El Western, una aproximación en dos que tres balazos - ENFILME.COM
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El Western, una aproximación en dos que tres balazos
Publicado el 15 - May - 2015
 
 
Algarabía nos comparte una breve historia sobre el western. - ENFILME.COM
 
 
 

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Por Eduardo Gallegos (@algarabia)

 

El western es, para muchos, el género cinematográfico estadounidense por antonomasia. Ha sufrido altas y bajas, experimentado renacimientos, y no siempre las ha tenido todas consigo; con frecuencia es menospreciado por los amantes del «cine serio», porque en los terrenos cinematográficos, como en tantos otros, se suele confundir lo grandioso con lo grandote. Vayamos por partes.

 

Primer disparo: marco ideológico

Se les llama westerns porque usualmente suceden en 
el Oeste —West— de los EE.UU. Este género creó mitos para un país naciente: Billy «the Kid», el pleito en el O.K. Corral, y tantos otros relatos, proveyeron imágenes de un pasado «glorioso», lleno de hombres valerosos y mujeres sacrificadas, y se contaron historias de quienes, al ampliar fronteras «hicieron grande» a un país —lo que sea que eso signifique.

El western es un producto de la doctrina del «Destino Manifiesto», según la cual los gringuitos —blancos, anglosajones y protestantes— tenían la misión encomendada por Dios —no es broma— de propagar las virtudes del «American Way of Life», lo cual funcionó como soporte ideológico a la salvaje expansión capitalista de los EE.UU. que, desde mediados del siglo XIX, destruyó culturas nativas y se apropió de territorios extranjeros —como sucedió con la mitad de México.

En este marco, los protagonistas del western se enfrentan a la barbarie, son individualistas y, aunque desconfían de las instituciones, tratan de reformarlas, convirtiéndose en promotores de la «civilización al estilo americano». Un ejemplo de este tipo de héroes es el James Stewart de The Man Who Shot Liberty Valance (Un tiro en la noche, 1962), que lucha por su estado y se convierte en senador.

El héroe del western es la encarnación del bien que enfrenta al mal; de ahí el tufo conservador y racista que muchos advirtieron en su discurso: los indios son los «malos» porque se oponen a los estadounidenses; y los mexicanos, chaparros, morenos y pésimos hablando inglés, siempre son los villanos. A menos que ambos la hagan de dóciles amigos necesitados de la protección del blanco, como en The Magnificent Seven (Los siete magníficos, 1960).

Tráiler de la película The Magnificent Seven:

El género es, además, muy sexista: las mujeres son casi como muebles. Eso sí, muy heroicas y valerosas, dispuestas al sacrificio, a soportar la vida dura de un pionero y a esperar a su hombre —aunque éste fuera encarnado por el cara de
 palo de John Wayne—; si se apartaban de ese modelo, 
la muerte era su castigo; un ejemplo es Linda Darnell, la maravillosa «Chihuahua» de My Darling Clementine (La pasión de los fuertes, 1946).

En sus inicios, cineastas como Thomas H. Ince o D. W. Griffith —«el padre del cine moderno»— se valieron del wester cimentar su oficio.

 

Segundo tiroteo: nace el género

La primera cinta reconocida 
como un western es The Great
 Train Robbery (El gran robo del tren, 1903), dirigida por Edwin S. Porter, que 
cuenta ya con los elementos básicos del género: el paisaje, los héroes, los bandidos —ladrones y asesinos— y las fuerzas de la ley. Narra una historia completa que causó un gran impacto entre el público con sus escenas coloreadas y con una toma en la que el villano dispara directamente a la audiencia.

La popularidad del trabajo de Porter hizo que abundaran este tipo de cintas y que surgiera el género como tal. Éste no tardó en consolidarse y, aunque los argumentos tendían a repetirse —o peor, a acartonarse—, lo salvó la popularidad de protagonistas como G. M. Anderson «Bronco Billy» y William S. Hart,  quien encarnó a uno de los primeros vaqueros
 románticos, solitarios y taciturnos [además, para algunos puristas es el más grande actor del género, incluso superior a John Wayne. Fue también director, escritor y buscó, con cierto éxito, darle autenticidad y hondura a sus filmes]. Pronto aparecería también Tom Mix con cintas bastante planas pero llenas de maravillosas acrobacias.

Del periodo mudo, el mejor ejemplo de las alturas épicas que alcanzó el género es The Iron Horse —El caballo de Hierro— (1924), de John Ford, que narra la problemática construcción del ferrocarril Union Pacific. Por estos tiempos, el western sufre, para bien, la influencia de corrientes como el expresionismo alemán: proyección de ello es la extraordinaria The Wind (El viento, 1928), de Victor Sjöström.

