Ambulante 2019. Minicríticas de la 14ª Gira de Documentales en la Ciudad de México - ENFILME.COM
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Ambulante 2019. Minicríticas de la 14ª Gira de Documentales en la Ciudad de México
Publicado el 08 - May - 2019
 
 
En este espacio compartiremos nuestras primeras impresiones sobre varios de los filmes que forman parte de la 14ª Gira de Documentales. - ENFILME.COM
 
 
 

La 14ª edición de la Gira de Documentales clausura su recorrido en la Ciudad de México con un programa de 305 actividades. Del 30 de abril al 16 de mayo se llevarán a cabo proyecciones, conversatorios, talleres, seminarios, performances, música en vivo, encuentros, maratones de cine, charlas, fiestas y un Salón Transmedia. En este espacio compartiremos nuestras primeras impresiones sobre varios de los filmes que forman parte de Ambulante 2019.

 

Los Panama Papers

Dir. Alex Winter, Estados Unidos, 2018

★★★★

El 3 de abril de 2016 las esferas de la política y las finanzas fueron tremendamente sacudidas con la impactante publicación de casi 12 millones de documentos que fueron filtrados por una fuente anónima conectada a Mossack Fonseca, una firma de abogados con sede en Panamá y representación en más de 40 filiales alrededor del mundo. Los millones de documentos filtrados acusaron de lavado de dinero y fabricación de compañías fantasmas a varias figuras públicas internacionales, entre ellas el exprimer ministro británico David Cameron, el exprimer ministro islandés Sigmundur Davíð Gunnlaugsson, la mega estrella del futbol del FC Barcelona Lionel Messi y muchos otros empresarios y multimillonarios de todos los rincones del mundo.

Los Panama Papers (The Panama Papers, 2018), dirigido por Alex Winter(Downloaded, 2013; Deep Web, 2015), es un atrayente documental confeccionado a modo de thriller político, de ritmo rápido, ensamblado con destreza y recurriendo a intertítulos sobrepuestos en la imagen para aludir a las dinámicas de la era de la hiperinformación. El cineasta pretende averiguar y mostrar los orígenes, el desarrollo y las repercusiones de una de las investigaciones periodísticas más grandes de la historia humana. Los papeles se filtraron originalmente al periódico alemán Süddeutsche Zeitung (SZ) junto con un manifiesto -escrito por alguien que se hizo llamar John Doe- que señalaba la desigualdad económica como su principal aliciente para llevar estos documentos a los medios de comunicación. Los periodistas de SZ, incluido Bastian Obermayer, pensaron mucho en qué hacer con esta información y luego contactaron al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación para obtener ayuda. Ante la exorbitante cantidad de información se conformó un equipo igualmente grande para revisar los millones de documentos y analizar la información incriminatoria. En este sentido, Winter se basa en la sobrecarga de información del primer acto de la película para encontrar historias humanas conmovedoras sobre periodismo ético y honesto, incluso heroico, en una era no sólo repleta de ‘fake news’ sino de charlatanes irresponsables que se hacen llamar periodistas por estar frente a un micrófono. El filme captura el alcance internacional del suceso cuando los periodistas de todo el mundo juntaron sus recursos y trabajaron como un equipo, en lugar de ser lobos solitarios, al compartir información, sabiendo que el potencial de cambio de la historia era más grande que cualquier titular o exclusiva. Intrépidos reporteros de Panamá, Brasil, Estados Unidos, Malta, Islandia y otras naciones se unen en una búsqueda para perseguir los hechos y hacer preguntas incómodas. También escuchamos a Doe -en voz del actor Elijah Wood-, quien mediante su manifiesto revela la importancia de hacer pública esa información. El misterioso hombre habla de la hipocresía de los líderes mundiales que roban a sus ciudadanos vidas mejores e igualdad social al retener miles de millones de dólares de impuestos de las mismas naciones que juran proteger. A pesar de su tono desesperanzador, Los Panama Papers es un filme crucial para comprender las redes de evasión fiscal y corrupción masiva tejida por poderosas, envalentonadas e influyentes figuras provenientes de todos los rincones del mundo, capaces de mantener impunes sus infames actos, en detrimento de los ciudadanos comunes que trabajan y pagan sus impuestos y no son sociópatas codiciosos. También es un recordatorio inspirador del poder de los que dicen la verdad en una época oscura gobernada por mentirosos.

