Ha iniciado la temporada del año favorita para muchísima de la gente más cinéfila del mundo, el prestigiado Festival de Cannes, en su 76a edición. El año pasado fue uno particularmente extraordinario, con múltiples filmes no solo aspirantes a la Palma de Oro (que al final ganó Anatomy of a Fall de Justine Triet), sino al aún más ansiado timbre de "obra maestra". Este año, al menos en papel, se aprecia una Competencia Oficial también sólida, con nombres como los de Francis Ford Coppola, Jacques Audiard, Miguel Gomes, David Cronenberg, Jia Zhan-Ke, Yorgos, Lanthimos, Paul Schrader y Paolo Sorrentino, además de otros grandes autores ya cincelando sus nombres dentro de esa misma élite, como Kirill Serebrennikov, Ali Abbasi o Karim Ainouz, entre otros.
El jurado será presidido este año por la actriz y directora, Greta Gerwig, y será integrado también por gente del calibre de Hirokazu Kore-eda, fenomenal autor de cine japonés, la hermosa y talentosa actriz, Eva Green, el actor y productor frances, Omar Sy, la actriz, guionista y directora libanesa, Nadine Labaki, el actor italiano Pierfrancisco Favino, la guionista y fotógrafa turca, Ebru Ceylan (esposa y colaboradora de Nuri Bilge Ceylan), y el director y guionista español, Juan Antonio Bayona.
A 30 años de aquel despropósito del jurado, en el que le otorgaron la Palma de Oro a Pulp Fiction de Quentin Tarantino, por encima de Tres Colores: Rojo, esa obra maestra del genio Krzysztof Kieslowski, esperemos que una vez más el jurado presidido por un estadounidense, no vaya a concretarse otra injusticia artística de tal calibre.
Y pues ya ha empezado el desfile de películas de la Competencia Oficial, con dos importantes autores de cine, ambos presentando filmes que no han dejado satisfecha a la crítica, más allá de las virtudes que les rescatan: Bird, de la escocesa Andrea Arnold (Fish Tank) y Megalopolis, del gran Francis Ford Coppola (Rumble Fish).
Bird
Dir. Andrea Arnold
El nuevo filme de Andrea Arnold, locuaz, fallido, es una caótica aventura de realismo social con grandes pero inciertas interpretaciones, episodios sombríamente violentos, la tragedia dándose cabezazos con la comedia y la existencia física escarceándose con la fantasía y la imaginación.
El filme medita alrededor de la identidad y la pertenencia, la conmoción de no ser valorado, no ser visto, la transición de la infancia a la adultez, de la adolescencia femenina a la condición de mujer, el sexismo y la crueldad. La energía y el ferviente buen humor contrarrestan los momentos de cliché y la inverosimilitud.
Barry Keoghan interpreta a Bug, un chico llamativo que se encuentra en la luna por su inminente matrimonio y su infalible idea para ganar dinero fácil: ha importado de Colorado un cierto tipo de sapo cuya baba es un poderoso (y muy costoso) alucinógeno. Solo que el sapo necesita el tipo preciso de relajante, además de que le pongan música prendida antes de empezar a sudar su onda. ¿Y cuál es la rola que le gusta a Bug? Andrea Arnold no logró resistirse: Murder on the Dancefloor (de Sophie Ellis-Bextor). Quizá a partir de ahora todos los filmes de Keoghan incluirá un gag relacionado a Saltburn.
Pero la hija de Bug, Bailey (Nykiya Adams), una adorable y lista chica de doce años que tuvo en una relación previa vive con él, y se encuentra confundida e infeliz acerca de su nueva madrastra. Su madre, por su parte, tiene ahora una relación con un detestable y violento misógino.
Se trata de una especie de homenaje a Kes de Ken Loach, pero es difícil saber si la semejanza es deliberada o si lo que hizo Loach en aquel filme fue tan influyente que los autores de cine emeben su lenguaje sin siquiera darse cuenta.
