Reseña, crítica 7 días en La Habana - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
7 días en La Habana
7 días en La Habana
 
Francia / España
2012
 
Director:
Laurent Cantet, Benicio Del Toro, Julio Medem, Gaspar Noé, Elia Suleiman, Juan Carlos Tabío, Pablo Trapero
 
Guión:
Laurent Cantet, Benicio Del Toro, Julio Medem, Gaspar Noé, Elia Suleiman, Juan Carlos Tabío, Pablo Trapero, Santiago Mitre, Martín Mauregui, Leonardo Padura, Alejandro Fadel
 
Fotografía:
Daniel Aranyó, Diego Dussuel, Gaspar Noé
 
Edición:
Josh Hutcherson, Daniel Brühl, Emir Kusturica, Elia Suleiman Duración:
129 min.
 

 
7 días en La Habana
Publicado el 21 - Jul - 2013
 
 
Cada autor de cine es un mundo. Pero, en esta película, siete directores conforman una ciudad, La Habana. - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

Por Sofía Ochoa (@SofOchoa)

Cada autor de cine es un mundo. Pero, en esta película, siete directores conforman una ciudad, La Habana. Aunque la experiencia con otras recopilaciones de cortometrajes que tienen a una ciudad importante como tema central demuestra que lo más práctico es que cada director se independice y siga la columna vertebral casi de manera circunstancial, esta colección de siete cortometrajes dirigidos por siete autores de élite, comprueba que cuando existe la disposición se pueden llegar a acuerdos y mantener la integridad de un equipo, sin sacrificar la individualidad y el estilo de las voces. En 7 días en La Habana (Un Certain Regard, Cannes 2012), siete directores de alcurnia se encargan de darle color a cada día de la semana con un cortometraje.

El recorrido inicia de manera lúdica y humorística con el puertorriqueño Benicio del Toro en su segundo trabajo tras la cámara. Su visión es tan borrosa y distorsionada como la del extranjero naive. Josh Hutcherson (Los juegos del hambre, 2012) interpreta a un actor estadounidense que realiza un curso en esta capital. En su tiempo libre quiere salir con mujeres. Seguramente habrá escuchado de la fama de las cubanas; pero ninguna de ellas ha escuchado de la suya. Fracasa con todas, tanto con las pagadas, como con las otras, que suelen estar apartadas. Se trata de una street movie que poco a poco deja mirar, más no explorar del todo, diversos espacios de La Habana: una vecindad, un antro, un hotel. Y entre locación y locación el protagonista avanza en un auto, lo que nos permite ver las calles de la ciudad y escuchar las conversaciones cercanas dentro de este lugar cerrado. Los cubanos lo apodan “El Yuma” –de donde toma el nombre el corto– porque es originario de los “Yunited States of America” o porque lo consideran un amigo, “Yumaifrend”. La noche avanza hasta que consigue una dama que lleva a su hotel. Pero como sucede constantemente en La Habana, o debido al alcohol que ha ingerido, nada es lo que parece. El filme abre paso a un halo de crítica compasión cuando su acompañante le pide como recompensa por el trajín solamente su gorra de los Yankees que había usado durante todo el día, entre todos los equipos de baseball que pudo haber escogido.

El camino etílico y de celebración, así como las escenas dentro de un auto que lleva a un extranjero a través de La Habana, los continúa el argentino Pablo Trapero con “Jam Sessions”, protagonizado por el director y músico Emir Kusturica (Underground, 1995) interpretando a la versión más borracha de sí mismo. Irónicamente, durante esos días de rodaje, el director serbio no podía tomar una sola gota de alcohol. En este corto, Trapero parece haberse valido más de su experiencia en la isla, dejando aparentemente en segundo plano la situación social marginal que prevalece en Cuba; conociendo sus antecedentes como un director involucrado en el mejoramiento de la sociedad, esto podría parecer peculiar en un primer momento. Kusturica asiste al Festival de Cine de La Habana (que ya había sido visitado por Trapero) para recibir un galardón. Pero las discusiones telefónicas a Serbia con su mujer lo mantienen ahogado, deprimido y deseoso de alejarse. Así se percata del talento musical de su chofer –con quien cada vez mantiene conversaciones más cercanas dentro del auto–, un trompetista con una singular capacidad de improvisación. El final es obvio (en el buen sentido), sutilmente nostálgico, y deja notar el ojo cargado de observaciones sociales de Trapero. Kusturica recibe galardones. El chofer seguirá siendo un anónimo que le robe espacios a su tiempo libre para ejercer su talento, en un sitio donde escasean las oportunidades.

El segmento del palestino Elia Suleiman es una sucesión de postales coloreadas con su humor seco y austero. Protagonizado por él y totalmente mudo, atestiguamos las idas y venidas entre su embajada y su hotel, donde parece igual de perdido que en los exteriores. A la embajada, donde se topa con una estatua de Yasser Arafat (líder de la Organización para la Liberación de Palestina) intenta conseguir una entrevista con El Comandante. En su hotel, a través del televisor, se percata de que estos actos públicos, casi idénticos el uno al otro, consisten en tener a Fidel Castro dando discursos interminables, con burócratas trajeados que exceden los 60 años a los lados. La mirada de Suleiman casi sin emociones, que remite a un Mr. Bean árabe, añade un toque de ironía a la totalmente absurda situación, pues cuando sale a la calle solo observa a la distancia, con cámara fija, como si tomara fotografías de su viaje (aunque un personaje como él jamás haría algo así, a menos que otro turista se lo pidiera), las relaciones que surgen por doquier a su alrededor. Primero entre extranjeros, después entre los isleños. Pero en ningún momento parece tan entusiasmado como fuera de su cuarto, donde él es observado por la camarista y no al revés, y donde dos caminos se cruzan en un encuentro de pasillos, ¿los de Cuba y Palestina?

