Reseña, crítica 118 días - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Rosewater
118 días
 
Estados Unidos
2014
 
Director:
Jon Stewart
 
Con:
Gael García Bernal, Kim Bodnia, Dimitri Leonidas, Haluk Bilginer, Shohreh Aghdashloo, Claire Foy
 
Guión:
Jon Stewart
 
Fotografía:
Bobby Bukowski
 
Edición:
Jay Rabinowitz
 
Música
104 min.
 
Duración:
Howard Shore
 

 
118 días
Publicado el 12 - Dic - 2014
 
 
  • Reseña: El actor y productor estadounidense, Jon Stewart, logra un acertado debut como realizador cinematográfico con 118 días (Rosewater, 2014), un drama basado en Then They Came for Me, libro de memorias del periodista canadiense de origen iraní Maziar Bahari (Gael García Bernal), donde narra el agitado proceso de las elecciones presidenciales de 2009 en Irán, así como la captura y tortura a la que fue sometido.  - ENFILME.COM
  • Reseña: El actor y productor estadounidense, Jon Stewart, logra un acertado debut como realizador cinematográfico con 118 días (Rosewater, 2014), un drama basado en Then They Came for Me, libro de memorias del periodista canadiense de origen iraní Maziar Bahari (Gael García Bernal), donde narra el agitado proceso de las elecciones presidenciales de 2009 en Irán, así como la captura y tortura a la que fue sometido.  - ENFILME.COM
  • Reseña: El actor y productor estadounidense, Jon Stewart, logra un acertado debut como realizador cinematográfico con 118 días (Rosewater, 2014), un drama basado en Then They Came for Me, libro de memorias del periodista canadiense de origen iraní Maziar Bahari (Gael García Bernal), donde narra el agitado proceso de las elecciones presidenciales de 2009 en Irán, así como la captura y tortura a la que fue sometido.  - ENFILME.COM
  • Reseña: El actor y productor estadounidense, Jon Stewart, logra un acertado debut como realizador cinematográfico con 118 días (Rosewater, 2014), un drama basado en Then They Came for Me, libro de memorias del periodista canadiense de origen iraní Maziar Bahari (Gael García Bernal), donde narra el agitado proceso de las elecciones presidenciales de 2009 en Irán, así como la captura y tortura a la que fue sometido.  - ENFILME.COM
  • Reseña: El actor y productor estadounidense, Jon Stewart, logra un acertado debut como realizador cinematográfico con 118 días (Rosewater, 2014), un drama basado en Then They Came for Me, libro de memorias del periodista canadiense de origen iraní Maziar Bahari (Gael García Bernal), donde narra el agitado proceso de las elecciones presidenciales de 2009 en Irán, así como la captura y tortura a la que fue sometido.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

Aquí puedes leer la verdadera historia detrás de 118 días

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La vida política, económica y social del Irán moderno representa el bloque de estudio que el periodista y documentalista canadiense de origen iraní, Maziar Bahari, ha desarrollado a lo largo de su carrera. Analizó la colaboración de un pequeño grupo de artistas de Teherán que decide crear una galería de arte contemporáneo en Art of Demolition (1998); la pasión por el futbol del pueblo iraní en Football, Iranian Style (2001); el caso del hombre que asesinó a 16 prostitutas en la ciudad de Mashad en And Along Came a Spider (2002); la revolución de 1979 y la caída del último Shah de Persia en The Fall of a Shah (2009); el retrato de los bahá’ís (una pequeña y pacífica comunidad que ha sido perseguida y torturada por las autoridades políticas y religiosas de su país) en To Light a Candle (2014). Un día de 2009, después de la sorpresiva e inquietante noticia de que Bahari fue detenido mientras cubría los disturbios masivos posteriores a las reñidas elecciones presidenciales entre Hossein Mousavi y Mahmud Ahmadinejad en Irán, el periodista, en un acto transmitido por Press TV (canal de noticias de la televisión iraní), confesó ser un espía extranjero partícipe de un vil complot orquestado por las fuerzas de Occidente que pretendía desestabilizar a la nación musulmana. Su expresión tensa y sus palabras hacían pensar que se trataba de una declaración forzada ejecutada bajo un acto de mayores dimensiones. ¿Qué pudo haber obligado a Bahari declararse culpable?

