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Sobre The Dark Knight Rises
Publicado el 20 - Jul - 2013

 
 
Más allá de toda expectativa incumplida, la primera pregunta que me suscita The Dark Knight Rises, la esperada conclusión a la trilogía dedicada por Christopher Nolan a Batman, superhéroe de la DC comics es sobre la tensión   neurótica que ejerce sobre el espectador. - ENFILME.COM

De quirópteros, felinos, sociedades secretas y ciudades sitiadas

Por Ricardo Pohlenz (@rpohlenz)

Más allá de toda expectativa incumplida, la primera pregunta que me suscita The Dark Knight Rises, la esperada conclusión a la trilogía dedicada por Christopher Nolan a Batman, superhéroe de la DC comics (subsidiaria de la Warner y objeto de culto y explotación mediática desde 1939) es sobre la tensión neurótica que ejerce sobre el espectador. Es algo que te ofrece desde el trailer, donde el corte-corte-corte no deja ver gran cosa de lo que será la peli, pero sí comunica un estado emocional, una promesa histórica (pero también histérica) por cumplirse con el destino, no el de Batman sino el de uno mismo, como espectador -de nueva cuenta- con el Batman de la pantalla.

No se trata de ponerse la capa y decirlo, soy Batman, con la impostura de la que hace gala Christian Bale, sino de verlo como la proyección sublimada de una perversión infantil que nos convierte en héroes desde la protección palurda de un anonimato. ¿De qué nos sirve ser Batman si debemos mantener nuestra identidad secreta? Lo explica en pantalla el propio encapuchado en una lección más del Batman for dummies de Christopher Nolan: no es para proteger tu identidad, sino la seguridad de los tuyos. Enervado hasta las lágrimas por el diseño de producción, los efectos visuales y los violines torturadores de Hans Zimmer, no puedo explicarme mi angustia frente al teatro orquestado como amenaza a una ciudadanía ficticia (la de Ciudad Gótica) que no puede ser salvada más que por el caballero de la noche, exactamente igual que la primera vez que Nolan metió mano en la franquicia, con Batman Begins, reset del imaginario de este superhéroe: los terroristas milenaristas, la lucha contra uno mismo antes que contra los demás, el escamoteo de algunos detalles que –de tan obvios– se le pasan de largo hasta a Batman. Es un melodrama puro y duro en el que brilla, como único matiz, un hacerse de la vista gorda al maniqueísmo que lo sustenta. Los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos: ¿qué hace frente a una disyuntiva moral donde todo es gris?

Esta mística del gris, esta ambivalencia entre orden establecido y subversión, donde la liberación (o para el caso, la redención) se confunde con la destrucción, ha sido el tema central dentro de la trayectoria meteórica de Nolan, quien debutó en 1998 con Following, un dizque thriller truculento que recuerda las estrategias narrativas de las acciones de Sophie Calle (esas mismas que fueron traducidas al imaginario literario pop neoyorquino por Paul Auster en su Leviatán). Tengo la sospecha de que, para cuando Christopher Nolan hizo Following, ya sabía de las acciones persecutorias de Sophie Calle y había leído las novelas gráficas de Batman escritas por Frank Miller. Su afición por Batman se delata de manera más que evidente cuando el escritor en ciernes convertido en perseguidor y el ladrón a quien ha perseguido (y quien se ha vuelto su amigo) entran a robar a su propio apartamento: el emblema del hombre murciélago está pegado sobre la puerta, con lo que lo convierte en una baticueva improvisada.

Catorce años después, Nolan se ha consagrado como cineasta (yo todavía tengo mis dudas, más allá de su grandilocuencia visual, sigue siendo igual de truquero y tramposo que con su jueguito de sombras de 1998) y, de paso, ha reducido a Batman al grado cero del superhéroe. Tengo mis sospechas (no tienen que ser ciertas) de que, a diferencia de Tim Burton, quien tuvo la oportunidad y la ocasión (es decir, el timing) para que le cayera el proyecto de Batman a principios de los años noventa; Nolan debe haber buscado, con cuanta herramienta le fue posible, que se lo dieran cuando se volvió a abrir la perspectiva de explotar al superhéroe en el cine. Desde antes de realizar Following, debe haber tenido la esperanza de corregir algún día los excesos camp con que fue desvirtuado el personaje por Tim Burton y Joel Schumacher. Ahora que lo ha conseguido, como siempre sucede con los superhéroes, no hay mucho más que hacer. Ha alcanzado su meta pero, con una ironía de situación similar a la de una de las secuencias de destrucción en The Dark Knight Rises en la que el jugador corre a la meta en el campo de futbol sin ver hacia atrás y sin descubrir que todo se derrumba tras de sí. El paisaje que descubre es el mismo que la sensación del espectador: el vacío detrás de la maquinaria narrativa de Nolan, que sirve todavía como un sustituto de la realidad.

Eso sí, con una Anne Hathaway guapísima, con antifaz y en moto.

Frente a una película tan ruidosa y farola como The Dark Knight Rises busco convencerme que se trata de una fórmula que ha encontrado su agotamiento. Nolan, quien tiene un gusto particular por las cajas chinas y las ratoneras, lleva al murciélago por caminos semejantes al resto de sus personajes en un retablo tan ridículo como perturbador que deja a los estadounidenses en un desamparo semejante al del noticioso de las seis. ¿Quién puede salvarlos de su realidad sino Batman? ¿Qué puede salvarnos de la realidad sino la ilusión de realidad? Se pueden desarticular intenciones políticas en el Batman de Nolan, pero es sólo un barniz, un alarmismo que se puede identificar a tal grado con aquel que viven los espectadores que puede acabar por sustituirlo. Si Nolan quiere darnos un mensaje es que la realidad que vivimos (o creemos vivir, dado que la vida es sueño, como con Calderón de la Barca, pero también como en Inception) ha sido vencida. No debemos preocuparnos por la realidad sino por el sustituto de la realidad.

Podemos creer firmemente en esta necesidad de igualar la realidad a la ficción, pero The Dark Knight Rises sigue siendo una peli de superhéroes. La Ciudad Gótica sitiada de Nolan se parece mucho al Springfield aislado por una cúpula de la peli de Los Simpsons. Es una representación, a la vez signo y síntoma, de una preocupación que no tiene tanto de saberse encerrado, como de temer que el resto del mundo siga su curso mientras tanto. Tal vez por eso se permite el hongo atómico en el horizonte como remate, porque el temor a la amenaza de morir hacinado adentro del encierro, es menor que el consuelo de que la bomba le toque a otro, afuera.

Es un desperdicio que Michael Caine la haga de mayordomo, pero bueno, ¿qué no es un desperdicio en el Batman de Nolan? No se trata de tirar la casa por la ventana, se trata de hacerla estallar. Incapaz de superarse a sí mismo, Nolan se repite, eso sí, a todo lo que da y con Marion Cotillard en el reparto. Non, rien de rien, non, je ne regrette rien y todo lo demás.

 
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