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Paul Auster y el cine
Publicado el 31 - Ene - 2014
 
 
Paul Auster ha cultivado una profunda relación con el cine. Aunque sólo una de sus novelas ha sido llevada a la pantalla grande, el escritor ha dirigido cuatro largometrajes y, siempre, se ha mostrado como un entusiasta cinéfilo. - ENFILME.COM
 
 
 

Laberintos literarios, el macrocosmos ‘austeriano’

La literatura de Paul Auster es un complejo macrocosmos reinado por accidentes y eventos azarosos detonadores de una nueva vida. Su obra es un enorme laberinto que toma como referencia, en la mayoría de sus casos, la ciudad de Nueva York. Cada una de sus historias (novelas o cuentos) es la pieza de un enredado rompecabezas. Todo comenzó como un intento por descifrar el mundo. Después de estudiar en la Universidad de Columbia, vivió tres años en Francia y realizó diversas traducciones de autores como Jean-Paul Sartre y Stéphane Mallarmé. Su quehacer como traductor lo motivó a pensar que el mundo representa al extranjero; el mundo es incomprensible y escurridizo, un sitio extraño que debe ser traducido. A partir de ahí, Auster abre su cuaderno y comienza a escribir, a traducir los sucesos de la vida real y cotidiana en palabras, para que éstas le brinden significado al mundo: Auster no está muy seguro que las palabras sean los eventos, pero son el intento por describirlos. Para el escritor, la labor de la traducción significa una suplantación de la identidad; el traductor es la sombra, es el fantasma del escritor.

En el universo ‘austeriano’ (casi siempre vinculado a la metaficción, donde el lector tiene la posibilidad de ver las dudas y mecanismos del escritor para llegar al producto final) se necesitan tres aspectos para que se desarrolle la narración: la soledad, el accidente y la búsqueda de la identidad. Por ejemplo, en Ciudad de cristal (1985), primera parte de La trilogía de Nueva York, Daniel Quinn, protagonista del relato, es un escritor que firma con el seudónimo de William Wilson aquellas novelas que tienen a Max Work como detective narrador; al mismo tiempo, en la novela, Daniel Quinn adopta una personalidad distinta, la del detective Paul Auster. Es decir, en este momento hay varias capas y líneas narrativas entrecruzadas: Auster escribe una novela donde su personaje Daniel Quinn simula ser realmente un detective llamado Paul Auster; a la vez, en su cotidianidad, Daniel Quinn es un escritor que se hace llamar William Wilson escribiendo en primera persona como Max Work, un detective. Sus personajes son seres perdidos en sí mismos, vacíos, que adoptan personalidades ajenas (otros personajes) para sentir que existen. 

 

El tímido hombre que incursionó en el cine

Hasta el momento, la única de sus novelas que ha sido llevada a la pantalla grande es La música del azar (The Music of Chance, 1993), dirigida por Philip Haas (Angels and Insects, 1995), sobre un joven errante que conoce a un jugador profesional de póquer y enfrentarán en una sesión, con la intención de volverse ricos y comenzar de nuevo, a dos millonarios que también disfrutan el juego de cartas. Durante el rodaje de esta cinta, a principios de los noventa, Auster pisó por primera vez un set de filmación. A pesar de ser un entusiasta cinéfilo y cultivar una profunda relación con el arte cinematográfico, se dio cuenta que debido a su tímida personalidad, afrontaría muchas dificultades al momento de estar frente a un equipo y delegar responsabilidades a los demás:

A esa edad [a los 20 años] era un maníaco del cine. Pensé incluso en estudiar cinematografía, pero no lo hice porque no tenía la personalidad que se requiere para dirigir. Era muy tímido. No me gustaba hablar en público.

Sin embargo, luego de enfrentarse a la labor diaria de impartir clases y pararse frente a varios grupos de estudiantes universitarios, Auster superó su timidez y se animó a incursionar como director de cine. En 1995 ,codirigió dos filmes al lado del hongkonés Wayne Wang: Smoke y Blue in the Face. Ambos presentan diversos personajes solitarios que comparten sus anécdotas en una tienda de tabaco manejada por Auggie (Harvey Keitel),  para crear un mosaico de la diversidad de Brooklyn, y contó con la participación de músicos como Lou Reed y Jim Jarmusch. Posteriormente realizó Lulu on the Bridge (1998), –proyecto que originalmente estaba pensado para que Wim Wenders lo dirigiera– que narra la historia de Izzy (Harvey Keitel), un veterano saxofonista de jazz, que se enamora de Celia (Mira Sorvino), una joven actriz.

Smoke, Dir. Wayne Wang, Paul Auster, Estados Unidos, 1995.