La respuesta a esto es otorgada en 118 días (Rosewater, 2014), el debut como director del actor, comediante y personalidad de la televisión estadounidense, Jon Stewart, quien también escribió el guión basándose en Then They Came For Me (Luego vinieron por mí), el libro que recopila las memorias de Bahari, cuyo título hace alusión al poema antinazi del pastor luterano alemán Martin Niemöller. El primer vínculo real que hubo entre Stewart y Bahari se pone de manifiesto en una de las primeras escenas del filme. Bahari (Gael García Bernal), corresponsal de la publicación estadounidense Newsweek y colaborador de la BBC, es asignado para cubrir las elecciones presidenciales de 2009; en suelo iraní, el periodista accede a darle una entrevista a uno de los colegas de Stewart, el comediante Jason Jones (interpretado por el propio Jones) que participa en The Daily Show, una serie cómica que parodia los noticieros televisivos. La entrevista es sólo una broma; Jones le pregunta a Bahari qué se siente ser espía e infiltrado en territorio enemigo. Más tarde, ya en prisión, su brutal captor e interrogador, Javadi utiliza esa entrevista con Jones como evidencia para culparlo de ser espía; Bahari apela a la verdad: The Daily Show es sólo un programa de televisión, una sátira de los noticieros; una broma.

Bahari apoda “Rosewater” a su captor Javadi (interpretado por el danés Kim Bodnia), por el perfume de agua de rosas que intenta ocultar el hedor que desprende su cuerpo y que anuncia su presencia al prisionero de los ojos vendados: “Yo lo podía oler, antes de verlo”, escribió Bahari. Inmerso en su rígido contexto cultural, Javadi es incapaz de entender la broma sobre el falso espionaje. Es un hombre impulsivo, por momentos violento y salvaje, obediente de sus superiores y de la teocracia que rige Irán rindiéndole pleitesía a su líder supremo, Ali Jamenei. Al interior de la prisión de Evin, vemos el choque de dos mentalidades: Javadi, el hombre de sensibilidad medieval, brusco e ignorante, contra Maziar, el hombre moderno, pacífico y letrado. Estas posturas no sólo chocan en la ficción que propone Stewart, sino también representan la permanente lucha y división que existe hoy en día en Irán. Los dos polos opuestos se mantienen en constantes fricciones que buscan, por un lado, la permanencia de un sistema teocrático y cerrado, y por el otro, la posibilidad de la apertura hacia el exterior.

Después de un prólogo que muestra la detención de Bahari, el filme lo enfoca a él en Londres al lado de su joven pareja, Paola (Claire Foy), que está embarazada de su primer hijo; ella supone que el viaje a Irán será breve, que únicamente durará lo suficiente para cubrir las elecciones. De camino al aeropuerto, la voz en off de Bahari nos cuenta detalles de su infancia cuando vivía en Irán; las experiencias y enseñanzas –en torno a los conceptos de libertad, así como la apreciación y goce de las manifestaciones artísticas– al lado de su hermana Maryam (Golshifteh Farahani), así como la radical postura comunista de su padre Baba Akbar (Haluk Bilginer). Stewart emplea un atractivo recurso visual para representar sus recuerdos: sobre las paredes, puertas y vidrios de los negocios y establecimientos que se encuentran en las calles de Londres que recorre rumbo al aeropuerto, se desprenden una serie de viñetas con imágenes en movimiento.

Los muros conservan su importancia en Teherán; ya sea en edificios o calles, se muestran enormes murales y grafitis, manifestaciones asociadas al street art, cuyos orígenes se remontan a las revueltas estudiantiles europeas de los sesenta, cuando los jóvenes plasmaban ideas políticas en los muros, pero también fragmentos de poemas. Las paredes, al ser escenarios accesibles a toda la población, se convierten en los soportes idóneos de propaganda, ya sea para asumir y respaldar al régimen o para criticarlo. No es de extrañar que todo aquello que puede expresarse en una pared de concreto, de manera legal o clandestina, haya evolucionado y pueda plasmarse ahora en un muro virtual. Stewart aprovecha el contexto en el que desarrolla su filme para aludir a la llamada “Revolución YouTube” (donde los periodistas fueron privados de la posibilidad de grabar y registrar las marchas postelectorales de los inconformes, pero los habitantes emplearon sus teléfonos celulares para videograbar los acontecimientos). El filme lo representa visualmente mediante la superposición de diversos hashtags de Twitter que surgen de las multitudes y se dispersan por las calles, avenidas y ciudades. Estas secuencias conforman un comentario coherente de Stewart respecto al poder democratizador de la tecnología; es una mirada reflexiva sobre cómo la gente puede participar en un movimiento de estas magnitudes. En otra escena, Stewart muestra a un niño que graba con un teléfono celular el momento en el que la policía confisca antenas satelitales –herramientas prohibidas por el gobierno para evitar que la población vea programas y noticieros extranjeros que, según ellos, atentan contra la unión de la nación–. La ingenuidad del pequeño, la manera intuitiva con la que videograba ese acontecimiento, responde al impulso de emplear cualquier herramienta al alcance para registrar la realidad. Esta acción contrasta con la prudencia y sensatez de Bahari, quien, antes de las revueltas, es llevado por su guía y conductor local Davood (Dimitri Leonidas) a una azotea donde hay decenas de antenas satelitales; los amigos de Davood le piden a Bahari que utilice su cámara para grabarlas, pero él opta por no hacerlo manifestando que se ha agotado la batería de su dispositivo. Resulta evidente que Bahari decide no grabar algo que pueda ser usado en contra de esos jóvenes; su acto refleja la responsabilidad y consciencia con la que asume su profesión.

