Reseña, crítica Canícula - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Canícula
Canícula
 
México
2011
 
Director:
Jose Álvarez
 
Con:
Hermelinda Santes González, Esteban González Juárez,
 
Guión:
Jose Álvarez
 
Fotografía:
Fernanda Romandía, Pedro González-Rubio, Sebastián Hofmann
 
Edición:
José Salcedo Duración:
65 min.
 

 
Canícula
Publicado el 25 - Jul - 2013
 
 
  • Jose Álvarez construye una película de delicado entramado estilístico, poderoso sustrato dramático y sutil aliento poético.  - ENFILME.COM
 

Por Verónica Sánchez Marín (@SofiaSanmarin)

Son pocos los documentales cuya gran virtud principal consiste en haber encontrado a los protagonistas y, sobre todo, convencerlos para que se cuente su realidad. Canícula, de Jose Álvarez –director del cortometraje Venus y el largometraje Flores en el desierto (2009), éste último acerca de aspectos de la cultura wirrárika (huichol)–, versa sobre dos tradiciones ancestrales que recorren la historia de la comunidad totonaca, asentada desde hace miles de años en Zapotal Santa Cruz, en el estado de Veracruz: la alfarería en manos de las mujeres y el arte de “volar” a cargo de los hombres, conocidos comúnmente como los Voladores de Papantla.

Álvarez emplea un enfoque íntimo de contemplación silenciosa, aunque de edición ágil, para trasladarnos a la vida de este pueblo que está en los preparativos del rito anual: la canícula. Una temporada del año de cuarenta días, considerada la más calurosa, la época del “sol sangrante” y que para esa cultura representa el momento de honrar y rendir tributo a los dioses para que la sequía no sea cruel y las lluvias bendigan sus tierras.

 El filme no habla solo de ese lapso o del día a día de la comunidad, sino que construye una película de delicado entramado estilístico, poderoso sustrato dramático y sutil aliento poético. Canícula aborda también la necesidad de velar por la memoria, y –casi, la urgencia ética– de preservar la cultura y la identidad de esta orgullosa y longeva tribu cuyas raíces culturales no se ven medradas por las fauces del mundo industrial.

El director consigue trasmitir la atmósfera selvática y atemporal del lugar, gracias a una estilizada fotografía de los también directores Sebastián Hofmann (Halley, 2012) y Pedro González-Rubio (Alamar, 2009), una banda sonora minimalista de Martín Delgado y diálogos escasos. A través de breves fragmentos, Álvarez nos introduce en la vida de la comunidad: las cerámicas elaboradas por las alfareras, que después son vendidas para el sustento familiar, los panaderos que desgranan el maíz y preparan el alimento, las féminas como portadoras del agua del hogar, y el rito de iniciación religioso de los futuros voladores de Papantla en la escuela de vuelo, encabezada por el maestro Esteban González. El director arma primeros planos a los rostros, a las manos de las alfareras para captar a detalle la elaboración de su obra. La cámara suele mantener una distancia adecuada para presenciar el ritual de los voladores.

El estilo de filmación es destacable. Cada cuadro tiene un propósito, mezclando colores vibrantes con golpes simples, de fotograma completo. No hay, sin embargo, una propuesta conceptual que trascienda el fiel e, incluso, idílico retrato de la población. El ojo que contempla se encuentra todavía abrumado por tanta belleza.

Somos testigos del arte y la exigencia física del trabajo de los totonacas. Mientras las mujeres trabajan con la tierra, amasan la arcilla, como si de preparar la masa de maíz para las tortillas se tratara, ellos pactan con el aire su derecho a respirarlo y habitarlo en su invisible –pero no insensible– materia. El hombre sube a las alturas y despierta a las deidades con su música y danza, para luego dejarse caer al vacío y, metafóricamente, morir. Una variante del sacrificio en las culturas prehispánicas, donde la muerte también implicaba perdurar. Un culto que data de hace un millar de años, cuando se realizó por primera vez para apaciguar a los dioses y poner fin a una sequía devastadora.

Asistimos a la ceremonia de los niños ataviados de blanco que están en la etapa de aprendizaje y entrenamiento. Cuando llega el momento, cuatro de ellos y un anciano, subirán a la parte superior de un poste que se eleva por encima del bosque para honrar a sus dioses.

La película se abre y se cierra con el maestro Esteban en la parte más alta, ejecutando ante la cámara una canción tradicional y una danza, y los muchachos con los pies atados a una cuerda, dejándose caer, con las cabezas hacia el suelo, descendiendo, a medida que giran alrededor del polo, un acto que alcanza su cenit en la última secuencia. Este acto de transformación y misticismo, ante la cámara, con un tono de magnificencia pero no por ello ineficaz en el dejo emocional que percibe el público, detenta el fulgor autóctono. Y es que el lance al vacío de los totonacas va más allá de la materia visible, y por ello intentar capturar su esencia, es un riesgo del que Álvarez, para fortuna del filme, sale triunfante.

 
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