LFG (@luisfer_crimi)

 

Tío Yim

Dir. Luna Marán, Italia, 2018

★★★½

Hay una tendencia ya no tan reciente en los documentales en la que los directores, a través de la realización de una película, reflexionan sobre su propia vida, particularmente sobre las raíces familiares que le dan forma a su identidad. Hay filmes en los que la búsqueda es más áspera y traumática, como se muestra en Tarnation, de Jonathan Caouette (2003); otros en los que autoinspección se lleva a cabo de modo más cándido y nostálgico, como en el caso de La danza del hipocampo, de Gabriela Domínguez Ruvalcaba (2014). El Tío Yim, de Luna Marán, bien puede inscribirse en esta categoría aunque, en su filme, simultáneamente a su ejercicio introspectivo, la directora expone un franco retrato de su padre, Jaime Martínez Luna (el Yim del título), un complejo y muy divertido personaje de luminosa inteligencia.  Aunque, en realidad, el filme parece estar planteado en modo opuesto. A partir del intento por presentar a Yim al mundo, Luna encuentra la ocasión de buscarse en la exploración que de él hace.

Mientras Luna va recabando datos, reconfigurando recuerdos, limando relaciones con sus hermanos, madre y padre, nos revela la figura de Yim, un hombre comprometido no con su comunidad, sino con su ‘comunalidad’ (como él la define), en la región zapoteca de la Sierra de Juárez, en Oaxaca, cantautor bohemio, enamoradizo, líder activista e intelectual de la región y, como reconoce, empedernido bebedor de mezcal, bebida que acabó con la vida de muchos de sus compañeros de lucha y parranda, que a Yim le quemó las cuerdas vocales y le silenció su carrera musical. Con decidida franqueza, con sensibilidad y, también es cierto, con valentía, mezclando material de archivo con el registro fílmico que ella hace (en el que captura momentos de conmovedora espontaneidad, generalmente a la ‘fly on the Wall’, lo que involucra al espectador como parte misma de lo que ocurre), Luna Marán confronta a ese hombre que pese a su genuino interés por mejorar las condiciones de vida de su comunidad (y a través de la concreción de esos cambios, incidir en un proceso más amplio de transformación social) o, precisamente debido a ello, no ha asumido a cabalidad su responsabilidad como padre, provocando secuelas en los hijos de las que no fácilmente son procesadas. Yim no sólo reconoce sus falencias como padre, sino que las justifica dentro de, precisamente, su concepción de lo que es la familia, el papel que juega dentro de la comunidad (comunalidad) y entonces el rol que a él le corresponde desempeñar, que no puede limitarse a los vínculos que para casi cualquier persona parecerían prioritarios y que tienen que ver con el desarrollo de los hijos y la lealtad a la esposa (personaje central para la cohesión del filme y del grupo). El descubrimiento que hace Luna,  y al estar todos involucrados en el proyecto, con ella cada integrante de la familia de algunos secretos, recuperación de memorias e incluso reacomodamiento de posiciones dentro del esquema familiar, les permite a todos encontrar nuevos puntos de entendimiento pero, al mismo tiempo, plantea cuestionamientos que quedarán sembrados para resolverse en un ámbito de intimidad que trascenderá la conclusión del filme. 

AFD (@SirPon)

Tráiler de "Tío Yim", de Luna Marán from AMBULANTE on Vimeo.

 

Camorra

Dir. Francesco Patierno, Italia, 2018

★★★½

Una serie de fragmentos rescatados de entrevistas realizadas por el canal televisivo italiano RAI es lo que le da estructura al documental Camorra (2018). A partir de los testimonios de los residentes de la ciudad de Nápoles se plantean las carencias que se viven y las dificultades que posee este lugar -ubicado al sur de Italia- para mejorar su desarrollo económico y, por ende, su calidad de vida. Al vivir sumidos en la pobreza, los habitantes recurren a prácticas ilegales que van desde la venta clandestina de cigarros hasta el robo y la venta de drogas. Este tipo de operaciones se convirtió en el refugio de organizaciones criminales que comenzaron a explotar dichas actividades hasta convertir la región en un lugar donde impera la desigualdad y los delincuentes cada vez son más jóvenes. Sin embargo, no parece existir una fuerza que contenga este caos al quedar en manifiesto que las esferas de justicia de la región también están involucradas en actividades sospechosas.

