Venecia 2022. 'All the Beauty and the Bloodshed' de Laura Poitras; 'Love Life' de Kôji Fukada; 'The Son' de Florian Zeller - ENFILME.COM
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Venecia 2022. 'All the Beauty and the Bloodshed' de Laura Poitras; 'Love Life' de Kôji Fukada; 'The Son' de Florian Zeller
Publicado el 10 - Sep - 2022
 
 
Un documental sobre la renombrada artista y activista Nan Goldin, quien enfrenta a la familia responsable de la crisis de opioides, filántropos del arte; un intrincado drama familiar japonés; y la espinosa relación de un padre con su hijo basado en una pieza teatral. - ENFILME.COM
 
 
 

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Se presentó en el Festival de Venecia el potente documental de Laura Poitras que, además de repasar la interesante y turbulenta vida de la admirada artista, Nan Goldin, su lucha como activista en contra de la familia Sackler, dueña de la farmacéutica responsable de crear la crisis de los opioides en Estados Unidos: All the Beauty and the Bloodshed; también fue proyectado el filme Love Life, del japonés, Kôji Fukada, un intrincado drama familiar desplegado elegantemente en clave de tragicomedia; y también The Son, de Florian Zeller (director de The Father), de nuevo adaptando otra de sus piezas teatrales, sobre la muchas veces espinosa relación entre un padre y su hijo varón. 

Les presentamos algunos fragmentos de las primeras críticas que se han escrito sobre estos filmes, en Venecia. 

All the Beauty and the Bloodshed

Dir. Laura Poitras

La crisis de opioides es una atrocidade hecha por el hombre. Cuando la familia Sackler -a través de su compañía farmacéutica Purdue- metió el analgésico OxyContin en el merccado en 1997, desencadenó miseria inenarrable en la desprevenida población norteamericana, mientras campañas de marketing y esquemas adicionales de inciantivos estimulaban a doctores a prescribirlo a sus pacientes asegurándoles falsamente a todos que el riesgo para su salud era mínimo. Incluso los pacientes tomando OxyContin estrictamente tal cual lo recetaron sus facultativos pronto se vieron desarrollando adicciones. Como nos lo recuerda repetidamente Laura Poitras en All The Beauty and the Bloodshed, este no es un caso de codicia corporativa amoral, sino de asesinatos masivos, que solamente en el 2021 mató a 107,000 personas en Estados Unidos. 

La familia Slacker tiene notoriedad más allá de las farmacéuticas -para mucha gente su nombre le resulta familiar por su prevalencia en el mundo del arte. Alas de museos, galerías, y exhibiciones orgullosamente han desplegado el nombre de los Sackler en reconocimiento por sus cuantiosas donaciones financieras y artísticas, incluyendo el Museo de Arte Metropolitano (MOMA), el Guggenheim, el Louvre y the Tate. Es la intersección de arte y corrupción farmacéutica la que acusa la aclamada artista y activista, Nan Goldin.

Nan Goldin, además de ser una de las artistas norteamericanas vivas en el mundo y una prolífica documentarista de su historia LGBT+, fue una inmensa figura en la escena underground en Nueva York durante los setenta, ochenta y noventa. El filme recorre su turbulenta infancia y ascenso al mundo del arte neoyorquino, al tiempo que lo teje con su activismo de estos días en los que está decidida a hacer que los Sackler paguen por sus crímenes.

La fotografía y las diapositivas de Goldin dominan el relato de su pasado, mostradas sobre su propia narración elocuente e inexpresiva. Iniciamos con una infancia infeliz (ella piensa que a sus padres “le valían madre sus hijos”). El trauma por el que Goldin aún no se recupera es el destino de su hermana, un espíritu libre, a la que le fallaron sus padres y el sistema de salud antes de que se suicidara. Goldin rompió el ciclo al encontrarse con la comunidad LGBT+ de artistas en los setenta, pero pese a poseer una brillantez evidente desde incluso sus primeras fotografías, el filme nos muestra que ella pasó decadas como una outsider en el mundo del arte. Nan vivió pobreza, abusos y adicción a las drogas antes de finalmente encontrar el éxito que merece. 

Como activista sus motivaciones son un tanto nebulosas, pero el poder que sí tiene en el mundo del arte lo esgrime con indeclinable ahínco. Categóricamente boicoteando instituciones como the Tate y otras galerías (donde su trabajo es parte de las colecciones permanentes) hasta que detengan su vinculación con los Sackler, pone su propia reputación en vilo con tal de conseguir un cambio. También despliega un instinto creativo en las protestas con las que ella y su grupo P.A.I.N (Prescription Addiction Intervention Now) se han comprometido, escenificando eventos en los que recetas y frascos de pastillas caen inesperadamente sobre benefactores de museos. 

