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FICHA TÉCNICA
Aún es de noche en Caracas
Aún es de noche en Caracas
 
México, Venezuela
2025
 
Director:
Mariana Rondón, Marité Ugas
 
Con:
Natalia Reyes, Samantha Castillo, Moisés Angola, Edgar Ramírez
 
Guión:
Mariana Rondón, Marité Unas, Karina Sainz Borgo
 
Fotografía:
Juan Pablo Ramírez
 
Edición:
Soledad Sálate
 
Música
Camilo Froideval
 
Duración:
97 min.
 

 
Aún es de noche en Caracas
Publicado el 06 - Feb - 2026
 
 
  • Aún es de noche en Caracas no requiere que el espectador conozca todo el contexto en el que se desdobla, para entender la historia ni el fondo del discurso, aunque todo mundo conozca la situación de Venezuela.  - ENFILME.COM
  • Aún es de noche en Caracas no requiere que el espectador conozca todo el contexto en el que se desdobla, para entender la historia ni el fondo del discurso, aunque todo mundo conozca la situación de Venezuela.  - ENFILME.COM
  • Aún es de noche en Caracas no requiere que el espectador conozca todo el contexto en el que se desdobla, para entender la historia ni el fondo del discurso, aunque todo mundo conozca la situación de Venezuela.  - ENFILME.COM
 

por: Alfonso Flores-Durón y Martínez 

Para Ale

Debido a la reciente incursión de Donald Trump en Venezuela para, en un operativo tan quirúrgico como absolutamente ilegal (tomando en cuenta las leyes internacionales vigentes), capturar o, casi podríamos decir, abducir a Nicolás Maduro y esposa, y después llevarlos a Estados Unidos y, ya encarcelados, someterlos a juicio, las opiniones sobre el hecho, alrededor de todo el mundo, se dividieron. Nada que extrañar en un mundo tan polarizado como el que vivimos. Lo cierto es que ha existido una Venezuela que lleva décadas padeciendo a una dictadura salvaje, primero con Hugo Chávez, y después con Maduro, antes de la aparición de Trump; y seguirá existiendo una Venezuela -deseamos millones que libre para conducir su destino de modo democrático-, cuando Trump ya no exista, también, por muchos, por todos los demás años. 

De la Venezuela de la época chavista-madurista ya nos había hablado, a través del cine, Mariana Rondón. Su filme de 2013, Pelo malo (expresión usada en algunos países latinoamericanos para designar el cabello crespo, rizado, ensortijado, ondulado, “chino”, pues; propio de los afrodescendientes, que contiene de entrada una acepción agraviante), observaba en clave de realismo social un panorama abrumadoramente desolador ocurriendo en su país, a partir de la trama de un niño habitante de un multifamiliar en los suburbios pobres de Caracas, obsesionado con alaciarse el cabello. Si bien la directora fue cuidadosa para bordar su narración desde el intimismo de una historia familiar y así evitar la censura y posible persecución del régimen totalitario chavista, hábilmente esparció a lo largo de su relato incisivas observaciones que rebasaban el ámbito familiar y el social y se insertaban decidida, aunque finamente, en lo político. Con delicadeza, Mariana pintaba el estado de descomposición en el que la dictadura tenía hundida a su patria. La gente más desfavorecida no solo no tenía oportunidad de escapar de una vida hostil y asfixiante, sino que la acumulación cotidiana de afrentas, frustraciones, impotencia, terminaba por permitir como única válvula de escape el desquite con los más cercanos. Un círculo vicioso cruel y casi imposible de desmontar. 

Doce años después, cuando la situación de Venezuela se percibía insostenible, con una economía que llegó a ser la más próspera de América Latina en ruinas, con la gente pobre mucho más fregada que cuando la corrupción y las obscenas desigualdades exigían un cambio, con la violencia e inseguridad desbocadas en las calles, y la represión de la dictadura en contra de cualquier expresión de descontento -como último recurso para mantener un poder que el gobierno perdió en las urnas en junio del 2024- incontenible, Mariana Rondón cristalizó su retorno a la dirección de cine, en mancuerna con Marité Ugas, adaptando La hija de la española, novela debut de la escritora venezolana, Karina Sainz Borgo. Juntas la convirtieron en el filme Aún es de noche en Caracas.

