Vampyr vista en 2010
Por Abel Muñoz Hénonin
Antes ser vampiro no estaba pocamadre. Pero quizá en tiempos donde los vampiros son metrosexuales, se enamoran y protegen damiselas se nos olvide que antes eran seres condenados, la imagen misma del mal. Eran personas castigadas por Dios a no morir y comer sangre humana, es decir, su pena era estar separadas del Padre y de sus semejantes. Si uno lo piensa bien, no morir debe ser la peor posibilidad posible, sobre todo cuando uno está aislado indefectiblemente y su única relación viable con el (ex) prójimo es destruirlo. Pero ahora, la inmortalidad con ropa bonita se ha vuelto un anhelo de consumir a los demás en dos sentidos carnales: alimentándose y obteniendo placer sexual de ellos. Ser vampiro se ha vuelto la panacea del consumo. Es toda una lástima que puedan amar y hayan encontrado el modo de romper con su condena de sangre. Ya no son imaginables los seres deformes como Nosferatu (1922) de F.W. Murnau, ni las viejitas siniestras, como en Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer. Han pasado de ser el mal absoluto a un objeto de deseo.
Los vampiros en origen eran figuras folklóricas de Europa Central y del Este, pero eran una leyenda entremezclada con la realidad y eso provocó que muchos cadáveres fueran exhumados para “matarlos” con estacas o vía la decapitación. Generalmente su “aparición” ocurría en contextos rurales, donde algunos muertos volvían del otro lado para chupar la sangre de sus vecinos y, en algunos casos, hasta refocilar en la cama con sus viudas. Entonces tenían apariencia decrépita en el sentido más profundo de la palabra.
Vampyr es quizá el ejemplo más claro de esa creencia en el cine: es un esqueleto que al recibir sangre se recupera volviéndose una anciana y su contexto es un villorrio francés. Sin embargo su historia es ya consecuencia de la literatura inglesa: la víctima del vampiro es controlada por un poder superior y el vampiro tiene un secuaz (el médico del pueblo). Allan Gray, el héroe, sólo se había hospedado por una noche, pero recibe un paquete que dice «Ábrase después de mi muerte», que resulta un libro sobre vampiros y cómo combatirlos. (Parte del encanto de esta película, una de las primeras sonoras es el cruce de diálogos mínimos con el uso de intertítulos: páginas del texto, que nosotros, los espectadores leemos junto con Gray, para descubrir con él al vampiro y cómo acabarlo.)
Cuando el vampiro no tiene suficiente con Léonore, su primera víctima, embruja a Gisèle, y tras su desaparición, Gray la encuentra en una construcción vacía. Mientras tanto un empleado de la casa donde se hospeda lee en el libro que los vampiros mueren con una barra de hierro —una sorpresa, ¿no?— y localiza la tumba de Marguerite Chopin. La abre junto con Gray y éste mata a la muerta señora Chopin, cuyo cuerpo de vieja perfectamente conservado vuelve a ser un esqueleto. Pero ése era el cine del tiempo en que todavía se encaraba la muerte.