Desde días previos a la elección que cubrirá Bahari, se respira el ambiente efervescente y participativo de las calles de Teherán; la gente está emocionada y atenta, principalmente los seguidores del reformista Mir Hossein Mousavi. De acuerdo a la percepción de Bahari, él posee el fuerte apoyo de los jóvenes que tienen acceso a la educación universitaria y que residen en las importantes urbes de Irán. Su adversario, Mahmud Ahmadinejad, apela a los pobres y analfabetas, al sector más vulnerable y que, por sus necesidades, es el más fácil de manipular. Y aunque Mousavi está al frente en las encuestas, hay signos de desconfianza, como la declaración de Jamenei, el Líder supremo, que, en principio, debería permanecer neutral, pero se inclina hacia Ahmadinejad, gobernante que representa la ideología islamista conservadora (basada en los antiguos abusos del Shah y en el autoritarismo de los fundamentalistas). Esta tendencia radical que desde que se instauró, poco después de la revolución de 1979, destruyó toda forma de vida occidental sometiendo a la mujer a condiciones de vida sin derechos ni libertades.

El día de las elecciones, las fuerzas de Ahmadinejad anuncian los resultados incluso antes de que cierren las urnas. Los partidarios de Musavi sospechan un fraude masivo y comienzan a protestar inmediatamente. Utilizando una mezcla de documental y metraje dramatizado, Stewart, el cinefotógrafo, Bobby Bukowski, y el editor, Jay Rabinowitz, construyen una fascinante crónica de los sucesos, apegándose fielmente al material que el verdadero Bahari y algunos otros periodistas lograron filmar en aquellos agitados días, donde miles de partidarios de Musavi, empleando el color verde como emblema, abarrotaron las calles de Irán para reclamar que sus votos habían sido ignorados y robados. El suceso significó una revuelta que sacudió los cimientos de la república islámica. Este movimiento, denominado por la prensa internacional como la “Revolución Verde”, anhelaba la igualdad económica, las libertades fundamentales, la movilidad y justicia social, la participación política, y el respeto y la dignidad de todos los iraníes; exigía el reconocimiento de las libertades civiles originalmente defendidas por la Revolución Islámica. Pero ¿dónde quedó todo aquello? Quizá, el ojo de extranjero de Stewart le dificulta profundizar en el entendimiento del hartazgo y la rabia que sentía la población en ese momento. Por el contrario, quien sí lo logra es el cineasta iraní Rafi Pitts en El cazador (2010), donde la esposa e hija del protagonista son asesinadas por un policía en una de las protestas, a partir de ese momento, el personaje principal, lleno de tristeza y rencor, comienza una cacería contra los policías. Pero es esa sensación de fastidio e incomodidad de la gente, lo que la motiva a manifestarse y expresarse libremente, aunque tomando en cuenta que cuando las protestas se exceden, dan origen a una represión todavía mayor que suele caer en la brutalidad. Se vivió en Egipto y varios otros países árabes, también en Siria; y en México, actualmente, no somos ajenos a esa atmósfera de efervescencia, de exigencia de cambio y justicia que se manifiesta en las calles; esa tensión entre sociedad y gobierno que en cualquier momento se puede descarrilar. 

