Reseña, crítica Club sándwich - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Club sándwich
Club sándwich
 
México
2013
 
Director:
Fernando Eimbcke
 
Con:
Lucio Giménez, María Renée Prudencio, Danae Reynaud, Carolina Politi
 
Guión:
Fernando Eimbcke
 
Fotografía:
María Secco
 
Edición:
Mariana Rodríguez Duración:
82 min.
 

 
Club sándwich
Publicado el 20 - Nov - 2014
 
 
El cover amateur de ?Where Is My Mind? de los Pixies, con el que abre la cinta, nos coloca de cara a la confusión adolescente de los Millennials: ?¿dónde carajos estoy parado?? o también: ?¿qué diablos me pasa?? La recurrente escena de Héctor solo en la piscina contemplando la alberca y la soledad que le rodea, acentúa esta sensación. - ENFILME.COM
 

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Ve aquí nuestra entrevista con Fernando Eimbcke

Paloma (María René Prudencio), una madre soltera de 35 años y su hijo adolescente de 15, Héctor (Lucio Giménez Cacho), están de vacaciones en la costa de Veracruz, aprovechando una promoción hotelera en temporada baja. Ambos tienen un relación muy cercana e íntima; Héctor puede preguntarle a su madre si él es sexy, aunque no sin cierta timidez. Sin embargo, algo tiene de anodino e insuficiente que ellos dos sean casi los únicos huéspedes visibles del hotel en la alberca y los espacios comunes. A Héctor le falta un mundo allá afuera, algo que contemplar. Ella, por su parte, tiene todo el mundo que cree necesitar: su hijo regordete y cariñoso. Durante los aproximadamente primeros 20 minutos del filme, ambos disfrutan su estancia en el casi fantasmagórico hotel como mejor se les ocurre: haciendo lo de siempre (más bronceado y nado amateur de pilón). Sus días consisten en echarse al sol frente a la piscina, untarse mutuamente bloqueador solar, alternar actividades recreativas o baños, jugar a las cartas, adivinar locuciones bajo el agua, escuchar música (ella, a Prince), ver la televisión en la cama de su habitación y mantener diálogos ñoños entre madre con hijitis e hijo con mamitis; conforme avanza la película, la de ellos se delata como una relación casi patológica. Para ver quién se baña primero, juegan “piedra, papel o tijera” y cuando ella gana, festeja con el famoso gesto roquero de la mano encornada. Héctor la imita. El único hábito que parece mantenerse, invariablemente, es que siempre piden para desayunar o comer el platillo favorito de Héctor: club sándwich. Las rutinas que manejan y lo desértico del hotel parecen hacer sentir segura y feliz a Paloma, cuya mayor alegría consiste en ser una buena madre. Héctor tiene un pie todavía atrapado en la niñez y otro bien puesto ya en la adolescencia: aún no usa desodorante de hombres –solo roba el de su mamá–, le está apareciendo un bigote incipiente y todavía encuentra agradable pasar el tiempo libre con su progenitora, aunque ya comienza a sentirse incompleto e incómodo.

Club sándwich de Fernando Eimbcke (Temporada de patos, 2004; Lake Tahoe, 2008) cuenta una historia de reacomodo en la conexión entre Paloma y Héctor; cuando el hijo da muestras contundentes de estar mudando ya, gradualmente, a la adultez, momento en el que se inicia la aventura de construir una vida propia y donde todo se ofrece como futuro. Su reacción a un apodo cariñoso dicho por su madre es la primera grieta: “Me caga que me digas ‘Panquecito’”. Pero el toque de gracia –oh,  maravilla hormonal del organismo– es la aparición de la voluptuosa Jazmín (Danae Reynaud), una jovencita un año mayor que él, que arriba al lugar en compañía de su familia; su padre, un hombre anciano, y su madrastra mucho más joven que él. El tímido Héctor, cuyo contacto femenino más intenso siempre ha sido con el seno materno —la ausencia de la figura paterna ha contribuido—, crea una empatía con la chica con la que comparte necesidades en común: los inicios de la experimentación sexual, el impulso de rebelarse (contra la madre posesiva y contra la adusta madrastra) y el aburrimiento. A medida que pasan los días, los dos muchachos se vuelven más cómplices. Héctor comienza a descubrirse otro al lado de Jazmín: no como hijo, sino como un hombre y además deseado. Pero Paloma ve su papel reducido al de una madre convencional, distante de su hijo, en lugar de ser la amiga y confidente que había sido hasta entonces. Su pequeño hijo ya está creciendo. Desesperada, trata de intervenir y comienza una competencia con Jazmín por la atención de su nene.

