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Publicado el 20 - Jul - 2012

 
 
  • En  1966, Londres atrajo la de uno de los más grandes cineastas de la época, Michelangelo Antonioni, que    escogió esta ciudad como escenario (y personaje) de otra de sus obras    maestras ?la primera que filmó en idioma inglés? inspirada en el  cuento   ?Las babas del diablo? de Cortázar, Blowup.  - ENFILME.COM
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  • En  1966, Londres atrajo la de uno de los más grandes cineastas de la época, Michelangelo Antonioni, que    escogió esta ciudad como escenario (y personaje) de otra de sus obras    maestras ?la primera que filmó en idioma inglés? inspirada en el  cuento   ?Las babas del diablo? de Cortázar, Blowup.  - ENFILME.COM
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  • En  1966, Londres atrajo la de uno de los más grandes cineastas de la época, Michelangelo Antonioni, que    escogió esta ciudad como escenario (y personaje) de otra de sus obras    maestras ?la primera que filmó en idioma inglés? inspirada en el  cuento   ?Las babas del diablo? de Cortázar, Blowup.  - ENFILME.COM
  • En  1966, Londres atrajo la de uno de los más grandes cineastas de la época, Michelangelo Antonioni, que    escogió esta ciudad como escenario (y personaje) de otra de sus obras    maestras ?la primera que filmó en idioma inglés? inspirada en el  cuento   ?Las babas del diablo? de Cortázar, Blowup.  - ENFILME.COM

Por Miriam Masso (@MiriMasso)


Este verano, las Olimpiadas no nos dejan voltear a otro lado que no sea Londres, pero, admitámoslo, quizá este pequeño sitio repleto de agua, al sur del Reino Unido, nunca ha dejado de llamar nuestra atención. En 1966, atrajo la de uno de los más grandes cineastas de la época, Michelangelo Antonioni. El director italiano, que para ese entonces ya había retratado de forma memorable el ennui de la vida moderna en su obra maestra L’Avventura (1960) y Deserto Rosso (1964), escogió esta ciudad como escenario (y personaje) de otra de sus obras maestras –la primera que filmó en idioma inglés– inspirada en el cuento “Las babas del diablo” de Cortázar, Blowup.

Después de la guerra, los jóvenes ingleses sudaban cultura. Además, había un ávido deseo y una implacable inercia por vivir intensamente; también había, por otro lado, un enorme vacío. Para retratar este ambiente, Antonioni puso al centro de su película a un fotógrafo de moda. Egoísta, presuntuoso y solitario, el actor David Hemmings (que por este personaje se convertiría en un icono), viviendo en un departamento único, manipulando la cámara como si hubiera nacido pegado a ella; siempre deseado, rodeado y perseguido por modelos, con su Rolls convertible y su corte a la McCartney, le dio a esta profesión el estatus de un rockstar.

No era un Londres cualquiera, era el Swinging London –el Londres efervescente que después de reaccionar contra la moda rocker estadounidense con el mod, hizo de esta capital, también la de la moda y la cultura–, donde se gestaba la invasión británica a Estados Unidos con The Rolling Stones, The Beatles, The Kinks, The Who y The Yardbirds (en cuyo concierto, en el Soho, azarosamente hace escala el fotógrafo durante su devenir nocturno), entre otros; el de la psicodelia y del arte pop británico, el que convirtió Carnaby Street en el epicentro universal de las tendencias. Los sesenta fueron los favoritos de muchos amantes de la moda. Londres bailaba al ritmo de chamarras entalladas, parkas, mini vestidos de colores estridentes y prendas de clara obsesión con las líneas rectas. No había mejor momento para que naciera en las calles una prenda que se ganó el furor de la juventud de su época: la minifalda, inventada, claro, por una mujer, Mary Quant.

La diseñadora Jocelyn Rickards, una de las creadoras del look fílmico de los sesenta, famosa por Look Back in Anger (Tony Richardson, 1959) y su participación en episodios decisivos de Bond, conoció al director cuando él visitó su estudio en Londres considerándolo como locación para esta película. Rickards diseñó los vestidos ultramodernos que lucen Sarah Miles, Jane Birkin (que le debe su fama a esta película), Gillian Hills y la Verushka del póster que con su delgadísima estructura remitía a la modelo más famosa de la época, Twiggy.

La moda es una forma de vida en Blowup. A través de ella Antonioni evoca una época, le da jerarquía a sus personajes, los vuelve atractivos, visibiliza sus sueños y aspiraciones, pero también los objetiviza, sobre todo a las mujeres. Las secuencias de sesiones fotográficas, que sirvieron para volver una marca –vigente hasta el momento– la relación fotógrafo/modelo, las contextualiza en un orden que las embellece porque las acoge como parte de una composición que resalta sus poses y gestos exaltados y vacuos, haciendo patente el desprecio que Thomas, el protagonista, siente hacia ellas.

El espíritu de este personaje vive envuelto en excesos. Thomas se perturba cuando descubre, en una serie de sus negativos fotográficos, un presunto asesinato que pone a prueba su dudosa moral (otra característica de la época) y que hace evidente que, a pesar del buen gusto y la parafernalia más selecta de los que vive rodeados, su vida carece de un centro. Ni sus pasiones lo son tanto, son más bien apariencias.

Como pocos han tenido el talento, Antonioni dejó en Blowup una fotografía intensa del Londres de los sesenta. A primera vista luce espléndido y espectacular, si se le hace una ampliación a detalle, surgen los desperfectos.

 

 
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