Apenas después de haber enterrado a su madre que murió de cáncer, Adelaida (Natalia Reyes), en sus tardíos treintas, se encuentra con que un colectivo de invasoras de domicilios vinculadas al régimen, al enterarse del fallecimiento, se apoderaron del departamento que estaba a nombre de la difunta, en el centro de Caracas. Lo hacen y se lo restregan con total desfachatez e impiedad, pues se saben impunes, protegidas por la ingeniería del sistema en que descansa la dictadura. En la mayoría de las ficciones fílmicas una concatenación inmediata de tragedias así parecería una exageración, pero no lo es en la realidad venezolana. 

Solo unos días antes, Adelaida se había topado con la adusta vecina del apartamento opuesto al suyo en el mismo piso del edificio, Aurora Peralta (Samantha Castillo) y le había platicado sobre la muerte de su madre, que fue maestra de Aurora en la infancia. Y ella, Aurora, aproximadamente de la edad de Adelaida, a su vez, parca, le comentó que se encontraba en un delicado estado de salud pero que, próximamente, se marcharía a vivir a España con unos familiares que le facilitarían el proceso, ayudándola económicamente y destrabando los intrincados trámites, a través de la embajada (su madre era española, ella de doble nacionalidad), necesarios para poder salir del país.

En una carambola del destino, de esas en las que el beneficio de unos suele ir montado en la desgracia de otros, a Adelaida parecen poder cuadrársele las cosas. Sintiéndose sola, desamparada, extraviada, y siendo muy ilusa, regresa a su departamento con intención de reconquistarlo, aprovechando que las pérfidas ocupantes no se encuentran. Adelaida no solo fracasa sino que, justo al comprobar su derrota, escucha el momento en que las belicosas mujeres entran en el edificio. No parece tener escapatoria pero, cuando parece perdida y toca la puerta en casa de su vecina para pedir refugio, la puerta se abre. Con voz delgada la llama para avisarle que ha penetrado en su intimidad, pero no recibe respuesta. Abriéndose paso por el espacio que le era desconocido -pese a toda una vida de habitar apenas a unos metros de él-, descubre en el piso el cuerpo de Aurora. No respira; está muerta. Todavía sin reponerse del todo de la conmoción que le provoca el cadáver, y la situación toda, Adelaida escucha sonar el teléfono y activarse la contestadora. Quien llama son los familiares españoles de Aurora, avisando que todo está listo para su viaje, pidiéndole contactarlos cuanto antes. En la calles se suceden los disturbios, las marchas cada vez más encendidas de protesta contra el fraude electoral del gobierno durante aquellos días del 2017, los disparos en las redadas de la policía y los grupos de choque que agarran parejo a manifestantes y civiles de la calle. Un estado de terror amenazante. Y, en el departamento de enfrente, el que era suyo, también Adelaida escucha a la temible jefa de la milicia hablar de sus planes para hacerse de más propiedades a la redonda, y de su forma de organizar los despojos. Ella ve lo que ocurre afuera del edificio, escucha lo que sucede dentro del edificio, y poco es lo que puede hacer, más que habitar el silencio del lugar que era de Aurora. 

Entonces son en buena medida el celular de Aurora, que no deja de vibrar con mensajes de texto que expresan cada vez más inquietud y zozobra por parte de los parientes españoles enterados por las noticias sobre la situación límite en Caracas, acentuados con las voces desesperadas que guarda el contestador del teléfono fijo en los que avisan que de no responder pedirán la intervención de la embajada española, los que impelen a Adelaida a tomar acción. Decide, entonces, convertirse en Aurora. Contesta los mensajes del celular, e incluso habla en zuzurros y mediante filtros físicos por el teléfono para que no le reconozcan la voz, aunque les suene extraña. La situación es extrema, y extremas deben ser las medidas a tomar para salir de ella. 