 

Blue in the Face, Dir. Wayne Wang, Paul Auster, Estados Unidos, 1995.

 

Lulu on the Bridge, Dir. Paul Auster, Estados Unidos, 1998.

A lo largo de su obra literaria, Auster explora la soledad, la desaparición, la pérdida, el azar, las coincidencias y la criminalidad, todo ello enfocado al problema existencial de comprender en qué consiste la identidad. Formalmente, Auster recurre al ‘rompimiento’ de esa cuarta pared y, en muchas ocasiones, le permite al espectador que observe, en las páginas, los mecanismos de escritura que emplea para la realización de sus novelas. En este sentido, Viajes por el Scriptorium (2006) es, quizá, el rompecabezas metaliterario más extenso que ha creado Auster hasta el momento. Mr. Blank aparece sentado al borde de la cama, las manos apoyadas en las rodillas, y su mirada se dirige al suelo. Paulatinamente se percata que se encuentra encerrado en una habitación. Al igual que el lector, Mr. Blank sabe que está en una recámara, pero no sabe si es un hospital, una cárcel o un edificio. El protagonista no recuerda cuánto tiempo lleva ahí, tampoco sabe cómo llegó. Conforme avanza la narración, Mr. Blank recibe la visita de varias personas, así reconstruye su propia historia: la de un escritor que ha “maltratado” a sus personajes enviándolos a peligrosas misiones, separándolos de sus seres queridos y encerrándolos en laberintos sin salida. Los fantasmas vuelven con su creador para saludarlo, cuestionarlo o amenazarlo. Mr. Blank es el autorretrato de Paul Auster, quien realiza una autocrítica a su labor como novelista.

Esta serie de preocupaciones es plasmada en su filme The Inner Life of Martin Frost (2007), sobre la misteriosa relación de un escritor y su musa. Martin Frost (David Thewlis) viaja a una casa de campo para concluir su novela. A pesar de la tranquilidad que le brinda el aislamiento, sufre un bloqueo creativo. Inesperadamente, recibe la visita de Claire (Irène Jacob), una enigmática admiradora que le permitirá continuar con su proceso creativo. Pronto se da cuenta que Claire no solo es una persona, sino también el personaje que plasma en las páginas de su futura novela. El filme aborda los temas que siempre le han interesado a Auster (la identidad y el proceso creativo), además de recurrir al recurso narrativo de ‘la historia dentro de la historia’. Al respecto, el escritor norteamericano dice:

Soy el hombre que escribió la historia sobre el hombre que escribió la historia sobre el hombre que escribió la historia.

Auster incluyó fotos de su familia, estanterías y objetos personales para decorar la casa de campo (propiedad de un personaje llamado “Restau”, cuyo nombre es formado a partir de las letras que conforman el apellido “Auster”). Incluso, Sophie Auster, su hija, actriz y cantante, formó parte del elenco del filme.

The Inner Life of Martin Frost, Dir. Paul Auster, Estados Unidos/Francia/Portugal, 2007.

 

Los filmes favoritos de Paul Auster (en su literatura)

Además de evidenciar las mismas preocupaciones en dos soportes (literatura y cine) distintos, Auster hace referencia, al interior de sus novelas, a sus filmes favoritos. El personaje clave de El libro de las ilusiones (2002) es Hector Mann, un actor desaparecido desde la década de 1920 que protagonizaba películas mudas. Mann es una noble combinación del Marcello Mastroianni que aparece en Divorzio all'italiana (1961), y los comediantes silentes Max Linder y Raymond Griffith.

En Un hombre en la oscuridad (2008) hay una larga plática entre el protagonista, un hombre mayor llamado August Brill, y su nieta, Katya, una estudiante de cine, sobre varios filmes. El hombre, que después de sufrir un accidente no puede moverse, se muda a la casa de su hija, Miriam. Ahí, invierte muchas horas en ver películas y platicar con la joven. Específicamente se habla de cuatro obras clásicas a lo largo de la novela. En una primera conversación, abuelo y nieta discuten los valores artísticos de La Grande Illusion (Jean Renoir, 1937), Ladri di biciclette (Vittorio De Sica, 1948) y The World of Apu (Satyajit Ray, 1959).

Por otro lado, hay días mejores que otros. Siempre que terminamos una película, charlamos un poco sobre ella antes de que Katya ponga la siguiente. Normalmente me gusta discutir la historia y la calidad de la interpretación, pero sus observaciones tienden a centrarse en los aspectos técnicos de la película: la posición de la cámara, el montaje, la iluminación, el sonido, y esas cosas. Sólo que esta noche, sin embargo, después de ver tres películas extranjeras seguidas –La gran ilusión, Ladrón de bicicletas y El mundo de Apu–, Katya ha hecho unos comentarios sagaces e incisivos, esbozando una teoría de la realización cinematográfica que me ha impresionado por su perspicacia y originalidad.

