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La magia del cine
Publicado el 21 - Ene - 2015
 
 
La antigua historia del 3D contada por nuestros amigos de Algarabía. - ENFILME.COM
 
 
 

Más colaboraciones de Algarabía.

Por Víctor Artasánchez (@algarabia)

La época en que vivimos nos ha regalado maravillas tecnológicas que antes sólo creíamos posibles en películas de ciencia ficción, y muchos de estos inventos han sido cool, útiles y, si no indispensables, sí bastante amigables con el ser humano. Sin embargo, existe una promesa que a todos los amantes de la tecnología se nos ha hecho, y durante años se ha tratado de cumplir a medias: la llamada tercera dimensión o 3D.

Hace muchos años, vi un documental que hablaba de las «maravillas» que habría en el año 2000, entre las que aparecían inventos como el JetPack —un arnés con cohetes que se ponía como mochila para elevarse—, que después todo el mundo vio en la inauguración de las Olimpiadas de Los Ángeles 84; o el horno de microondas y el teléfono celular, que hoy son de uso cotidiano o sencillamente han sido superados.

Y uno podría pensar que la tecnología del cine 3D es de esta clase de maravillas que la tecnología reciente ha hecho posible, pero la verdad es que tiene una historia que prácticamente va de la mano con la invención de la fotografía y del cinematógrafo.

 

La «invención» del 3D

Este «invento» —por llamarlo de alguna manera— no es tal, pues la tercera dimensión es un artilugio mental, una ilusión generada en nuestro cerebro, que nos
 sirve para distinguir fondo y figura, profundidad y orientación espacial mientras nos movemos.

La capacidad de generar este efecto se debe a nuestra visión estereoscópica, derivada del hecho de poseer dos ojos, separados entre sí por unos cuantos centímetros y que, justo por esta razón, no captan imágenes idénticas, sino que cada uno tiene un ángulo de visión propio. A cada momento las imágenes registradas por los dos ojos son sintetizadas por nuestro cerebro, resultando en una imagen tridimensional.

Para comprobar y entender este concepto, te propongo un ejercicio: coloca tu dedo índice de manera vertical frente a ti, exactamente a la altura de la nariz y aproximadamente a unos 30 centímetros de tu cara; cierra tu ojo derecho mientras observas fijamente tu dedo con el ojo izquierdo, y después haz lo contrario, y luego alternadamente con el derecho y el izquierdo, una y otra vez... ¿Te das cuenta que las imágenes no son idénticas? Ahora bien, la percepción en tercera dimensión sólo funciona cuando contemplamos la volumetría de los cuerpos o escenas en distintos planos; sin embargo, desde la invención de las primeras cámaras fotográficas,
 se ha intentado crear la ilusión de la tridimensionalidad a partir de imágenes en dos dimensiones.

 http://enfilme.com/img/content/algarabialamagiadelcine_Enfilme_2952t.jpg

 

La ilusión del 3D

En 1858, el físico francés Joseph
 D'Almeida dio una demostración de 
la ilusión 3D en la Academia Francesa de las Ciencias, proyectando dos imágenes estereográficas —es decir, dos imágenes de la misma escena, tomadas con ángulos ligeramente distintos, a semejanza de las que capta 
el ojo humano— coloreadas en verde y rojo, que se proyectaban velozmente y de manera alternada mientras la audiencia utilizaba lentes especiales con filtros adaptados de los mismos colores.

No muchos años después, antes de 1900, aparecieron las películas en movimiento, y la técnica de imágenes estereoscópicas se pudo refinar hasta producir películas que se podían superponer una sobre otra, cada una en colores distintos; a esta técnica se le llamó anaglifos. La primera producción cinematográfica en 3D fue The Power of Love (1922) —dirigida por Nat G. Deverich y Harry K. Fairall—, que se proyectó en Los Ángeles, con un proyector doble.

Los costos para producir películas en 3D eran 
muy elevados en comparación con las películas convencionales, ya que había que tomar las escenas «por duplicado», con dos diferentes cámaras en distintos ángulos —entre otros gastos extraordinarios—. En los años 30, las grandes casas productoras de los EE.UU. 
se enfocaron en mejorar el sonido de los filmes y en desarrollar un formato gigante en 63 mm que resultara espectacular, así que el desarrollo de la tecnología
 3D quedó en manos de los europeos, y se limitó a la producción de cortometrajes.

Durante la posguerra, el cine enfrentó a un nuevo rival: la televisión. Por ello, creció el interés por reconquistar espectadores, de modo que en 1952 surgió el primer largometraje estadounidense independiente filmado a color en 3D: Bwana Devil, escrita y dirigida por Arch Oboler y estelarizada por Robert Stack —sí, el célebre Eliot Ness de la serie Los Intocables (1959)—. Un año después, se estrenaría la primera película 3D financiada por un estudio grande: Man in
the Dark (1953) —dirigida por Lew Landers—, dando paso a un sinnúmero de producciones de los principales estudios de Hollywood —por ejemplo, la muy famosa House of Wax (1953), protagonizada por Vincent Price—, así como toda una oleada de artículos que empleaban la tecnología estereoscópica, como el famoso View- Master.[1]

 http://enfilme.com/img/content/3d_algarabialamagiadelcine_Enfilme_1y436.jpg

El boom del 3D

Después del boom de la década de los 50, el cine 3D ha florecido y muerto cíclicamente en la línea del tiempo como si de un fenómeno estacional se tratara. Durante las décadas de los 60 y 80 resurgió alternadamente, muchas veces combinado con formatos espectaculares como el 70 mm o IMAX. En esas películas nunca faltaba el gag de que algún personaje apareciera súbitamente o se «acercara» al espectador más allá de su zona de confort para hacerlo brincar de su asiento —recuerdo este efecto, logrado mediante anaglifos, en la película Tiburón 3D (1983), en el cine Pedro Armendáriz, poco antes de que lo cerraran.

Hoy están disponibles 
televisores en 3D y producciones cinematográficas espectaculares. Pero, a
pesar de los avances técnicos de filmación y proyección, como espectador los únicos logros palpables son unos lentes más cómodos y el que la animación por computadora haya hecho más espectacular el efecto, con una nitidez «irreal» en el primerísimo plano.

Las películas del más reciente boom —que ha tenido lugar desde 2009—, alabadas como un «parteaguas» en la vivencia tridimensional, no lucen como luce el mundo cotidianamente. Quizás lleguemos a acostumbrarnos, pero para muchos ver el mundo a través de sus propios ojos sigue siendo —para empezar— más cómodo que traer adminículos en la cara, y mucho más real, aunque con menor «vivacidad de las imágenes», que es como en verdad vemos. Los personajes en 3D generados por computadora de algunas películas, tan encantadores como pueden ser, nos hacen darnos cuenta de que jamás hemos visto en la realidad a alguien o algo con 
la exacerbada nitidez de texturas y contornos que nos plantea la ilusión cinematográfica.

Para cerrar el artículo, dejo a tu consideración unas reflexiones: ¿se trata de hacer simplemente algo distinto para vender más películas y pantallas? Tú, ¿siente que la promesa de tener 3D se ha cumplido? Y, por último, si tratamos de integrar tecnología 3D a un arte como la pintura, ¿no dejaría de ser pintura y se convertiría en otra cosa? Entonces, el cine 3D ¿sigue siendo, en esencia, cine?

 

Texto publicado en Algarabía 75.



[1] Este aparato, aunque se presentó en la Feria de Nueva York de 1939, se hizo mundialmente famoso durante los años 50 gracias a la inclusión de personajes de Walt Disney en los discos.

 
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