Una noche en que al salir a la calle queda atrapada en la turbulencia de los gritos y las consignas y la feroz persecución contra quienes se expresan, tratando de separarse de la agitación, Adelaida percibe que alguien la sigue, aparentemente, dispuesto a apresarla, o a golpearla, o algo peor.  Al conseguir llegar a casa, resulta que la persona es Santiago (Moisés Angola), un antiguo conocido que, no teniendo otra alternativa, fue forzado a enrolarse en los grupos paramilitares civiles que actúan en caos armónico con las fuerzas gubernamentales. Desde ahí, busca proteger a los opositores cuando le es posible, si bien de igual forma en ocasiones tiene que agredirlos y someterlos para guardar las apariencias. Si descubren su doblez sería encarcelado o, simplemente, eliminado. 

Teniéndose que refugiar con Adelaida, al menos durante unos días, Santiago se entera de sus planes: Ella ha decidido suplantar por completo la identidad de Aurora para huir de Venezuela. Entre discusiones éticas y morales, de ida y vuelta entre los dos, reflexiones sobre la situación de su patria, recuerdos de uno y del otro (de infancia, de relaciones amorosas, de momentos felices, y también tristes), escarceos románticos que desembocan en todo tipo de desahogos, riñas y reconciliaciones, así como obligatorias salidas al exterior de ambos para cumplir con obligaciones impostergables (él pasar lista con sus superiores; ella, aprovechando la corrupción rampante y los mercados negros de documentos, terminar de convertirse en Aurora), con el temor permanente a ser descubiertos por las siniestras vecinas y, además, con la persistente y creciente presión de los familiares españoles de Aurora, es que ambos se juegan su futuro. En la incertidumbre del segundo a segundo que carcome la esperanza, , en un país humillado y devastado; en una ciudad rota y, aparentemente, desahuciada. 

Mariana Rondón y Marité Ugas han plasmado en cine lo que años y años de fragmentados clips televisivos en los noticieros nunca lograron: ofrecer, incluso sin mostrar violencia gráfica (salvo en un par de planos), el ambiente viciado, opresivo que han padecido todos estos años, desde fines del siglo pasado (e incluso antes), quienes viven en Venezuela. Se entiende que haya quienes piensen que tal vez el filme se queda corto al mostrar en toda su crudeza lo que han experimentado millones de seres humanos en el país sudamericano. Pero también es cierto que la apuesta de las directoras fue, más bien, condensar múltiples ideas, conceptos, sentimientos, experiencias, apuntaladas en la obra literaria, para traducirlas en su personal creación de imágenes y sonidos, de sombras y silencios, de historias concretas, personales, que resonaran en cualquier espectador del mundo evitando, precisamente, el sensacionalismo de los reportajes noticiosos de la televisión. Aún es de noche en Caracas habla de la experiencia íntima de quien no solo es obligada a renunciar a vivir en su propia casa, y luego en su propia ciudad, y en su propia patria, sino también es orillada por las circunstancias a despojarse de su propia identidad, de su nombre e historia, con tal de tener, quizá, la posibiidad de seguir viviendo y ya no solo sobreviviendo, en el mejor de los casos. 

Y es por eso que las directoras enfatizan los planos cerrados en Adelaida, la sensación de encierro en un sitio ajeno, la falta constante de luz (una noche que no termina nunca en Caracas), la necesidad de pactar con el silencio, tanto para contrastar este ambiente con lo que ocurre fuera, en las calles, que en buena medida se filtra a través de las ventanas solo como siluetas y gritos, estruendos fuera de cuadro, como también para cotejarlo con la vida interna de la protagonista, las campanadas de su mente a través de  recuerdos, reconstrucciones de momentos pasados de diversa índole, de la imaginación para idear soluciones, la conformación de su persona, de su identidad, de la que se aferra para poder sostenerse, sin claudicar, en un presente de espaldas a la esperanza, que la abruma y amenaza con apagarla. 