-Leila Latif, Little White Lies

 

En All the Beauty and the Bloodshed la fotógrafa Nan Goldin nos cuenta la deplorable, relevadora y a su manera también algo simpática anécdota sobre cómo en los ochenta, cuando por primera vez reunió sus fotografías -imágenes casualmente transgresoras de sus amigos y ella misma, que frecuentemente eran drag queens y adictos, al igual que fotos de una variedad de otras personas y situaciones que experimentó como parte de la ruidosa y sórdida subcultura del East Vilage de Nueva York- e intentaba venderlas alrededor de galerías y museos, eran rotundamente rechazadas, porque los árbitros del gusto, que invariablemente eras hombres, preferían fotografías en blanco y negro encuadradas de modo elegante y meticuloso. Las fotografías de Goldin tenían estridentes

Colores verité, se situaban en ámbitos que eran tan zarrapastrosos (desordenados apartamentos bohemios, gente ordinaria simplemente holgazaneando alrededor) que parecían, para los expertos galeristas, que no había una organización visual en ellos, no había arte. 

Esto, a cuarenta años de distancia, dice mucho, porque lo que ves ahora es que Goldin era nadie menos que una Diane Arbus postpunk, y que la aparente aleatoriedad de sus imágenes palpitaban con vida, lo que era la esencia de su poder y misterio. De hecho, ella tenía un extraordinario ojo para la composición. Sus fotografías, que organizó en un juego de diapositivas titulado “The Ballad of Sexual Dependency”, parecen tomadas al vuelo, pero se trataban de retratos. Cuentan las historias de las personas registradas, por lo que mientas más las miras, más les encuentras. All the Beauty and the Bloodshed, el quinto largometraje documental dirigido por Laura Poitras (CitizenfourRisk), es un retrato de Goldin, diestro y satisfactorio, pese a no ser una biografía convencional. La mitad aborda la vida y obra de Goldin, y la otra mitad es acerca de la campaña que lanzó, a principios de 2018, en contra de la familia Sackler, dueña de Purdue Pharma, la farmacéutica creadora de la crisis de los opioides. 

“Creadora” es la palabra fundamenteal. Si ves el documental de HBO de Alex Gifney de cuatro horas, The Crime of the Century, o lees Empire of Pain: The Secret History of the Sackler Dynasty de Patrick Radden Keefe (quien es entrevistado en el filme de Poitras), puedes entender todas las formas en las que la sobreprescripción de opioides, la intencionalidad de hacer a la gente adicta a ellos, fue la piedra angular del plan de negocios de la familia Sackler. Los Sackler, en efecto, se convirtieron en capos del narco encubiertos por la legalidad médica. Más de medio millón de personas han muerto en Estados Unidos por addicción a los opioides, pero no fue sino hasta que la propia Goldin se hizo adicta al OxyContin, en 2017, que asimiló el peligro y descubrió la forma calculadora, en múltiples niveles, en que Purdue Pharma orquestó la crisis con la mira en obtener robustas ganancias.

-Owen Gleiberman, Variety

 

Como directora de cine, Laura Poitras ha pulido sus capacidades como periodista de investigación, notablemente en Citizenfour, que capturó la creación de historia alrededor de un informante. Hay elementos de inmediatezm de insider que te hacen sentir como si también estuvieras ahí en su exquisito nuevo filme, pero All the Beauty and the Bloodshed lleva su trabajo a nuevas alturas estéticas y desgarradoras profundiades emocionales. En colaboración con la fotógrafa Nan Goldin, el filme hace una crónica de la misión como activista de Goldin para llamar a la justicia a los Sackler por su responsabilidad en la crisis de opiodies perpetrada por su compañía Purdue Pharma. Pero es mucho más que eso. 

Es un retrato de la artista, a través de sus imágenes y sus palabras, y una mirada íntima dentro de la base popular de la acción política. Es un documental alrededor de familias -dos en particular que no podrían ser más distintas y al mismo tiempo compartir la misma proclividad a evadir la verdad: la familia de nacimiento de Goldin, inclinada a mantener las apariencias, y los Sackler, inclinados a mantener altos márgenes de ganancia. En ambos casos, en niveles diferentes, la reputación lo es todo, y la destrucción resultante es grave. Pero, también, está la familia de amigos, los estrafalarios desadaptados sociales y descarriados del undergound urbano a quienes Goldin ha celebrado en su trabajo por más de 50 años, personas que le dieron la espalda a las convenciones y crearon una subcultura. 