El director de origen napolitano, Francesco Patierno, realiza una exhaustiva recopilación de los orígenes de la violencia en la región donde él vivió durante sus primeros años. Denominado como “camorra”, el crimen organizado se encuentra presente en la vida de esta localidad que ha aprendido a respetarlos, temerles e incluso a idealizarlos, haciendo de ellos una versión siniestra del medieval Robin Hood. Declaraciones de personas que aseguran haber obtenido empleo gracias a la bondad de los jefes de la mafia pronto se contraponen con aquellos que denuncian extorsiones y que semanas después aparecen muertos. Pero el malestar de estructura social que Patierno retrata en Camorra no sólo se debe a estos grandes criminales, sino que la falta de oportunidades laborales y una alta tasa de natalidad hacen imposible la subsistencia de familias numerosas, mismas que permiten que sus pequeños hijos roben o distribuyan drogas con el fin de llevar algo de dinero a su hogar. La pérdida de la inocencia se retrata de manera certera en cada entrevista, donde niños desensibilizados relatan con lujo de detalle –y hasta con ciertos ápices de orgullo- la manera en la que despojan a la gente de sus bienes y las tempranas edades en las que comenzaron con estas labores. La figura de la mafia italiana ha estado tan presente en el imaginario colectivo, que se vuelve difícil no sucumbir a las seductoras vidas de los gánsteres, pero detrás de todo ese brillo, están presentes esos antiguos edificios en Nápoles que esconden la pobreza y la disparidad económica en la que vive una gran parte de la población.  

EL (@elislimon)

 

Cuando cierro los ojos

Dir. Michelle Ibaven y Sergio Blanco, México, 2019

★★★½

Adela fue acusada de haber matado a su cuñado, en un pueblo de Oaxaca. Marcelino fue acusado de asesinar a un vecino, también en un poblado oaxaqueño. Ambos fueron enjuiciados y, posteriormente, sentenciados a cumplir sus condenas en prisión. Ella, Adela, estuvo nueve años presa. Él, Marcelino, recibió una sentencia de treinta años. Los dos son indígenas mexicanos pero, lo que hace particularmente especial su situación, es que ninguno de los dos habla español (Adela se comunica en mazateco, Marcelino en mixteco) y, peor aún, sus juicios fueron llevados a cabo sin que los presuntos culpables recibieran el beneficio de contar con un traductor, un derecho básico que les fue negado y que, evidentemente, afecta gravemente los procesos legales. Tanto Adela, como Marcelino cumplen sus sentencias alejados de sus familias, con la frustración de saberse inocentes, luchando contra los artilugios leguleyos típicos de cualquier juicio, incapaces de comprender a cabalidad qué es lo que se dice y cuáles son las decisiones que se toman dentro de los juicios que enfrentan.

