Función en OaxacaCine (Oaxaca): viernes 17 de enero, 7pm.
Con este filme se cierra la trilogía de Ulrich Seidl, uno de los realizadores más intransigentes, serios y talentosos del cine europeo actualmente. En Paraíso: Amor vemos a una mujer cincuentona que vive con su obesa hija dándole algunas indicaciones antes de dejarla en casa de su tía, mientras ella viaja de vacaciones a África a darle vuelo al amor, o cuando menos al ejercicio práctico y físico de éste. En Paraíso: Fe, seguimos a la tía, que tras dejar a la sobrina en un campamento de verano, se refugia en su casa y en su religión, que más bien es una sombra fanática y tétrica del catolicismo, típica en una sociedad tan estricta e inflexible como la austríaca. En Paraíso: Esperanza, entramos junto con la niña (hija de la madre protagonista del primer tercio de la obra) al campamento para niños con sobrepeso al que la mandó su progenitora, quizá para ayudarla a comer mejor, a conseguir amistades, pero sobre todo para librarse de ella. En el campamento la mayoría de los adolescentes son hijos de divorciados, productos de una sociedad indiferente hacia ellos, de un núcleo familiar roto o inexistente, de una comunidad que los rechaza por no adherirse a sus patrones de belleza, ni a la cultura del esfuerzo que se requiere para alcanzarla (la publicidad nos lo recuerda a diario) y así ser aceptado y hasta admirado. Amor, Fe y Esperanza son voluntades, virtudes, valores que se convierten en pilares sobre los que supuestamente se cimienta la vida de las personas, al menos en la cultura judeocristiana de Occidente. Pero si en las primeras dos partes de la trilogía el título termina siendo un burdo sarcasmo sobre el mal uso que se le da a ambas expresiones, la forma en que su significado ha sufrido una desviación en el entendimiento colectivo, en Esperanza se ilumina, aunque sea de manera tenue, el pesimismo con el que Seidl observa la descomposición de la sociedad que conoce, y por consiguiente el alma de quienes la habitan. Dentro del mundo que le gusta componer al realizador, mezcla de la herencia de su pasado documental con la precisión para encuadrar un mundo rigurosamente coreografiado, normalmente cuanto queda planteado en los primeros minutos de Esperanza garantizarían ominosas señales de catástrofes por suceder. En cambio, las relaciones ahí desarrolladas terminan convirtiéndose en pruebas fehacientes de que, cuando se trata de seres humanos situados en condiciones apremiantes, es su capacidad de actuar como, eso, como humanos, la que hace que sus actos sean impredecibles.
AFD (@SirPon)