Al igual que Temporada de patos, y en Lake Tahoe, en Club sándwich la puesta en escena es minimalista, con un toque de humor: la cámara que apenas se mueve encuadra con cercanía solo a un puñado de personajes; todo transcurre en el mismo lugar –el complejo turístico–, los diálogos son los suficientes –ni más ni menos– para retratar la situación y la tragedia doméstica y están envueltos por silencios que, resaltando el ocio, marcan el ritmo del crecimiento de los personajes. En algún momento aparece la playa, y con ella una manifestación de pasión —basta con ver los rostros de los chicos mientras la madre nada en la playa. El cover amateur de “Where Is My Mind” de los Pixies, con el que abre la cinta, nos coloca de cara a la confusión adolescente de los Millennials: “¿dónde carajos estoy parado?” o también: “¿qué diablos me pasa?” La recurrente escena de Héctor solo en la piscina contemplando la alberca y la soledad que le rodea, acentúa esta sensación. El calor sofocante se irradia desde la pantalla, porque la mayoría de las escenas tienen lugar al lado de la alberca bañada por el sol y los protagonistas usan bikinis, tops o shorts cortos. La ausencia de la figura paterna como elemento de arranque, y el aprendizaje durante el crecimiento, es otra de las constantes en el cine de Eimbcke. Una circunstancia que repercute en la psicología y en la madurez de sus personajes adolescentes masculinos.  

Paloma no se queda atrás en materia sexual. Esconde sus propias necesidades, que se hacen notorias y ruidosas cuando duerme y tiene sueños húmedos. Por su parte, Héctor recibe gustoso los mimos y atenciones de ella que, empero, despiertan en él su complejo de Edipo con todas las incomodidades de por medio. Le urge encontrar una interlocutora de su edad… y preferiblemente no de su familia.

El desarrollo del dilema de Paloma, en tanto madre angustiada ante el despertar sexual de Héctor, es el centro de la película. Su parte racional le dice que lo correcto sería dejar que su hijo experimente la sexualidad, pero su parte emocional la lleva a resistirse y a pensar que aún no está preparado. La persuasiva Jazmín, que con singular naturalidad y sin artificios demuestra su capacidad para convencer al ya de por sí estimulado Héctor, aparece como el punto de quiebre entre la madre y el hijo. Es la rival de 16 años que tanto temen las madres mexicanas, quienes saben que una experiencia con ellas bastará para que los chicuelos emprendan el vuelo lejos del nido; al menos psicológicamente.

Una cena en el restaurante del hotel, en la que priman los largos silencios, es una pintura que ilustra bien la situación desagradable entre Paloma, Jazmín y Héctor. María René Prudencio es capaz de transmitir su miedo solo con sus expresiones faciales. Eimbcke elude la moraleja por medio de metáforas —con objetos o escenas que simbolizan el viaje interior de los personajes, (el bronceador, los sueños húmedos)— que se afianzan en las elipsis: todo aquello que no se dice, se expresa por medio de la incomodidad y el anticlímax que pulula en el ambiente. La evolución de Héctor se delata por acciones prácticas: ponerse el desodorante para varón, aplicarse el bloqueador solar y salir solo a pasear por el hotel.

La banda sonora –ausente la mayor parte del filme–, refuerza la apatía y la sensación de fastidio de los personajes. El sonido de ventiladores, agua, televisores y cubiertos sobre los platos, crean una atmósfera cargada de encanto tropical, aunque falto del bullicio solariego con que se asocia a las vacaciones. El guión modula su equilibrio entre el laconismo de los diálogos y la expresividad de las acciones, que pintan a la perfección las pequeñas muestras de complicidad de las que están hechas las relaciones entre adolescentes que se gustan, entre madres e hijos que se entienden. Los planos fijos acompañan la incertidumbre de los personajes o sus molestias. El humor, en vez de limitarse a la ocurrencia verbal, se crea a través de las situaciones, acciones y reacciones y en la sutileza gestual de los actores. Y sirve para exacerbar la tensión, en lugar de amortiguarla.

Las tres películas de Eimbcke: Temporada de patos, Lake Tahoe y Club sándwich, forman una trilogía cuyo punto de quiebre es esa etapa turbadora que carga con un nombre no menos perturbador: la pubertad. Sus adolescentes en ciernes conviven con el tedio de las horas muertas, las esperas, las vacaciones. Club sándwich es también una historia de aprendizaje: cómo saltar el cerco familiar, cómo dar un paso al costado cuando los hijos crecen… cómo aprender a ponerse bronceador en la espalda uno mismo.

Club Sandwich Official Movie Trailer HD from Cine Pantera on Vimeo.

 
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