A principios de los años 30, con la llegada del sonido al cine y el ocaso de algunos grandes astros, el género sufre un impasse —punto muerto— incluso a pesar de cintas como Cimarron (Cimarrón, 1931), que trata de la vida de los pioneros en Oklahoma, y que fue el primer western ganador del Oscar a la mejor película. Por esa época, imperó el western B [refiere a producciones de bajo presupuesto y con actores segundones] y se creó el musical campirano, con protagonistas como Gene Autry o Roy Rogers. También llegaron los seriales, con William Boyd —quien interpretara a Hopalong Cassidy— a la cabeza de repartos e historias de triste memoria.

Pero es John Ford, uno de los cineastas más galardonados de la historia, quien vuelve a posicionar al western dándole una de sus estrellas definitivas: John Wayne en Stagecoach (La diligencia, 1939), que no sólo es emocionante y entretenida, sino que también presenta un notable estudio de los personajes al narrar la travesía de un grupo de viajeros que debe enfrentar a las huestes de Jerónimo. [Se cuenta que Orson Wells, para aprender a dirigir y a filmar, hizo que le proyectaran La diligencia cerca de 40 veces].

Fragmento de la película La diligencia:

 

Tercer duelo: el apogeo

Para entonces, estaba comprobado que el western podía alcanzar las alturas de otros géneros, así que 
en los años 40 y 50 casi todos los grandes cineastas incursionarían en él, como Howard Hawks en Red River (Río rojo, 1948); aparecen también notables artesanos como Bud Boetticher. En este periodo 
las tramas se hacen más complejas y se ahonda en 
la psicología de los personajes, como en The Big Sky (Horizontes salvajes, 1952), sin que desaparezcan las historias de sacrificio, valor y heroísmo, como en Fort Apache (Sangre de héroes, 1948), She Wore a Yellow Ribbon (La legión invencible) o They Died with Their Boots On (Murieron con las botas puestas, 1941).

No hay fronteras: se incluyen temáticas sexuales en cintas como The Outlaw (El proscrito, 1943) o Duel in the Sun (Duelo al sol, 1946); se adoptan posiciones críticas, y ahora los indios pueden ser inocentes y víctimas del hombre blanco, como en Winchester 73 (1950) o Broken Arrow (La flecha rota, 1950); se pasa del optimismo al desencanto, los héroes alcanzan dimensiones trágicas y ven con tristeza que su mundo está desapareciendo, como en The Searchers (Más corazón que odio, 1956) o Shane (Shane el desconocido, 1953).

Además de John Wayne. Randolph Scott fue otro de los grandes actores del Wester: de 1928 a 0962 participó en 106 películas.

Los héroes del western se enfrentan violentamente a sus familiares —y a sus propios fantasmas—, y combaten solitarios a hordas de forajidos en alegorías políticas que aluden a la cacería de brujas del senador anticomunista McCarthy en cintas como High Noon (A la hora señalada, 1952). Las mujeres alcanzan los protagónicos y son más sujetos que objetos de pasión —Joan Crawford en Johnny Guitar (1954)— o luchan por sus objetivos sin mediar en razones éticas,
 como Marlene Dietrich en Rancho NotoriusEl refugio— (1953), de Fritz Lang.

 

Declinación y nuevo aire

En los años 60, el western parecía superado. En mucho contribuyeron los programas televisivos de gran popularidad, como La ley del revólver o Caravana, que llevaron al público al cansancio, al agotamiento de temas y a la decadencia del género. Sin embargo, Hawks, que seguía activo, produce excelencias como Rio Bravo (1960) al tiempo en que Ford dirige obras clásicas como Two Rode Together (La misión de dos valientes, 1961).

Faltaba poco para un nuevo aire con la aparición de cineastas como Don Siegel, Arthur Penn, Richard Brooks, Sam Peckinpah o Sergio Leone, el gran innovador italiano, con su «spaghetti wester» plasmado en cintas extraordinarias como Il buono, il brutto, il cattivo —El
 bueno, el malo y el feo— (1966),
 con Clint Eastwood, el rostro
 contemporáneo del género; o
 Once Upon a Time in the West (Érase una vez en el Oeste, 1968), otra de las cintas definitivas de la década.

 

Si quieres conocer más sobre el cine western, consulta Algarabía 108.

 

 
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