El documental apunta que incluso antes del OxyContin (con el que los Slacker crearon la crisis de los opioides), esta familia empujó el Valium con vehemencia, y Poitras incluye algunos de esos anuncios de tv de pesadilla que alguna vez florecieron, que apuntaban hacia las mujeres y sus ansiedades, con la meta no precisamente de que se sintieran mejor sino de convertirlas en un problema menor para sus esposos y familias. Enfrentando a los poderoso filantropistas del mundo del arte y sus riquezas mal habidas ha mostrado cómo eso es también un problema. 

La historia del activismo de Goldin haría por sí solo que el filme valiera la pena. La historia de su nacimiento y florecimiento como artista, también. La historia de su hermana lleva todo esto a otra dimensión, y el modo en que Poitras y Goldin lo han aglutinado y puesto a la luz, es un destilado que seguramente te moverá hasta los huesos. Es arte. 

 -Sheri Linden, The Hollywood Reporter

Love Life

Dir. Kôji Fukada

¿Puede el título ser una orden? Si sí, no es tan sencilla de obedecer, a juzgar por este filme del director japonés, Kôji Fukada, quien causó una gran impresión con su dulce largometraje al estilo Rohmeresco, Goodbye Summer, del 2013. (De hecho, el título es tomado de una canción pop japonesa). Love Life es un drama humano inexpresablemente trágico acerca de vidas complicadas, una cinta que intercala la absoluta desolación con una seca, sobria comedia y un sentido de enredo emocional y caos, un filme que más que otra cosa toma por sorpresa a su protagonista femenina -y a nosotros, la audiencia- con una enteramente inesperada etapa final fuera de Japón, en Corea del Sur. En términos shakespeareanos, este podría ser una “obra de tesis” fílmica. 

Una joven pareja casada vive en un pequeño apartamento: Taeko (Fumino Kimura) y su esposo Jiro (Kento Nagayama) y su vivaz hijo de ocho años Keita (Tetsuda Shimada) que es un campeón junior nacional, premiado, en el juego de mesa Othello. Keita es, de hecho, hijo de Taeko de un matrimonio previo con un expatriado coreano llamado Park (Atom Sunada), un hombre difícil, afectado que es sordo; él abandonó a Taeko y Keita y presumen que ahora vive en la calle, en algún lugar. Taeko y Keita aprendieron lenguaje de señas en su tiempo con Park y lo utilizan para comunicarse secretamente para que el padrastro de Keita no sepa lo que dicen. 

Jiro también tiene una compleja vida emocional, habiendo dejado a su pareja de toda la vida Yamazaki (Hirona Yamazaki) para estar con Taeko. En realidad los dueños del apartamento en el que viven son los padres de Jiro, y al papá no le gusta nada lo que ha ocurrido. Él aprobaba la relación de su hijo con Yamazaki y los veía juntos en su propiedad, pero no a esta otra mujer con su hijo. 

Se trata de una pelícual cuya ternura y tristeza coexisten con un extraño sentido del absurdo, los disparatados y vulgares giros de tuerca que la vida te puede dar: un filme para recordarte, quizá, la máxima de George Bernard Shaw: “La vida no deja de ser  divertida cuando la gente como no  deja de ser seria cuando la gente ríe”. Es una comida variada y rica de película. 

4 de 5

-Peter Bradshaw, The Guardian

 

El apartamento en el centro de Love Life, el sosegado estudio de congoja y transtorno de Kôji Fukada es, como el filme, compacto y práctico. Una mesa larga rodeada de una bana angosta y varias sillas ocupa el centro de la sala de estar. La cocina está empotrada en una esquina. Cerca de la entrada hay un baño con una pequeña tina, un lavabo y un excusado. Hacia la parte trasera unas puertas corredizas conducen a un balcón con vista a un repugnante terreno de concreto; una recámara a la derecha. Evidencia de la vida familiar se encuentra por doquier: marcas que miden la altura talladas en la pared, trofeos, diplomas, dibujos de niño, libros, ropa en ganchos, zapatos en una esquina. 

Taeko (Fumino Kimura), Jiro (Kento Nagayama) y su hijo de 6 años, Keita (Tetta Shimada) viven en este espacio sin pretenciones, y la manera en que interactúan con él es uno de los aspectos más edificantes del más reciente largometraje de Fukada. Con Love Life, el director japonés amplía las fronteras de los temas que abordó en sus filmes tempranos como el cómico Hospitalité y el amenazante drama Harmonium. Aislamiento, distancia emocional y malos entendidos se retratan en Love Life, aunque esos aspectos son abordados con una desorientante aunque bienvenida ligereza, que subraya la absurdidad de la vida familiar. 