Cinematográficamente, Aún es de noche en Caracas es un filme que, tanto en la calma (la tensa calma, como clama el cliché periodístico), como en el estrépito, mantiene al espectador aturdido, abrumado; máxime sabiendo que lo que narra, si bien por momentos retratado en clave que coquetea con el thriller distópico, en realidad es lo que por años han vivido tantos seres humanos por toda la geografía venezolana. La causa del éxodo de casi diez millones de venezolanos de todas las clases y ámbitos (un tercio de los habitantes); una estampa del colapso absoluto del país. Tanto para los que se quedaron, como para los que tuvieron que irse (muchos de ellos sin la posibilidad de regresar desde hace muchos años, viviendo en el exilio con la insidiosa congoja de saber que sus familares viven en peligro permanente), el desasosiego no se aplaca cuando corren los créditos del final de una obra que es formidablemente cinematográfica, filmada con aplomo y ese tipo de verdad que se convierte en belleza, tanto en las contenidas secuencias interiores, como en las explosivas y arrebatadas escenas exteriores (brillante, esmerado el trabajo de Juan Pablo Ramírez en ambas propuestas). 

Pese a ser, evidentemente, un filme intensamente político, Aún es de noche en Caracas no requiere que el espectador conozca todo el contexto en el que se desdobla, para entender la historia ni el fondo del discurso. Las directoras apelan a una extensa variedad de símbolos (no desde la grandilocuencia, sino de la sutileza), empezando por el título mismo de su obra en combinación con el nombre del personaje al que hace referencia la novela y el papel que representa (una ciudad a la que le urge, finalmente, ver la aurora) para enriquecer y dimensionar una historia que es poderosa y se siente apabullante, pese a ser en buena medida filmada desde el encierro de apenas poco más de cuatro paredes. El ingenioso armado de la edición con material de archivo y reconstrucción de las revueltas (la mayoría filmadas en México), dan la idea de un filme hecho en una escala de producción mucho mayor.  

La protagonista pierde a su madre, pierde su casa y se ve obligada a exiliarse en la casa de la vecina, a un tiempo ocupando el espacio y la identidad vacías que dejó. El lugar es obscuro y le es ajeno, no es suyo, ni de nadie, como por desgracia parece hoy ser Venezuela. Es por eso que tampoco ahí encuentra sosiego Adelaida, ni paz, como es posible que tampoco lo haga del todo si logra conjurar su escape a España. Pues entonces apenas comenzaría el periplo del migrante que, una vez iniciado, en realidad no termina nunca. Porque jamás llega a embonar del todo en el sitio de destino y, aunque regrese, tampoco puede ya volver a encajar en el lugar del que se fue. 

La muerte atraviesa el filme desde el inicio (la madre), otra muerte impulsa la narración (la de Aurora), las muertes en la calle que atestigua desde la ventana inflaman la sensación amenazante de la trama, la muerte de una nación asesinada por quienes juraron rescatarla; y es la muerte de su identidad la que, quizá, le permita empezar otra vida. Una especie de renacimiento, tal vez obtuso, pero renacimiento a fin de cuentas. 

“Nunca creas en promesas hechas al borde del precipicio”, advierte la autora Vaitiere Alejandra Rojas Manrique, en su libro “Algo habla con mi voz”, sobre una venezolana exiliada con su familia en Colombia. Y al borde del precipicio acompañamos a Adelaida, por lo que es insensato juzgar ética y moralmente sus decisiones, como desde luego tampoco lo hacen Rondón y Ugas. Sería absurdo, pues en situaciones límite los sistemas de valores que aplican en lo que admitimos como “normalidad” no tienen vigencia. Nosotros, los espectadores, la acompañamos, pero ella, en realidad, está sola, como solos, desamparados, abandonados, están la mayoría de sus compatriotas. Y es desde esa intensa, paralizante soledad, intensificada por el pavor, el desasosiego y el cúmulo de pérdidas con las que carga, que Adelaida tendrá, ahí mismo, o en la distancia, que retoñar. Como lo tendrá que hacer, de igual modo, su patria, hasta convertirse en la tan ansiada Venezuela libre. Ese momento, por fin, parece acercarse. Por mucho que se extienda, eventualmente, a toda noche le llega su aurora.

@SirPonFDyM 

 
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