Si aceptamos la idea de que el cine es un medio que funciona como un espejo de la condición humana, entonces un filme es capaz de mostrarnos a nosotros mismos de formas que nunca podríamos ver por nuestra cuenta; nos saca de nuestra mentalidad egocéntrica y revela aspectos de uno mismo y de la sociedad que de otra manera podríamos no notar. Esto se debe a que el cine -en oposición al otro medio narrativo dominante, la literatura- se construye primero de imágenes a las que se agregan palabras, y las imágenes nos afectan de manera diferente que las palabras, sugieren más que plomo, dejan más espacio para la interpretación y la traducción personal, y así tienen el poder de resonar más allá que el diálogo.
Al mismo tiempo, el cine es una fabricación total, incluso las películas más realistas (narrativas) sobre eventos reales toman importantes libertades dramáticas para enfatizar ciertos temas. Después de todo, el cine es un reflejo de la vida, no de la vida en sí misma, y los reflejos, como sabe cualquier persona que alguna vez haya estado en una casa de diversión o en un vestidor de un centro comercial, pueden ser manipulados.
Pero en la intersección donde el cine se encuentra con la vida hay verdades ocultas, hay reflexiones que nos permiten dar sentido a nosotros mismos, nuestra sociedad y nuestras esperanzas y temores colectivos.
Este es el punto de partida ideológico para el notable videoensayo de Luiza Liz para su canal de YouTube, Art Regard, titulado Akira and the Post-Human Dilemma en el que examina cómo “el medio sensible y subversivo del cine superpone iconos de trauma global, obscenidades de fracaso moral y esplendores estéticos”. ¿Y su vehículo para este examen?: un clásico del anime: Akira (1988), filme dirigido por Katsuhiro Ôtomo, el cual es analizado específicamente para demostrar el dilema poshumanista.
Trad. EnFilme
Fuente: Film School Rejects