Cannes 2023. Día 2. 'Youth (Spring)' de Bing Wang; 'Black Flies' de Jean-Stéphane Sauvaire - ENFILME.COM
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Cannes 2023. Día 2. 'Youth (Spring)' de Bing Wang; 'Black Flies' de Jean-Stéphane Sauvaire
Publicado el 19 - May - 2023
 
 
Explotación laboral en China, en Youth (Spring) de Bing Wang; y el sórdido mundo de los paramédicos en Black Flies de Jean-Stéphane Sauvaire. - ENFILME.COM
 
 
 

Siendo la tercera semana de mayo, la Riviera Francesa, bañanda por el Mediterráneo, se convierte en el epicentro mundial de lo que ocurre en la industria que ve al cine como arte, aunque también hay mucho movimiento alrededor de quienes solo lo ven como negocio y mero entretenimiento. Diariamente se suceden las proyecciones de películas dentro de las distintas secciones que conforman el Festival de Cannes, pero también se llevan a cabo juntas, negociaciones, acuerdos, se inician pláticas alrededor de filmes ya realizados, en proceso o apenas ideados. En la Seccion Oficial, sin embargo, ya se han proyectado los siguientes dos filmes que aspiran a ganar la prestigiada Palma de Oro.

Aquí algunos fragmentos de reseñas que se han publicado de Qing Chung (Youth-Spring), filme de Bing Wang; y de Black Flies, filme de Jean-Stéphane Sauvaire, las películas proyectadas el día de hoy en la Competencia Oficial.

 

Qing Chun (Youth-Spring)

Dir. Bing Wang (Hong Kong, Francia, Luxemburgo, Países Bajos)

El personaje de Charlie Chaplin como trabajador en frenética fábrica de producción en línea de Modern Times es una fantasmagórica presencia en este documental gigantesco e inmersivo del director chino, Bing Wang, el equivalente fílmico a un tapiz del tamaño de una pared; la película es acerca de la capital de los talleres de explotación de China, en el pueblo de Zhili en Huzhou, en la provincia de Zhejiang al norte del país, conocido como “la ciudad de que viste a los niños”. Miles de talleres de trabajo producen montañas de prendas baratas y cada año abundantes números de jóvenes de los dieciséis a los veintidós años llegan de ciudades remotas para cumplir con una temporada de brutal trabajo arduo para ganarse algo de efectivo. Este es el equivalente de la época de siempre, o de los kibutz, con los jóvenes trabajadores alojándose en los lúgubres dormitorios que los jefes les ofrecen gratuitamente y así justificar los salarios tan bajos. En el filme se pueden ver los tabiques de billetes en efectivo, nada de que transferencias bancarias a través de internet, y quizá todo esto ocurra sin que los recaudadores de impuestos se entrometan. 

Wang ya he hecho antes un filme similar acerca de obreros migrantes, titulado Bitter Money, y en Youth podemos ver escenas espectacularmente desoladoras: la calle principal de Zhili es una avenida de brutal concreto que espeluznantemente se extiende hacia el lejano horizonte como algo salido de una película de ciencia ficción (o tal vez algo salido de un filme de Roy Andersson).

El sonido que reverbera a lo largo del filme es el de la máquina de costura eléctrica: el incesante znnnn-znnnn-znnnn que pone los pelos de punta mientras trozos de tela son bordados contrarreloj. No parece haber ningún tipo de peligros de seguridad laboral -la personas no se rebanan los dedos en las máquinas de coser- pero la agonía continua viene del pensar en el dinero. Los trabajadores pasan todo el tiempo hablando entre ellos acerca de cuánto le están pagando por pieza. ¿Deberían recibir más? ¿Habrá otros trabajadores mejor pagados por hacer lo mismo? ¿Armar un desmadre podrá echar a perder lo que para ellos puede ser un trabajo temporal lucrativo?

Al final el filme presenta la pregunta más rotunda de todas: ¿deberían todos unirse para confrontar al jefe? Casi en tiempo real podemos atestiguar los principios de lo que podría convertirse en un movimiento sindical en Zhili. Es posible quedar un poco abrumado por la escala y los detalles del realismo social del filme, que fue filmado durante un período de cinco años que van del 2014 al 2019, pero la esperanza y el idealismo de los jóvenes trabajadores está en marcha. 

-Peter Bradshaw, The Guardian 4 de 5 estrellas

 

Es de alguna manera emblemático de la China moderna -al menos de su cara más sórdida, como frecuentemente la ha explorado el director Wang Bign en sus implacables documentales- que la calle en la que su largo, opresivo nuevo filme, Youth (Spring), se lleva a cabo debería ser llamada “La calle de la felicidad”. Una colección de fábricas maquiladoras de ropa, acomodadas como un centro comercial alrededor de una vía principal repleta de escombros por doquier a 150 millas, y un mundo aparte, de Shanghai, la semiabandonada locación es tan pobremente descrita por su nombre que nadie sospecharíaa que quienes la planeron se hayan aventado un pequeño chiste. Excepto que aquí en Zhili City, ironía -como el tiempo para la recreación, el aire fresco y la luz- es un lujo que pocos pueden permitirse, mucho menos los adolescentes y veinteañeros invirtiendo quince horas de trabajo al día ante de retirarse a dormir en destartaladas pensiones de mala muerte. 