Ya estando en prisión, y bajo el duro control de su captor, Bahari es sometido a una serie de torturas físicas. Aunque en su libro de memorias, Bahari relata los detalles sobre las golpizas que recibió (nunca le tocaron el rostro precisamente porque querían que apareciera frente a una cámara de televisión para declararse espía), Stewart no se concentra en la violencia física y prefiere otorgarle mayor atención a la presión psicológica, aunque sin la contundencia necesaria para que el espectador sienta y perciba los terrores y traumas que vivió Bahari durante 118 días en aquel confinamiento, donde gran parte del tiempo permaneció con los ojos vendados. El cautiverio que vive Bahari es notable más por su tedio que por su ferocidad. Al no tener contacto con ningún otro ser humano, más que las interacciones que tiene con Javadi –y en ocasiones con el superior de éste-, Bahari sostiene conversaciones imaginarias con su difunto padre y hermana, figuras que soportaron torturas y largas penas de prisión durante el régimen del Shah. También elabora juegos mentales para mantener su cordura y evitar caer en el desquicio y la locura. Uno de los elementos más interesantes es cuando Bahari se percata que la crueldad expresada por Javadi se debe, en parte, a la represión sexual de este individuo. El periodista seduce a su captor con una serie de historias inventadas en torno a los masajes eróticos que recibió en Nueva Jersey. El sitio es visto con recelo por el policía, pero también le resulta ambiguo ese lugar. Por una parte, la ciudad norteamericana representa el infierno asociado al dominio del imperio occidental, pero por otro lado, Javadi asocia la ciudad de Nueva Jersey al paraíso del Islam, aquel en el que se le promete al creyente que tendrá 72 vírgenes. Este pasaje, que Stewart maneja con cierto sentido del humor, se desvía del tono central, intenso y dramático de la historia, pero evidencia el uso de una herramienta recurrente en el ámbito de la política: la elaboración del discurso que apele a las emociones más fáciles para manipular y controlar al otro.

El guión de Stewart ofrece algunos momentos muy inteligentes: en un diálogo que mantiene Bahari con el jefe de su captor, el periodista recuerda (al igual que lo hizo Ben Affleck en el prólogo de Argo) el golpe de Estado apoyado por la CIA en el que se derrocó al líder Mohammad Mosaddeq –que había sido electo de manera democrática– en 1953. Este recurso es astuto y brinda equilibrio, porque de alguna manera justifica que las sospechas de las autoridades iraníes respecto a Occidente no son del todo suposiciones paranoicas. En otro momento, se revela que el padre de Bahari fue encarcelado por ser comunista, y en este diálogo imaginario que el protagonista sostiene con su padre, le permite a Bahari desafiar a la figura paterna con una sutil observación: el padre dedicó toda su vida a impulsar un sistema estalinista, aquel que produjo el Gulag, el sistema penal de trabajos forzados instaurado en la Unión Soviética y que sirvió de modelo a Irán para crear sus prisiones de tortura.

Spoiler alert

También, el filme muestra el conflicto moral de Bahari entre asumir responsabilidades heroicas o responder a los compromisos que tiene con sus seres más cercanos. ¿Hasta qué punto quiere, debe o necesita vincularse en las manifestaciones de su país de origen? ¿En qué momento debe detenerse y pensar que lejos de ahí tiene un hogar y una esposa embarazada que lo espera? Esta pugna explicaría gran parte del por qué –además de las torturas– Bahari accede a firmar su declaración donde se confiesa culpable.

Fin del spoiler

La habitación de tortura –cuyas paredes blancas y pálidas contrastan con los muros coloridos del exterior en los que se plasman las inconformidades del pueblo– representa el sistema cerrado de Mahmud Ahmadinejad durante los años que estuvo en el poder (de 2005 a 2013); una ideología islamista conservadora que ha edificado una serie de muros ideológicos para encerrar a su pueblo y mantener a sus habitantes lejos del contacto con otras culturas. Así como la niña rebelde de talante progresista que tenía contacto con el punk y con otras manifestaciones culturales y populares de Occidente en Persépolis (Marjane Satrapi, 2007); o el grupo de entusiastas y creativos músicos que tenían el sueño de dar un concierto, conseguir pasaportes y abandonar Irán en Nadie sabe nada de gatos persas (Bahman Ghobadi, 2009), 118 días muestra sutilmente –mediante los flashbacks del Bahari niño con su joven hermana– cómo el contacto con varias manifestaciones artísticas (la literatura de Antón Chéjov, el cine de Pier Paolo Pasolini, o la música de Leonard Coehn) son las principales herramientas para ampliar las mentes, aquellas que están hambrientas de conocimiento, aquellas que buscan la apertura de una nación con una historia cultural tan rica y vasta, como es Irán.

 
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