Love Life está inspirada en la canción del mismo nombre de la vocalista japonesa de jazz y pop, Akiko Yano. Según las notas de prensa, Fukada escuchó la canción cuando tenía 20 años y desde entonces había estado pensando cómo hacer una traducción fílmica de ella. La canción de 1993 aborda grandes proclamas: “Sin importar la distancia que exista entre nosotros, nada me impedirá amarte”, canturrea ella en algún momento. El filme de Fukada prueba ese sentimiento y lo explora más allá del amor romántico, aplicando la premisa a relaciones entre amantes, examantes y madres con sus hijos. 

-Lovia Gyarke, The Hollywood Reporter

The Son

Dir. Florian Zeller

Florian Zeller ya devastó a las audiencias en 2020 con su película The Father, basada en su propia obra de teatro, adaptada por Christopher Hampton, con Anthony Hopkins como el anciando cuidado por su hija, interpretada por Olivia Colman durante su trágica etapa final en la que él sucumbe a la demencia. Quizá el título de su nuevo filme, The Son, -de nuevo sobre su propia obra de teatro con Hampton como guionista- provee una especie de ritmo emocional o complemento a aquello. 

The Son es un drama doloroso y lacerante, una agonía incrementalmente aumentada sin anestecia. Al centro de ella está Hugh Jackman ofreciendo una interpretación de gran dignidad, presencia e inteligencia como Peter, un próspero abogad de Nueva York cuya vida es envidiable: está divorciado (esa situación siendo hoy en día suficientemente amigable), vuelto a casar y con un hijo bebé, a punto de concretar una consultoría política que podría otorgarle un tipo de rol en el futuro como rockstar de la Casa Blanca. 

Pero entonces su primera esposa lo contacta diciéndole que el hijo de 17 años que tienen en común está profundamente deprimido, ausentándose de la escuala y suplicando quedarse con él durante un tiempo. Peter decide que no puede rehusarse; su nueva esposa decide que ella no puede rechazar a su esposo -y todo es conducido hacia la oscuridad sin que nadie sea capaz de decir si hicieron lo incorrecto, si había una forma correcta de hacerlo o una decisión acertada que tomar, o si la naturaleza de las enfermedades mentales significan que todo es irrelevante de cualquier forma. Vanessa Kirby personifica a la nueva esposa de Peter, Beth; Laura Dern es la primera esposa, Kate; Anthony Hopkins hace un cameo como el formidablemente colérico padre de Peter y el joven actor australiano, Zen McGrath, es el problemático hijo de Peter, Nicholas. 

The Son es un drama literario bellamente conformado con impecables actuaciones, especialmente la de Jackman: el impecable abogado de Manhattan resplandeciendo con prestigio corporativo en la esquina de su oficina (la pálida irrealidad de los decorados de estudio con la maqueta de la ciudad vista a través de la ventana trabaja en favor de la película). Pero asuntos pequeños traicionan su dolor interno: su galanura está tallada con tensión y nunca se ha afeitado propiamente: una barba de varios días que refleja desvelos y proyecta ansiedad.

Creo que The Son es acerca del miedo e incomprensión de la generación de edad mediana respecto a los jóvenes. Peter mira el rostro de Nicholas -a veces sonriendo, otras llorando, en ocasiones sobrecogedoramente en blanco- y no puede ver nada que le diga la verdad acerca de lo que su hijo está pensando y sintiendo y qué es lo que él debería estar pensando y sintiendo de regreso. Es este un filme poderoso. 

4 de 5

-Peter Bradshaw, The Guardian

 

Después de haber adaptado exitosamente su obra The Father en un multipremiado filme, Florian Zeller ha vuelto su atención hacia la tercera obra de su trilogía sobre la familia. The Son aborda la complejidad de las relaciones entre padres e hijos varones, así como el tema de las enfermedades mentales. 

Shakespeare escribió que “los pecados del padre recaerán sobre los hijos” y parecería, a partir de The Son, que Zeller coincide en ello. Desafortunadamente, el filme carece tanto del golpe mortal emocional que asestaba The Father, como de su desorientante y brillante inventiva. No hay nada nuevo por aquí -existen muchas otras películas que hablan sobre la depresión juvenil y el rompimiento familiar- pero es este, de cualquier forma, una inteligente y conmovedora adición al género. 

-Jo-Ann Titmarsh, Evening Standard

 
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