Debo ser honesto y decir que predije el gran momento transicional en este filme, y sospecho que muchos otros lo harán, también; es un momento clave en la amalgama que compone el filme de absurdo y disparate. Las opiniones se dividirán al respecto y la película en general: es un filme menor de Arnold, con fluidez y energía.
Peter Bradshaw, The Guardian 3 de 5 estrellas
El espíritu de Great Expectations, la obra épica de desparramamiento iniciático de Charles Dickens, arroja sombras sobre el regreso de Andrea Arnold al drama en largometraje de ficción. Situada en Gravesend, en el estuario del Támesis del sureste de Londres, donde la novela de Dickens arranca, Bird extiende sus alas lentamente, pero termina distanciándose de las sórdidas locaciones británicas en un conmovedor vuelo de esperanza y empoderamiento.
Rebosante de música, pulsando con baile y movimiento, Bird coloca su aparador desde el principio con una secuencia llena de energía en scooter a lo largo de las calles de Gravesand al grito neopunk del himno ‘Too Real’ de Fontaines D.C., la banda dublinesa, cuyo coro canta “Es demasiado real pa’ti?, que se convierte en un leitmotiv resonante.
Bailey (interpretada por la debutante Nykiya Adams), una chica de doce años, vive en un apartamento cubierto de graffiti en lo que parece ser un apartamento okupa, semilegal, con su hermano mayor, Hunter (Jason Edward Buda), y su padre, Bug (Barry Koeghan), -un irlandés viviendo en Kent sin aparente trabajo y con una actitud de padre desafanado. Keoghan interpreta a Bug como un zángano que vive al día. Es un gran padre si lo atrapas de buen humor, siendo no mucho más que un niño él mismo; no tiene idea de cómo manejar a una difícil preadolescente.
Este no es el único elemento de cuento de hadas que atraviesa el entorno de sucio realismo del filme y el estilo de cámara en mano como el extraño vendaval que en ocasiones casi levanta a Bailey de sus pies (que parece ella ser al única que lo puede sentir). Las dos mediohermanas de Bailey y su madre, Peyton (la Jasmine Jobson de Top Boy) viven con un ogro, el abusivo Skate (James Nelson-Joyce). Las transformaciones se dan por doquier -algunos de ellos en el propio cuerpo de Bailey, como cuando despierta para descubrir que su período ha iniciado- pero Arnold teje una sutil mezcla entre realismo áspero y su vertiente mágica.
Screen International, Lee Marshall
Megalopolis
Dir. Francis Ford Coppola
Todo aquel que ama el cine le debe mucho a Francis Ford Coppola…incluyendo su honestidad.
Su ambicioso nuevo filme, fervientemente concebido, clamorosamente dedicado a su fallecida esposa, Eleanor, contiene algunos destellos de humor y de nervio. La escena de Jon Voight con su arco y flecha disparan un dardo ingenioso. La teatralidad que le da al filme su recargado amueblado en art deco en ocasiones crea un espectáculo interesantemente autoconsciente, como una moderna producción de vestuario a la antigua de Shakespeare.
Y, ciertamente, un fracaso de Coppola es mucho más interesante que el éxito funcional de directores menores -los pesos medios que le tiran a poco y apenas alcanzan a pegar en el borde de su objetivo.
Pero para mí este es un apasionado proyecto sin pasión: un filme hinchado, aburrido y desconcertantemente frívolo, lleno de verdades acerca del futuro de la humanidad que parecen salidas del discurso de graduación de un preparatoriano. Es simultáneamente hiperactivo e inerte, cargado de terribles actuaciones y efectos especiales baratos y poco interesantes que no logran ni la textura de la realidad análoga, ni tampoco una reinvención digital de la existencia verdaderamente radical.
