables y simpáticas. La fantasmagórica presencia de Eric Cantona, leyenda del Manchester United, como extensión de la conciencia de Eric, un cartero con problemas existenciales y fanático empedernido del Man U, vincula de manera determinante la transpolación de las enseñanzas futbolísticas a las situaciones cruciales de la vida. Finalmente, The Damned United (2009), escrita por el experimentado guionista Peter Morgan (The Queen), e interpretada con la acostumbrada fuerza histriónica de Michael Sheen, nos cuenta un período significativo de la carrera como entrenador del mítico Brian Clough, su tiempo en el Leeds United y, haciéndolo, examina las entrañas de la auténtica amistad y el trabajo en equipo mientras conocemos los íntimos secretos del vestidor de un equipo de futbol. ¿Goal (2005), Goal II (2007) y Goal III (2009)? Con la simple mención me quedan a deber.

En estos, los renglones de compensación apenas nos queda tiempo, digo, espacio, para no pasar por alto lo que a últimas fechas se ha convertido en una especie de tendencia: el filme en el que un jugador en concreto, un héroe del estadio, con nombre y apellido, y aunque abordado desde perspectivas distintas, se convierte en el orquestador mismo de cuanto ocurre en pantalla. Mencionaré sólo cuatro, antes de que el árbitro me silbe el final. Johan Crujiff – En un momento dado (Ramón María Gieling, 2004) que sigue el paso del revolucionario jugador holandés por el Barcelona, desde su contratación hasta la consagración de su status como catalán inmortal. Un documento hipnótico, singular es Zidane: A 21st Century Portrait (Douglas Gordon y Philippe Parreno, 2005), que sigue al astro francés durante los 90 minutos que dura un partido (bueno, menos, porque termina siendo expulsado), en el que como cazador de presa deambula por la cancha esperando el momento preciso para atacar; piensa, actúa, gesticula y obsequia maestría, mientras la nunca complaciente música de los escoceses de Mogwai enfatiza los momentos claves del escrupuloso rastreo. Nadie menos que el excéntrico y genial Kusturica decidió tomar al genial y excéntrico de Maradona, lo analizó, lo comparó con personajes de sus películas, intentó comprender la fuerza de las contradicciones y jugarretas del destino que lo hicieron ser quien fue y quien sigue siendo y, de paso, lo elevó a la categoría de inmortal que, si el futbol ya le había otorgado, esta vez el celuloide se encargó de materializar en Maradona by Kusturica. Para el silbatazo final dejamos Substitute (2006), un peculiar documental que en estos días mundialistas cobra mayor relevancia. Vikash Dhorasoo, jugador convocado para formar parte de la Selección de Francia, en la Copa del Mundo del 2006, introdujo subrepticiamente a la concentración una cámara Super 8 con la intención de filmar la vicisitudes vividas por su equipo, y las suyas, en su búsqueda por la copa. Francia rozó la gloria habiendo llegado a la final, que terminó perdiendo contra Italia, pero Dhorasoo, que tuvo ocasión de pisar el terreno de juego por un total de ocho minutos, durante únicamente dos incursiones, se va frustrando y aislando de manera gradual de sus compañeros. Es un filme que más que de futbol nos devela un caso de depresión; de depresión ocasionada por el futbol. Un sentimiento sufrido por un jugador francés pero que, en estos días mundialistas, compartimos los habitantes de todos los países del mundo; de todos menos uno, el que resulte triunfador el próximo domingo 11 de julio.

 
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