La mexicana Michelle Ibaven y el español Sergio Blanco no abordan su filme desde los aspavientos de la denuncia encolerizada. Apuestan, más bien, porque la belleza, la lírica y la reflexión serena hagan un trabajo que, generalmente, a través de esta estrategia artística, consigue frutos más robustos y, también, duraderos. Formalmente es clara la influencia de Tempestad, el fabuloso documental de Tatiana Huezo. Los protagonistas del filme hablan y la fuerza de cuanto dicen es acompañado por una colección de imágenes que aparentemente no tienen relación directa con lo que expresan las palabras. En realidad, además del valor estético de los planos individuales (acompañados de sonidos que dimensionan lo que vemos, creando atmósferas de intimidad), en conjunto construyen los evocativos recuerdos y sueños de quienes han sido arrebatados de su libertad y que, además, parecen ser ensamblados en un montaje al ritmo de la fina musicalidad que desprende cada enunciado en las lenguas en que pronuncian Adela y Marcelino. Cuanto nos comparten solo lo entendemos a partir de los subtítulos; si los ignoramos, comprenderíamos lo que ellos han experimentado en su via crucis jurídico. Y, mientras el drama personal que nos es dado a conocer se intensifica, momento a momento Michelle y Sergio van tejiendo la exhibición de un sistema de justicia putrefacto. Uno en el que el desaseo y las incorrecciones en el desarrollo de los juicios parecen ser parte de un engranaje corrupto en el que lo fundamental es que se cubran cuotas de sentenciados, a los que, además, se tortura y maltrata psicológicamente. Adela y Marcelino son personas vulnerables que no tienen forma de enfrentar al sistema que los acusa y los aplasta, particularmente siendo indígenas a los que se les niega la voz y se les impide entender lo que escuchan. Son dos representaciones, nos permite atestiguar Cuando cierro los ojos, de lo que tantos otros sufren a diario en un país en el que, parece, lo que menos buscan las instituciones es que la justicia sea realmente bien impartida para todos.

AFD (@SirPon)

 

Acuarela

Dir. Viktor Kossakovsky, Reino Unido/Alemania, 2018

★★★★

Acuarela (Aquarela, 2018), documental dirigido por el cineasta ruso Victor Kossakovsky, es un viaje a través de la belleza ilimitada y el poder visceral del agua. Desde las heladas atmósferas del lago Baikal hasta la majestuosa cascada de Salto Ángel en Venezuela, pasando por la ciudad de Miami agobiada por el huracán Irma, el filme muestra el encanto, el vigor y la crueldad transformadora de la naturaleza, brindando una increíble experiencia multisensorial, invitando al público a percibir la energía de este elemento, al mismo tiempo que refleja la innegable fragilidad del ser humano. La frontera de Aquarela no se detiene en los límites de la pantalla cinematográfica, sino que permite hundirnos donde no hay presencia humana y también donde el hombre es sólo un componente efímero de un inmenso retrato. Recorriendo varias naciones y diferentes entornos -desde Groenlandia hasta Portugal, o de Rusia a México- y concebida a 96 fotogramas por segundo, Kossakovsky logra darle voz al agua, un elemento empelado constantemente como escenario o fondo de las acciones, pero pocas veces explorado como personaje. Las imágenes transmiten la intención de su director de querer abandonarse a la naturalidad y su belleza imponente, dramática y sugestiva, creando ante todo una conexión emocional. El agua nunca es la misma, nunca se presenta de manera idéntica, ya que dependiendo de la región cambia de forma, aspecto, color, brío, dinamismo, transmitiendo una amplia gama de sensaciones que oscila de la tranquilidad a la agresión, pasando por el abandono. Aquarela también está embellecida con un diseño sonoro furioso, que en algunas escenas se centra en el ímpetu, en el choque de las olas, en los glaciares y en el rugido del viento, mientras que en otras las sinfonías naturalistas se acompañan de música agresiva, con canciones de heavy metal que tienen la intención deliberada de aturdir. En este sentido, el filme es una ventana para ver y sentir un elemento de la naturaleza que a menudo se da por sentado, pero que es tan esencial y absolutamente insustituible para el ser humano. Finalmente, Kossakovsky tiene la habilidad de no hablar nunca sobre cambio climático y el derretimiento de los glaciares, pero los temas están tan presentes en las impactantes imágenes y son centrales, de modo que el espectador es invitado a cuestionar la urgencia de los desastres ecológicos, logrando tener un impacto decisivo y dramático.