Hay momentos en los que parece que Coppola quiere canalizar Metropolis de Fritz Lang o The Fountainhead de Ayn Rand, y su sosa, fofa retórica acerca del potencial humano parece provenir de la era del New Deal, o incluso de antes. Me encontré pensando en el discurso final de Chaplin en The Great Dictator. Pero el baile disco de los días finales de la decadente Roma simplemente se ve obsoleto.
El filme tiene una muy fuerte secuencia al inicio en el que una agonizante Catilina trepa hasta salir de una ventana, en la cima del edificio de Chrysler y se tambalea en la cornisa. La artificialidad del paisaje urbano quizá actúe en contra del suspenso, pero es una imagen rotunda. Empero la secuencia se desenvuelve, como todo el filme, de una manera tal que anula el riesgo, la verosimilitud y las creíbles consecuencias. No creo necesario decir que la intriga paranóica, la violencia política y las dinámicas de familias disfuncionales son temas que este director ya ha abordado de forma más memorable. Pero tal vez es ese excepcional cuerpo de éxito el que le da el derecho de despreciar hoy en día a la crítica.
Peter Bradshaw, The Guardian 2 de 5 estrellas
Un angustioso lamento por la caída de la democracia estadounidense, la operística Megalopolis similarmente colapsa bajo su propio peso. El primer filme en trece años para el guionista-director, Francis Ford Coppola, es el arrogante retrato de una metropolis tipo Nueva York con dos visiones concurrentes sobre el futuro de la ciudad que sacuden los mismos cimientos de la sociedad, y al mismo tiempo sirve como telón de fondo para un desafortunado romance. Adam Driver le brinda una energía taciturna al papel de un arquitecto que es un genio atormentado buscando elaborar una utopía moderna en una ciudad amenazada por espectáculos sin sentido y codicia rampante, pero Megalopolis está obstaculizada por un tramado arbitrario y excesos adormecedores. Uno puede sentir la rabia de Coppola y la aflicción sobre el declive de su amada Norteamérica, pero la coherencia narrativa es mucho menos aparente.
El dos veces ganador de la Palma de Oro retorna a Cannes con un lugar en la competencia oficial, con su obra que lleva trabajando por décadas. Mucho sucede en Megalopolis -y no sólo los 120 millones que se ha reportado Coppola invirtió de su propio bolsillo en esta obra. En una época en que los estudios de Hollywood parecen alérgico al cine que toma riesgos, este gran giro artístico se siente como un bienvenido regreso a un era previa cuando los inconformistas como Coppola entregaban obras audaces. Empero, los prospectos comerciales no lucen prometedores.
Fans del ambicioso realizador en Megalopolis verán ecos de su pasadas maravillas. La alucinante destrucción del paraíso que representa la Nueva Roma conjurará recuerdos de Apocalypse Now!, mientras que el lamento por la bancarrota cultural que envilece la auténtica innovación evoca la subestimada Tucker: The Man And His Dream del propio Coppola. Y la defensa del amor verdadero como único faro de esperanza en el filme es especialmente conmovedor a la luza de la muerte apenas en abril de la esposa y colaboradora de Coppola, Eleanor, a quien le dedica Megalopolis. (Reveladoramente, el romance de Cesar y Julia, aunque insuficientemente desarrollado, es el elemento más punzante del filme.)
Pero la cantidad de ideas y temas extraviados que son introducidas, luego abandonadas -como por ejemplo el hecho de que Cesar tiene la habilidad de detener el tiempo- deja a Megalopolis sintiéndose como un inmanejable embrollo. La confrontación entre Cesar y Cicero sobre la Nueva Roma es manejado en modos terriblemente deshilvanados, y los intentos de los personajes secundarios para capturar poder solo se suman a la construcción desordenada del filme. En años recientes, pocos autores han soñado tan robustamente como Coppola lo hizo con este filme, pero algunas visiones, como lo descubren los personajes de Megalopolis, están condenados al fracaso.
Tim Grierson, Screen Daily