-Objetos inanimados, enunció.

-¿Qué pasa con ellos?, pregunté yo.

-Objetos inanimados como medio de expresar emociones humanas. En eso consiste el lenguaje cinematográfico. Sólo los buenos directores saben cómo hacerlo, pero Renoir, De Sica, y Ray son tres de los mejores, ¿verdad?

-Sin duda.

Un hombre en la oscuridad (Man in the Dark, 2008), trad. de Benito Gómez Ibáñez, Anagrama 2008.

La Grande Illusion, Dir. Jean Renoir, Francia, 2007.

 

Más adelante, August recuerda, de forma eficaz y emotiva, Cuentos de Tokio (1953) de Yasujirô Ozu.

El reloj al final de Cuentos de Tokio. Hemos visto la película hace unos días, aunque ya la conocíamos los dos, yo la había visto unos treinta años atrás, a finales de los sesenta o principios de los setenta, y aparte de acordarme que me había gustado, la mayor parte de la historia se había esfumado de mi memoria. Ozu, 1953, ocho años después de la derrota japonesa. Un filme lento, majestuoso, que cuenta una historia de lo más sencilla, pero realizada con tal elegancia y hondura de sentimientos que al final se me saltaban las lágrimas. Hay películas que son tan buenas como los libros, como los mejores libros (sí, Katya, te lo concedo), y esta es una de ellas, no cabe duda, una obra tan sutil y conmovedora como una novela corta de Tolstói.

 Un hombre en la oscuridad (Man in the Dark, 2008), trad. de Benito Gómez Ibáñez, Anagrama 2008.

Tokyo Story, Dir. Yasujirô Ozu, Japón, 1953.

 

En Invisble (2009), el protagonista, un joven poeta llamado Adam Walker, narra sus emociones y percepciones luego de ver, en compañía de su hermana, Ordet (1955), dirigido por el danés Carl Th. Dreyer.

Después de cenar, tu hermana y tú toman el autobús 104 hacia Broadway para ir al cine New Yorker y entran en la frescura de aquel espacio oscuro a ver Ordet (La palabra), la película de Carl Dreyer de 1955. Normalmente, no te interesaría un filme sobre cristianismo y cuestiones de fe religiosa, pero la dirección de Dreyer es tan precisa y penetrante que enseguida te sientes atrapado en la historia, cuyo comienzo te recuerda una obra musical, como su el filme fuese una traducción visual de una invención a dos partes de Bach. La estética del luteranismo, musitas al oído de Gwyn en un momento dado, pero como ella no tiene conocimiento de los que estás pensando, se queda sin saber lo que quieres decir […] No hay necesidad de reorganizar las complejidades de la narración. Por absorbentes que sean sus precipitados giros, no dejan de construir una sola historia entre una infinidad de historias, una película entre una multitud de películas, y de no ser por el final, Ordet no te afectaría más que cualquier otro buen filme que hayas visto a lo largo de los años. Lo que cuenta es el final, porque el desenlace te impresiona de una forma enteramente inesperada, y se te echa encima con la fuerza de un hacha derribando un roble.

Invisible (Invisible, 2009), trad. de Benito Gómez Ibáñez, Anagrama, 2009.

Ordet, Dir. Carl Th. Dreyer, Dinamarca, 1955.

 

En Diario de invierno (2012), Auster hace un recuento sobre su vida, sobre su infancia y adolescencia, sobre su cuerpo, sobre los espacios que habitó y los viajes que realizó. En una de las anécdotas narra su fascinación por el actor francés Jean-Louis Trintignant, a quien conoció en Francia:

Estás en la ciudad francesa de Arlés, a punto de hacer una lectura de uno de tus libros en público. Aparecerá contigo el actor Jean-Louis Trintignant (amigo de tu editor), que retomará los pasajes que tú lees en inglés para leerlos luego a su vez en traducción francesa. […] Te alegras de estar en compañía de Trintignant esta noche, porque tienes su forma de interpretar en gran estima, y cuando piensas en las películas en que lo has visto actuar (El conformista, de Bertolucci; Mi noche con Maud, de Rohmer; Confidencialmente tuya, de Truffaut; Rojo, de Kieslowski: por citar sólo algunas de tus favoritas), te verías en apuros para decir el nombre de otro actor europeo cuya obra admires más.

Diario de invierno (Winter Journal, 2012), trad. de Benito Gómez Ibáñez, Anagrama, 2012.

Trois couleurs: Rouge, Dir. Krzysztof Kieslowski, Francia/Polonia, 1994.

 

LFG (@luisfer_crimi)


 
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