LFG (@luisfer_crimi)

 

Marica travesti

Dir. Claudia Priscilla y Kiko Goifman, Brasil, 2018

★★★½

En Marica travesti (Bixa Travesty, 2018), su más reciente colaboración, el dúo de directores conformado por Claudia Priscilla y Kiko Goifman se concentra en la vida de Linn da Quebrada, la cantante, compositora y actriz transexual brasileña para exponer los desafíos que enfrenta la también luchadora social en un contexto hostil -el de las favelas de Sao Paulo- gobernado por la transfobia y el racismo, al mismo tiempo que explora cómo la música es un instrumento social capaz de dar voz a las comunidades marginadas. Construido a partir de actuaciones musicales, monólogos de la protagonista, conversaciones entre Linn y su amiga y colaboradora Jup de Bairro, entrevistas en la radio y momentos en los que se rompe la cuarta pared, su inusual estructura narrativa que apela más a un conjunto de viñetas que a la confección de un relato tradicional específico, el filme se revela como un documental poco convencional que se acerca más a un poderoso manifiesto audiovisual de los derechos de la comunidad transexual. Con trajes exorbitantes y muchos bailes de twerking, ella realiza una especie de ataque electro-musical contra el orden de género heteronormativo blanco de Brasil y el machismo de la escena musical. Su lado afectuoso se muestra en escenas privadas: mientras se baña con amigos o cocina con su madre, habla sobre el amor, el racismo y la pobreza. En las imágenes de archivo, casi todos videos caseros, la vemos en actuaciones íntimas durante un tratamiento contra el cáncer en el hospital. Cada vez es más claro que Linn usa la desnudez radical como un medio para infiltrarse en los roles de género y poder presentar sus convicciones sobre el feminismo y la transexualidad con gran voz.

LFG (@luisfer_crimi)

 

El silencio de otros

Dir. Almudena Carracedo y Robert Bahar, España/Francia, 2018

★★★½

María Martín, una mujer de edad avanzada, camina con gran esfuerzo hasta llegar a la carretera, carga consigo un ramo de flores que deja a un lado de la vía. Las flores son para su madre, Faustina López, una mujer que fue asesinada bajo el régimen de Francisco Franco y cuyo cuerpo apareció a un lado de la autopista un día después de que simpatizantes franquistas la secuestraran. A un lado del camino, en el Mirador de la Memoria, permanecen inertes estatuas que el sol y las inclemencias han deteriorado, pero que sirven como un recordatorio permanente de aquel régimen totalitarista. Tras la muerte de Franco y la lucha por la amnistía a los presos políticos, un rayo de esperanza se vislumbraba en el horizonte español, pero con la aprobación de la ley, también se perdonaron todos los crímenes de la dictadura. Debido a esto, en el año 2010, un grupo de activistas de derechos humanos se unieron a las víctimas y a los familiares de aquellas personas asesinadas para iniciar una demanda que impida que este tipo de acciones sean olvidadas por decreto y se recuerde el pasado con el objetivo de no permitir que algo así pueda volver a suceder.

Con El silencio de otrosAlmudena Carracedo y Robert Bahar hacen evidente el clamor de justicia que viene de una sociedad obligada a perdonar crímenes atroces. La lucha de María Martín, José Galante y Carlos Slepoy, entre otros, no se sostiene a partir de la venganza, sólo se pide el reconocimiento de los hechos y la búsqueda por parte del gobierno de cuerpos que merecen una apropiada sepultura. Carracedo y Bahar siguen los procedimientos legales a los que se enfrentan las familias y, al mismo tiempo, ponen en evidencia la falta de conocimiento que la misma sociedad española tiene sobre el tema; en algún momento se cuestiona a varios peatones que transitan por una concurrida avenida, si conocen lo que es el Pacto del Olvido La ley de Amnistía, a lo que la mayoría responde con una negativa. Un aspecto aterrador que el filme toca en varias ocasiones, haciendo un contraste entre imágenes de 1976 y otras del año 2016, es el fanatismo que se crea en ocasiones hacia un líder, obnubilando el juicio objetivo de un pueblo que protesta con un estandarte cuya leyenda expresa: “Hagamos España grande de nuevo”. Así como la desconexión que se tiene con el pasado propio y la injerencia del gobierno en ocultar la intervención de varios actores políticos en el franquismo. El silencio de otros retrata la negación del derecho a la justicia y la gran necesidad de movimientos ciudadanos que busquen reivindicar aquellos atropellos que el pasado dejó atrás.