Zhili City es conglomerado de negocios privados y, como tales, anómalos en el habitual esquemas de industrias manejadas por el estado. (Su vibra de autogobierno como del Viejo Oeste es lo que le permite a Wang y sus otros cinco cinefotógrafos que aparecen en los créditos el acceso que tuvieron durante cinco años de rodaje por etapas). Pero mientras que eso les abre un atípico espacio de libertad en la locación (la música, la confraternización, las bromas) y somos testigos de algunas negociaciones sobre sus salarios, cara a cara con turbios jefes, es triste ver qué poco de esta relativa independencia por otra parte beneficia la estratificación laboral. Youth (Spring) utiliza las fábricas de explotación de Zhili City para ilustrar -una y otra vez, hasta el punto de diluir su impacto- la desoladora verdad de que en los niveles más bajos del sector industrial de China, la juventud no se la gastan los jóvenes. Les es metódicamente extirpada, día a día, costura a costura, puntada a puntada. 

-Jessica Kiang, Variety

Black Flies

Dir. Jean-Stéphane Sauvaire (Estados Unidos)

Hay algunos clichés estridentes que conviven con redundante machismo autodestructivo en este filme sub-Schraderesco acerca de los paramédicos neoyorquinos, dirigido por Jean-Stéphane Sauvaire, adaptado de la novela escrita por Shannon Burke. Sirenas aullando y rostros gesticulando, estos personajes batallan a lo largo de otra larga noche para el alma mientras lidian con balaceras entre pandillas, violencia doméstica, indigentes muriendo y adictas al crack dando a luz en pocilgas. Constantemente se les asigna la fútil faena de recoger cadáveres descubiertos en edificios abandonados, rodeados de moscas negras, pero ¿no son todos los otros pacientes solo cadáveres en espera? Así es que las moscas negras del horror comienzan a zumbar en sus cerebros. 

La obvia comparación que surge es con Bringing Out the Dead, el drama de paramédicos de Martin Scorsese de 1999, coescrito por Paul Schrader, con Nicolas Cage como el chico de emergencias al que el trabajo termina devorando, y el coprotagonista de este filme, Tye Sheridan, ya ha interpretado un personaje novato no disimilar como antagonista de Oscar Isaac en The Card Counter, el filme de Schrader sobre apostadores. Pero Black Flies simplemente hace negocio con viejas ideas. Y respecto a los personajes femenino, bueno, parece que no existen paramédicas en Nueva York. Hay, sí, pacientes que son mujeres y uno de los personajes tiene una novia con quien la relación se está marchitando, y otro tiene una exesposa y una hija a la que adora, pero en este filme ser paramédico es vivir en una constante despedida de soltero. 

La película tiene sus momentos, principalmente cuando horrorizado uno de los personajes se percata de una atroz verdad del negocio de los paramédicos: que hay un aspecto del trabajo que es una eutanasia no reconocida, un mundo secreto en el no dejar que casos sin esperanza mueran en la parte trasera de la ambulancia para mantener viable el negocio. Pero, en general, los signos vitales de este filme no son los mejores. 

-Peter Bradshaw, The Guardian 2 de 5 estrellas

 

Ten cuidado de las moscas negras, son las primeras en olfatear la muerte. Eso es lo que le advierte un colega al novato paramédico de la agrupación neoyorquina, Ollie Cross, cuando se dispone a entrar en un apartamento abandonado en el que un enjambre zumba alrededor de un putrefacto cuerpo muerto en una tina. Es claramente una metáfora para el trabajo de los de primeros auxilios como Ollie y su pareja, Gene Rutkowsky quien es también el primero en “oler la muerte”, repetidamente, en una chamba que cobra factura no solo en aquellos que necesitan el auxilio médico, sino también en quienes lo proveen. 

Black Flies está construido con el clásico formato de un drama hollywoodense: el veterano (Sean Penn) que ya ha visto de todo, haciendo equipo con el recién llegado (Tye Sheridan) que intenta salir adelante a través de las rudas noches en las peligrosas calles de Nueva York, la zona cero para aquellos que tienen poca o nula esperanza en el roto sistema de salud estadounidense. Son los terrible miembro de pandilla, las esposas maltratadas y golpeadas, los indigentes acampados en lavanderías, los adictos a la droga, los inmigrantes ignorados y más de lo que estos tipos atestiguan 24/7. 

La idea detrás de Black Flies es admirable. Sirve para recordarnos lo jodidos que pueden estar los Estados Unidos, especialmente con un partido político intentando aplicar un retroceso en el sistema de salud. Pero pese a lo obvio de las ásperas habilidades fílmicas de laureado realizador francés, hay algo que no termina de cuajar, perdido en la traducción, que le impide al filme elevarse en serio. 

-Pete Hammond, Deadline

black flies  

Trad. EF

 
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