Día 4. ‘Climax’ de Gaspar Noé; y ‘The Happy Prince’ de Rupert Everett #FICM2018 - ENFILME.COM
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Día 4. ‘Climax’ de Gaspar Noé; y ‘The Happy Prince’ de Rupert Everett #FICM2018
Publicado el 24 - Oct - 2018
 
 
Cuarto día de actividades del 16º Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM). - ENFILME.COM
 
 
 

Durante la cuarta jornada de actividades del 16º Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), tuvimos la oportunidad de ver Climax, de Gaspar Noé y The Happy Prince de Rupert Everett.

 

Climax 

Dir. Gaspar Noé, Francia, 2018

★★★★

El filme inicia con un plano cenital que sólo muestra una gruesa capa de nieve blanquísima. Una mujer, aparentemente herida y ensangrentada, aparece en la toma y se desploma al llegar al centro del encuadre. La escena se corta y ahora vemos una televisión que transmite el casting de un grupo de bailarines. Enmarcando el televisor, por un lado hay una pila de películas en formatos de antaño: Possession (1981), Eraserhead (1977), Un chien andalou (1929) y Suspiria (1977); y por el otro, libros de autores como: Nietzsche, F.W. Murnau y Fritz Lang. Nuevamente la escena se corta y tan sólo escuchamos una pieza musical. La imagen aparece, los bailarines -previamente presentados en las audiciones- ensayan una elaborada coreografía que nos permite ver tanto el rendimiento físico y la diversidad racial, como las características que hacen que cada uno presente un estilo de danza único. Los esbeltos y estilizados cuerpos se mueven bajo una misma armonía, dejándose llevar por el ritmo de la música. Al finalizar la rutina, comienza una fiesta. En grupos de dos o tres personas, conversan sobre cosas triviales que refieren a los demás y a ellos mismos. Son el claro ejemplo de una sociedad civilizada que reserva los comentarios lascivos para externarnos sólo con alguien que –esperan- guarde el secreto. Pero la línea que la convivencia ha dibujado, se hace añicos cuando uno de los bailarines secretamente pone en el ponche una buena cantidad de LSD.

Gaspar Noé rinde un homenaje al cuerpo y al éxtasis del baile en Climax (2018). Basándose libremente en un suceso ocurrido en 1996, el cineasta arrastra a un vórtice de locura tanto a sus personajes como al espectador. En un primer instante, el filme posee una energía que se acompasa con el movimiento de los bailarines. A medida que sus cuerpos se contorsionan, también lo hace la cámara de Benoît Debie (Enter the Void, 2009; Irréversible, 2002), que sigue al grupo de danza por una serie de subtramas derivadas de su viaje de LSD. Para tal resultado, el cinefotógrafo hace uso de dos elementos: crea un efecto caótico a partir de tomas que orbitan sobre los personajes y que giran a medida que la locura los va atrapando, y construye distintos espacios en un mismo lugar gracias a una saturada paleta de azules, rojos y verdes. El guion, realizado también por el cineasta, se toma su tiempo para establecer la armonía de un grupo –que bien puede reflejar una sociedad- que sigue los lineamientos y estructuras de la cordialidad, y después lo hace pedazos hasta convertirlo en un ente que devora a cada uno de los personajes, resumiendo esto en un intertítulo que dice: “La vida es una colectividad imposible”. Con aterradoras referencias de eterno baile como al que se refiere el ballet interpretado en The Red Shoes (1948), el director construye una historia que progresivamente se hace más y más obscura hasta crear un sentimiento de opresión en aquellos que la ven.

EL (@elislimon)

 

The Happy Prince

Dir. Rupert Everett, Reino Unido, Bélgica, Italia, Alemania, 2018

★★★½ 

El filme inicia con una serie de intertítulos que explican quien es Oscar Wilde y los motivos por los que fue encarcelado. Las palabras se difuminan mezclándose con la imagen de una calle de Londres en una fría noche de invierno de 1900. La señora Arbuthnott (Anna Chancellor) sale de un teatro con su esposo y un amigo. A su lado, pasa alguien que le resulta familiar, por lo que la mujer lo sigue y constata que se trata de Oscar Wilde (Rupert Everett). Por años venerado como escritor y dramaturgo, el hombre se ha convertido en un exiliado social que vive a base de préstamos y de la compasión de las pocas personas que aún lo respetan. Tres años atrás, Wilde es recibido, tras salir  de prisión, por el poeta Alfred Douglas (Colin Morgan) o Bosie, cómo afectuosamente lo llama el protagonista. Amantes desde los tiempos de gloria de Wilde, deciden salir del entorno nocivo de la ciudad para escapar a Nápoles. Regresamos a 1900, donde un enfermo dramaturgo visita burdeles de la mano de un apuesto joven y el hermano menor de este. El pequeño le pide a Wilde que le cuente una historia y el escritor elige El príncipe feliz. Mientras narra la historia de un príncipe que finalmente se ha dado cuenta de la miseria en la que vive su nación -y utiliza a una pequeña golondrina como emisaria, tanto para observar la desgracia como para brindar un poco de confort en el alma de los desamparados-, el autor recuerda a sus hijos, pequeños niños a los que había dedicado el cuento, y a Constance Lloyd (Emily Watson), la esposa que abandonó para vivir una relación amorosa con Bosie. Desmejorado en todos los aspectos, observamos cómo el hombre se debate entre realizar una última visita a su amante o a su esposa.  

The Happy Prince (2018) relata los tumultuosos días previos a la muerte de Oscar Wilde. El director, protagonista y guionista de la película, Rupert Everett, muestra la decadencia citadina de Londres a inicios del siglo XX. Con una narrativa visual –a partir de flashbacks-que contrasta los momentos de completa alegría con los fantasmas del pasado que atormentan sus últimos días, el cineasta consigue hacer evidente el tormento y la ansiedad que presentaba el escritor por conseguir que su mujer perdonara su preferencia sexual y hacer las pases con aquel hombre a quien amó profundamente. La interpretación de Everett también es destacable, pues consigue condensar el amor que profesaba Wilde hacia Bosie en una escena donde, sin modificar su lenguaje corporal, se deshace en enternecedoras lágrimas al verlo por primera vez desde su exilio. Anteriormente, la vida de Oscar Wilde ya había sido llevada a la pantalla por Stephen FryWilde (1997)- y Ken HughesThe Trials of Oscar Wilde (1960)-, pero los días posteriores a su encierro, no habían sido explorados como parte de la caída hacia el vacío que sufrió el escritor. Este filme también se enfoca en las condenas públicas que sufre el hombre tan pronto cómo es conocida su orientación sexual, lo que dota a la película de una inclinación sobre la persona -más que sobre el autor-, y pone en evidencia el poco avance que ha existido en los más de 120 años de distancia hacia una libertad sexual que no permita discriminación alguna.

EL (@elislimon)

 
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