EL (@elislimon)

 

Srbenka

Dir. Nebojsa Slijepcevic, Croacia, 2018

★★★★

En su más reciente documental titulado Srbenka (2018), el cineasta croata, Nebojsa Slijepcevic (Gangster of Love, 2013), registra el trabajo del director de teatro Oliver Frljić y sus colaboradores durante los ensayos de una obra inspirada en una historia controversialmente trágica que de otra manera quedaría completamente impune: la de una niña serbia de 12 años, Aleksandra Zec, brutalmente asesinada por cinco militares croatas en 1991. Aunque el caso causó estragos en los medios de comunicación, los cinco hombres fueron absueltos, a pesar de haber admitido su crimen. Durante la planeación de la puesta en escena, paulatinamente se revelan los traumas ocultos de los actores involucrados, mientras que los ensayos se convierten en un cuestionamiento abierto de todo lo relacionado con la guerra y sus consecuencias del gran prejuicio y odio en Croacia.

El crimen contra la pequeña fue considerado un acto de “limpieza social”, un gesto xenófobo lleno de intolerancia, cuyas heridas siguen influyendo en la vida cotidiana 27 años después. Más espeluznante aún es que un sector de la sociedad sigue replicando el mismo esquema de odio. En la víspera del estreno de la obra, un grupo de manifestantes de derecha amenaza violentamente al director de teatro y parte de su equipo. El miedo al “otro” se mantiene vivo por los nacionalistas, que ven a cualquiera que no sea croata como un enemigo. El trauma deja que la violencia hierva a fuego lento bajo la superficie. El estilo fílmico de Slijepčević es altamente inventivo y formalmente complejo. El tratamiento del sonido crea el ritmo emotivo de las escenas que se centran casi exclusivamente en los ejercicios violentos que los actores se imponen a sí mismos a través del uso del cuerpo, los ademanes y el lenguaje. Más difícil aún para los intérpretes es encontrar un nivel apropiado de desapego, del pasado, de las propias heridas internas, del escenario, de los otros actores, del otro, de que el otro es croata o serbio. A través de la agitación emocional de los actores que se enfrentan personal y artísticamente con el delicado tema de la etnicidad en el período de posguerra, nuestra percepción cinematográfica se ve obligada a desdibujar los límites entre la realidad y la ficción, a enfrentar el dilema de ser ambos simultáneamente. Víctimas y verdugos. Este dilema concierne a los protagonistas de la película, pero finalmente se referirá a nuestra propia posición como público, ya que la fuerte empatía que la película puede transmitir no puede sino convertirnos en cómplices o enemigos del proyecto de Frljić. Aunque sus posturas críticas sobre el pasado irritan e incomodan a las políticas de derecha que prefieren la propagación del odio étnico, Frljic y Slijepcevic muestran que sus proyectos -tanto la obra teatral como el filme documental- son terapéuticos, con la esperanza de que cuando surjan cuestiones sobre la nacionalidad y las minorías, se pueda reducir el resentimiento hacia el extranjero. Pero las cuatro niñas de 12 años que participan en la puesta en escena -que no dudan en expresar su miedo a los gitanos- son una prueba viviente de lo largo que es el camino para una reconciliación.

LFG (@luisfer_crimi)

 

Soles negros

Dir. Julien Elie, Canadá, 2018

★★★★

La aparentemente irrefrenable violencia que se vive en México tiene diversos rostros y exige, también, ser registrada, investigada, denunciada, retratada en formas distintas. Más allá de la investigación periodística (que en muchos sitios del país se ve limitada tanto por la escasez de recursos de algunos medios, la amenaza a reporteros, la complicidad de los dueños de los propios medios y los políticos locales, incluso la desidia), el cine documental se ha interesado por, fiel a su intención para en los mejores casos ofrecer testimonios lo más certeros posibles de lo que ocurre en la realidad, atender la necesidad de que esas historias que otros medios no quieren o no pueden relatar, sean contadas, se conozcan. El trabajo de Julien ElieSoles Negros, sobresale de inicio por dos cuestiones particulares: primero porque él es canadiense y, aunque evidentemente no es la  primera vez que un cineasta extranjero se interesa por abordar problemáticas sociales mexicanas, el filme exhibe rigurosa atención a los detalles que ofrecen contexto y desmenuzan complejidades; por el otro, porque se trata de un ejercicio descomunal que recorre el país y se detiene en varias regiones donde se suceden tenazmente feminicidios, crimenes vinculados al crimen organizado e, igualmente, tragedias propiciadas por el Estado o como resultado de su negligencia.  