La primera protagonista habanera de 7 días… es una cantante que se ha dejado deslumbrar (en parte por cariño y atracción, en parte por la nueva perspectiva de vida que él le ofrece) por un español que le ofrece un contrato para cantar en Europa. El futuro en boca de este nuevo galán parece idílico. El conflicto se debe a que ella está casada con un beisbolista cubano que, aunque exitoso, cuando tuvo la oportunidad de jugar en el extranjero, la dejó ir, y tiene que decidir entre ambos. La visión es la más melosa y melodramática del compendio, e incluye una escena erótica que aunque saca ventaja de los esculturales cuerpos cubanos, está metida con calzador. Algo así no podía omitirse en un trabajo firmado por Julio Medem. Las canciones que supuestamente entona la protagonista y cuya letra reitera el estado sentimental de los personajes añaden melcocha a la de por sí adornada disyuntiva. Aún así, el dilema es acentuado con el visible contraste entre lo turístico y lo isleño, vemos el hotel, su vista al mar, el baño del cuarto, y luego su casa en una vecindad muy vieja, su cuarto (que es estancia, comedor y sala), su baño; todo llevado al incómodo punto de la reflexión.

El único viaje que se realiza en el filme es el de la protagonista del argentino Gaspar Noé en “El ritual”: una lesbiana que es “curada” con los ritos de un Santero, una figura de origen africano y cubano. La joven pasa por un rito de iniciación, del que somos testigos, y del que en realidad apenas podemos atisbar algunos brochazos. Se trata del corto más ambiguo de todos, hecho un poco a manera de videoclip –de videoclip de Noé– en el que todo transcurre entre sombras, los cuerpos se mueven al ritmo de la música, se transmiten sensaciones pero las ideas se dan por sentadas, y así su director corre el riesgo de equivocarse profundamente con sus personajes –pues apenas son reflejos de luz desvanecidos de la realidad– y con el espectador, pues esta fórmula es idónea para reforzar sus preconcepciones, cualquiera que estas sean.

En “Dulce amargo”, el cubano Juan Carlos Tabío hace hincapié en la cotidianidad habanera, abriéndonos de par en par las puertas de un hogar cubano encabezado por una psicóloga milchambas que empuja a que su esposo bebedor, un ya muy traqueteado Jorge Perrugorría (Fresa y chocolate, 1993), evada por momentos la televisión –nunca el vicio– con algo de trabajo. Tiene dos hijas, a las que apenas vemos, pero una de ellas desata la curva final del corto. Su día que, claramente se ve, podría ser cualquiera, es una corretiza por terminar unos pasteles que se dificulta por tres cosas: por los comunes devenires familiares, por el exceso de trabajo (debido a un exceso de necesidad) y por la escasez de recursos en Cuba donde conseguir algunos huevos puede volverse una odisea comunitaria. No sin un dejo de sarcasmo, cuando esta mujer, ya transformada en su papel de psicóloga de televisión, tiene que aconsejar esa misma noche a los cubanos sobre cómo no estresarse por las nimiedades del día, al espectador se le viene a la mente todo lo que esa pobre padeció en la mañana, y descubrimos poco a poco que, sin verlo venir, que ella está pasando por uno de los momentos más tristes de su historia.

Esa cooperación vecinal que en el corto anterior es un tema secundario, en “La fuente” de Laurent Cantet, junto con la fe, se trata del motor del cortometraje. Una vieja mujer despierta después de haber tenido un sueño revelador: la virgen le ha pedido que derrumbe las paredes de su departamento, construya una fuente en el centro donde su estatuilla debe ser colocada, se mande a hacer un hermoso vestido amarillo, y dé una fiesta en su honor. La mujer despierta en medio de su miseria, pero eso no la detiene. Inmediatamente comienza su faena de gritadora y domadora de vecinos a los que convence a través de su propio convencimiento de brindarle soluciones, más que peros. Por la noche lo que parecía imposible se ha logrado en conjunto. A la mañana siguiente descubrimos el por qué de tan exigente ensueño. Cantet brinda una visión quizá demasiado encantadora de los habaneros: solidarios, respetuosos de los viejos, creyentes, trabajadores, diligentes…

De toda esta colección (comisionada por el discretamente acomodado entre escenas ron Havana Club) sobresale una visión variopinta del lugar que le da nombre. Los directores aportan honestidad y sutileza. Destacan el humor y el sazón espiritual de los cubanos, su temple. Al mostrar retratos minuciosos, hacen una crítica al sistema que los ha aislado, señalando las consecuencias: la pobreza, el deseo material de lo ajeno, la incapacidad para ver sueños realizados, el absurdo estilo político de su líder, las dificultades para amar, la cerrazón sexual, el exceso de trabajo, la falta de esperanza y la escasez de recursos. Más allá de todos estos sinsabores, algo queda claro en 7 días…: el deseo cubano de pertenecer, de salir y darse a conocer, de ser valorados por lo que en realidad son. Aún así, la asfixia, desesperación y angustia de uno de los países del mundo más oprimidos por su gobierno –que pueden verse con más claridad en filmes como Juan de los muertos (2011), Una noche (2012), Melaza (2012)– aquí apenas dejan sentir su aura en el trabajo de Tabío. Después de todo, el resto de las miradas no dejan de ser ajenas.

Junio 3, 2013.

 
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