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Video: Largas y arduas peregrinaciones en el cine
Publicado el 30 - Ene - 2015
 
 
 
 
 

Publicado en el sitio Film Comment, escrito por Max Nelson y hábilmente editado por Violet Lucca, les presentamos The Pilgrim’s Way, un videoensayo que recopila las peregrinaciones representadas en el cine de Andrei Tarkovsky, Michael Powell, Emeric Pressberger, Chris Marker, John Ford y Claire Denis

¿En qué consiste una peregrinación cuando no es necesariamente una caminata religiosa? Un ejemplo contemporáneo es Wild (Alma salvaje, 2013) de Jean-Marca Vallée; a menudo ese objetivo tiene un profundo significado para el viajero que no existe para el resto de las personas. El destino que se pretende alcanzar consiste en una misión propia motivada por distintas razones personales.

En Stalker de Tarkovsky, los peregrinos buscan una solución en la magia; en A Canterbury Tale, de Powell y Pressberger, los soldados marchan hacia una victoria militar; las viudas que viajan a Francia durante los años posteriores a la Primera Guerra Mundial en Pilgrimage, de John Ford, están en camino hacia el reconocimiento de la pena; el protagonista de The Intruder, se marcha rumbo a Tahití para hacer frente a la culpa y autodecepción por las decisiones que lo llevaron a una miserable existencia.

Aunque puede haber una meta a la cual se pretende llegar, muchas veces esos destinos no son tangibles. Muchas veces esas miradas hacia el horizonte sólo son miradas perdidas que se clavan en el mar, en el cielo, en una antigua catedral; pero lo que le da sentido a la peregrinación es ser consciente de la enormidad del viaje. 

 

Transcripción del videoensayo:

Es una vieja historia: un peregrino, o un grupo de peregrinos, dejan un lugar con el que están familiarizados y viajan, por lo general con muchas pausas y digresiones, a un lugar que han marcado como sagrado. El lugar sagrado en cuestión suele ser muy viejo. A veces, ya no existe, o está presente sólo para el buscador. En algunos casos, la peregrinación es una especie de penitencia, expiación por parte del peregrino por algún pecado del pasado. En otros, es una forma de recibir bendiciones. En algunos momentos y lugares, habría sido llamado “una oferta por la gracia”. 

En Stalker de Andrei Tarkovsky , el viaje es de un desierto nuclear quemado a un exuberante, engañosamente edénico desierto -La Zona- para que los peregrinos viajen con la esperanza de encontrar una habitación fabulosa que concede los deseos más profundos a sus visitantes. La primera etapa del viaje es en un vagón de ferrocarril. Durante cinco minutos vemos a los  héroes alegóricos (un escritor, un físico y el “stalker” que han contratado para guiarlos) moviéndose a lo largo de una pista de un solo sentido. Luego, con un corte, estamos en la zona.

Todas las películas de peregrinación, en cierta medida, dependen de la creación de un espacio como este: extranjero, desconocido, incierto e inquietante. Parte de lo que hace a una película de peregrinación tan episódica y amigable con digresión es que sus personajes siempre están en el proceso de explorar un lugar en el que aún no están en casa, examinando un nuevo terreno.

Otra forma de expresar esto es que la película de peregrinación tiene una especie de senderismo, racha ensayística. Es quizás esto lo que atrajo a Chris Marker, en su gran película de ensayo Sans Soleil, a la imagen de la zona de Tarkovsky, representada aquí por un programa informático que reproduce imágenes recientes como si estuvieran “ya afectados por el musgo de tiempo”.

“El musgo de tiempo” también es el tema de la que podría ser la más grande de todas las películas de peregrinación: A Canterbury Tale, la fábula ambientada en la Segunda Guerra Mundial dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger). Aquí, los peregrinos son miembros del Ejército de Tierra de Mujeres, un oficial militar británico y un sargento del medio oeste. Todo unido de forma independiente para Canterbury, han sido retrasados en un pequeño y bucólico pueblo en Kent. En esta escena, escuchan a un siniestro magistrado de la ciudad dando lectura sobre la historia del camino del peregrino local.

Los peregrinos en A Canterbury Tale son, después de todo, una especie de reconciliación entre el presente y el pasado. El sargento británico es un organista que se establece para brindar algunos espectáculos. Su bendición, entonces, sería llegar a un acuerdo con sus ambiciones juveniles. Respecto al sargento estadounidense, le sucede una renovación de un amor perdido; de la chica de la tierra, un reencuentro con su marido, muerto en el cumplimiento del deber. Lo que ellos quieren, en esencia, es una oportunidad de vivir brevemente en la eternidad, en un espacio donde las lagunas en el tiempo y el espacio se estrechan y se derrumban. Y en el clímax extendido de la película, ambientada en los alrededores de la catedral de Canterbury, reciben eso.

Como en A Canterbury Tale, el viaje central en Pilgrimage de John Ford es una respuesta –o adaptación– a la guerra. En este caso, sin embargo, es una cuestión de hacer penitencia. Una madre del Medio Oeste prefiere que su hijo esté en el ejército en lugar de casarse con la mujer que ama.

Después de que el hijo muere en la batalla, ella se une a un grupo de viudas de guerra estadounidense en un viaje a Francia y, finalmente, expía sus culpas por haberlo rechazado. Lo más espectacular: ella ayuda a una pareja parisina a casarse.

Una cosa que la película de Ford comparte con A Canterbury Tale es su laberíntica apertura decreciente, su tendencia a dar mucho espacio a los personajes y mucho tiempo a intercambios aparentemente mundanos. Es difícil imaginar cualquier película comparable hoy en día, por ejemplo, dando tanta atención a la forma en que las mujeres de edad hablan entre sí.

En ambos casos, estas digresiones llegan a parecer mucho más trabajo para la película de lo que podrían parecer. En el corazón de estas dos películas está la idea de que para ir en peregrinación significa tener que configurar espacios provisionales en el camino –haciendo hogares temporales y portátiles con quien sea que se esté viajando–.

El protagonista de The Intruder, de Claire Denis, (una de las grandes películas de peregrinación del siglo 21), está, por el contrario, completamente solo. Cuando él llega al Pacífico Sur a finales de la película, es para hacer penitencia –por haber hecho dinero a costa del sufrimiento de otros, por haber aceptado un transplante de corazón en el mercado negro, por haber abandonado a un hijo que nunca conoció–. Interpretado por Michel Subor, el personaje es conducido como si fuera un rey exiliado. exiliado. Mirando hacia Tahití, observa su pasado, en forma de imágenes tomadas de una de las primeras películas de Subor. En el espacio entre el material antiguo y lo nuevo, se ha convertido en un intruso en su propia cabeza, un peregrino sin rumbo.

LFG (@luisfer_crimi)

Fuente: Press Play

 
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