El filme inicia con una historia aterradora que plantea los antecedentes del siniestro capítulo que posteriormente se conocería como el de “las muertas de Juárez”. Se menciona al personaje de Miguel Nazar Haro, un infame policía de temible fama que en los años setenta, en complicidad con influyentes empresarios chihuahuenses, secuestraba jovencitas de origen humilde para violarlas, prostituirlas o, sencillamente, para matarlas por diversión; así de cruel, así de salvaje, así de inhumano (o, más bien, como reflejo de esa parte tan enferma que involucra lo humano). En esos años se vivía el autoritarismo priista en su esplendor, un régimen de partido totalitario, del que formaba parte el que hoy es presidente de México que tiene como una de sus misiones fundamentales, según dice y la sociedad le exige, acabar con la violencia que, precisamente en aquel momento, como el filme muestra, comenzó a institucionalizarse, a normalizarse. Desde entonces, el país no solo ha sufrido las consecuencias de aquello, sino de la forma en que la falta de justicia y la impunidad han provocado que las secuelas se multipliquen hasta provocar el estado de putrefacción actual. 

A partir de ese escenario, Julien Elie traza la cartografía de su rastreo, incluso proyectada en la pantalla de su propio filme de forma a un tiempo simbólica y como guía geográfica, con los puntos de esos lugares representativos de la barbarie (Ciudad Juárez, Ciudad de México, Ecatepec, Veracruz, Tamaulipas y Guerrero)  iluminados como pequeños soles sobre un fondo oscuro, sitios donde mexicanos y mexicanas han muerto o han sido arrebatados violentamente de sus familias, de sus propias vidas, sin que en muchos casos se tenga información oficial sólida sobre si verdaderamente fueron asesinados o siguen vivos, desprovistos de su identidad, trabajando en condiciones de esclavitud para el crimen organizado. El filme muestra que más que crímenes de Estado, lo que abundan son crímenes que involucran, por acción u omisión, la (in)competencia de importantes células del Estado Mexicano (porque si se generalizan las culpas, además, se diluyen las responsabilidades) que lejos de dar seguridad a sus ciudadanos, son cómplices o líderes de los perpetradores y, en el mejor de los casos, criminalizan a las víctimas y revictimizan a sus familiares. Un dantesco del horror al que, parece, todos estamos expuestos. 

Gracias a la estructura narrativa que el realizador eligió para presentar un problema tan complejo, Soles negros permite al espectador constatar cómo la forma en que la violencia brutal y criminal contra las mujeres fue permitida, tolerada, e incluso propiciada por la sociedad, posteriormente se expandió contra los periodistas, sacerdotes, activistas, migrantes y, en su paso destructor, ha terminado por arrastrar a la sociedad en su conjunto, a cualquier persona que forma parte de ella. La concatenación de historias trágicas, el inenarrable dolor que no hay disculpa promesa o compensación (cuando acaso las reciben) que en realidad pueda resarcir sus pérdidas, y la forma en que el desconsuelo de disemina a través de todos los cercanos y conocidos de cada muerto y ausente, multiplicando la estela de devastación, es estremecedor. Toda la desolación, el miedo y la impotencia es registrada en un lacónico blanco y negro para evitar que cualquier centelleo de color pueda distraer la atención sobre la realidad que nos confronta y nos debe sacudir. Pero, al mismo tiempo, para brindar ligeros respiros al espectador dentro del estrépito de destrucción dentro de un discurso contundente, que apabulla y abruma (un auténtico puñetazo en la cara), por momentos detiene la cámara y la fija en planos de que se convierten en postales de evocativa belleza, de la que acaricia el alma y dibuja posibilidades de esperanza; la que encarnan quienes pese a la profanación que sus vidas han padecido, son capaces no solo de perdonar, sino de creer que es posible revertir el mal, reconstruir la convivencia social y encontrar la anhelada paz. Esos diminutos soles sobre un fondo tan, pero tan negro.

AFD (@SirPon)

 
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